Lunes, 31 de marzo de 2014

"¿Quién habla de victorias?
Sobreponerse es todo"

                                     R.M. RILKE


ATARAXIA

No existe Trafalgar
que me reclame
ni corazón que a voces
me entretenga.

No existe vocación
ni libertad.

Todo es aire
en el acantilado.

                            ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Rainer Maria Rilke, Craig David

Publicado por elchicoanalogo @ 18:24  | Los lunes de Anay
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Y podía haber gastado alguna broma, porque ésa era su forma habitual de sacar a colación ese tema; que si hubo un tiempo en que él habría estado allí metido, con el tamaño que tenía ahora. Pero no había sacado el tema. Lo que sí debió ver fue lo que pasaba por la cabeza de Jack, su postura frente al tema, que ya era definitiva. O puede que decidiera dejarlo para más adelante: ya eran demasiados quehaceres para un día de verano.
Aunque sí, se tenía que haber fijado en la cuna. Y puede que lo único que pensara fuese: «Vale, Jack ya ha tenido en la vida su puñetero bebé». Y por eso había dicho aquello de Tom. «Olvídale, Jack.» O a lo mejor sólo había pensado: «Hay tiempo, todavía hay tiempo». Aún no tenía ni veintiocho años, y estaba en perfectas condiciones para ello.
Sus ojos se habían dado a la tarea de reconocer la zona, eso sí. Cuando volvió con Ellie, alrededor de un año después, a vender la casa -cada uno por su lado, pero juntos- antes de que legara toda aquella gente (también con ojos dispuestos a entregarse a la tarea de reconocer la zona), él había dicho:
-¿Y qué vamos a hacer con las cosas? Quiero decir, lo que hay dentro: los muebles y eso.
No había dicho nada de las cosas que había en Wescott, aquello era cosa de Ellie. Entonces, ¿por qué preguntaba por las de Jebb, como si necesitara que ella le diera instrucciones?
-Pues lo vendes también, Jack -parecía incluso un poco impaciente-. Te sorprendería lo que puedes sacar vendiendo todo esto. Aquí hay para llenar una tienda de antigüedades.
Y así, como Ellie le había dado su beneplácito para seguir adelante, y porque eso había sido en cierto modo como si él le diera a ella una señal, él había vendido la cuna. ¿Para qué querían ellos una cuna? Aunque a él eso le había supuesto un dolor enorme.
Lo que no vendió fue la escopeta. Ni la medalla.
Graham Swift
Ojalá estuvieras aquí (traducción de Amelia Pérez. Galaxia Gutenberg)


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Domingo, 30 de marzo de 2014

me preguntaste cómo sabías si eras guapa
estabas sentada en el centro de la cama
una pequeña sonrisa
el corazón en suspenso
dos vidas y tantos secretos

fuera la ciudad se derrumbaba entre las hierbas

descubriste mi cicatriz
una línea imprecisa en mi vientre
(mi cuerpo temblaba)

es una isla, dijiste

el dolor y la salvación
se presentaron por primera vez


Publicado por elchicoanalogo @ 6:27  | s?lo por hoy
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S?bado, 29 de marzo de 2014

Un cambio de vías y un mundo que se altera y cambia, un cielo con dos lunas y una comunidad utópica en mitad de la naturaleza, la mano de una niña que busca la de un niño y parece sellar sus destinos y el pueblo de los gatos, un libro extraño sobre gente pequeña que crea crisálidas del aire, una chica que escapa de su encierro y parece no transmitir emociones en su manera de hablar, un profesor apático y una mujer que mata por encargo con un punzón largo y afilado, la búsqueda de un amor perdido y de la salida de ese mundo de dos lunas, la sensación de andar entre el sueño y la realidad y el pasado como una sombra, los pasos perdidos y sentarse en un tobogán para observar el cielo, tomar distancia y encontrar las respuestas a todo lo extraño que nos rodea.

1q84 contiene todos los elementos que uno espera de Murakami, los personajes perdidos, los tiempos muertos donde la historia se detiene y parece que no pasa nada, sólo un personaje que prepara una comida o ve llover o reflexiona sobre la sensación de pérdida, la importancia de la música y la literatura, la presencia de un mundo onírico en la realidad y la asunción de que nada es lo que parece, el amor como algo frágil, a veces inalcanzable, las desapariciones y los elementos fantásticos, los gatos y los lugares oscuros.

Tengo es escritor y profesor de matemáticas, lleva una vida pausada, se pregunta por su pasado, su relación con su padre, la desaparición de su madre, la mano de una niña que da sentido a su infancia y es el motor de su presente. Aomame es instructora de gimnasia y asesina por encargo, el encierro en su vida, la imposibilidad de conectar con otras personas, el desarraigo y el desapego. Tengo y Aomame se adentran en otro mundo, parecido al que dejaron atrás, pero con dos lunas en el cielo. Y es en ese mundo donde deben encontrarse para salir juntos de él, para dar un sentido a su infancia solitaria y su presente sin raíces. Y en esa búsqueda, una adolescente que escribe un libro extraño, una comunidad religiosa cerrada y enigmática, un pueblo de gatos, Tengo y Aomame como dos puntos que se acercan y se distancian, que se rozan o desaparecen del otro sin poder controlarlo.

Hay rasgos de Kafka en la orilla, La caza del carnero salvaje o Baila, Baila, Baila en 1q84. Pero sentí 1q84 una novela aburrida, alargada, una historia predecible, me preguntaba la razón de tantas páginas para contar una búsqueda entre un niño y una niña que compartieron un momento de epifanía en el patio de colegio. Avanzar por 1q84 es avanzar por cientos de descripciones y diálogos llenos de “como si”, no se nota un cambio en la voz de los protagonistas, todos parecen iguales, el mismo tono, las mismas palabras, la misma tristeza, hay hechos que se repiten a lo largo de las mil páginas pero sin tener un motivo musical, la sensación de algo ya visto y leído de mejor manera en anteriores novelas de Murakami, el aburrimiento en muchas páginas. Al igual que en After Dark o en alguno de sus cuentos, este Murakami no me dice gran cosa, parece una mezcla de Philip K. Dick y Somerset Maugham.

De 1q84 me quedaré con la imagen de un mundo de dos lunas y un cambio de vía. Poco más.




«Podría verlo de la siguiente forma: yo no soy la que tengo un problema; es el mundo que me rodea. Mi conciencia y mis sentidos no sufren ninguna anormalidad; una fuerza incomprensible ha entrado en acción y el mundo a mi alrededor se ha transformado.»
Cuanto más consideraba esa hipótesis, más natural le parecía a Aomame, ya que no experimentaba ninguna sensación de defecto o distorsión sensorial.
Por eso decidió ir más allá todavía en su hipótesis:
«No soy yo la que está enloqueciendo, es el mundo».
Sí, eso era.
«En algún momento, el mundo que conozco ha desaparecido o se ha marchado y un mundo diferente lo ha sustituido. Igual que un cambio de agujas en las vías del tren. Es decir, los sentidos de este yo que se encuentra aquí pertenecen al primer mundo, pero ese mundo se ha convertido en otro diferente, en el cual la transformación de la realidad es, por ahora, algo limitado. La mayor parte del nuevo mundo se sirve del mundo que yo conozco tal y como es. Por eso no noto en mi vida diaria (de momento) casi ninguna merma. Pero probablemente, a medida que vayan avanzando las "partes transformadas", a mi alrededor irán surgiendo diferencias aún más grandes. El margen de error se irá hinchando de forma progresiva. Y, en función de la situación, ese margen podría dañar la lógica de mis actos y hacerme incurrir en un error fatal. Si eso sucediera, me costaría literalmente la vida.
»Un mundo paralelo.»

( … )

—Estás en coma. Has perdido la conciencia, la sensibilidad, y te mantienes en ese estado gracias a un mecanismo de soporte vital. Eres un cadáver viviente, o algo por el estilo, dijo el médico. Bueno, él empleó un eufemismo. Desde un punto de vista médico, puede que sea así. Pero ¿y si todo esto no es más que un disfraz? Me pregunto si, en realidad, no has perdido la conciencia. Si tu mente no vive en otra parte, mientras mantienes tu cuerpo en letargo. Lo he notado durante todo este tiempo. Aunque tal vez sólo sea una vaga impresión.
Silencio.
—Sé perfectamente que es un desatino. Si se lo contara a alguien, pensaría que estoy desvariando. Pero no puedo evitar imaginarlo. Seguro que has perdido la curiosidad por este mundo. Te sientes disgustado, desalentado, indiferente. Supongo que por eso has decidido renunciar a tu cuerpo y llevar una vida diferente en otro lugar. Tal vez en tu mundo interior.

( … )

—Cari Jung llevaba una vida acomodada con su familia en una majestuosa casa situada en una tranquila área residencial de lujo a orillas del lago de Zurich, en Suiza. Pero necesitaba un lugar aislado para poder entregarse a sus pensamientos. Entonces encontró unos terrenos a orillas del lago, en un lugar apartado llamado Bollingen, y se construyó una pequeña casa. Nada parecido a una casa de campo. Él mismo edificó, piedra a piedra, una vivienda redonda de techo alto. Sacaba las piedras de una cantera cercana. Como por aquel entonces en Suiza se necesitaba el título de cantero para poder construir con piedra, Jung se sacó el título. También entró en el gremio. Construir la casa con sus propias manos era algo sumamente relevante. Al parecer, la muerte de su madre influyó en gran medida en su decisión de construir la casa. —Tamaru hizo una breve pausa—. A la edificación la llamaban «la Torre». La diseñó basándose en las cabañas de las aldeas que había visitado en un viaje a África. Dispuso un espacio interior sin divisiones en el que se pudiera hacer vida. Era una vivienda muy sencilla. Consideraba que para vivir no hacía falta nada más. No tenía electricidad, gas ni agua corriente. El agua la recogía de una montaña cercana. Sin embargo, más tarde llegó a la conclusión de que aquello no era más que un arquetipo. Al poco tiempo, tuvo que hacer separaciones, dividirla, construir dos pisos y, luego, añadirle algún ala. En las paredes, además, pintó dibujos. Todo aquello ilustraba las divisiones y el desarrollo de su propia psique; la casa era, por así decirlo, como un mándala tridimensional. Necesitó unos doce años para poder verla más o menos terminada. Es una edificación muy interesante para los estudiosos de Jung. ¿Habías oído hablar de todo esto?
Ushikawa negó con la cabeza.
—La casa junto al lago sigue aún en pie. La custodian los descendientes de Jung, pero como, por desgracia, no está abierta al público, no se puede visitar por dentro. Dicen que, en la entrada de la Torre original, hay una piedra en la que Jung cinceló con sus propias manos una frase que viene a decir más o menos así: «Haga frío o no, Dios está aquí». —Tamaru volvió a hacer una pausa—. «Haga frío o no, Dios está aquí» —repitió en un tono sereno—. ¿Entiendes qué quiere decir?
Ushikawa sacudió la cabeza.
—No, no lo entiendo.
—¿Verdad que no? Yo tampoco sé muy bien qué quería decir. Es una idea compleja que escapa a mi comprensión. Pero el caso es que en la entrada de la casa que él mismo diseñó y levantó con sus manos, piedra a piedra, Cari Jung vio la necesidad de coger el cincel y transmitir ese mensaje. No sé por qué, pero hace ya mucho tiempo que me siento fuertemente atraído por esas palabras. A pesar de no entender lo que significan, esa dificultad hace que resuenen más profundamente en mi corazón. Yo no sé mucho de Dios. Mejor dicho, estuve internado en un orfanato que llevaban curas católicos donde las pasé canutas y por eso nunca he tenido una imagen demasiado buena de Dios. Y allí siempre hacía frío. Incluso en pleno verano. Una de dos: o hacía bastante frío o hacía un frío que pelaba. Si existe un Dios, no se puede decir que haya sido demasiado bueno conmigo. Y sin embargo esas palabras han calado hondo entre los pequeños pliegues de mi alma. A veces cierro los ojos y las repito una y otra vez en mi mente. Por alguna extraña razón, me calman. «Haga frío o no, Dios está aquí.»
Haruki Murakami
1q84 (traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets)


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Viernes, 28 de marzo de 2014

