Mi?rcoles, 05 de marzo de 2014

Un apartamento en Nueva York y dos amantes, ella de Polonia, él brasileño, el idioma diferente que los une y, a la vez, los separa entre sí, las frases y los giros incompletos, saberse en el umbral de un idioma, el cuerpo como único lugar donde ser libre, donde hablar y ser habitado por el otro, el deseo y la posesión llevados al límite, eros y tanatos, cristianismo y canibalismo, la comida como símbolo de querer alimentarse del otro, la pronta despedida y sentir que sólo hay una forma de seguir juntos, de saberse completos, fundidos, los dos amantes en un cuerpo que cambia sus facciones para hacer sitio a las huellas del sacrificado.

El sabor de un hombre habla del amor llevado al extremo, de sentirse extranjero, del idioma como un umbral que no puedes cruzar, que te deja en territorio de nadie, de canibalismo y su relación con la religión cristiana. Drakulic da la voz a Tereza, una mujer polaca que viaja a Nueva York para completar su tesis y donde conoce a José, un antropólogo brasileno que escribe sobre canibalismo. Hay algo que los une, ser extranjeros en la ciudad, el idioma que no dominan, la fascinación por la comida. Están juntos y no dejan de orbitar el uno alrededor del otro, una atracción absoluta, el deseo  por el otro, por fundirse en un solo ser.

Drakulic inicia El sabor de un hombre con la limpieza meticulosa del apartamento por parte de Tereza y los mezcla con sus recuerdos de infancia. A medida que cambia de habitaciones nos iniciamos en la realidad de esta limpieza, no dejar rastro de José, su amante. Drakulic escribe una historia de amor y canibalismo de manera reflexiva, pausada, combina tiempos para construir el rompecabezas que es El sabor de un hombre, el inicio de una relación donde el sexo y la muerte van de la mano (como en El imperio de los sentidos). Tereza limpia, sale del apartamento, se deshace de los restos de José, siente que hay algo en su cuerpo que ha cambiado, que su rostro contiene las huellas del amante, que ha conseguido aquella unión que anhelaba, la única posible en el amor que sentían Tereza y José.

La última parte de El sabor de un hombre cambia de tono, del ritmo pausado y reflexivo del inicio a las frases cortas y contundentes del final, por momentos hay que tener estómago para seguir leyendo, todas las alusiones de Tereza a la carne y la muerte a lo largo de su relato acaban por materializarse. Si al inicio Drakulic se detiene en el deseo, la muerte, el idioma como frontera y distancia, la unión entre carne y cristianismo (este es mi cuerpo... esta es mi sangre...) el final se acerca al gore, escenas explícitas de carne desgarrada. El sabor de un hombre es una historia de posesión, de unión llevada al extremo, de un deseo que ciega y se convierte en el único motor de la vida.




Seguía habiendo entre nosotros una hendidura, una distancia invisible. Como una barrera que nos impedía acercarnos por completo. Adivinaba, por mi forma de respirar, de traspasar el peso del cuerpo de una pierna a otra, mi propia vacilación para volverme. Pensé que en aquel momento, antes de tocarnos, todo era posible. No reconocerse. Renunciar. Huir.

( … )

Nos lanzamos sobre la comida con avidez, hasta que el hambre de comida se mezcló con el hambre del otro. Él me daba pedacitos de pan untados con mantequilla o paté. Yo lamía sus dedos pringados de paté y recogía las migas de queso de la palma de la mano. Cuando acababa con la comida, continuaba alimentándome con sus dedos y manos sin hacer distinciones. En ese punto, la diferencia residía únicamente en la forma. José embadurnaba de jugo de sandía mis senos, mis hombros, los brazos... Yo deshice una bolita de mantequilla entre los dedos, unté los músculos largos y tersos de sus piernas y comencé a mordisquearle con bocados firmes que le excitaban. Sentía que su cuerpo cedía sin oponer resistencia. Se entregaba a mis mordiscos como si le resultara imposible resistirse a tanta hambre. En un determinado momento me imaginé que era un trozo de asado y le clavé los dientes. Mordí su hombro, en la superficie de su piel brotaron gotas de sangre. Era de color rosa claro casi transparente. Dejé que le tiñera lentamente todo el brazo y luego lamí la herida como un perro. José me daba helado con una cucharilla y a continuación lo tomaba de mi boca con su lengua. Ahora sé que en esa primera comida juntos debería haber reconocido el verdadero deseo de alimentarnos el uno del otro y convertirnos en un solo ser. La comida era parte de nuestra intimidad, de nuestra comunión, importante como el propio contacto físico.

( … )

Nunca hasta entonces para mí la muerte había estado tan próxima al placer. La idea de la muerte que se me aparecía antes de dormirme extenuada, era tan ligera y vaporosa como un tenue velo negro mecido por nuestro aliento. Morir así, fundidos en un minúsculo núcleo negro de eternidad. Si intentaba decir algo, él me tapaba la boca con la mano. Temía mis susurros, palabras que no pronunciaba pero que estaban ahí, entre los dos cuerpos húmedos inermes. Más tarde, cuando empezamos a cocinar juntos, nuestro tiempo dejó de estar limitado a la noche. Por el día en la cocina las palabras se transformaban en jugosos bocados de pierna de cordero asada, patatas, sopa de marisco, pescado en salsa de eneldo y tarta de chocolate. Era como si a través de la comida nos liberáramos del miedo a los malentendidos. Pero no había ningún modo, absolutamente ninguno, de que nos pudiéramos saciar el uno del otro. Cuando se lo mencioné, cuando le dije que nada podía aplacar mi hambre de él, me recitó a María Bonaparte. Comprendí sus palabras, aunque estaban en portugués: «O amor é o mais exigente, o mais difícil de satisfazer de nossos instintos. Temos fome e se podemos comer, a fome desaparece. Temos sede e se podemos beber, cessamos de ter sede. Temos sono e se dormimos nos despertamos dispostos. Assim repousados, saciados, despertos, não pensamos mais em comer, beber ou dormir, até que a necessidade de novo renasça. Mas a necessidade de amor é de uma tenacidade diferente. Parece com una sede de ninguém poderá satisfazer totalmente, nem mesmo pela posse física.»

( … )

Me acordé de que José me había dicho una vez que los católicos en realidad son caníbales, porque comen el cuerpo de Cristo y beben su sangre, y además consideran ese acto como el más sublime de su fe. En efecto, pensé, José tenía razón. Nosotros, los blancos y católicos, éramos los caníbales, y no sólo los salvajes del dibujo de Johan Froschauer, los indios de terra nova. Cada vez que sentía la hostia en mi lengua, incluso en mi infancia, creía de verdad que era el Cuerpo de Cristo y jamás se me había ocurrido pensar que era algo extraño. Es más, dejaba que la oblea insípida se deshiciera en mi boca y luego la tragaba con devoción y un deleite especial. ¿Por qué motivo se iba a diferenciar este tipo de canibalismo del de los indígenas sudamericanos, si ambos eran cuestión de religión y no de comida? En lo que a mí respecta, la hostia representaba realmente el Cuerpo de Cristo que comía para alcanzar la comunión con él en espíritu.
Slavenka Drakulic
El sabor de un hombre (Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:23  | Libros...
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