Lunes, 07 de abril de 2014

«Qué más quisiera...»
La mujer, completamente seca, abría la marcha. Yo le seguía chorreando, el agua me goteaba por la frente, las mejillas y las pestañas. Mi falda blanca, que me llegaba hasta la rodilla, estaba tan mojada que parecía más oscura.
La mujer subió a paso rápido las escaleras que se encontraban al otro lado del camino por el que habíamos bajado. Yo la seguía jadeando. El sudor que me empapaba la frente se mezclaba con el agua de la lluvia.
Al final de las escaleras había un edificio blanco que recordaba haber visto cuando había venido sola. Bajo la lluvia, parecía una casa abandonada.
«Entra ahí», me ordenó la mujer, señalando el edificio.
Empujé la puerta de cristal y entré. El ambiente olía a cerrado. El agua que me empapaba el cuerpo hizo que tuviera sensación de frío. Como la hora de comer hacía rato que había pasado, únicamente había un par de personas sentadas en la larga barra. El edificio sólo parecía abandonado desde el exterior. Una vez dentro, no volví a tener aquella sensación. En la entrada había varias muestras de platos, como jurel frito o sashimi, presentados con sencillez. Las muestras eran artificiales, pero parecían de verdad. Cuando el camarero se acercó arrastrando los pies lánguidamente, le pedí un café y me indicó que debía comprar un boleto en la máquina expendedora.
La mujer no había entrado conmigo. El café estaba más caliente de lo que esperaba, y me quemé la lengua. Eché un vistazo al exterior a través del gran ventanal que ocupaba toda la pared, desde el techo hasta el suelo, y vi que el viento seguía azotando los pinos, que se arqueaban bajo sus embates. El agua que me goteaba de todos los rincones del cuerpo caía directamente al suelo y formaba un pequeño charco.
Hiromi Kawakami
Manazuru (traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado)


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