Viernes, 14 de marzo de 2014

Moteles, carreteras, desiertos y estaciones centrales de tren, adulterios y aventuras amorosas que son síntomas indoloros y el poso que deja en la vida de los otros, parejas que se despiden por última vez, que se preguntan por la autenticidad de sus gestos, por si han aportado algo al otro, hombres y mujeres que reflexionan sobre sus actos, sobre cómo han llegado a la persona que son, a la situaciones que viven, siempre ante el umbral de un cambio, de un hecho significativo que volteará sus vidas, los momentos de intimidad y comunión y los momentos de una muda distancia y tensión, la vida doméstica y la vida fuera de ella como una especie de refugio o sustento.

Los personajes de Pecados sin cuento se encuentran en habitaciones de hotel, follan y se preguntan por la realidad de su deseo, los límites entre el bien y el mal, se cuestionan sobre las diferentes piezas de su vida y cómo encajarlas sin que nadie resulte perjudicado. Los encuentros entre los personajes de Pecados sin cuento son furtivos, intensos, hay algo de verdad en ellos y, a la vez, de duda y quiebra, se cobijan en el otro, un paréntesis en su rutina, siempre con el miedo a descubrir algo que cambie para siempre su vida.

En Intimidad, un hombre insomne vigila a una vecina de noche, sólo ve un cuerpo desnudo difuso (su mujer detrás de él, dormida en la cama). Es un deseo extraño, inquietante, protegerse en la oscuridad de una habitación para adentrarse en otra vida sin dejar marcas. El inicio de Momentos exquisitos es excepcional, un hombre detenido en un cruce, la nieve en la calle, el rojo del semáforo, una mujer aturdida en la carretera que se levanta y muere atropellada. El narrador ve la muerte de la mujer por el espejo retrovisor, se encuentra con su amante, un último encuentro, se pregunta si su relación le ha aportado algo. En Resignación un adolescente va a cazar patos con su padre, la relación distante entre ambos, el padre que abandonó a su madre y a él, el muchacho que siente esa cacería como un punto de inflexión, el inicio de un cambio.

Encuentro es una estación de tren, una figura conocida entre la multitud, alguien que se acerca al hombre al que destrozó la vida al acostarse con su mujer. Cachorro o Centro de acogida son cuentos pequeños, la vida familiar siempre en suspenso y tensión, algo que parece a punto de romperse en cualquier momento. En cambio, Bajo el radar es corto, intenso, la confesión de una mujer de su adulterio, un coche detenido en el arcén, las manos y las voces inquietas. Canadienses y Caridad son parejas que se despiden o intentan reflotar su relación. Pecados sin cuento termina con un gran cuento, Abismo, un viaje improvisado al Gran Cañón, un coche en el desierto, una pareja que sólo se entienden cuando follan, que hablan con sus cónyuges en los tiempos muertos, que intentan adecuar su vida al deseo que sienten por el otro, el descubrimiento del vacío en el paisaje y dentro de ellos.

Pecados sin cuento es una buena colección de relatos (aunque no llega al nivel de Rock Springs), la voz pausada de Richard Ford, la tensión y la reflexión de unos cuentos donde los personajes se cuestionan por sus motivaciones y deseos, sienten que se encuentran en un punto crucial de su vida y ven señales que les indican el camino a seguir o lo que hay que dejar atrás. Hay momentos donde cada párrafo describe un instante significativo, una revelación de quién es y qué hacen los personajes.





Después de aquella mañana de diciembre en el Gran Lago, en 1961, mi padre vivió treinta años más. Y eso, se mire por donde se mire, es toda una vida. No me interesan los porqués de lo que hizo o dejó de hacer, ni si aquel día cambió mi vida, pues la verdad es que creo que no. Mi vida ya había cambiado. Aquella mañana, simplemente, empecé a desarrollar ciertas pautas de conducta a las que me he atenido desde entonces. Al igual que mi padre, soy abogado. Y la abogacía es una profesión que te enseña que la vida consiste, fundamentalmente, en adaptarse, en ser dúctil, en resignarse a aceptar hechos que ocurren fuera de nuestro control y que quizá nunca tuvimos intención de controlar. De modo que cuando sentimos la tentación de rebelarnos, o, como me ocurrió por un instante en el aguardadero, o durante esos treinta años, de dejarme llevar por la rabia contra mi padre, cosa que aún me sucede cuando veo a alguien que me lo recuerda entrando en un edificio vestido con un traje milrayas y una pajarita de colores vivos, intento convencerme de nuevo de que lo mejor es buscar alguna válvula de escape y de que esa cólera es puramente subjetiva y no hay manera de obtener ninguna compensación. Por mucho que la ansiemos. Se podría considerar que la vida no es, prácticamente, otra cosa que el deseo de lograr una compensación. Siendo, como soy, hijo y nieto de abogados, lo sé. Y también sé que no debo esperarla.