Cuando hace una hermosa noche estrellada, el señor Palomar dice: -Debo ir a mirar las estrellas-. Dice exactamente: -Debo- porque detesta el despilfarro y cree que no es justo despilfarrar toda esa cantidad de estrellas que están a su disposición. Dice «Debo» también porque no es muy práctico en mirar las estrellas, y este simple acto le cuesta siempre cierto esfuerzo.
La primera dificultad es encontrar un lugar desde el cual pueda extender la mirada por toda la cúpula del cielo sin obstáculos y sin la intromisión de la luz eléctrica, por ejemplo, una playa marina solitaria en una costa muy baja.
Otra condición necesaría es llevar un mapa astronómico, sin el cual no sabría qué está mirando; pero de una vez a otra olvida cómo orientarlo y primero tiene que ponerse a estudiarlo durante media hora. Para descifrar el mapa en la oscuridad debe llevar también una linterna de bolsillo. Los frecuentes cotejos del cielo y el mapa lo obligan a encender y apagar la linterna, y en esos pasos de la luz a la oscuridad se queda casi ciego y cada vez tiene que reacomodar la vista.
Si el señor Palomar utilizara un telescopio las cosas serían más complicadas en ciertos sentidos y más simples en otros; pero por el momento la experiencia que le interesa es la de mirar a simple vista, como los antiguos navegantes y los pastores transhumantes. A simple vista para él, que es miope, significa gafas; y como para leer el mapa tiene que quitárselas, las operaciones se complican con ese alzarlas y bajarlas y han de pasar algunos segundos antes de que su cristalino enfoque las estrellas verdaderas o las escritas. En el mapa los nombres de las estrellas están escritos en negro sobre fondo azul y hay que arrimar la linterna encendida pegándola a la página para descubrirlos. Cuando se alza la mirada al cielo, se lo ve negro, sembrado de vagos resplandores; sólo poco a poco las estrellas se fijan y disponen en dibujos precisos, y cuanto más se mira, más se ven aparecer.
Añádase que los mapas celestes que él necesita consultar son dos, y hasta cuatro: uno muy sintético del cielo ese mes, que presenta separadamente la media bóveda sur y la media bóveda norte; y uno de todo el firmamento, mucho más detallado, que muestra en una larga franja las constelaciones de todo el año para la parte mediana del cielo en torno al horizonte, mientras las del casquete que rodea la Estrella Polar figuran en un mapa circular anexo. En una palabra, localizar una estrella implica el cotejo de los distintos mapas y de la bóveda celeste, con todos los actos que lo acompañan: quitarse y ponerse las gafas, encender y apagar la linterna, desplegar y volver a doblar el mapa grande, perder y hallar los puntos de referencia.
Desde la última vez que el señor Palomar miró las estrellas han pasado semanas o meses; el cielo está todo cambiado; la Osa Mayor (es agosto) se estira casi hasta acostarse sobre la copa de los árboles al noroeste; Arturo cae a pico sobre el perfil de la colina arrastrando todo el barrilete de Bootes; exactamente al oeste está Vega, alta y solitaria; si Vega es aquélla, ésta sobre el mar es Altaír y allá abajo está Deneb nue manda un rayo friolento desde el cenit.
Esta noche el cielo parece mucho más atestado que cualquier mapa; las configuraciones esquemáticas resultan en la realidad más complicadas y menos netas; cada racimo podría contener el triángulo o la línea quebrada que estás buscando; y cada vez que vuelves a alzar los ojos hacia una constelación, parece un poco diferente.
Para reconocer una constelación, la prueba decisiva es ver cómo responde cuando la llaman. Más convincente que la coincidencia de distancias y con figuraciones como las dibujadas en el mapa, es la respuesta que el punto luminoso da al nombre que se le atribuye, la rapidez de su identificación con ese sonido hasta convertirlos en una sola cosa. Los nombres de las estrellas para nosotros, huérfanos de toda mitología, parecen incongruentes y arbitrarios; y sin embargo no podrías nunca considerarlos intercambiables. Cuando el nombre que el señor Palomar ha encontrado es el justo, lo percibe en seguída, porque le da a la estrella una necesidad y una evidencia que antes no tenía; si en cambio es un nombre equivocado, la estrella lo pierde al cabo de pocos segundos, como si se lo sacudiera de encíma, y no se sabe ya dónde estaba y quién era.
En varias oportunidades el señor Palomar decide que la Cabellera de Berenice (constelación que él ama) es este o aquel enjambre luminoso del lado del Serpentario; pero no vuelve a sentir la emocíón de otras veces al reconocer aquel objeto tan suntuoso y sin embargo tan leve. Sólo después se da cuenta de que si no la encuentra es porque la Cabellera de Berenice de esta estación no se ve.
Una ancha parte del cielo está atravesada por estrías y manchas claras: la Vía Láctea cobra en agosto una consístencía densa y se díría que desborda de su alvéolo; lo claro y lo oscuro están tan mezclados que impiden el efecto de perspectiva de un abismo negro en cuya vacía lontananza sobresalen, en relieve, las estrellas; todo queda en el mismo plano: centelleo y nube plateada y tinieblas.
¿Es ésta la exacta geometría de los espacios siderales a la que tantas veces el señor Palomar ha sentido la necesidad de acudir para separarse de la Tierra, lugar de las complicaciones superfluas y de las aproximaciones confusas? Al estar realmente en presencia del cielo estrellado, todo parece escaparle. Aun aquello a que se creía más sensible, la pequeñez de nuestro mundo respecto de las distancias infinitas, no es tan patente. El firmamento es algo que está allá arriba, que se ve que existe, pero de lo cual no se puede tener ninguna idea de dimensión o de distancia.
Si los cuerpos celestes están cargados de incertidumbre, no queda sino fiarse de la oscuridad, de las regiones desiertas del cielo. ¿Qué puede haber más estable que la nada? Y, sin embargo, tampoco de la nada se puede estar seguro al cien por cien. Donde ve que ralea el firmamento, donde ve una brecha vacía y negra, Palomar fija la mirada como si se proyectara en ella; y entonces, aun allí cobra forma algún granito claro o manchita o peca; pero no llega a estar seguro de si existen de verdad o si le parece verlos. Tal vez es un fulgor como los que se ven girar cuando se tienen los ojos cerrados (el cielo oscuro es como el revés de los párpados surcado de fosfenos); tal vez, es un reflejo de sus gafas; pero podría también ser una estrella desconocida que emerge de las profundidades más remotas.
Esta observación de las estrellas transmite un saber inestable y contradictorio ‑piensa Palomar‑, todo lo contrario del que sabían extraer los antiguos. ¿Será porque su relación con el cielo es intermitente y agitada, y no una serena costumbre? Si se obligase a contemplar las constelaciones noche a noche y año tras año, y a seguir su repetido curso a lo largo de los curvos rieles de la bóveda oscura, tal vez al final también él conquistaría la noción de un tiempo continuo e inmutable, separado del tiempo lábil y fragmentario de los acontecimientos terrestres. ¿Pero bastaría estar atento a las revoluciones celestes para que le quedara esta impronta? ¿O no sería necesaria, sobre todo, una revolucíón interior, como la que podría suponer sólo en teoría, sin conseguir imaginar sus efectos sensibles sobre las emonciones y sobre los ritmos de la mente?
Del conocimiento mítico de los astros sólo capta alguna cansada vislumbre; del conocimiento científico, los ecos divulgados por los diarios; de lo que sabe desconfía; lo que ignora mantíene su alma en suspenso. Abrumado, inseguro, se agita sobre los mapas celestes como sobre los horarios de trenes trashojados en busca de una coincidencia.
Ahora una flecha resplandeciente surca el cielo. ¿Un meteoro? Son éstas las noches en que es más frecuente ver estrellas fugaces. Pero muy bien podría ser un avión de línea iluminado. La mirada del señor Palomar se mantiene vigilante, disponible, desprendida de toda certeza.
Se queda media hora en la playa oscura, sentado en una perezosa, torciéndose hacia el sur o hacia el norte, encendiendo cada tanto la linterna y acercando la naríz a los mapas que ha desplegado sobre sus rodillas; después, echando la cabeza hacia atrás, recomienza la exploracíón partiendo de la Estrella Polar.
Sombras silenciosas se empiezan a mover en la arena; una pareja de enamorados se separa de la duna, un pescador nocturno, un guardián, un barquero. El señor Palomar oye un susurro. Mira a su alrededor: a pocos pasos se ha formado una pequeña multitud que observa sus movimientos como las convulsiones de un demente.
Italo Calvino
La contemplación de las estrellas (en Palomar. Traducción de Aurora Bernárdez. Siruela)


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Jueves, 27 de marzo de 2014

Cuando todos los sueños habían muerto
y los automóviles habían aplastado mi lámpara mi pan
en medio del otoño de la lluvia de la noche vacía
surgiste tú extraviada miedosa
Yo te acompañé a través de las calles oscuras
bajo el agua las hojas caían el suelo estaba lleno
de sombras amarillas
Los dos estábamos tristes
los dos empezamos a caminar
desconocidos lejanos entrañables hombro con hombro
mientras las gotas de la lluvia la alegría caían sobre nuestras cabezas

Niña de agua en tus ojos una ternura amarga
despedía palomas de temor palomas mensajeras
que vienen a dormir silenciosas en mi alma
Todas las horas perdidas todos los desastres
iban quedando atrás Tú estabas ahí
en medio de la noche con algo de lámpara en los cabellos en la voz

No te conozco no sé de qué polvo está hecha tu claridad
y ya eres como la estrella que siempre estuvo ahogada en mi sangre.
Fayad Jamís
Octubre


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Mi?rcoles, 26 de marzo de 2014

Una página en blanco, notas tachadas y la sensación de caer en el vacío, alejarse de las ventanas para no tirarse por ellas, las botellas escondidas de vino y beber colonia en los peores momentos de las resacas, la realidad que se mezcla con los recuerdos, las alucinaciones y las notas escritas hasta formar un todo donde no se sabe qué es real, los ojos cerrados bajo el sol y pequeños círculos amarillos que esconden una ciudad desconocida, la necesidad de ser entendido en su dolor, la posibilidad de salvación y elegir la autodestrucción como forma de vida.

La muerte salió cabalgando de Persia es un extraño texto de Péter Hajnóczy, habla sobre el alcoholismo, la autodestrucción como elección ante la vida y la necesidad de que los otros comprendan aquello que nos tortura y nos define. El protagonista intenta escribir en su cuaderno de espiral, tacha notas, busca recuerdos, se emborracha para transcribir sus alucinaciones, repasa algunos momentos de su vida, el encuentro casual con Krisztina en una piscina, la posibilidad de redención junto a ella, la obsesión por el alcohol, su vergüenza por no terminar los estudios y ser un peón, la espera por su esposa, y en esa espera, salir de casa para comprar botellas de vino con las que calmar el miedo.

Hay desesperación, un humor a veces sombrío y asco en la voz del protagonista. Hajnóczy juega a las cajas chinas, mete diferentes historias en un mismo nivel, el narrador que empieza por su vértigo ante las páginas en blanco, que recuerda su última gran borrachera, que se engaña a sí mismo cuando espera a su esposa y sale de casa para comprar vino y agua que le ayuden a escribir y en ese camino para comprar las botellas, los recuerdos de su encuentro con Krisztina, los primeros textos, el invierno en una pensión, el regreso a casa con el vino creyendo que será la última vez.

El protagonista siente miedo a lanzarse por las ventanas abiertas o bajo el metro, la sensación de vértigo y de abismarse en el vacío, las alucinaciones grotescas, dolorosas, la imposibilidad de dejar el alcohol y sentir que ese estado de obsesión y entrega, es una manera de sobrevivir, de estar en el mundo. La muerte salió cabalgando de Persia es por momentos un libro intenso y doloroso, también aburrido y extraño, es el sufrimiento de un alcohólico por su obsesión, la sensación de estar cayéndose de manera continua, la derrota y unas calles desconocidas dentro de una alucinación.




Yo sentía una sincera envidia por A. y por todos para los que beber o no hacerlo no supone un problema. Por lo que a mí respecta, con el primer vaso me emborracho y me convierto en una persona distinta. Ahora, por un instante, albergué la esperanza de que mi esposa cambiara al tomarse el vaso de cerveza y que me comprendiera, es decir, que me comprendiera y me aceptara sin condiciones, independientemente del estado de ánimo en el que me encontrara.

( … )

Entró en la habitación con las rodillas temblándole ligeramente; sobre la mesa estaban las cuatro botellas de vino y cuatro botellas de agua con efectos medicinales; al lado estaba su vaso, su cuaderno de espiral y su bolígrafo. Se sirvió vino con las manos temblorosas. Lo bebió. No se explicaba de ninguna forma cómo habían llegado el vino y el agua a su escritorio. ¿Habría bajado él mismo a la bodega o a la tienda y se había olvidado? Palpó las botellas. Parecían reales.
Escondió tres de ellas en lugares adecuados -en la lavadora, en el armario de la ropa y en uno de los estantes superiores de la despensa-, donde, pensaba, no los encontraría A. Sobre el escritorio tenía ahora una botella de vino y una de agua; había metido las otras tres botellas de agua en la despensa. El vaso estaba junto al cuaderno y el bolígrafo. Ya podía llegar las visiones, pensó al encender el cigarrillo, pero ahora les tenía un miedo atroz.

( … )

Al fin y al cabo, en su caso el alcoholismo era un gaje del oficio: todos los buenos escritores han sido alcohólicos, y cuando no escribían bebían como cosacos; sin ir más lejos, Vorosmarty, Ady, Krúdy, el morfinómano Géza Csáth y su escritor húngaro favorito: Lásló Cholnoky. Pero también Edgar Allan Poe, E.T.A. Hoffmann, Ambrose Bierce, Malcom Lowry, Dylan Thomas, Faulkner, F.S. Fitzgerarld, O’neil, Jack London (autor de John Barleycorn), Ken Kesey y el autor persa de La lechuza ciega: Sadek Hedayat, ambos drogadictos; y podría seguir enumerando, continuar la triste lista, pero ¿qué sentido tenía?…
Confiaba secretamente en que él no terminaría muriéndose por intoxicación de alcohol, enloquecido o suicidándose, y en que sería tal vez él quien se salvara gracias a un capricho del destino, y que su misión sería vivir y escribir, narrar y relatar sus visiones en un tono seco y sordo de culpa, siempre manteniéndose a cierta distancia de aquellas visiones que constituían su propiedad exclusiva y de las que daría testimonio.
Encendió un cigarrillo y bebió solo la mitad del vino que había en el vaso. Ahora no le temblaban las manos, aunque sudaba y su corazón latía arrítmico. Se inclino sobre su cuaderno de espiral bolígrafo en mano.
Péter Hajnóczy
La muerte salió cabalgando de Persia (traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo. Acantilado)


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Martes, 25 de marzo de 2014
Lunes, 24 de marzo de 2014

(las lagartijas en el lavadero, la silueta oscura de los bosques, las bombillas amarillas en la puerta de las casas (que encendían el umbral de un vacío), los mensajes de amor escritos en puertas de madera o en paredes de piedra (y que acababan con un siempre), la luz verde y parpadeante de los mercantes (pequeñas luciérnagas en el mar), el brillo blanco de las olas en la noche y preguntarse por primera vez qué habrá al otro lado del horizonte, el primer baile (mis pisotones y su sonrisa), los días encerrado y el paisaje en movimiento (el cielo del revés y el final de la tierra), una despedida en la línea cuatro y los besos con mitones en la línea seis, salir del círculo iluminado a la oscuridad, cada pequeña muerte)


Los lunes de Anay. Olvidos...

A la memoria de Adolfo Suárez.


