S?bado, 29 de marzo de 2014

Un cambio de vías y un mundo que se altera y cambia, un cielo con dos lunas y una comunidad utópica en mitad de la naturaleza, la mano de una niña que busca la de un niño y parece sellar sus destinos y el pueblo de los gatos, un libro extraño sobre gente pequeña que crea crisálidas del aire, una chica que escapa de su encierro y parece no transmitir emociones en su manera de hablar, un profesor apático y una mujer que mata por encargo con un punzón largo y afilado, la búsqueda de un amor perdido y de la salida de ese mundo de dos lunas, la sensación de andar entre el sueño y la realidad y el pasado como una sombra, los pasos perdidos y sentarse en un tobogán para observar el cielo, tomar distancia y encontrar las respuestas a todo lo extraño que nos rodea.

1q84 contiene todos los elementos que uno espera de Murakami, los personajes perdidos, los tiempos muertos donde la historia se detiene y parece que no pasa nada, sólo un personaje que prepara una comida o ve llover o reflexiona sobre la sensación de pérdida, la importancia de la música y la literatura, la presencia de un mundo onírico en la realidad y la asunción de que nada es lo que parece, el amor como algo frágil, a veces inalcanzable, las desapariciones y los elementos fantásticos, los gatos y los lugares oscuros.

Tengo es escritor y profesor de matemáticas, lleva una vida pausada, se pregunta por su pasado, su relación con su padre, la desaparición de su madre, la mano de una niña que da sentido a su infancia y es el motor de su presente. Aomame es instructora de gimnasia y asesina por encargo, el encierro en su vida, la imposibilidad de conectar con otras personas, el desarraigo y el desapego. Tengo y Aomame se adentran en otro mundo, parecido al que dejaron atrás, pero con dos lunas en el cielo. Y es en ese mundo donde deben encontrarse para salir juntos de él, para dar un sentido a su infancia solitaria y su presente sin raíces. Y en esa búsqueda, una adolescente que escribe un libro extraño, una comunidad religiosa cerrada y enigmática, un pueblo de gatos, Tengo y Aomame como dos puntos que se acercan y se distancian, que se rozan o desaparecen del otro sin poder controlarlo.

Hay rasgos de Kafka en la orilla, La caza del carnero salvaje o Baila, Baila, Baila en 1q84. Pero sentí 1q84 una novela aburrida, alargada, una historia predecible, me preguntaba la razón de tantas páginas para contar una búsqueda entre un niño y una niña que compartieron un momento de epifanía en el patio de colegio. Avanzar por 1q84 es avanzar por cientos de descripciones y diálogos llenos de “como si”, no se nota un cambio en la voz de los protagonistas, todos parecen iguales, el mismo tono, las mismas palabras, la misma tristeza, hay hechos que se repiten a lo largo de las mil páginas pero sin tener un motivo musical, la sensación de algo ya visto y leído de mejor manera en anteriores novelas de Murakami, el aburrimiento en muchas páginas. Al igual que en After Dark o en alguno de sus cuentos, este Murakami no me dice gran cosa, parece una mezcla de Philip K. Dick y Somerset Maugham.

De 1q84 me quedaré con la imagen de un mundo de dos lunas y un cambio de vía. Poco más.




«Podría verlo de la siguiente forma: yo no soy la que tengo un problema; es el mundo que me rodea. Mi conciencia y mis sentidos no sufren ninguna anormalidad; una fuerza incomprensible ha entrado en acción y el mundo a mi alrededor se ha transformado.»
Cuanto más consideraba esa hipótesis, más natural le parecía a Aomame, ya que no experimentaba ninguna sensación de defecto o distorsión sensorial.
Por eso decidió ir más allá todavía en su hipótesis:
«No soy yo la que está enloqueciendo, es el mundo».
Sí, eso era.
«En algún momento, el mundo que conozco ha desaparecido o se ha marchado y un mundo diferente lo ha sustituido. Igual que un cambio de agujas en las vías del tren. Es decir, los sentidos de este yo que se encuentra aquí pertenecen al primer mundo, pero ese mundo se ha convertido en otro diferente, en el cual la transformación de la realidad es, por ahora, algo limitado. La mayor parte del nuevo mundo se sirve del mundo que yo conozco tal y como es. Por eso no noto en mi vida diaria (de momento) casi ninguna merma. Pero probablemente, a medida que vayan avanzando las "partes transformadas", a mi alrededor irán surgiendo diferencias aún más grandes. El margen de error se irá hinchando de forma progresiva. Y, en función de la situación, ese margen podría dañar la lógica de mis actos y hacerme incurrir en un error fatal. Si eso sucediera, me costaría literalmente la vida.
»Un mundo paralelo.»

