S?bado, 01 de marzo de 2014

El corazón tiene forma de corazón, se suele comparar con un reloj y juega un papel importante en la vida, sobre todo en la vida sentimental. Es en ella el comodín, el depositario de todas las emociones, la lente en la que convergen todos los rayos, el eco de todos los rumores. Es capaz de las funciones más diversas. Puede arder como una tea, por ejemplo, puede dejarse colgado de cualquier cosa, igual que una chaqueta, y puede también como ésta desgarrarse, puede correr como una liebre perseguida, detenerse como el sol de Gedeón o rebosar como la leche cuando hierve. Está verdaderamente colmado de paradojas.
La dureza de este objeto maravilloso oscila entre la mantequilla y la piedra berroqueña, o bien siguiendo la escala mineralógica, entre el talco y el diamante, se puede dar y se puede perder, cerrar a cal y canto o abrir de par en par, puede traicionar y ser traicionado, se puede llevar a alguien dentro de él (y ese alguien no tiene ni siquiera por qué saberlo), puede uno enterrarlo en cualquier cosa, el corazón entero en una quisicosa, en una nada del tiempo y del espacio, en una sonrisa, una mirada, un silencio. “Corazón” es sin duda el sustantivo que el hombre civilizado adulto utiliza con mayor frecuencia, sea grande o pequeño su vocabulario. Si se censurara esa palabra, dejarían de existir las nueve décimas partes de la lírica. Que corazón rime con pasión, igual que coeur con doleur o Herz con Schmerz, ha de ser algo más que pura coincidencia fonética y sin duda es símbolo de una relación particularmente íntima y frecuente.
Nuestras alusiones al corazón son casi siempre metafóricas, no sólo cuando hablamos, sino también cuando pensamos. Y mientras sea así, por muy en serio que vaya el asunto, no pasa de ser un juego, un juego variable en el que las pérdidas siempre pueden trocarse en ganancias. Lo malo de verdad ocurre cuando ya no se habla de él en símiles y metáforas, cuando las metáforas se retiran de él (igual que se bajan las máscaras cuando la fiesta toma un sesgo inquietante), cuando incluso los más osados y grandiosos de sus movimientos se vuelven irrelevantes y solo adquieren algún significado los que se pueden medir, los puramente mecánicos, cuando ya no cuenta su melodía, sino tan solo su mero ritmo. En tales momentos le queda ya poca poesía al pobrecillo. Deja de tener entonces la menor importancia para qué late, siempre y cuando siga latiendo. Nuestro noble corazón queda en este caso dispensado de cualquiera de las funciones fisiológicas que tiene en común con éste.
Y aún así, precisamente en tales momentos, cuando el corazón no juega más que el papel objetivo que le ha otorgado la naturaleza, cuando no ambiciona cada latido otra cosa que el siguiente, cuando no desea ya otra cosa que a sí mismo, cuando su amor propio no necesita mejor comparación que con un reloj que funciona…Precisamente en tales momentos, cuando no es más que una miserable maquinita atascada que no se arregla con aceite, precisamente entonces nos muestra su aspecto más digno y sublime. Y, brillando es la luz fosforescente de la vida, entre las formas y colores que lo rodean, es como una majestad menesterosa en medio de la chusma petulante.
Alfred Polgar
Tratado sobre el corazón (en La vida en minúscula. Traducción de Manuel Lobo. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:03  | Libros...
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