"Un charco de hermosura
en un yermo que se tiñe de morado"
                                                     MARÍA EUGENIA REYES LINDO


LA SOMBRA DE LO QUE DIGO

Ahora que el sol se va
de mí como yo de todo,
le doy la espalda y miro
mi sombra, ya más larga
que yo, sobre la tierra.

La luz le dice adiós
sólo a quien mira el cielo.

Ahora que el sol se ha ido
de mí, como yo de todo,
recuerdo hoy como si fuese ayer.

Con asombro apagado de lágrima, me alejo,.
La luz es un recuerdo en lo que escribo.

Nadie en la noche dice
nada que no sea noche.

                                       JUAN VICENTE PIQUERAS





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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El tío de Ernestito era un hombre pequeño y sin cuello. Un hombre redondo, con un coche inmenso, «el Transatlántico», lo llamaba mi padre. Y a él «el Almirante».
«Ya ha llegado el Almirante, con su Transatlántico», decía.
Don Rodri era propenso a llevar chaquetas azules con botones dorados. Y aunque daba los buenos días a todo el mundo, se veía que no era educado como la familia Galiana. Él, simplemente, era alegre. Y su mujer, la hermana de doña Julia, ni siquiera eso.
La mujer de don Rodri daba los buenos días y parecía que a continuación te iba a escupir.
Por lo menos eso es lo que decía mi madre en el lavadero. Y la madre de Mauri asentía.
«La Almiranta», susurraba la madre de Mauri sin dejar de frotar la ropa, confirmando con ese apodo derivado del que mi padre le había puesto al marido, la opinión de mi madre.
A mí me gustaba observar a don Rodri, el Almirante.
Era un hombre rápido a pesar de sus redondeces. Salvo sus zapatos, que eran siempre muy finos y alargados, todo era redondo en don Rodri. De hecho estaba formado por varias esferas. Unas esferas móviles, muy bien engrasadas. La mejor de ellas era la última, su cabeza redonda, rematada por unos pelillos como en ola.
Antonio Soler
Una historia violenta (Galaxia Gutenberg)


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Domingo, 23 de marzo de 2014

la playa en forma de media luna 
las olas negras contra un bote naufragado 
la señal de un kilómetro hasta el faro 
el viento entre los mástiles 
las primeras farolas encendidas 
tu nombre pronunciado en alto
(deja una estela al desaparecer) 
y la palabra siempre (sólo una palabra) 
en un banco de piedra

me apoyo contra el faro

recuerdo una pequeña luz blanquecina
la sombra de mi cuerpo en tu vientre
(como si hubiésemos tomado un mismo camino)
inventar nuestra muerte
con un golpe de mar

recuerdo lo fácil que era contagiarnos el miedo
la palabra que no dijimos

(nosotros)


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S?bado, 22 de marzo de 2014

La tierra australiana, dura y seca, las raíces irlandesas, la justicia inglesa, la batalla entre colonos ricos y pobres y la ley, hombres disfrazados de mujeres que galopan por la llanura y un muchacho que crece en casas míseras y que acaba por ser el aprendiz de un bandolero, celdas húmedas, cuevas y montes como escondites y una vida fuera de la ley, los atracos y el regreso al hogar de noche, robar a los grandes terratenientes y la huida constante, el asedio, las traciones y la sensación de una vida a punto de apagarse, de llegar a su final.

En La verdadera historia de la banda de Kelly, Peter Carey da la voz al bandido Ned Kelly, una especie de Robin Hood australiano que combatió contra el gobierno y el poder de los granjeros ricos, y lo hace de manera cercana, Kelly que escribe sin comas un monólogo febril que mezcla recuerdos, reflexiones sobre la justicia, la posesión de la tierra, las raíces y la miseria. Kelly no usa comas, las pausas las pone el lector, hay momentos donde es necesario releer un párrafo para encontrar el ritmo adecuado, el corte preciso. Peter Carey crea por momentos confusión pero consigue hacer viva y real la voz de Ned Kelly, el ímpetu y la necesidad de escribir la propia vida para dejar constancia de ella y que las palabras permanezcan tras su muerte, su mirada sobre la ley, las leyendas y una tierra en construcción, el deseo de mostrarse no como un bandido de imagen distorsionada (para mal y para bien) sino como un muchacho que creció en una tierra desolada y que sólo buscaba ayudar a su familia a sobrevivir y un hombre que luchó contra una ley injusta y unos hombres traicioneros.

A lo largo de trece legajos Kelly habla de su vida, sus padres inmigrantes, la encarcelación de su padre, el dolor constante en la vida de su madre, la búsqueda de un hogar, sentirse extranjero allá donde fuera, sin derechos, sin dignidad, su intento por llevar una vida de granjero y cómo acaba siendo aprendiz de un bandolero. Cada legajo abarca los hechos significativos en la vida de Ned, su comprensión del mundo que le rodea, sentir que las reglas a las que está sometido son injustas, el dolor y la sangre sólo de un lado, la responsabilidad de sus actos.

Hay momentos de aventura al estilo de las leyendas del viejo oeste y momentos donde se detiene la narración para describir una tierra nueva, un nacimiento, una ausencia, un primer amor, están la relación extraña de Ned con su madre, un sentimiento constante de rabia, la lucha o la asunción de un final y las páginas dedicadas a relatar la vida de un bandolero, los escondites, los planes, los atracos, hay digresiones y pura acción, hay momentos de una intimidad sencilla y explosiones secas de violencia.

Lo mejor de La verdadera historia de la banda de Kelly es la escritura febril de Peter Carey, la voz imperiosa de Ned Kelly, la ausencia de comas que desbordan todo el texto, no desviarse de un final aunque se sepa marcado por la propia sangre.




Sólo tenía 14 años y ½ nunca una cuchilla había repasado mi labio superior pero cuando salí trotando detrás de Harry Power con los bolsillos llenos de canicas estaba viajando directamente al encuentro del hombre que llegaría a ser. Harry montaba al viejo estilo se inclinaba tanto hacia atrás en los saltos que debía llevar las ancas marcadas en la columna. En cambio yo montaba con saltos cortos me ponía de pie para galopar y cuando saltábamos troncos caídos me inclinaba hacia delante. Éramos Pasado & Presente éramos Inocencia & Años cabalgamos duro hasta Whitfield donde aliviamos a un pobre colono del peso de un saco de arena.
Peter Carey
La verdadera historia de la banda de Kelly (traducción de Enrique de Hériz. El aleph. Quinteto)


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Viernes, 21 de marzo de 2014

Mañana sábado veintidós de marzo Sos Bilbao organizará un nuevo rastrillo en la plaza Gernika de Santurtzi. Será un rastrillo especial, esta vez estarán juntos los perros y gatos de la protectora, habrá actividades para niños, además de libros, ropa, juguetes, cuadros, accesorios para gatos y perros, decoración. Todo lo recaudado irá para el mantenimiento de los perros y gatos de la protectora. ¡Allí nos veremos!

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Centro canino Euskalmushing




Pasados unos meses de las navidades nos encontramos con un problema muy frecuente, los animales que un día fueron un obsequio de regalo han crecido, ya no son esos peluches, el tamaño no era el esperado y han pasado a ser un estorbo. Ahora, empiezan a llegarnos los casos de abandono de aquellos animales que fueron regalados en navidades...
Con este rastrillo gatuno, queremos concienciar a la gente de que los animales NO SON OBSEQUIOS que puedas regalar....para cuando te canses, deshacerte de ellos. Los animales sienten y sufren toda esta irresponsabilidad que tanto vivimos desde las protectoras.
Para ello os invitamos a pasar un día entretenido en nuestro rastrillo, pero esta vez nos gustaría que vinieseis con los más pequeños de la casa. Como siempre tendremos un montón de cositas para vender y recaudar fondos para los peludos; pero especialmente intentaremos concienciar de que UNA VIDA NO SE REGALA, de que los niños aman los animales y debemos enseñarles el valor de poder tener uno en nuestra familia, como lo que es, un miembro más de la familia.
El día 22 haremos un hueco para los más peques, con actividades para ellos como pintacaras, photocall y manualidades desde las 12.00h hasta las 14.00h y de 17.00h a 19.00h, en las que podrán divertirse aprendiendo el gran valor que tienen para nosotros los animales. En especial, vamos a tener un panel ( muy grande ) donde podras dejar tu "huella" pintada a favor de los derechos de los animales.....esperamos reunir muchas manos, así que pásate por allí y únete a la causa.
Aunque es un rastrillo gatuno ( lo hemos llamado "miauuurcadillo") estarán con nosotros algunos de los perros que tenemos también en adopción desde las 11.00h hasta las 13.00h y esperamos que las casas de acogida se animen a traerlos a la tarde, porque muchos de ellos también han sido abandonados después de un día ser la esperanza y la alegría de la noche de reyes, como de otras muchas celebraciones.
Por ellos......los GATOS......los más olvidados por la sociedad....y por ello.....la EDUCACION, lo más importante en cualquier sociedad.
Os esperamos el día 22 de Marzo desde las 10.00h a las 20.00h en el parque Gernika de Santurtzi. Recordad que las actividades para los niños empezarán a las 12.00h y se prolongarán hasta las 14.00h y de 17.00h a 19.00h.


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Jueves, 20 de marzo de 2014

Mi vida. Mi vida no. Mi vida nunca. Mi vida nunca fue un pájaro sangrando estambre por las alas. Mi vida nunca llevó en el cráneo una corona de astillas. Mi vida nunca fue. Mi vida no fue ni será mañana una mariposa apresada en las trenzas de una chica. Mi vida no fue ni tampoco es hoy un viejo corazón de madera. Nací el 24 de junio de un año que se rehusó a ser éste. Mi padre estaba borracho de níquel y envuelto en aluminio. Mi madre me dio el nombre de Rebeca, y me talló los ojos con arena. Mi madre me dio el nombre de Rebeca, y me talló los ojos con arena. Tengo miedo. El miedo usa una corona de estrellas. Hace 3 días soñé que mi padre me golpeaba. Hace 2 días soñé que mi madre me cosía la boca. No me reconozco. Miro el espejo y encuentro a un ángel deshojando el mundo. Tengo el terrible deseo de gritar mi nombre. Tengo el abecedario tatuado en los tobillos. Nací el 24 de junio de mil novecientos violeta. Nací en una pradera de tuercas y filósofos llorando rocas y esquirlas y teorías astrogramaticales encima de una rosa. Mi vida nunca fue un pájaro con las entrañas llenas de estambre parado en la estructura ósea de una estrella. No tengo recuerdos de mi casa. Pienso que soy un caballo con la mandíbula rota. Pienso que soy una niña que lleva por grillete las estrellas del mundo. Pienso que he venido renaciendo los últimos 24 años, y que he transformado mi horario escolar en una placenta de pétalos. Pienso que mi vida es un pajarito con el corazón de estambre y una corona de huesos. Pero no es así. Mi vida no es un pájaro de estambre, ni violeta, ni rojo, ni verde, ni pluma, ni cieno, ni triste, ni roca, ni azulmente roca, ni estambremente roca. Mi vida es una nota al pie de mi obra. Y mi obra es un libro de geografía que se ha convertido en mariposa. Y mi mariposa lleva polen y ríos sobre las alas. Nací el 24 de junio de ningún año. Soy una mujer con 500 golondrinas dentro. No tengo recuerdos de mi pueblo. Me estoy soñando. No tengo recuerdos de mi infancia. Me estoy soñando. Mi vida nunca fue. He descubierto que la poesía es un cuadro que se pinta sin usar pinceles, una danza que se baila sin usar el cuerpo, un beso que se da sin usar los labios. He descubierto que la poesía es un juego en el cual está prohibido seguir las reglas; que es entender que tenemos el pecho lleno de musgo, de nieve, de agua, de tierra y de semillas que florecen como soles; que la poesía es una parvada de golondrinas despedazándote el cuerpo de adentro hacia fuera; que la poesía es platicar con las palomas en el techo de las catedrales. He descubierto, que quizá, incluso, la poesía es. Nací el 24 de junio de mil novecientos madera y tres. Mi madre se rompió los dientes en el parto. Fui arrojada a una cuna de paja. Tenía las uñas de los pies azules y enrolladas como pergamino. Mi padre estuvo orgulloso de mi sexo, hasta que descubrió que mi sexo era una constelación de girasoles. Esta mañana he decidido escribir, no poesía, no tratados, no alfileres, no escritorios, no mi vida o una novela, sólo escribir. Sólo tallarme los ojos con la pluma, para ver al mundo lleno de rayones, y una de mis lágrimas sea tinta.
David Meza
Canción primera

http://www.goear.com/listen/b1b6d51/audiopoema-cancion-primera-david-meza-en-voz-isabel-tejada-balsas-david-meza-isabel-tejada-balsas


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Mi?rcoles, 19 de marzo de 2014
Martes, 18 de marzo de 2014

El vuelco en la vida de un niño de diez años, el cambio de paisaje, las rodadas en los caminos y la tierra abrupta y extraña que poco a poco se convierte en un hogar, el horizonte lejano y las madrigueras de los perros de la pradera, un viaje en tren y el encuentro con una familia de Bohemia, una niña llamada Ántonia y el inicio de una aventura, los colonos que se instalan en las nuevas tierras (las casas bajo tierra) y los rusos, bohemios, noruegos que mezclan idiomas y gestos, una tumba en un cruce de caminos y la libertad del campo, un sendero abierto entre la nieve y el sonido de los molinos junto a las granjas, el crecimiento de un territorio con muerte, esfuerzo y dignidad, las chicas extranjeras que se convierten en criadas y sus sueños de modistas, pioneras o granjeras, una carpa donde bailar cada sábado y un reencuentro pasados los años donde dos adultos vuelven a ser aquellos niños que crecieron juntos y descubrieron el mismo mundo.