( … )

—Estás en coma. Has perdido la conciencia, la sensibilidad, y te mantienes en ese estado gracias a un mecanismo de soporte vital. Eres un cadáver viviente, o algo por el estilo, dijo el médico. Bueno, él empleó un eufemismo. Desde un punto de vista médico, puede que sea así. Pero ¿y si todo esto no es más que un disfraz? Me pregunto si, en realidad, no has perdido la conciencia. Si tu mente no vive en otra parte, mientras mantienes tu cuerpo en letargo. Lo he notado durante todo este tiempo. Aunque tal vez sólo sea una vaga impresión.
Silencio.
—Sé perfectamente que es un desatino. Si se lo contara a alguien, pensaría que estoy desvariando. Pero no puedo evitar imaginarlo. Seguro que has perdido la curiosidad por este mundo. Te sientes disgustado, desalentado, indiferente. Supongo que por eso has decidido renunciar a tu cuerpo y llevar una vida diferente en otro lugar. Tal vez en tu mundo interior.

( … )

—Cari Jung llevaba una vida acomodada con su familia en una majestuosa casa situada en una tranquila área residencial de lujo a orillas del lago de Zurich, en Suiza. Pero necesitaba un lugar aislado para poder entregarse a sus pensamientos. Entonces encontró unos terrenos a orillas del lago, en un lugar apartado llamado Bollingen, y se construyó una pequeña casa. Nada parecido a una casa de campo. Él mismo edificó, piedra a piedra, una vivienda redonda de techo alto. Sacaba las piedras de una cantera cercana. Como por aquel entonces en Suiza se necesitaba el título de cantero para poder construir con piedra, Jung se sacó el título. También entró en el gremio. Construir la casa con sus propias manos era algo sumamente relevante. Al parecer, la muerte de su madre influyó en gran medida en su decisión de construir la casa. —Tamaru hizo una breve pausa—. A la edificación la llamaban «la Torre». La diseñó basándose en las cabañas de las aldeas que había visitado en un viaje a África. Dispuso un espacio interior sin divisiones en el que se pudiera hacer vida. Era una vivienda muy sencilla. Consideraba que para vivir no hacía falta nada más. No tenía electricidad, gas ni agua corriente. El agua la recogía de una montaña cercana. Sin embargo, más tarde llegó a la conclusión de que aquello no era más que un arquetipo. Al poco tiempo, tuvo que hacer separaciones, dividirla, construir dos pisos y, luego, añadirle algún ala. En las paredes, además, pintó dibujos. Todo aquello ilustraba las divisiones y el desarrollo de su propia psique; la casa era, por así decirlo, como un mándala tridimensional. Necesitó unos doce años para poder verla más o menos terminada. Es una edificación muy interesante para los estudiosos de Jung. ¿Habías oído hablar de todo esto?
Ushikawa negó con la cabeza.
—La casa junto al lago sigue aún en pie. La custodian los descendientes de Jung, pero como, por desgracia, no está abierta al público, no se puede visitar por dentro. Dicen que, en la entrada de la Torre original, hay una piedra en la que Jung cinceló con sus propias manos una frase que viene a decir más o menos así: «Haga frío o no, Dios está aquí». —Tamaru volvió a hacer una pausa—. «Haga frío o no, Dios está aquí» —repitió en un tono sereno—. ¿Entiendes qué quiere decir?
Ushikawa sacudió la cabeza.
—No, no lo entiendo.
—¿Verdad que no? Yo tampoco sé muy bien qué quería decir. Es una idea compleja que escapa a mi comprensión. Pero el caso es que en la entrada de la casa que él mismo diseñó y levantó con sus manos, piedra a piedra, Cari Jung vio la necesidad de coger el cincel y transmitir ese mensaje. No sé por qué, pero hace ya mucho tiempo que me siento fuertemente atraído por esas palabras. A pesar de no entender lo que significan, esa dificultad hace que resuenen más profundamente en mi corazón. Yo no sé mucho de Dios. Mejor dicho, estuve internado en un orfanato que llevaban curas católicos donde las pasé canutas y por eso nunca he tenido una imagen demasiado buena de Dios. Y allí siempre hacía frío. Incluso en pleno verano. Una de dos: o hacía bastante frío o hacía un frío que pelaba. Si existe un Dios, no se puede decir que haya sido demasiado bueno conmigo. Y sin embargo esas palabras han calado hondo entre los pequeños pliegues de mi alma. A veces cierro los ojos y las repito una y otra vez en mi mente. Por alguna extraña razón, me calman. «Haga frío o no, Dios está aquí.»
Haruki Murakami
1q84 (traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:50  | Libros...
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