Lunes, 24 de marzo de 2014

El tío de Ernestito era un hombre pequeño y sin cuello. Un hombre redondo, con un coche inmenso, «el Transatlántico», lo llamaba mi padre. Y a él «el Almirante».
«Ya ha llegado el Almirante, con su Transatlántico», decía.
Don Rodri era propenso a llevar chaquetas azules con botones dorados. Y aunque daba los buenos días a todo el mundo, se veía que no era educado como la familia Galiana. Él, simplemente, era alegre. Y su mujer, la hermana de doña Julia, ni siquiera eso.
La mujer de don Rodri daba los buenos días y parecía que a continuación te iba a escupir.
Por lo menos eso es lo que decía mi madre en el lavadero. Y la madre de Mauri asentía.
«La Almiranta», susurraba la madre de Mauri sin dejar de frotar la ropa, confirmando con ese apodo derivado del que mi padre le había puesto al marido, la opinión de mi madre.
A mí me gustaba observar a don Rodri, el Almirante.
Era un hombre rápido a pesar de sus redondeces. Salvo sus zapatos, que eran siempre muy finos y alargados, todo era redondo en don Rodri. De hecho estaba formado por varias esferas. Unas esferas móviles, muy bien engrasadas. La mejor de ellas era la última, su cabeza redonda, rematada por unos pelillos como en ola.
Antonio Soler
Una historia violenta (Galaxia Gutenberg)


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