Mi Ántonia es un viaje iniciático, es Jim con diez años cambiando de hogar por la muerte de sus padres, y en ese cambio, un nuevo rumbo en su vida, otro paisaje, otras personas que conformarán su naturaleza, es Ántonia lejos de su tierra, en un país y un idioma desconocidos, los recuerdos atrás y un mundo que se presenta cruel y duro, es Jim y Ántonia en Nebraska, descubriendo a la par la nueva tierra, el paisaje extraño, distinto, austero, abriéndose a una vida inesperada, inseparables el uno del otro, la misma curiosidad, la misma sensación de aventura, los sueños bajo el cielo estrellado o en las primeras nevadas, saber qué plantar en la tierra, cómo montar a caballo, reconocer el paisaje (y reconocerse en él), la aventura y la incertidumbre de estar ante algo nuevo, un mundo en constante cambio, y aprender a reconocer sus señales, es Jim escribiendo de adulto sobre sus recuerdos, su madurez tranquila, algo gris, su memoria repleta de colorido, de paisajes abiertos, de personajes estrafalarios.

Los primeros capítulos de Mi Ántonia se suceden de manera pausada, historias dentro de historias, los salmos del abuelo de Jim, la tristeza del padre de Ántonia, los recuerdos de los colonos rusos de su tierra y su huida de ella, las anécdotas de colonos y vaqueros, la construcción de un ataúd, las clases de inglés de Jim a Ántonia, su amistad que también es amor y admiración y hogar. Willa Cather escribe de manera sutil, cercana, combina la aventura con la mirada contemplativa de un muchacho en una nueva tierra, cómo se hace con ella, su traslado de la granja a un pequeño pueblo y, de ahí, a la  universidad. Jim crece poco a poco, coquetea con sus amigas de Bohemia, se acerca y aleja de Ántonia según el significado de sus emociones, amor, dolor, incomprensión, los años en la granja de sus abuelos como la esencia de quien es.

Mi Ántonia habla de los colonos y los pioneros, de una tierra casi desierta y de los emigrantes que se asientan en ella, de la aventura que es cabalgar por la llanura y la opresión de las casas de la ciudad, de una amistad que es amor y refugio, de un muchacho que se abre a la vida, y en ese descubrirse ante ella, la mano amiga de una muchacha de Bohemia que aspira a tener su propia granja. Jim escribe los recuerdos que le unen Ántonia, y, también los que les separa de ella, el reencuentro tras años de ausencia, la rutina de su presente que engrandece la aventura que fue cruzarse con una niña en una estación de tren y viajar con ella en un carro bamboleante. Willa Cather se detiene en la memoria, en el paisaje que rodea a los personajes hasta convertirse en parte de ellos, en los sueños y frustraciones, la aventura de quienes aspiran a sobrevivir en un medio hostil, la voz tierna y pausada de quien recuerda.




Salí cautelosamente de debajo de la piel de búfalo, me puse de rodillas y me asomé por un costado del carro. No parecía haber nada a la vista; no había vallas, ni árboles ni arroyos, no había campos ni colinas. Si existía una carretera, yo no pude distinguirla bajo la tenue luz de las estrellas. No había nada más que tierra: no era un país, sino el material del que están hechos los países. No, no había nada más que tierra… ligeramente ondulada, eso sí que lo sabía, porque las ruedas chirriaban a menudo al frenar cuando bajábamos hasta el fondo de una hondonada y volvíamos a subir dando bandazos por el otro lado. Tenía la sensación de que dejábamos atrás el mundo, de que habíamos traspasado sus límites y nos encontrábamos fuera de la jurisdicción de los hombres. Hasta entonces no había alzado jamás la vista sin ver la silueta familiar de una cadena montañosa recortada en el cielo. Pero allí había, sencillamente, la bóveda celeste.

( … )

Ántonia había sido siempre una de esas personas que graban imágenes en el cerebro que no se desvanecen, que se hacen más vívidas con el tiempo. En mi memoria guardaba una sucesión de tales imágenes, indelebles como las viejas ilustraciones del primer libro de texto: Ántonia golpeando los flancos de mi poni con las piernas desnudas cuando volvimos a casa triunfantes con nuestra serpiente; Ántonia con su chal negro y su gorro de pieles, cuando estaba de pie junto a la tumba de su padre bajo la tormenta de nieve; Ántonia apareciendo en el horizonte con su tiro de caballos de labor a la luz del crepúsculo. Ántonia se prestaba a actitudes humanas inmemoriales, que por instinto reconocemos como universales y verdaderas. No me había equivocado. Ya no era una preciosa muchacha, sino una mujer ajada, pero aún poseía ese algo que inflama la imaginación, aún podía hacer que a uno se le cortara la respiración con una mirada o un gesto que, sin saber cómo, desvelaba el significado de las cosas vulgares. Sólo tenía que encontrarse en el huerto, poner la mano sobre un manzano silvestre y alzar la vista hacia las manzanas, para hacerle sentir a uno la bondad de plantar, cuidar los árboles y, finalmente, recoger los frutos. Todo lo que de fuerte había en su corazón se expresaba mediante su cuerpo, que siempre había sido tan infatigable y generoso en derramar emociones.
Willa Cather
Mi Ántonia (traducción de Gema Moral Bartolomé. Alba)


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Lunes, 17 de marzo de 2014

(la niebla entre los montes, fina, sucia, extraña, el viento frío del mar, las pequeñas olas sobre la ría (el brillo de su cresta blanca en la oscuridad del atardecer), una pareja sentada en el muelle, las manos de él dentro de la melena de ella, una pintada en una pared, falta poesía, sobra miedo, la voz de una niña leyendo un cuento, todas las cosas cambian, los nidos en las ramas desnudas de los árboles y los huecos y el musgo en los troncos, las manos de un vagabundo trabajando la madera para construir barcos y arañas gigantes, las tiras que arranca el cuchillo de la madera y ruedan por la acera, el frío de mar alumbrándose entre la ropa y la piel)


Los lunes de Anay. Abstracciones...

"Cómo cantaba mayo en la noche de enero"
                                                                      CLAUDIO RODRÍGUEZ


Pleamar,
recuerdo que llovía...
Y peinaba mis versos para ti.

                                              ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Claudio Rodríguez, Belle and Sebastian

Publicado por elchicoanalogo @ 18:05  | Los lunes de Anay
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En nuestra antigua patria, se levantaba para abrir las puertas y dejar que nuestro padre condujera su... hum, he olvidado la palabra, ¿como un coche, pero con caballos?
—¿Carro?
—Su carro. Nuestro padre salía con él todos los días. Y Zorya Vechernyaya le abría las puertas al anochecer, cuando volvía con nosotras.
—¿Y tú?
La mujer hizo una pausa. Tenía unos labios carnosos, pero muy pálidos.
—Yo nunca veía a nuestro padre. Estaba durmiendo.
—¿Padeces alguna enfermedad?
No respondió. Si se encogió de hombros, el movimiento fue imperceptible.
—Bueno, querías saber qué miraba.
—La Osa Mayor.
La mujer alzó un brazo para señalarla, y el viento empujó el camisón contra su cuerpo. Sus pezones, y la carne de gallina alrededor de la areola, se transparentaron por un instante, oscuros bajo el blanco algodón. Sombra se estremeció.
—El Carro de Odín, lo llaman. Y la Osa Mayor. En el lugar de donde venimos creemos que es una, una cosa, una, no un dios, pero como un dios, algo malo, encadenado por esas estrellas. Si escapa, lo devorará todo. Y hay tres hermanas que deben vigilar el cielo, durante todo el día y toda la noche. Si escapa eso que las estrellas tienen encadenado, el mundo se acabará. ¡Puf! Así de fácil.
—¿Y la gente cree eso de verdad?
—Antes. Hace mucho tiempo.
—¿Y miras a si puedes ver el monstruo que hay en las estrellas?
—Algo así. Sí.
Sombra sonrió. De no ser por el frío, habría creído que estaba soñando. Todo parecía exactamente como un sueño.
—¿Puedo preguntarte cuántos años tienes? Tus hermanas parecen mucho mayores.
Ella asintió con la cabeza.
—Soy la más joven. Zorya Utrennyaya nació por la mañana, y Zorya Vechernyaya nació por la tarde y yo nací a medianoche. Soy la hermana de medianoche: Zorya Polunochnaya. ¿Estás casado?
—Mi mujer está muerta. Murió la semana pasada en un accidente de coche. Ayer se celebró su funeral.
Neil Gaiman
American Gods (traducción de Mónica Faerna. Roca bolsillo)


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Domingo, 16 de marzo de 2014

teníamos mil maneras de llegar al dolor

nuestros cuerpos desenfocados
el pequeño gesto de triunfo
un río en mi vientre
y una jaula blanca en tu pecho
(en la puerta un lazo
y dentro un espejo)

nuestro destino pegado a la piel
a punto de devorarnos


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S?bado, 15 de marzo de 2014

Alrededor de la empalizada desigual que corona la meseta frente al río, las hogueras de los indios chisporrotean día y noche. En la negrura sin estrellas meten más miedo todavía. Los españoles, apostados cautelosamente entre los troncos, ven al fulgor de las hogueras destrenzadas por la locura del viento, las sombras bailoteantes de los salvajes. De tanto en tanto, un soplo de aire helado, al colarse en las casucas de barro y paja, trae con él los alaridos y los cantos de guerra. Y en seguida recomienza la lluvia de flechas incendiarias cuyos cometas iluminan el paisaje desnudo. En las treguas, los gemidos del Adelantado, que no abandona el lecho, añaden pavor a los conquistadores. Hubieran querido sacarle de allí; hubieran querido arrastrarle en su silla de manos, blandiendo la espada como un demente, hasta los navíos que cabecean más allá de la playa de toscas, desplegar las velas y escapar de esta tierra maldita; pero no lo permite el cerco de los indios. Y cuando no son los gritos de los sitiadores ni los lamentos de Mendoza, ahí está el angustiado implorar de los que roe el hambre, y cuya queja crece a modo de una marea, debajo de las otras voces, del golpear de las ráfagas, del tiroteo espaciado de los arcabuces, del crujir y derrumbarse de las construcciones ardientes.
Así han transcurrido varios días; muchos días. No los cuentan ya. Hoy no queda mendrugo que llevarse a la boca. Todo ha sido arrebatado, arrancado, triturado: las flacas raciones primero, luego la harina podrida, las ratas, las sabandijas inmundas, las botas hervidas cuyo cuero chuparon desesperadamente. Ahora jefes y soldados yacen doquier, junto a los fuegos débiles o arrimados a las estacas defensoras. Es difícil distinguir a los vivos de los muertos.
Don Pedro se niega a ver sus ojos hinchados y sus labios como higos secos, pero en el interior de su choza miserable y rica le acosa el fantasma de esas caras sin torsos, que reptan sobre el lujo burlón de los muebles traídos de Guadix, se adhieren al gran tapiz con los emblemas de la Orden de Santiago, aparecen en las mesas, cerca del Erasmo y el Virgilio inútiles, entre la revuelta vajilla que, limpia de viandas, muestra en su tersura el Ave María heráldico del fundador.
El enfermo se retuerce como endemoniado. Su diestra, en la que se enrosca el rosario de madera, se aterra a las borlas del lecho. Tira de ellas enfurecido, como si quisiera arrastrar el pabellón de damasco y sepultarse bajo sus bordadas alegorías. Pero hasta allí le hubieran alcanzado los quejidos de la tropa. Hasta allí se hubiera deslizado la voz espectral de Osorio, el que hizo asesinar en la playa del Janeiro, y la de su hermano don Diego, ultimado por los querandíes el día de Corpus Christi, y las otras voces, más distantes, de los que condujo al saqueo de Roma, cuando el Papa tuvo que refugiarse con sus cardenales en el castillo de Sant Angelo. Y si no hubiera llegado aquel plañir atroz de bocas sin lenguas, nunca hubiera logrado eludir la persecución de la carne corrupta, cuyo olor invade el aposento y es más fuerte que el de las medicinas. ¡Ay!, no necesita asomarse a la ventana para recordar que allá afuera, en el centro mismo del real, oscilan los cadáveres de los tres españoles que mandó a la horca por haber hurtado un caballo y habérselo comido. Les imagina, despedazados, pues sabe que otros compañeros les devoraron los muslos.
¿Cuándo regresará Ayolas, Virgen del Buen Aire? ¿Cuándo regresarán los que fueron al Brasil en pos de víveres? ¿Cuándo terminará este martirio y partirán hacia la comarca del metal y de las perlas? Se muerde los labios, pero de ellos brota el rugido que aterroriza. Y su mirada turbia vuelve hacia los platos donde el pintado escudo del Marqués de Santillana finge a su extravío una fruta roja y verde.
Baitos, el ballestero, también imagina. Acurrucado en un rincón de su tienda, sobre el suelo duro, piensa que el Adelantado y sus capitanes se regalan con maravillosos festines, mientras él perece con las entrañas arañadas por el hambre. Su odio contra los jefes se torna entonces más frenético. Esa rabia le mantiene, le alimenta, le impide echarse a morir. Es un odio que nada justifica, pero que en su vida sin fervores obra como un estímulo violento. En Morón de la Frontera detestaba al señorío. Si vino a América fue porque creyó que aquí se harían ricos los caballeros y los villanos, y no existirían diferencias. ¡Cómo se equivocó! España no envió a las Indias armada con tanta hidalguía como la que fondeó en el Río de la Plata. Todos se las daban de duques. En los puentes y en las cámaras departían como si estuvieran en palacios. Baitos les ha espiado con los ojos pequeños, entrecerrándolos bajo las cejas pobladas. El único que para él algo valía, pues se acercaba a veces a la soldadesca, era Juan Osorio, y ya se sabe lo que pasó: le asesinaron en el Janeiro. Le asesinaron los señores por temor y por envidia. ¡Ah, cuánto, cuánto les odia, con sus ceremonias y sus aires! ¡Como si no nacieran todos de idéntica manera! Y más ira le causan cuando pretenden endulzar el tono y hablar a los marineros como si fueran sus iguales. ¡Mentiras, mentiras! Tentado está de alegrarse por el desastre de la fundación que tan recio golpe ha asestado a las ambiciones de esos falsos príncipes. ¡Sí! ¿Y por qué no alegrarse?
El hambre le nubla el cerebro y le hace desvariar. Ahora culpa a los jefes de la situación. ¡El hambre!, ¡el hambre!, ¡ay!; ¡clavar los dientes en un trozo de carne! Pero no lo hay... no lo hay... Hoy mismo, con su hermano Francisco, sosteniéndose el uno al otro, registraron el campamento. No queda nada que robar. Su hermano ha ofrecido vanamente, a cambio de un armadillo, de una culebra, de un cuero, de un bocado, la única alhaja que posee: ese anillo de plata que le entregó su madre al zarpar de Sanlúcar y en el que hay labrada una cruz. Pero así hubiera ofrecido una montaña de oro, no lo hubiera logrado, porque no lo hay, porque no lo hay... No hay más que ceñirse el vientre que punzan los dolores y doblarse en dos y tiritar en un rincón de la tienda.
El viento esparce el hedor de los ahorcados. Baitos abre los ojos y se pasa la lengua sobre los labios deformes. ¡Los ahorcados! Esta noche le toca a su hermano montar guardia junto al patíbulo. Allí estará ahora, con la ballesta. ¿Por qué no arrastrarse hasta él? Entre los dos podrán descender uno de los cuerpos y entonces...
Toma su ancho cuchillo de caza y sale tambaleándose.


