Viernes, 28 de marzo de 2014

Cuando hace una hermosa noche estrellada, el señor Palomar dice: -Debo ir a mirar las estrellas-. Dice exactamente: -Debo- porque detesta el despilfarro y cree que no es justo despilfarrar toda esa cantidad de estrellas que están a su disposición. Dice «Debo» también porque no es muy práctico en mirar las estrellas, y este simple acto le cuesta siempre cierto esfuerzo.
La primera dificultad es encontrar un lugar desde el cual pueda extender la mirada por toda la cúpula del cielo sin obstáculos y sin la intromisión de la luz eléctrica, por ejemplo, una playa marina solitaria en una costa muy baja.
Otra condición necesaría es llevar un mapa astronómico, sin el cual no sabría qué está mirando; pero de una vez a otra olvida cómo orientarlo y primero tiene que ponerse a estudiarlo durante media hora. Para descifrar el mapa en la oscuridad debe llevar también una linterna de bolsillo. Los frecuentes cotejos del cielo y el mapa lo obligan a encender y apagar la linterna, y en esos pasos de la luz a la oscuridad se queda casi ciego y cada vez tiene que reacomodar la vista.
Si el señor Palomar utilizara un telescopio las cosas serían más complicadas en ciertos sentidos y más simples en otros; pero por el momento la experiencia que le interesa es la de mirar a simple vista, como los antiguos navegantes y los pastores transhumantes. A simple vista para él, que es miope, significa gafas; y como para leer el mapa tiene que quitárselas, las operaciones se complican con ese alzarlas y bajarlas y han de pasar algunos segundos antes de que su cristalino enfoque las estrellas verdaderas o las escritas. En el mapa los nombres de las estrellas están escritos en negro sobre fondo azul y hay que arrimar la linterna encendida pegándola a la página para descubrirlos. Cuando se alza la mirada al cielo, se lo ve negro, sembrado de vagos resplandores; sólo poco a poco las estrellas se fijan y disponen en dibujos precisos, y cuanto más se mira, más se ven aparecer.
Añádase que los mapas celestes que él necesita consultar son dos, y hasta cuatro: uno muy sintético del cielo ese mes, que presenta separadamente la media bóveda sur y la media bóveda norte; y uno de todo el firmamento, mucho más detallado, que muestra en una larga franja las constelaciones de todo el año para la parte mediana del cielo en torno al horizonte, mientras las del casquete que rodea la Estrella Polar figuran en un mapa circular anexo. En una palabra, localizar una estrella implica el cotejo de los distintos mapas y de la bóveda celeste, con todos los actos que lo acompañan: quitarse y ponerse las gafas, encender y apagar la linterna, desplegar y volver a doblar el mapa grande, perder y hallar los puntos de referencia.
Desde la última vez que el señor Palomar miró las estrellas han pasado semanas o meses; el cielo está todo cambiado; la Osa Mayor (es agosto) se estira casi hasta acostarse sobre la copa de los árboles al noroeste; Arturo cae a pico sobre el perfil de la colina arrastrando todo el barrilete de Bootes; exactamente al oeste está Vega, alta y solitaria; si Vega es aquélla, ésta sobre el mar es Altaír y allá abajo está Deneb nue manda un rayo friolento desde el cenit.
Esta noche el cielo parece mucho más atestado que cualquier mapa; las configuraciones esquemáticas resultan en la realidad más complicadas y menos netas; cada racimo podría contener el triángulo o la línea quebrada que estás buscando; y cada vez que vuelves a alzar los ojos hacia una constelación, parece un poco diferente.
Para reconocer una constelación, la prueba decisiva es ver cómo responde cuando la llaman. Más convincente que la coincidencia de distancias y con figuraciones como las dibujadas en el mapa, es la respuesta que el punto luminoso da al nombre que se le atribuye, la rapidez de su identificación con ese sonido hasta convertirlos en una sola cosa. Los nombres de las estrellas para nosotros, huérfanos de toda mitología, parecen incongruentes y arbitrarios; y sin embargo no podrías nunca considerarlos intercambiables. Cuando el nombre que el señor Palomar ha encontrado es el justo, lo percibe en seguída, porque le da a la estrella una necesidad y una evidencia que antes no tenía; si en cambio es un nombre equivocado, la estrella lo pierde al cabo de pocos segundos, como si se lo sacudiera de encíma, y no se sabe ya dónde estaba y quién era.
