Mi?rcoles, 26 de marzo de 2014

Una página en blanco, notas tachadas y la sensación de caer en el vacío, alejarse de las ventanas para no tirarse por ellas, las botellas escondidas de vino y beber colonia en los peores momentos de las resacas, la realidad que se mezcla con los recuerdos, las alucinaciones y las notas escritas hasta formar un todo donde no se sabe qué es real, los ojos cerrados bajo el sol y pequeños círculos amarillos que esconden una ciudad desconocida, la necesidad de ser entendido en su dolor, la posibilidad de salvación y elegir la autodestrucción como forma de vida.

La muerte salió cabalgando de Persia es un extraño texto de Péter Hajnóczy, habla sobre el alcoholismo, la autodestrucción como elección ante la vida y la necesidad de que los otros comprendan aquello que nos tortura y nos define. El protagonista intenta escribir en su cuaderno de espiral, tacha notas, busca recuerdos, se emborracha para transcribir sus alucinaciones, repasa algunos momentos de su vida, el encuentro casual con Krisztina en una piscina, la posibilidad de redención junto a ella, la obsesión por el alcohol, su vergüenza por no terminar los estudios y ser un peón, la espera por su esposa, y en esa espera, salir de casa para comprar botellas de vino con las que calmar el miedo.

Hay desesperación, un humor a veces sombrío y asco en la voz del protagonista. Hajnóczy juega a las cajas chinas, mete diferentes historias en un mismo nivel, el narrador que empieza por su vértigo ante las páginas en blanco, que recuerda su última gran borrachera, que se engaña a sí mismo cuando espera a su esposa y sale de casa para comprar vino y agua que le ayuden a escribir y en ese camino para comprar las botellas, los recuerdos de su encuentro con Krisztina, los primeros textos, el invierno en una pensión, el regreso a casa con el vino creyendo que será la última vez.

El protagonista siente miedo a lanzarse por las ventanas abiertas o bajo el metro, la sensación de vértigo y de abismarse en el vacío, las alucinaciones grotescas, dolorosas, la imposibilidad de dejar el alcohol y sentir que ese estado de obsesión y entrega, es una manera de sobrevivir, de estar en el mundo. La muerte salió cabalgando de Persia es por momentos un libro intenso y doloroso, también aburrido y extraño, es el sufrimiento de un alcohólico por su obsesión, la sensación de estar cayéndose de manera continua, la derrota y unas calles desconocidas dentro de una alucinación.




Yo sentía una sincera envidia por A. y por todos para los que beber o no hacerlo no supone un problema. Por lo que a mí respecta, con el primer vaso me emborracho y me convierto en una persona distinta. Ahora, por un instante, albergué la esperanza de que mi esposa cambiara al tomarse el vaso de cerveza y que me comprendiera, es decir, que me comprendiera y me aceptara sin condiciones, independientemente del estado de ánimo en el que me encontrara.

( … )

Entró en la habitación con las rodillas temblándole ligeramente; sobre la mesa estaban las cuatro botellas de vino y cuatro botellas de agua con efectos medicinales; al lado estaba su vaso, su cuaderno de espiral y su bolígrafo. Se sirvió vino con las manos temblorosas. Lo bebió. No se explicaba de ninguna forma cómo habían llegado el vino y el agua a su escritorio. ¿Habría bajado él mismo a la bodega o a la tienda y se había olvidado? Palpó las botellas. Parecían reales.
Escondió tres de ellas en lugares adecuados -en la lavadora, en el armario de la ropa y en uno de los estantes superiores de la despensa-, donde, pensaba, no los encontraría A. Sobre el escritorio tenía ahora una botella de vino y una de agua; había metido las otras tres botellas de agua en la despensa. El vaso estaba junto al cuaderno y el bolígrafo. Ya podía llegar las visiones, pensó al encender el cigarrillo, pero ahora les tenía un miedo atroz.

( … )

Al fin y al cabo, en su caso el alcoholismo era un gaje del oficio: todos los buenos escritores han sido alcohólicos, y cuando no escribían bebían como cosacos; sin ir más lejos, Vorosmarty, Ady, Krúdy, el morfinómano Géza Csáth y su escritor húngaro favorito: Lásló Cholnoky. Pero también Edgar Allan Poe, E.T.A. Hoffmann, Ambrose Bierce, Malcom Lowry, Dylan Thomas, Faulkner, F.S. Fitzgerarld, O’neil, Jack London (autor de John Barleycorn), Ken Kesey y el autor persa de La lechuza ciega: Sadek Hedayat, ambos drogadictos; y podría seguir enumerando, continuar la triste lista, pero ¿qué sentido tenía?…
Confiaba secretamente en que él no terminaría muriéndose por intoxicación de alcohol, enloquecido o suicidándose, y en que sería tal vez él quien se salvara gracias a un capricho del destino, y que su misión sería vivir y escribir, narrar y relatar sus visiones en un tono seco y sordo de culpa, siempre manteniéndose a cierta distancia de aquellas visiones que constituían su propiedad exclusiva y de las que daría testimonio.
Encendió un cigarrillo y bebió solo la mitad del vino que había en el vaso. Ahora no le temblaban las manos, aunque sudaba y su corazón latía arrítmico. Se inclino sobre su cuaderno de espiral bolígrafo en mano.
Péter Hajnóczy
La muerte salió cabalgando de Persia (traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:36  | Libros...
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