Es una noche muy fría del mes de junio. La luna macilenta hace palidecer las chozas, las tiendas y los fuegos escasos. Dijérase que por unas horas habrá paz con los indios, famélicos también, pues ha amenguado el ataque. Baitos busca su camino a ciegas entre las matas, hacia las horcas. Por aquí debe de ser. Sí, allí están, allí están, como tres péndulos grotescos, los tres cuerpos mutilados. Cuelgan, sin brazos, sin piernas... Unos pasos más y los alcanzará. Su hermano andará cerca. Unos pasos más...
Pero de repente surgen de la noche cuatro sombras. Se aproximan a una de las hogueras y el ballestero siente que se aviva su cólera, atizada por las presencias inoportunas. Ahora les ve. Son cuatro hidalgos, cuatro jefes: don Francisco de Mendoza, el adolescente que fuera mayordomo de don Fernando, Rey de los Romanos; don Diego Barba, muy joven, caballero de la Orden de San Juan de Jerusalén; Carlos Dubrin, hermano de leche de nuestro señor Carlos Quinto; y Bernardo Centurión, el genovés, antiguo cuatralbo de las galeras del Príncipe Andrea Doria.
Baitos se disimula detrás de una barrica. Le irrita observar que ni aun en estos momentos en que la muerte asedia a todos, han perdido nada de su empaque y de su orgullo. Por lo menos lo cree él así. Y tomándose de la cuba para no caer, pues ya no le restan casi fuerzas, comprueba que el caballero de San Juan luce todavía su roja cota de armas, con la cruz blanca de ocho puntas abierta como una flor en el lado izquierdo, y que el italiano lleva sobre la armadura la enorme capa de pieles de nutria que le envanece tanto.
A este Bernardo Centurión le execra más que a ningún otro. Ya en Sanlúcar de Barrameda, cuando embarcaron, le cobró una aversión que ha crecido durante el viaje. Los cuentos de los soldados que a él se refieren fomentaron su animosidad. Sabe que ha sido capitán de cuatro galeras del Príncipe Doria y que ha luchado a sus órdenes en Nápoles y en Grecia. Los esclavos turcos bramaban bajo su látigo, encadenados a los remos. Sabe también que el gran almirante le dio ese manto de pieles el mismo día en que el Emperador le hizo a él la gracia del Toisón. ¿Y qué? ¿Acaso se explica tanto engreimiento? De verle, cuando venía a bordo de la nao, hubieran podido pensar que era el propio Andrea Doria quien venía a América. Tiene un modo de volver la cabeza morena, casi africana, y de hacer relampaguear los aros de oro sobre el cuello de pieles, que a Baitos le obliga a apretar los dientes y los puños. ¡Cuatralbo, cuatralbo de la armada del Príncipe Andrea Doria! ¿Y qué? ¿Será él menos hombre, por ventura? También dispone de dos brazos y de dos piernas y de cuanto es menester...
Conversan los señores en la claridad de la fogata. Brillan sus palmas y sus sortijas cuando las mueven con la sobriedad del ademán cortesano; brilla la cruz de Malta; brilla el encaje del mayordomo del Rey de los Romanos, sobre el desgarrado jubón; y el manto de nutrias se abre, suntuoso, cuando su dueño afirma las manos en las caderas. El genovés dobla la cabeza crespa con altanería y le tiemblan los aros redondos. Detrás, los tres cadáveres giran en los dedos del viento.
El hambre y el odio ahogan al ballestero. Quiere gritar mas no lo consigue y cae silenciosamente desvanecido sobre la hierba rala.


Cuando recobró el sentido, se había ocultado la luna y el fuego parpadeaba apenas, pronto a apagarse. Había callado el viento y se oían, remotos, los aullidos de la indiada. Se incorporó pesadamente y miró hacia las horcas. Casi no divisaba a los ajusticiados. Lo veía todo como arropado por una bruma leve. Alguien se movió, muy cerca. Retuvo la respiración, y el manto de nutrias del capitán de Doria se recortó, magnífico, a la luz roja de las brasas. Los otros ya no estaban allí. Nadie: ni el mayordomo del Rey, ni Carlos Dubrin, ni el caballero de San Juan. Nadie. Escudriñó en la oscuridad. Nadie: ni su hermano, ni tan siquiera el señor don Rodrigo de Cepeda, que a esa hora solía andar de ronda, con su libro de oraciones.
Bernardo Centurión se interpone entre él y los cadáveres: sólo Bernardo Centurión, pues los centinelas están lejos. Y a pocos metros se balancean los cuerpos desflecados. El hambre le tortura en forma tal que comprende que si no la apacigua en seguida enloquecerá. Se muerde un brazo hasta que siente, sobre la lengua, la tibieza de la sangre. Se devoraría a sí mismo, si pudiera. Se troncharía ese brazo. Y los tres cuerpos lívidos penden, con su espantosa tentación... Si el genovés se fuera de una vez por todas... de una vez por todas... ¿Y por qué no, en verdad, en su más terrible verdad, de una vez por todas? ¿Por qué no aprovechar la ocasión que se le brinda y suprimirle para siempre? Ninguno lo sabrá. Un salto y el cuchillo de caza se hundirá en la espalda del italiano. Pero ¿podrá él, exhausto, saltar así? En Morón de la Frontera hubiera estado seguro de su destreza, de su agilidad...
No, no fue un salto; fue un abalanzarse de acorralado cazador. Tuvo que levantar la empuñadura afirmándose con las dos manos para clavar la hoja. ¡Y cómo desapareció en la suavidad de las nutrias! ¡Cómo se le fue hacia adentro, camino del corazón, en la carne de ese animal que está cazando y que ha logrado por fin! La bestia cae con un sordo gruñido, estremecida de convulsiones, y él cae encima y siente, sobre la cara, en la frente, en la nariz, en los pómulos, la caricia de la piel. Dos, tres veces arranca el cuchillo. En su delirio no sabe ya si ha muerto al cuatralbo del Príncipe Doria o a uno de los tigres que merodean en torno del campamento. Hasta que cesa todo estertor. Busca bajo el manto y al topar con un brazo del hombre que acaba de apuñalar, lo cercena con la faca e hinca en él los dientes que aguza el hambre. No piensa en el horror de lo que está haciendo, sino en morder, en saciarse. Sólo entonces la pincelada bermeja de las brasas le muestra más allá, mucho más allá, tumbado junto a la empalizada, al corsario italiano. Tiene una flecha plantada entre los ojos de vidrio. Los dientes de Baitos tropiezan con el anillo de plata de su madre, el anillo con una labrada cruz, y ve el rostro torcido de su hermano, entre esas pieles que Francisco le quitó al cuatralbo después de su muerte, para abrigarse.
El ballestero lanza un grito inhumano. Como un borracho se encarama en la estacada de troncos de sauce y ceibo, y se echa a correr barranca abajo, hacia las hogueras de los indios. Los ojos se le salen de las órbitas, como si la mano trunca de su hermano le fuera apretando la garganta más y más.
Manuel Mujica Láinez
El hambre (en Misteriosa Buenos Aires. Seix Barral)


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Viernes, 14 de marzo de 2014

Moteles, carreteras, desiertos y estaciones centrales de tren, adulterios y aventuras amorosas que son síntomas indoloros y el poso que deja en la vida de los otros, parejas que se despiden por última vez, que se preguntan por la autenticidad de sus gestos, por si han aportado algo al otro, hombres y mujeres que reflexionan sobre sus actos, sobre cómo han llegado a la persona que son, a la situaciones que viven, siempre ante el umbral de un cambio, de un hecho significativo que volteará sus vidas, los momentos de intimidad y comunión y los momentos de una muda distancia y tensión, la vida doméstica y la vida fuera de ella como una especie de refugio o sustento.

Los personajes de Pecados sin cuento se encuentran en habitaciones de hotel, follan y se preguntan por la realidad de su deseo, los límites entre el bien y el mal, se cuestionan sobre las diferentes piezas de su vida y cómo encajarlas sin que nadie resulte perjudicado. Los encuentros entre los personajes de Pecados sin cuento son furtivos, intensos, hay algo de verdad en ellos y, a la vez, de duda y quiebra, se cobijan en el otro, un paréntesis en su rutina, siempre con el miedo a descubrir algo que cambie para siempre su vida.

En Intimidad, un hombre insomne vigila a una vecina de noche, sólo ve un cuerpo desnudo difuso (su mujer detrás de él, dormida en la cama). Es un deseo extraño, inquietante, protegerse en la oscuridad de una habitación para adentrarse en otra vida sin dejar marcas. El inicio de Momentos exquisitos es excepcional, un hombre detenido en un cruce, la nieve en la calle, el rojo del semáforo, una mujer aturdida en la carretera que se levanta y muere atropellada. El narrador ve la muerte de la mujer por el espejo retrovisor, se encuentra con su amante, un último encuentro, se pregunta si su relación le ha aportado algo. En Resignación un adolescente va a cazar patos con su padre, la relación distante entre ambos, el padre que abandonó a su madre y a él, el muchacho que siente esa cacería como un punto de inflexión, el inicio de un cambio.

Encuentro es una estación de tren, una figura conocida entre la multitud, alguien que se acerca al hombre al que destrozó la vida al acostarse con su mujer. Cachorro o Centro de acogida son cuentos pequeños, la vida familiar siempre en suspenso y tensión, algo que parece a punto de romperse en cualquier momento. En cambio, Bajo el radar es corto, intenso, la confesión de una mujer de su adulterio, un coche detenido en el arcén, las manos y las voces inquietas. Canadienses y Caridad son parejas que se despiden o intentan reflotar su relación. Pecados sin cuento termina con un gran cuento, Abismo, un viaje improvisado al Gran Cañón, un coche en el desierto, una pareja que sólo se entienden cuando follan, que hablan con sus cónyuges en los tiempos muertos, que intentan adecuar su vida al deseo que sienten por el otro, el descubrimiento del vacío en el paisaje y dentro de ellos.

Pecados sin cuento es una buena colección de relatos (aunque no llega al nivel de Rock Springs), la voz pausada de Richard Ford, la tensión y la reflexión de unos cuentos donde los personajes se cuestionan por sus motivaciones y deseos, sienten que se encuentran en un punto crucial de su vida y ven señales que les indican el camino a seguir o lo que hay que dejar atrás. Hay momentos donde cada párrafo describe un instante significativo, una revelación de quién es y qué hacen los personajes.





Después de aquella mañana de diciembre en el Gran Lago, en 1961, mi padre vivió treinta años más. Y eso, se mire por donde se mire, es toda una vida. No me interesan los porqués de lo que hizo o dejó de hacer, ni si aquel día cambió mi vida, pues la verdad es que creo que no. Mi vida ya había cambiado. Aquella mañana, simplemente, empecé a desarrollar ciertas pautas de conducta a las que me he atenido desde entonces. Al igual que mi padre, soy abogado. Y la abogacía es una profesión que te enseña que la vida consiste, fundamentalmente, en adaptarse, en ser dúctil, en resignarse a aceptar hechos que ocurren fuera de nuestro control y que quizá nunca tuvimos intención de controlar. De modo que cuando sentimos la tentación de rebelarnos, o, como me ocurrió por un instante en el aguardadero, o durante esos treinta años, de dejarme llevar por la rabia contra mi padre, cosa que aún me sucede cuando veo a alguien que me lo recuerda entrando en un edificio vestido con un traje milrayas y una pajarita de colores vivos, intento convencerme de nuevo de que lo mejor es buscar alguna válvula de escape y de que esa cólera es puramente subjetiva y no hay manera de obtener ninguna compensación. Por mucho que la ansiemos. Se podría considerar que la vida no es, prácticamente, otra cosa que el deseo de lograr una compensación. Siendo, como soy, hijo y nieto de abogados, lo sé. Y también sé que no debo esperarla.

( … )

Él y Madeleine habían hablado de vivir juntos al lado del océano. Se había convertido en uno de esos temas por los que uno se deja seducir durante una semana -compras mapas, preguntas el precio de las casas, te interesas por la temperatura media invernal- y luego no entiende cómo se le ocurrió semejante idea.
Lo cierto es que Rothman adoraba a Washington; le gustaban su vida, su gran casa detrás de Capitol Hill, sus colegas profesionales y sus hermanos, el aire sureño de la ciudad, un tanto grotesco y un tanto destartalado, sus compañeros de póquer, ser miembro del Cosmos Club. La libertad con la que vivía allí. De vez en cuando incluso iba a cenar con su ex mujer, Laura, la cual, al igual que él, era abogada y no se había vuelto a casar. Henry había llegado a la conclusión de que lo que eras realmente, y aquello en lo que creías, estaba representado por lo que conservabas o eras incapaz de cambiar. Muy pocas personas alcanzaban a comprenderlo; casi todas las que formaban parte de su estrato social pensaban que todo era posible en cualquier momento, y seguían intentando convertirse en otra cosa. Pero al cabo de un tiempo esas verdades personales acababan siendo máximas, y tanto daba lo que hicieras o dijeras para resistirte a ellas. Y eso era todo. Henry Rothman había comprendido que era un hombre destinado primordialmente a vivir solo, por más cantos de sirena que oyera en sentido contrario. Y no se lo pasaba nada mal así.