( … )

Él y Madeleine habían hablado de vivir juntos al lado del océano. Se había convertido en uno de esos temas por los que uno se deja seducir durante una semana -compras mapas, preguntas el precio de las casas, te interesas por la temperatura media invernal- y luego no entiende cómo se le ocurrió semejante idea.
Lo cierto es que Rothman adoraba a Washington; le gustaban su vida, su gran casa detrás de Capitol Hill, sus colegas profesionales y sus hermanos, el aire sureño de la ciudad, un tanto grotesco y un tanto destartalado, sus compañeros de póquer, ser miembro del Cosmos Club. La libertad con la que vivía allí. De vez en cuando incluso iba a cenar con su ex mujer, Laura, la cual, al igual que él, era abogada y no se había vuelto a casar. Henry había llegado a la conclusión de que lo que eras realmente, y aquello en lo que creías, estaba representado por lo que conservabas o eras incapaz de cambiar. Muy pocas personas alcanzaban a comprenderlo; casi todas las que formaban parte de su estrato social pensaban que todo era posible en cualquier momento, y seguían intentando convertirse en otra cosa. Pero al cabo de un tiempo esas verdades personales acababan siendo máximas, y tanto daba lo que hicieras o dijeras para resistirte a ellas. Y eso era todo. Henry Rothman había comprendido que era un hombre destinado primordialmente a vivir solo, por más cantos de sirena que oyera en sentido contrario. Y no se lo pasaba nada mal así.

( … )

Había nacido en Nueva York, y era un neoyorquino de los pies a la cabeza. «Así pues, Henry, ¿eso es todo para ti?», decía con sorna. Su padre siempre quería más, más para Henry, más para sus hermanos, más de lo que tenían, más de lo que les parecía suficiente. Decir ya tengo bastante, considerar colmadas las propias aspiraciones, era conformarse con poco. Y así, en opinión de su padre, aun cuando pareciera que todo era exquisito y sin parangón, cosa que podía muy bien ocurrir, ¿de verdad no se podía conseguir algo mejor? La vida siempre te ofrecía opciones superiores. Siempre había algo más. Aunque ahora Henry tenía cuarenta y nueve años, y había cambios que ni notaba: físicos, mentales, espirituales. Había períodos de su vida que habían pasado ya y no volverían a repetirse. Quizá el fiel de la balanza de su vida había alcanzado ya el punto del equilibrio perfecto, y cuando rememorara, en el futuro,el día de hoy, le parecería que fue en ese día cuando las «cosas» empezaron a ir mal, o que ya hacía tiempo que iban mal, o que, incluso, fue entonces cuando alcanzaron su momento culminante. Pero, evidentemente, a partir de entonces tendría que enfrentarse a un hecho muy concreto. Tendría que enfrentarse al hecho de que se encaminaba directamente a su punto de destino, un camino en el que ya no encontraría opciones interesantes y las que se le presentarían serían, en cambio, cada vez más anodinas.

( … )

Observó a Howard, que estaba con la mente en blanco, con las largas y blancas piernas sin vello extendidas delante de él como zancos, con las pálidas rodillas muy lejos de los shorts, con los pies enormes con uñas gigantes y grises y duras como el tungsteno, y con aquella cara blanda y sin carácter, y las cejas tupidas y descuidadas. Y su corte de pelo de jugador de baloncesto. ¿Cómo se le había ocurrido liarse con él? No era interesante, ni inteligente, ni amable, ni profundo, ni guapo. Era un palo con patas. Y allí arriba, donde todo era natural y prístino, te dabas cuenta. Y no le gustaba. La verdadera naturaleza revelaba la verdadera naturaleza de todo.
Pero mientras conducía aquel coche grande de jefe de bomberos por la empinada y serpeante carretera, a cuya derecha, a menos de seis metros, había un precipicio que caía a plomo sobre el desierto, Francés comprendió que no iba a permitir que Howard le echara a perder otro día con su actitud de capullo gilipollas aguafiestas y quejica. Se sentía eufórica... Casi estaba mareada. Aquella sensación le bajó hasta el vientre, y liberó algo, un espíritu que no sabía que estuviera allí, y mucho menos que estuviera encerrado y atrapado. ¡Y aún estaba en la carretera, ni siquiera había llegado al cañón! ¿Cómo se sentiría cuando pudiera salir, dar diez pasos y encontrarse ante aquel espacio que se extendía a kilómetros y kilómetros de distancia? No podía ni imaginárselo. Un profundo hoyo en la tierra. Las grandes maravillas poseían el poder de liberar todo lo que había en ti que aún no era libre. Era algo sobre lo que escribían los poetas. Sólo las minucias de la vida cotidiana, que te lastran y aplastan -cocinar, conducir, hablar por teléfono, hacer que los desconocidos y los seres amados te entiendan, vender casas, cuadrar las cuentas, pararte en el vídeo club-, te hacían olvidar las infinitas posibilidades de la vida.
Probablemente, se desmayaría. Desde luego, se quedaría sin habla, y a continuación lloraría. Cabía la posibilidad de que deseara mudarse allí de inmediato, que comprendiera que su vida había sido un error y comenzara a ponerle remedio. Por eso se mudaba la gente a las que les vendía casas, para irse a un lugar donde pudieran vivir mejor. Tomaban la decisión -al menos los que no se veían obligados a hacerlo por un infortunio- de ser ellos y no otros quienes gobernaran sus vidas.
Richard Ford
Pecados sin cuento (traducción de Damián Alou. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:47  | Libros...
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