Martes, 18 de marzo de 2014

El vuelco en la vida de un niño de diez años, el cambio de paisaje, las rodadas en los caminos y la tierra abrupta y extraña que poco a poco se convierte en un hogar, el horizonte lejano y las madrigueras de los perros de la pradera, un viaje en tren y el encuentro con una familia de Bohemia, una niña llamada Ántonia y el inicio de una aventura, los colonos que se instalan en las nuevas tierras (las casas bajo tierra) y los rusos, bohemios, noruegos que mezclan idiomas y gestos, una tumba en un cruce de caminos y la libertad del campo, un sendero abierto entre la nieve y el sonido de los molinos junto a las granjas, el crecimiento de un territorio con muerte, esfuerzo y dignidad, las chicas extranjeras que se convierten en criadas y sus sueños de modistas, pioneras o granjeras, una carpa donde bailar cada sábado y un reencuentro pasados los años donde dos adultos vuelven a ser aquellos niños que crecieron juntos y descubrieron el mismo mundo.

Mi Ántonia es un viaje iniciático, es Jim con diez años cambiando de hogar por la muerte de sus padres, y en ese cambio, un nuevo rumbo en su vida, otro paisaje, otras personas que conformarán su naturaleza, es Ántonia lejos de su tierra, en un país y un idioma desconocidos, los recuerdos atrás y un mundo que se presenta cruel y duro, es Jim y Ántonia en Nebraska, descubriendo a la par la nueva tierra, el paisaje extraño, distinto, austero, abriéndose a una vida inesperada, inseparables el uno del otro, la misma curiosidad, la misma sensación de aventura, los sueños bajo el cielo estrellado o en las primeras nevadas, saber qué plantar en la tierra, cómo montar a caballo, reconocer el paisaje (y reconocerse en él), la aventura y la incertidumbre de estar ante algo nuevo, un mundo en constante cambio, y aprender a reconocer sus señales, es Jim escribiendo de adulto sobre sus recuerdos, su madurez tranquila, algo gris, su memoria repleta de colorido, de paisajes abiertos, de personajes estrafalarios.

Los primeros capítulos de Mi Ántonia se suceden de manera pausada, historias dentro de historias, los salmos del abuelo de Jim, la tristeza del padre de Ántonia, los recuerdos de los colonos rusos de su tierra y su huida de ella, las anécdotas de colonos y vaqueros, la construcción de un ataúd, las clases de inglés de Jim a Ántonia, su amistad que también es amor y admiración y hogar. Willa Cather escribe de manera sutil, cercana, combina la aventura con la mirada contemplativa de un muchacho en una nueva tierra, cómo se hace con ella, su traslado de la granja a un pequeño pueblo y, de ahí, a la  universidad. Jim crece poco a poco, coquetea con sus amigas de Bohemia, se acerca y aleja de Ántonia según el significado de sus emociones, amor, dolor, incomprensión, los años en la granja de sus abuelos como la esencia de quien es.

Mi Ántonia habla de los colonos y los pioneros, de una tierra casi desierta y de los emigrantes que se asientan en ella, de la aventura que es cabalgar por la llanura y la opresión de las casas de la ciudad, de una amistad que es amor y refugio, de un muchacho que se abre a la vida, y en ese descubrirse ante ella, la mano amiga de una muchacha de Bohemia que aspira a tener su propia granja. Jim escribe los recuerdos que le unen Ántonia, y, también los que les separa de ella, el reencuentro tras años de ausencia, la rutina de su presente que engrandece la aventura que fue cruzarse con una niña en una estación de tren y viajar con ella en un carro bamboleante. Willa Cather se detiene en la memoria, en el paisaje que rodea a los personajes hasta convertirse en parte de ellos, en los sueños y frustraciones, la aventura de quienes aspiran a sobrevivir en un medio hostil, la voz tierna y pausada de quien recuerda.




Salí cautelosamente de debajo de la piel de búfalo, me puse de rodillas y me asomé por un costado del carro. No parecía haber nada a la vista; no había vallas, ni árboles ni arroyos, no había campos ni colinas. Si existía una carretera, yo no pude distinguirla bajo la tenue luz de las estrellas. No había nada más que tierra: no era un país, sino el material del que están hechos los países. No, no había nada más que tierra… ligeramente ondulada, eso sí que lo sabía, porque las ruedas chirriaban a menudo al frenar cuando bajábamos hasta el fondo de una hondonada y volvíamos a subir dando bandazos por el otro lado. Tenía la sensación de que dejábamos atrás el mundo, de que habíamos traspasado sus límites y nos encontrábamos fuera de la jurisdicción de los hombres. Hasta entonces no había alzado jamás la vista sin ver la silueta familiar de una cadena montañosa recortada en el cielo. Pero allí había, sencillamente, la bóveda celeste.

( … )

Ántonia había sido siempre una de esas personas que graban imágenes en el cerebro que no se desvanecen, que se hacen más vívidas con el tiempo. En mi memoria guardaba una sucesión de tales imágenes, indelebles como las viejas ilustraciones del primer libro de texto: Ántonia golpeando los flancos de mi poni con las piernas desnudas cuando volvimos a casa triunfantes con nuestra serpiente; Ántonia con su chal negro y su gorro de pieles, cuando estaba de pie junto a la tumba de su padre bajo la tormenta de nieve; Ántonia apareciendo en el horizonte con su tiro de caballos de labor a la luz del crepúsculo. Ántonia se prestaba a actitudes humanas inmemoriales, que por instinto reconocemos como universales y verdaderas. No me había equivocado. Ya no era una preciosa muchacha, sino una mujer ajada, pero aún poseía ese algo que inflama la imaginación, aún podía hacer que a uno se le cortara la respiración con una mirada o un gesto que, sin saber cómo, desvelaba el significado de las cosas vulgares. Sólo tenía que encontrarse en el huerto, poner la mano sobre un manzano silvestre y alzar la vista hacia las manzanas, para hacerle sentir a uno la bondad de plantar, cuidar los árboles y, finalmente, recoger los frutos. Todo lo que de fuerte había en su corazón se expresaba mediante su cuerpo, que siempre había sido tan infatigable y generoso en derramar emociones.
Willa Cather
Mi Ántonia (traducción de Gema Moral Bartolomé. Alba)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:01  | Libros...
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