( … )

Había nacido en Nueva York, y era un neoyorquino de los pies a la cabeza. «Así pues, Henry, ¿eso es todo para ti?», decía con sorna. Su padre siempre quería más, más para Henry, más para sus hermanos, más de lo que tenían, más de lo que les parecía suficiente. Decir ya tengo bastante, considerar colmadas las propias aspiraciones, era conformarse con poco. Y así, en opinión de su padre, aun cuando pareciera que todo era exquisito y sin parangón, cosa que podía muy bien ocurrir, ¿de verdad no se podía conseguir algo mejor? La vida siempre te ofrecía opciones superiores. Siempre había algo más. Aunque ahora Henry tenía cuarenta y nueve años, y había cambios que ni notaba: físicos, mentales, espirituales. Había períodos de su vida que habían pasado ya y no volverían a repetirse. Quizá el fiel de la balanza de su vida había alcanzado ya el punto del equilibrio perfecto, y cuando rememorara, en el futuro,el día de hoy, le parecería que fue en ese día cuando las «cosas» empezaron a ir mal, o que ya hacía tiempo que iban mal, o que, incluso, fue entonces cuando alcanzaron su momento culminante. Pero, evidentemente, a partir de entonces tendría que enfrentarse a un hecho muy concreto. Tendría que enfrentarse al hecho de que se encaminaba directamente a su punto de destino, un camino en el que ya no encontraría opciones interesantes y las que se le presentarían serían, en cambio, cada vez más anodinas.

( … )

Observó a Howard, que estaba con la mente en blanco, con las largas y blancas piernas sin vello extendidas delante de él como zancos, con las pálidas rodillas muy lejos de los shorts, con los pies enormes con uñas gigantes y grises y duras como el tungsteno, y con aquella cara blanda y sin carácter, y las cejas tupidas y descuidadas. Y su corte de pelo de jugador de baloncesto. ¿Cómo se le había ocurrido liarse con él? No era interesante, ni inteligente, ni amable, ni profundo, ni guapo. Era un palo con patas. Y allí arriba, donde todo era natural y prístino, te dabas cuenta. Y no le gustaba. La verdadera naturaleza revelaba la verdadera naturaleza de todo.
Pero mientras conducía aquel coche grande de jefe de bomberos por la empinada y serpeante carretera, a cuya derecha, a menos de seis metros, había un precipicio que caía a plomo sobre el desierto, Francés comprendió que no iba a permitir que Howard le echara a perder otro día con su actitud de capullo gilipollas aguafiestas y quejica. Se sentía eufórica... Casi estaba mareada. Aquella sensación le bajó hasta el vientre, y liberó algo, un espíritu que no sabía que estuviera allí, y mucho menos que estuviera encerrado y atrapado. ¡Y aún estaba en la carretera, ni siquiera había llegado al cañón! ¿Cómo se sentiría cuando pudiera salir, dar diez pasos y encontrarse ante aquel espacio que se extendía a kilómetros y kilómetros de distancia? No podía ni imaginárselo. Un profundo hoyo en la tierra. Las grandes maravillas poseían el poder de liberar todo lo que había en ti que aún no era libre. Era algo sobre lo que escribían los poetas. Sólo las minucias de la vida cotidiana, que te lastran y aplastan -cocinar, conducir, hablar por teléfono, hacer que los desconocidos y los seres amados te entiendan, vender casas, cuadrar las cuentas, pararte en el vídeo club-, te hacían olvidar las infinitas posibilidades de la vida.
Probablemente, se desmayaría. Desde luego, se quedaría sin habla, y a continuación lloraría. Cabía la posibilidad de que deseara mudarse allí de inmediato, que comprendiera que su vida había sido un error y comenzara a ponerle remedio. Por eso se mudaba la gente a las que les vendía casas, para irse a un lugar donde pudieran vivir mejor. Tomaban la decisión -al menos los que no se veían obligados a hacerlo por un infortunio- de ser ellos y no otros quienes gobernaran sus vidas.
Richard Ford
Pecados sin cuento (traducción de Damián Alou. Anagrama)


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Jueves, 13 de marzo de 2014

decir que esa mujer era dos mujeres es decir poquito
debía tener unas 12397 mujeres en su mujer /
era difícil saber con quién trataba uno
en ese pueblo de mujeres / ejemplo:
yacíamos en un lecho de amor /
ella era un alba de algas fosforescentes /
cuando la fui a abrazar
se convirtió en singapur llena de perros que aullaban / recuerdo
 
cuando se apareció envuelta en rosas de aghadir /
parecía una constelación en la tierra /
parecía que la cruz del sur había bajado a la tierra /
esa mujer brillaba como la luna de su voz derecha /como el sol que se ponía en su voz  /
en las rosas estaban escritos todos los nombres de esa mujer menos uno /
y cuando se dio vuelta / su nuca era el plan económico /
tenía miles de cifras y la balanza de muertes favorables a la dictadura militar /
 
nunca sabía uno adónde iba a parar esa mujer /
yo estaba ligeramente desconcertado / una noche
le golpié el hombro para ver con quién era
y vi en sus ojos desiertos un camello / a veces
 
esa mujer era la banda municipal de mi pueblo
tocaba dulces valses hasta que el trombón empezaba a desafinar /
y los demás desafinaban con él /
esa mujer tenía la memoria desafinadausté podía amarla hasta el delirio /
hacerle crecer días del sexo tembloroso /
hacerla volar como pajarito de sábana /
al día siguiente se despertaba hablando de malevíç /la memoria le andaba como un reloj con rabia
a las tres de la tarde se acordaba del mulo
que le pateó la infancia una noche del ser
ellaba mucho esa mujer y era una banda municipal /
 
la devoraron todos los fantasmas que pudo
alimentar con sus miles de mujeres  /
y era una banda municipal desafinada
yéndose por las sombras de la placita de mi pueblo /yo compañeros una noche como ésta que
nos empapan los rostros que a lo mejor morimos /
monté en el camellito que esperaba en sus ojos
y me fui de las costas tibias de esa mujer /
 
callado como un niño bajo los gordos buitres
que me comen de todo / menos el pensamiento
de cuando ella se unía como un ramo
de dulzura y lo tiraba en la tarde /
Juan Gelman
Mujeres

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Mi?rcoles, 12 de marzo de 2014

El ritmo lento y reflexivo y qué significa la palabra anormalidad, un muchacho que observa la sociedad a la que pertenece y se siente delante de un umbral que nunca cruzará y la inacción como forma de vivir, preguntarse sobre las reglas y los caminos atávicos y saber que hay otras formas de ubicarse en la vida, la duda constante y sentirse fuera de lugar, reflexionar sobre la  libertad y ver un reflejo del mito de la caverna (quién está libre y quién loco, quién ve sombras y quién no puede adaptarse), el monólogo de un hombre que crece sin escuelas, sin maestros, los juegos en el jardín y la mirada curiosa al despacho donde se reúne su padre con sus amigos, y los tiempos desajustados (la prisa constante de los demás, la pausa en él), algo que se quiebra dentro.

Ritmo lento se inicia con una cita de Machado, pensar es deambular de calle en calle, de calleja en callejón, hasta dar con un callejón sin salida. David es un muchacho que crece en un pequeño chalet, un jardín donde jugar sin vigilancia, las conversaciones con su padre, la idea de la libertad desde la niñez y de no caer en el camino marcado. David habla sobre su vida con calma, explora sus emociones, su relación con su padre, cómo llegó a ser quién es, a sentirse fuera de lo esperado, cómo aprendió el significado de la palabra anormalidad (no algo malo sino diferente), la relación con su hermana, que decide  plantarle cara al padre para tener una vida considerada normal. David pasa por la infancia y la adolescencia sin sentir un cambio en su lentitud, en su manera de moverse por el mundo (son los demás quienes encuentran su comportamiento extraño, inadecuado para adaptarse a lo que se le pide a los individuos que forman una sociedad).

Por momentos parece que una membrana separa a David de todo lo que le rodea, incapaz de conectar con las emociones y los gestos ajenos, extrañado en una sociedad con prisa y que no se detiene a pensar o mirar alrededor en busca de algo diferente. David no termina los estudios, pinta por diversión, no saber relacionarse con las mujeres ni es un hombre de acción, casi siempre callado salvo en algunos momentos de apasionamiento en tertulias con otros pintores o en su relación con Lucia (amiga, pareja, extraña), a quien quiere darle la libertad que él siente, que piense por sí misma. David es un ser alejado de todo y de todos, fiel a unas ideas de libertad y soledad estrictas, se sitúa en la vida de tal manera que no conecta con lo que le rodea.

Martín Gaite escribe con lentitud y pausa el monólogo de David desde el psiquiátrico, se cuestiona sobre el individuo y la sociedad, sobre qué es la libertad y si podemos desmarcarnos del camino previamente señalado, es capaz de dotar de credibilidad las dudas, los miedos, las reflexiones de David sobre la vida, sobre sí mismo y quienes le acompañan, su voz a veces feroz al vivir en una sociedad cuyas reglas desconoce, a veces triste por no saber cómo encauzar el amor, a veces inteligente al preguntarse si no hay otras formas de vivir. Ritmo lento se desarrolla con calma, pero empieza y acaba de manera abrupta, dura, un prólogo y un epílogo en tercera persona que nos hace ver a David fuera de él, que complementa su voz. Una lectura intensa.





Quiero decir que ahora nada más que la tranquilidad de mi carácter nadie me la hizo sentir en la infancia como una falta, ya que las opiniones de mi hermana no tuvieron hasta más adelante autoridad de ley, asíque me limitaba a aceptar su compartimento y sus juicios como totalmente divergentes de los míos.
De tal manera que si las cosas cambiaron luego, en la edad adulta, no fue porque cambiara yo. Es decir, que, al crecer, no dejé de ser lento y reflexivo, sino que, por el contrario, este ritmo se puso más de manifiesto al contrastar con el ritmo apresurado de las demás personas de mi edad, que empezaron a verme como excepción. Lo único, pues, que varió fue el despliegue de atención de los otros hacia mi ritmo lento; o dicho con otras palabras, el reconocimiento de tal ritmo como anormal.

( … )

No me atreví a decirle -porque otras veces que se lo dije se había enfadado mucho- que yo, cuando pintaba, era incapaz de considerar que estaba haciendo algo serio, por lo menos según la acepción que él daba a esta palabra. Para Bernardo, decir serio era como decir obligatorio. Y pintar, al contrario; se relacionaba para mí con jugar, con contemplar. Pero sobre todo con la incertidumbre. Me parecían infinitas las posibilidades de combinar rayas y colores, y el hecho de que la combinación necesaria para dar lugar a un cuadro o dibujo determinado tuviese que depender de mi elección, me sumía en grandes perplejidades, ya que tan valedera me parecía una combinación como la contraria. O sea, que como la finalidad de mis pinturas estaba en ellas mismas (no les había inventado ninguna finalidad), pintaba al mismo ritmo lento que presidió los juegos e inventos de mi infancia. Y con esto no me escapaba del tiempo, sino que sentía aún más su runruneo encima de mí.
Pintar, en una palabra, no era emplear el tiempo.

( … )

El no prestar atención a todas las voces entusiastas y alentadoras que me cercaban llamándome a lugares distintos y sugiriéndome el porvenir como algo seguro y deseable, se había convertido en una terquedad casi morbosa. Era algo correlativo con el miedo a crecer de los años del Instituto, aquella especie de horror a ser arrastrado por los proyectos hacia cajones cerrados donde no tendría aire para pensar, donde moriría. Y así, a pesar de que mi situación provisional, en contraste con las definitivas posiciones que iban adoptando los otros, se había vuelto incómoda y melancólica, no por eso me parecía falsa, mientras conservase los ojos limpios para contemplarla y contemplar, desde ella, las que por mejores tenían los demás.
Carmen Martín Gaite
Ritmo lento (Siruela)


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Martes, 11 de marzo de 2014
Lunes, 10 de marzo de 2014

a)
Ella lleva bastón, el pelo corto, tiene ojos castaños, pequeños, indagadores, se sienta con esfuerzo, la mano sobre el bastón, la mirada fuera del vagón (saca un peine e intenta arreglarse el pelo). Él anda despacio, balancea los brazos atrás y adelante, el pelo blanco, los ojos azules, las manos hinchadas y rojas, la mirada viva. Acerca su mano a la rodilla, da unos golpecitos y acaricia la pierna de su mujer. Su mujer le reprende, él responde que pensaba que era su rodilla (me mira con una sonrisa de niño)

b)
El crepitar de los insectos, el camino estrecho entre los pastos, el viento suave y cálido (de verano), la dureza de la tierra bajo mis pies, el olor a hierba verde y establo, las sombras alargadas sobre la cumbre del monte (hasta que el monte se convierte en una sombra), la puesta de sol al final del camino y la media luna en mitad del cielo, el ruido apagado de la autopista que hace pensar en un río o un mar en calma, las primeras farolas encendidas y los gatos dormidos sobre las vallas de las huertas, los tañidos de las campanas y una lejana música de verbena, una curva en el camino y andar de puntillas sobre el puente del ahorcado, buscar la penumbra para que el mundo que me rodea se presente con mayor nitidez.


Los lunes de Anay. Cálculo de estructuras...

