Mi?rcoles, 12 de marzo de 2014

El ritmo lento y reflexivo y qué significa la palabra anormalidad, un muchacho que observa la sociedad a la que pertenece y se siente delante de un umbral que nunca cruzará y la inacción como forma de vivir, preguntarse sobre las reglas y los caminos atávicos y saber que hay otras formas de ubicarse en la vida, la duda constante y sentirse fuera de lugar, reflexionar sobre la  libertad y ver un reflejo del mito de la caverna (quién está libre y quién loco, quién ve sombras y quién no puede adaptarse), el monólogo de un hombre que crece sin escuelas, sin maestros, los juegos en el jardín y la mirada curiosa al despacho donde se reúne su padre con sus amigos, y los tiempos desajustados (la prisa constante de los demás, la pausa en él), algo que se quiebra dentro.

Ritmo lento se inicia con una cita de Machado, pensar es deambular de calle en calle, de calleja en callejón, hasta dar con un callejón sin salida. David es un muchacho que crece en un pequeño chalet, un jardín donde jugar sin vigilancia, las conversaciones con su padre, la idea de la libertad desde la niñez y de no caer en el camino marcado. David habla sobre su vida con calma, explora sus emociones, su relación con su padre, cómo llegó a ser quién es, a sentirse fuera de lo esperado, cómo aprendió el significado de la palabra anormalidad (no algo malo sino diferente), la relación con su hermana, que decide  plantarle cara al padre para tener una vida considerada normal. David pasa por la infancia y la adolescencia sin sentir un cambio en su lentitud, en su manera de moverse por el mundo (son los demás quienes encuentran su comportamiento extraño, inadecuado para adaptarse a lo que se le pide a los individuos que forman una sociedad).

Por momentos parece que una membrana separa a David de todo lo que le rodea, incapaz de conectar con las emociones y los gestos ajenos, extrañado en una sociedad con prisa y que no se detiene a pensar o mirar alrededor en busca de algo diferente. David no termina los estudios, pinta por diversión, no saber relacionarse con las mujeres ni es un hombre de acción, casi siempre callado salvo en algunos momentos de apasionamiento en tertulias con otros pintores o en su relación con Lucia (amiga, pareja, extraña), a quien quiere darle la libertad que él siente, que piense por sí misma. David es un ser alejado de todo y de todos, fiel a unas ideas de libertad y soledad estrictas, se sitúa en la vida de tal manera que no conecta con lo que le rodea.

Martín Gaite escribe con lentitud y pausa el monólogo de David desde el psiquiátrico, se cuestiona sobre el individuo y la sociedad, sobre qué es la libertad y si podemos desmarcarnos del camino previamente señalado, es capaz de dotar de credibilidad las dudas, los miedos, las reflexiones de David sobre la vida, sobre sí mismo y quienes le acompañan, su voz a veces feroz al vivir en una sociedad cuyas reglas desconoce, a veces triste por no saber cómo encauzar el amor, a veces inteligente al preguntarse si no hay otras formas de vivir. Ritmo lento se desarrolla con calma, pero empieza y acaba de manera abrupta, dura, un prólogo y un epílogo en tercera persona que nos hace ver a David fuera de él, que complementa su voz. Una lectura intensa.





Quiero decir que ahora nada más que la tranquilidad de mi carácter nadie me la hizo sentir en la infancia como una falta, ya que las opiniones de mi hermana no tuvieron hasta más adelante autoridad de ley, asíque me limitaba a aceptar su compartimento y sus juicios como totalmente divergentes de los míos.
De tal manera que si las cosas cambiaron luego, en la edad adulta, no fue porque cambiara yo. Es decir, que, al crecer, no dejé de ser lento y reflexivo, sino que, por el contrario, este ritmo se puso más de manifiesto al contrastar con el ritmo apresurado de las demás personas de mi edad, que empezaron a verme como excepción. Lo único, pues, que varió fue el despliegue de atención de los otros hacia mi ritmo lento; o dicho con otras palabras, el reconocimiento de tal ritmo como anormal.

( … )

No me atreví a decirle -porque otras veces que se lo dije se había enfadado mucho- que yo, cuando pintaba, era incapaz de considerar que estaba haciendo algo serio, por lo menos según la acepción que él daba a esta palabra. Para Bernardo, decir serio era como decir obligatorio. Y pintar, al contrario; se relacionaba para mí con jugar, con contemplar. Pero sobre todo con la incertidumbre. Me parecían infinitas las posibilidades de combinar rayas y colores, y el hecho de que la combinación necesaria para dar lugar a un cuadro o dibujo determinado tuviese que depender de mi elección, me sumía en grandes perplejidades, ya que tan valedera me parecía una combinación como la contraria. O sea, que como la finalidad de mis pinturas estaba en ellas mismas (no les había inventado ninguna finalidad), pintaba al mismo ritmo lento que presidió los juegos e inventos de mi infancia. Y con esto no me escapaba del tiempo, sino que sentía aún más su runruneo encima de mí.
Pintar, en una palabra, no era emplear el tiempo.

( … )

El no prestar atención a todas las voces entusiastas y alentadoras que me cercaban llamándome a lugares distintos y sugiriéndome el porvenir como algo seguro y deseable, se había convertido en una terquedad casi morbosa. Era algo correlativo con el miedo a crecer de los años del Instituto, aquella especie de horror a ser arrastrado por los proyectos hacia cajones cerrados donde no tendría aire para pensar, donde moriría. Y así, a pesar de que mi situación provisional, en contraste con las definitivas posiciones que iban adoptando los otros, se había vuelto incómoda y melancólica, no por eso me parecía falsa, mientras conservase los ojos limpios para contemplarla y contemplar, desde ella, las que por mejores tenían los demás.
Carmen Martín Gaite
Ritmo lento (Siruela)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:44  | Libros...
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