En varias oportunidades el señor Palomar decide que la Cabellera de Berenice (constelación que él ama) es este o aquel enjambre luminoso del lado del Serpentario; pero no vuelve a sentir la emocíón de otras veces al reconocer aquel objeto tan suntuoso y sin embargo tan leve. Sólo después se da cuenta de que si no la encuentra es porque la Cabellera de Berenice de esta estación no se ve.
Una ancha parte del cielo está atravesada por estrías y manchas claras: la Vía Láctea cobra en agosto una consístencía densa y se díría que desborda de su alvéolo; lo claro y lo oscuro están tan mezclados que impiden el efecto de perspectiva de un abismo negro en cuya vacía lontananza sobresalen, en relieve, las estrellas; todo queda en el mismo plano: centelleo y nube plateada y tinieblas.
¿Es ésta la exacta geometría de los espacios siderales a la que tantas veces el señor Palomar ha sentido la necesidad de acudir para separarse de la Tierra, lugar de las complicaciones superfluas y de las aproximaciones confusas? Al estar realmente en presencia del cielo estrellado, todo parece escaparle. Aun aquello a que se creía más sensible, la pequeñez de nuestro mundo respecto de las distancias infinitas, no es tan patente. El firmamento es algo que está allá arriba, que se ve que existe, pero de lo cual no se puede tener ninguna idea de dimensión o de distancia.
Si los cuerpos celestes están cargados de incertidumbre, no queda sino fiarse de la oscuridad, de las regiones desiertas del cielo. ¿Qué puede haber más estable que la nada? Y, sin embargo, tampoco de la nada se puede estar seguro al cien por cien. Donde ve que ralea el firmamento, donde ve una brecha vacía y negra, Palomar fija la mirada como si se proyectara en ella; y entonces, aun allí cobra forma algún granito claro o manchita o peca; pero no llega a estar seguro de si existen de verdad o si le parece verlos. Tal vez es un fulgor como los que se ven girar cuando se tienen los ojos cerrados (el cielo oscuro es como el revés de los párpados surcado de fosfenos); tal vez, es un reflejo de sus gafas; pero podría también ser una estrella desconocida que emerge de las profundidades más remotas.
Esta observación de las estrellas transmite un saber inestable y contradictorio ‑piensa Palomar‑, todo lo contrario del que sabían extraer los antiguos. ¿Será porque su relación con el cielo es intermitente y agitada, y no una serena costumbre? Si se obligase a contemplar las constelaciones noche a noche y año tras año, y a seguir su repetido curso a lo largo de los curvos rieles de la bóveda oscura, tal vez al final también él conquistaría la noción de un tiempo continuo e inmutable, separado del tiempo lábil y fragmentario de los acontecimientos terrestres. ¿Pero bastaría estar atento a las revoluciones celestes para que le quedara esta impronta? ¿O no sería necesaria, sobre todo, una revolucíón interior, como la que podría suponer sólo en teoría, sin conseguir imaginar sus efectos sensibles sobre las emonciones y sobre los ritmos de la mente?
Del conocimiento mítico de los astros sólo capta alguna cansada vislumbre; del conocimiento científico, los ecos divulgados por los diarios; de lo que sabe desconfía; lo que ignora mantíene su alma en suspenso. Abrumado, inseguro, se agita sobre los mapas celestes como sobre los horarios de trenes trashojados en busca de una coincidencia.
Ahora una flecha resplandeciente surca el cielo. ¿Un meteoro? Son éstas las noches en que es más frecuente ver estrellas fugaces. Pero muy bien podría ser un avión de línea iluminado. La mirada del señor Palomar se mantiene vigilante, disponible, desprendida de toda certeza.
Se queda media hora en la playa oscura, sentado en una perezosa, torciéndose hacia el sur o hacia el norte, encendiendo cada tanto la linterna y acercando la naríz a los mapas que ha desplegado sobre sus rodillas; después, echando la cabeza hacia atrás, recomienza la exploracíón partiendo de la Estrella Polar.
Sombras silenciosas se empiezan a mover en la arena; una pareja de enamorados se separa de la duna, un pescador nocturno, un guardián, un barquero. El señor Palomar oye un susurro. Mira a su alrededor: a pocos pasos se ha formado una pequeña multitud que observa sus movimientos como las convulsiones de un demente.
Italo Calvino
La contemplación de las estrellas (en Palomar. Traducción de Aurora Bernárdez. Siruela)


Tags: Italo Calvino, Palomar, Aurora Bernárdez, Siruela

Publicado por elchicoanalogo @ 6:36  | Libros...
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