"Esta carretera es larga"
                                       GUADALUPE GRANDE

BODAS DE PLATA

El señor C
a sus cincuenta y pico
aún no se despide de su belleza.
Ejercita sus bíceps con furiosa esperanza
y sus miradas.
Cuando una bella - con cierto bochorno-
le rinde su sonrisa,
el señor C despliega su cola de colores
y transpira.
La señora de C lee libros, medita,
mira para otra parte
y por su cuesta trepa
luchadora.
Dura horas enteras encerrada en el baño.
Mata sus alacranes,
ríe
llora.

Frotan de cuando en cuando
sus desnudeces.
Y cada noche,
cuando cierran los ojos sobre la almohada,
alguien sale en puntillas de entre sus sueños
buscando otras pisadas.

                                        PIEDAD BONNET





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Ya está: Cerdeña se ha acabado. He dormido catorce horas, y ahora me ha despertado el ruido del primer tranvía matutino que circula sobre el mundo desierto. De nuevo estoy en mi calma, en mi habitación cuya ventana ha quedado abierta de par en par toda la noche. Y comprendo lo siguiente: que Cerdeña para mí se ha acabado, no la tendré más, que ha pasado para siempre en el tiempo de mi existencia. Me ocurre que pienso en ella como en un acontecimiento ya lejano, una especie de guerra dentro de mí, o un amor, y que no se puede repetir. ¡Ah! nuestro autocar, los recorridos nocturnos, y esas paradas en el mar, esas llegadas y las islas que aparecían al amanecer. Incluso si no se dormía más de cuatro horas cada noche, ha sido una vida mía inolvidable. Como una infancia. Y de mi infancia ya forma parte, de esa nada, de esa fábula... Me acuerdo del hotel de Macomer como del tercer piso en Gorizia con los cristales que tintineaban a cada disparo de cañón. Y las terracotas de la pequeña iglesia de Tempio silban de verdad, ahora, en la misma llanura de tenderetes de cuando yo tenía seis años.
Elio Vittorini
Cerdeña como una infancia (traducción de Atilio Pentimalli. Minúscula)


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Domingo, 09 de marzo de 2014

el sol se refleja en las cortinas

cierro los ojos 
y veo otras ventanas 
una feria bajo los árboles
casas de piedra y tejados de pizarra
un hórreo y un pequeño camino de tierra

se sentaba en la oscuridad
las manos recogidas sobre la mesa
la mirada fija fuera de la ventana
(su manera de convocar ausencias)

hablaba de la luz difusa
de la belleza de la penumbra

buscábamos el norte
en una brújula pequeña y amarilla
la aguja nerviosa a cada paso
dejábamos atrás la escuela abandonada
la luz blanquecina de la luna
el sonido de los grillos
el titilar de las luciérnagas
y soñábamos con marcianos
enterrados en la nieve

abro los ojos
la sensación de ingravidez
una promesa
que intenta captar un recuerdo
(una puerta de madera con un corazón tallado)

se nos escapa la luz
entre huellas desconocidas


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S?bado, 08 de marzo de 2014

Dick es desmañado, las historias van a impulsos, los inicios son convulsos, a trompicones, los personajes y las situaciones parecen deslavazados, sin conexión entre sí, el exceso de información y la sensación de estar perdido en las primeras páginas hasta el momento donde todo confluye en un punto y adquiere sentido, los finales tan abiertos y convulsos como los inicios, los temas que se repiten, qué es real y qué imaginación, los diferentes planos de realidad dentro de una misma dimensión, las drogas, la religión, los antihéroes que toman partido aun anticipando la derrota que les espera. Dick me habla de otros mundos posibles, de las diferentes capas de la realidad, de la locura y cómo trastoca la percepción del tiempo y la realidad, de la ausencia de fronteras entre lo real, lo soñado, lo inventado y lo imaginado.

Los tres estigmas de Palmer Eldritch es otra historia febril y extraña de Dick, los precog que ven el futuro pero cuya vida es mediocre, los hombres y mujeres enviados a Marte como colonos, su única vía de escape es una droga que les hace reencarnarse en muñecos parecidos Barbie y Kent, los creadores de accesorios para que esos viajes alucinados tengan más detalle y realidad (coches, vajillas, decorados, paisajes), un hombre que se perdió en un viaje espacial y regresa prometiendo la inmortalidad.

Hay reflexiones sobre qué o quién es Dios, la colonización de Marte como la otra cara de Crónicas marcianas, colonos que llegan a un planeta nuevo e inhóspito, su vida mísera, al borde de la depresión, una droga que les hace creer que en otra vida, hay ironía y cierta tristeza, hay la duda constante de las personajes por saber si siguen dentro de una alucinación o han vuelto a la realidad.

Los tres estigmas de Palmer Eldritch se inicia con personajes a la deriva y termina en un sueño alucinado y abierto, y entre esos dos puntos, el regreso de Palmer Eldritch de una expedición interestelar prometiendo la vida eterna a través de una droga nueva (dentro de esa vida nueva, el propio Palmer Eldritch que aparece transformado en diferentes seres, que controla las alucinaciones, que crea un paraíso artificial y guía y decide los pasos a seguir, un dios que busca poder y esclavos).

Me gusta Dick por las dudas que plantea, por su forma de escribir desmañada, tan alucinada como los viajes de sus personajes tras consumir diferentes drogas. El tiempo parece discurrir de otra manera en los libros de Dick, se llena de capas que se solapan unas con otras.




—Cristo dejó bien claro que debemos recibir dos sacramentos —explicó pacientemente Anne Hawthorne—. El Bautismo de agua, y la Santa Comunión, esta última fui instituida en su memoria durante... la Última Cena.
—¡Ah! Usted se refiere al pan y al vino.
—Usted sabe que la persona que ingiere Can-Di experimenta una traslación, así es como la llaman, hacia otro mundo. Es algo secular, empero, en el sentido que se trata de un mundo temporal y sólo físico. El pan y el vino...
—Lo siento, señorita Hawthorne —la interrumpió Barney—, pero temo que no puedo creer en esta historia del cuerpo y la sangre. Me resulta demasiado mística. —Demasiado basada en premisas que no han sido demostradas, dijo para sus adentros. Pero ella tenía razón; gracias al Can-Di la religión se había difundido en las lunas y planetas colonizados, y él iba a tener que vérselas con eso.
—¿Piensa usted probar la Can-Di? —preguntó Anne.
—Por supuesto.
—Cree usted en eso. Sin embargo sabe que la Tierra hacia donde transporta no es la verdadera Tierra —dijo Anne.
—No tengo ganas de discutir sobre eso —dijo él—. Todo lo que sé es que cuando uno mastica Can-Di parece verdadera.
—Es como los sueños.
—Es más real —señaló él—. Más claro. Y se mastica en... —Estaba a punto de decir comunión—. En compañía de otras personas que se van de verdad. De manera que no puede ser completamente una ilusión. Los sueños son privados; es por eso por lo que los consideramos una ilusión. Pero Perky Pat...
Philip K. Dick
Los tres estigmas de Palmer Eldritch (traducción de Marcelo Tombetta. Minotauro)


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Viernes, 07 de marzo de 2014

Lo esencial es adaptarse. Ya sé que a esta edad es difícil. Casi imposible. Y sin embargo. Después de todo, mi exilio es mío. No todos tienen un exilio propio. A mí quisieron encajarme uno ajeno. Vano intento. Lo convertí en mío. ¿Cómo fue? Eso no importa. No es un secreto ni una revelación. Yo diría que hay que empezar a apoderarse de las calles. De las esquinas. Del cielo. De los cafés. Del sol y, lo que es más importante, de la sombra. Cuando uno llega a percibir que una calle no le es extranjera, sólo entonces la calle deja de mirarlo a uno como a un extraño. Y así con todo. Al principio yo andaba con un bastón, como quizá corresponda a mis sesenta y siete años. Pero no era cosa de la edad. Era una consecuencia del desaliento. Allá, siempre había hecho el mismo camino para volver a casa. Y aquí echaba eso de menos. La gente no comprende ese tipo de nostalgia. Creen que la nostalgia sólo tiene que ver con cielos y árboles y mujeres. A lo sumo, con militancia política. La patria, en fin. Pero yo siempre tuve nostalgias más grises, más opacas. Por ejemplo, ésa. El camino de vuelta a casa. Una tranquilidad, un sosiego, saber qué viene después de cada esquina, de cada farol, de cada quiosco. Aquí, en cambio, empecé a caminar y a sorprenderme. Y la sorpresa me fatigaba. Y por añadidura no llegaba a casa, sino a la habitación. Cansado de sorprenderme, eso sí. Tal vez por eso recurrí al bastón. Para aminorar tantas sorpresas. O quizá para que los compatriotas que iba encontrando, me dijeran: «Pero, don Rafael, usted allá no usaba bastón», y yo pudiera contestarles: «Bueno, tampoco vos usabas guayabera». Sorpresa por sorpresa. Uno de esos asombros fue una tienda con máscaras, de colores un poco abusivos, hipnotizantes. No podía habituarme a las máscaras, aunque siempre fueran las mismas. Pero junto con la recurrencia de las máscaras, se repetía también mi deseo, o quizá mi expectativa, de que las máscaras cambiaran, y diariamente me asombraba encontrar las mismas. Y entonces el bastón me ayudaba. ¿Por qué? ¿Para qué? Bueno, para apoyarme cuando me asaltaba esa modesta decepción de todas las tardes, quiero decir cuando comprobaba que las máscaras no habían cambiado. Y debo reconocer que mi expectativa no era tan absurda. Porque la máscara no es un rostro. Es un artificio, ¿no? Un rostro cambia sólo por accidente. Quiero decir en su estructura; no en su expresión, que ésta sí es variable. En cambio, una máscara puede cambiar por miles de motivos. Digamos: por ensayo, por experimentación, por ajuste, por mejoría, por deterioro, por sustitución. Sólo a los tres meses comprendí que no podía esperar nada de las máscaras. No iban a cambiar esas empecinadas, esas tozudas. Y empecé a fijarme en los rostros. Al fin de cuentas, fue un buen cambio. Los rostros no se repetían. Venían hacia mí, y dejé el bastón. Ya no tenía que apoyarme para soportar el estupor. Quizá cada rostro no cambiara con los días, sino con los años, pero los que venían a mí (con excepción de una mendiga huesuda y tímida) eran siempre nuevos. Y con ellos venían todas las clases sociales, en autos impresionantes, en autitos modestos, en autobuses, en sillas de ruedas, o simplemente caminando. Ya no eché de menos el camino, montevideano y consabido, de vuelta a casa. En la nueva ciudad había nuevos derroteros. Derrotero viene de derrota, ya lo sé. Nuestra derrota no será total, pero es derrota. Ya lo había comprendido, pero lo confirmé plenamente cuando di la primera clase. El alumno se puso de pie y pidió permiso para preguntar. Y preguntó: «Maestro, ¿por qué razón su país, una asentada democracia liberal, pasó tan rápidamente a ser una dictadura militar?» Le pedí que no me llamara maestro. No es nuestra costumbre. Pero se lo pedí solamente para organizar la respuesta. Le dije lo consabido: que el proceso empezó mucho antes, no en la calma, sino en el subsuelo de la calma. Y fui anotando en el pizarrón los varios rubros, los períodos, las caracterizaciones, los corolarios. El muchacho asintió. Y yo leí en sus ojos comprensivos toda la dimensión de mi derrota, de mi derrotero. Y desde entonces regreso cada tarde por una ruta distinta. Por otra parte, ahora ya no vuelvo a una habitación. Tampoco es una casa. Es simplemente un apartamento, o sea, un simulacro de casa: una habitación con agregados. Pero la nueva ciudad me gusta, ¿por qué no? Su gente —menos mal— tiene defectos. Y es muy entretenido especializarme en ellos. Las virtudes —por supuesto también las poseen— generalmente aburren. Los defectos, no. La cursilería, por ejemplo, es una zona prodigiosa, en la que nunca acabo de especializarme. Mi bastón, sin ir más lejos, era un amago de cursilería, y sin embargo tuve que abandonarlo. Cuando me siento cursi, me desprecio un poquito, y eso es malísimo. Porque nunca es bueno despreciarse, a menos que existan fundadas razones, que no es mi caso.
Mario Benedetti
Don Rafael (derrota y derrotero) (en Primavera con una esquina rota. Edhasa)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:37  | Mario Benedetti
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Jueves, 06 de marzo de 2014

Dice Dios:

«Era un asunto urgente; me pregunté
para qué servían mis criaturas
más extrañas:
el dragón, el ángel, el unicornio.
Convoqué a aquellos en los que creía,
reales, poderosos, incontestables;
el baobab, el caballo de labor, la montaña acodada en el mar.
Celebraron diez conferencias
sin ponerse de acuerdo.
Así que he conservado
al dragón, al ángel y al unicornio;
pero para evitar algunos malentendidos
he creído conveniente volverlos invisibles.»
Alain Bosquet
Dice Dios (en El tormento de Dios. Traducción de Enrique Moreno Castillo)


http://www.goear.com/listen/6410bfa/dice-dios-alain-bosquet-en-voz-isabel-tejada-balsas-isabel-tejada-balsas-alain-bosquet



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Publicado por elchicoanalogo @ 6:32  | Poes?a
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Mi?rcoles, 05 de marzo de 2014

Un apartamento en Nueva York y dos amantes, ella de Polonia, él brasileño, el idioma diferente que los une y, a la vez, los separa entre sí, las frases y los giros incompletos, saberse en el umbral de un idioma, el cuerpo como único lugar donde ser libre, donde hablar y ser habitado por el otro, el deseo y la posesión llevados al límite, eros y tanatos, cristianismo y canibalismo, la comida como símbolo de querer alimentarse del otro, la pronta despedida y sentir que sólo hay una forma de seguir juntos, de saberse completos, fundidos, los dos amantes en un cuerpo que cambia sus facciones para hacer sitio a las huellas del sacrificado.

El sabor de un hombre habla del amor llevado al extremo, de sentirse extranjero, del idioma como un umbral que no puedes cruzar, que te deja en territorio de nadie, de canibalismo y su relación con la religión cristiana. Drakulic da la voz a Tereza, una mujer polaca que viaja a Nueva York para completar su tesis y donde conoce a José, un antropólogo brasileno que escribe sobre canibalismo. Hay algo que los une, ser extranjeros en la ciudad, el idioma que no dominan, la fascinación por la comida. Están juntos y no dejan de orbitar el uno alrededor del otro, una atracción absoluta, el deseo  por el otro, por fundirse en un solo ser.

Drakulic inicia El sabor de un hombre con la limpieza meticulosa del apartamento por parte de Tereza y los mezcla con sus recuerdos de infancia. A medida que cambia de habitaciones nos iniciamos en la realidad de esta limpieza, no dejar rastro de José, su amante. Drakulic escribe una historia de amor y canibalismo de manera reflexiva, pausada, combina tiempos para construir el rompecabezas que es El sabor de un hombre, el inicio de una relación donde el sexo y la muerte van de la mano (como en El imperio de los sentidos). Tereza limpia, sale del apartamento, se deshace de los restos de José, siente que hay algo en su cuerpo que ha cambiado, que su rostro contiene las huellas del amante, que ha conseguido aquella unión que anhelaba, la única posible en el amor que sentían Tereza y José.

La última parte de El sabor de un hombre cambia de tono, del ritmo pausado y reflexivo del inicio a las frases cortas y contundentes del final, por momentos hay que tener estómago para seguir leyendo, todas las alusiones de Tereza a la carne y la muerte a lo largo de su relato acaban por materializarse. Si al inicio Drakulic se detiene en el deseo, la muerte, el idioma como frontera y distancia, la unión entre carne y cristianismo (este es mi cuerpo... esta es mi sangre...) el final se acerca al gore, escenas explícitas de carne desgarrada. El sabor de un hombre es una historia de posesión, de unión llevada al extremo, de un deseo que ciega y se convierte en el único motor de la vida.




Seguía habiendo entre nosotros una hendidura, una distancia invisible. Como una barrera que nos impedía acercarnos por completo. Adivinaba, por mi forma de respirar, de traspasar el peso del cuerpo de una pierna a otra, mi propia vacilación para volverme. Pensé que en aquel momento, antes de tocarnos, todo era posible. No reconocerse. Renunciar. Huir.

( … )

Nos lanzamos sobre la comida con avidez, hasta que el hambre de comida se mezcló con el hambre del otro. Él me daba pedacitos de pan untados con mantequilla o paté. Yo lamía sus dedos pringados de paté y recogía las migas de queso de la palma de la mano. Cuando acababa con la comida, continuaba alimentándome con sus dedos y manos sin hacer distinciones. En ese punto, la diferencia residía únicamente en la forma. José embadurnaba de jugo de sandía mis senos, mis hombros, los brazos... Yo deshice una bolita de mantequilla entre los dedos, unté los músculos largos y tersos de sus piernas y comencé a mordisquearle con bocados firmes que le excitaban. Sentía que su cuerpo cedía sin oponer resistencia. Se entregaba a mis mordiscos como si le resultara imposible resistirse a tanta hambre. En un determinado momento me imaginé que era un trozo de asado y le clavé los dientes. Mordí su hombro, en la superficie de su piel brotaron gotas de sangre. Era de color rosa claro casi transparente. Dejé que le tiñera lentamente todo el brazo y luego lamí la herida como un perro. José me daba helado con una cucharilla y a continuación lo tomaba de mi boca con su lengua. Ahora sé que en esa primera comida juntos debería haber reconocido el verdadero deseo de alimentarnos el uno del otro y convertirnos en un solo ser. La comida era parte de nuestra intimidad, de nuestra comunión, importante como el propio contacto físico.

( … )

Nunca hasta entonces para mí la muerte había estado tan próxima al placer. La idea de la muerte que se me aparecía antes de dormirme extenuada, era tan ligera y vaporosa como un tenue velo negro mecido por nuestro aliento. Morir así, fundidos en un minúsculo núcleo negro de eternidad. Si intentaba decir algo, él me tapaba la boca con la mano. Temía mis susurros, palabras que no pronunciaba pero que estaban ahí, entre los dos cuerpos húmedos inermes. Más tarde, cuando empezamos a cocinar juntos, nuestro tiempo dejó de estar limitado a la noche. Por el día en la cocina las palabras se transformaban en jugosos bocados de pierna de cordero asada, patatas, sopa de marisco, pescado en salsa de eneldo y tarta de chocolate. Era como si a través de la comida nos liberáramos del miedo a los malentendidos. Pero no había ningún modo, absolutamente ninguno, de que nos pudiéramos saciar el uno del otro. Cuando se lo mencioné, cuando le dije que nada podía aplacar mi hambre de él, me recitó a María Bonaparte. Comprendí sus palabras, aunque estaban en portugués: «O amor é o mais exigente, o mais difícil de satisfazer de nossos instintos. Temos fome e se podemos comer, a fome desaparece. Temos sede e se podemos beber, cessamos de ter sede. Temos sono e se dormimos nos despertamos dispostos. Assim repousados, saciados, despertos, não pensamos mais em comer, beber ou dormir, até que a necessidade de novo renasça. Mas a necessidade de amor é de uma tenacidade diferente. Parece com una sede de ninguém poderá satisfazer totalmente, nem mesmo pela posse física.»

( … )

Me acordé de que José me había dicho una vez que los católicos en realidad son caníbales, porque comen el cuerpo de Cristo y beben su sangre, y además consideran ese acto como el más sublime de su fe. En efecto, pensé, José tenía razón. Nosotros, los blancos y católicos, éramos los caníbales, y no sólo los salvajes del dibujo de Johan Froschauer, los indios de terra nova. Cada vez que sentía la hostia en mi lengua, incluso en mi infancia, creía de verdad que era el Cuerpo de Cristo y jamás se me había ocurrido pensar que era algo extraño. Es más, dejaba que la oblea insípida se deshiciera en mi boca y luego la tragaba con devoción y un deleite especial. ¿Por qué motivo se iba a diferenciar este tipo de canibalismo del de los indígenas sudamericanos, si ambos eran cuestión de religión y no de comida? En lo que a mí respecta, la hostia representaba realmente el Cuerpo de Cristo que comía para alcanzar la comunión con él en espíritu.
Slavenka Drakulic
El sabor de un hombre (Traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:23  | Libros...
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Martes, 04 de marzo de 2014
Lunes, 03 de marzo de 2014

(el amanecer tardío, los pequeños círculos en los charcos, las gotas en suspenso, las formas difusas en la niebla, los árboles que traen la lluvia tras la lluvia, las vías que se cruzan y desaparecen bajo el tren, los caminos de lluvia en la ventana, la flota pesquera amarrada en la ría (las proas de los barcos contra el norte), un café en un cruce de calles, el rojo de los semáforos reflejado en las aceras mojadas, los paraguas negros y los paraguas contra el viento, las pisadas en la lluvia, la niebla en la cumbre de un monte (el monte sobre los tejados de la ciudad), los disfraces de mimos, indios, hippies, fresas, magos, la estela blanca de mi boca, las grúas enmudecidas, las luces apagadas dentro del autobús, todos los lugares comunes)


Los lunes de Anay. Numerus clausus...

"No merezco tanta desolación"
                                                 JOSEFA PARRA


Sentado en una roca,
entre el azul del cielo
y el azul del mar,
el hombre de Neandertal
hacía recuento
pero no le salían las cuentas.

Mi cerebro es más grande
que el del Homo sapiens,
he corrido y cazado tanto como él
y en vez de robar al amigo enfermo,
su práctica habitual,
le he abrigado con mis mejores pieles.

En algo he fallado,
se lamentaba el hombre
de Neardental,
el primer justo entre los justos.

El primer perdedor de la tierra.

                                                    ALMUDENA GUZMÁN




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:07  | Los lunes de Anay
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(Encontré Cuatro amigos en una librería de segunda mando. Dentro, la fotografía de una chica que me sirvió de marcapáginas en la lectura) Las primeras páginas de Cuatro amigos tenían un humor salvaje y gamberro, cuatro veinteañeros que inician un viaje como una última gran aventura antes del paso a la madurez. Esperan encontrar días de carretera, improvisar el camino a seguir, no tener un destino fijado, noches de sexo y alcohol, algo que les haga sentir que aún no les ha alcanzado la  responsabilidad de la vida adulta.

Blas un hombre tranquilo y acomplejado por su físico, es un desastre con las mujeres, es el hombre casi, casi liga, casi folla. Claudio no busca relaciones estables, es repartidor, vive en un cuchitril con su perro Sánchez, tiene éxito con las mujeres. Raúl dejó embarazada a su novia, no acaba de encajar bien su nueva vida, esposo y padre de gemelos, añora los días de sexo y libertad. Solo, el narrador, escéptico, inteligente e irónico, acaba de despedirse de su trabajo en el periódico e intenta olvidar a Bárbara, con quien convivió durante 19 meses y veintitrés días. El viaje es una oportunidad para los cuatro amigos de tomar distancia con su vida, consigo mismos, no tener ataduras.

Trueba escribe un relato tragicómico, un viaje iniciático que comienza en un bar y termina en una boda y donde caben la ternura, el romanticismo, la aventura y la comedia gamberra, el tono desenfadado y y la voz reflexiva, los personajes perdidos y la toma de decisiones, la soledad, las frustraciones y la amistad. Recuerdo Cuatro amigos como una lectura bomerán, a veces triste, a veces desternillante.




Mi padre, en una anterior ocasión en que amenacé con abandonar el periódico y buscar algo diferente, me animó y me dijo: «Fracasa cuanto antes porque así tendrás tiempo en la vida para reponerte.» Había cumplido la primera parte del consejo. Escuchaba el ruido del tren en mitad de la furiosa tormenta del verano, el galopar de las ruedas sobre las vías, ese sonido que siempre quiere decir algo muy personal para cada uno que lo escucha. Miré a Claudio y a Blas a mi lado y comprendí, en cierta medida, lo que significaba la amistad. Era una presencia que no evitaba que te sintieras solo, pero hacía el viaje más llevadero.
David Trueba
Cuatro amigos (Quinteto. Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:18  | Libros...
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Domingo, 02 de marzo de 2014

nuestro pasado formaba una frontera
las coordenadas donde empezaba
el aleteo de una mariposa
(todo el tiempo transcurrido hasta nosotros)

me preguntó si sentía el mar
entre las calles de la ciudad
la luz del atardecer difuminaba el horizonte
creímos que el presente nos salvaría
(nuestro deseo construido a través de una elipsis)


hoy tengo una carretera, silencio y un espejo retrovisor
(el frío me ayuda a fijar
el paso del tiempo
el corazón envejecido)


Publicado por elchicoanalogo @ 6:04  | s?lo por hoy
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S?bado, 01 de marzo de 2014

El corazón tiene forma de corazón, se suele comparar con un reloj y juega un papel importante en la vida, sobre todo en la vida sentimental. Es en ella el comodín, el depositario de todas las emociones, la lente en la que convergen todos los rayos, el eco de todos los rumores. Es capaz de las funciones más diversas. Puede arder como una tea, por ejemplo, puede dejarse colgado de cualquier cosa, igual que una chaqueta, y puede también como ésta desgarrarse, puede correr como una liebre perseguida, detenerse como el sol de Gedeón o rebosar como la leche cuando hierve. Está verdaderamente colmado de paradojas.
La dureza de este objeto maravilloso oscila entre la mantequilla y la piedra berroqueña, o bien siguiendo la escala mineralógica, entre el talco y el diamante, se puede dar y se puede perder, cerrar a cal y canto o abrir de par en par, puede traicionar y ser traicionado, se puede llevar a alguien dentro de él (y ese alguien no tiene ni siquiera por qué saberlo), puede uno enterrarlo en cualquier cosa, el corazón entero en una quisicosa, en una nada del tiempo y del espacio, en una sonrisa, una mirada, un silencio. “Corazón” es sin duda el sustantivo que el hombre civilizado adulto utiliza con mayor frecuencia, sea grande o pequeño su vocabulario. Si se censurara esa palabra, dejarían de existir las nueve décimas partes de la lírica. Que corazón rime con pasión, igual que coeur con doleur o Herz con Schmerz, ha de ser algo más que pura coincidencia fonética y sin duda es símbolo de una relación particularmente íntima y frecuente.
Nuestras alusiones al corazón son casi siempre metafóricas, no sólo cuando hablamos, sino también cuando pensamos. Y mientras sea así, por muy en serio que vaya el asunto, no pasa de ser un juego, un juego variable en el que las pérdidas siempre pueden trocarse en ganancias. Lo malo de verdad ocurre cuando ya no se habla de él en símiles y metáforas, cuando las metáforas se retiran de él (igual que se bajan las máscaras cuando la fiesta toma un sesgo inquietante), cuando incluso los más osados y grandiosos de sus movimientos se vuelven irrelevantes y solo adquieren algún significado los que se pueden medir, los puramente mecánicos, cuando ya no cuenta su melodía, sino tan solo su mero ritmo. En tales momentos le queda ya poca poesía al pobrecillo. Deja de tener entonces la menor importancia para qué late, siempre y cuando siga latiendo. Nuestro noble corazón queda en este caso dispensado de cualquiera de las funciones fisiológicas que tiene en común con éste.
Y aún así, precisamente en tales momentos, cuando el corazón no juega más que el papel objetivo que le ha otorgado la naturaleza, cuando no ambiciona cada latido otra cosa que el siguiente, cuando no desea ya otra cosa que a sí mismo, cuando su amor propio no necesita mejor comparación que con un reloj que funciona…Precisamente en tales momentos, cuando no es más que una miserable maquinita atascada que no se arregla con aceite, precisamente entonces nos muestra su aspecto más digno y sublime. Y, brillando es la luz fosforescente de la vida, entre las formas y colores que lo rodean, es como una majestad menesterosa en medio de la chusma petulante.
Alfred Polgar
Tratado sobre el corazón (en La vida en minúscula. Traducción de Manuel Lobo. Acantilado)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:03  | Libros...
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