S?bado, 05 de abril de 2014

La mirada de un niño entre la infancia y la adolescencia, una calle que esconde un pequeño universo en sí mismo, los huecos y las formas geométricas en la espalda desnuda de una mujer y el primer acercamiento al misterio del sexo, las estelas de los aviones en el cielo y preguntarse cómo se ve la vida (la propia, la ajena) a vista de pájaro, un fuerte hecho con palos de la calle y un padre que se tumba en la cama para contar una y otra vez las aventuras de Alí Babá, el polvo amarillo que lo cubre todo, como si atrajera un destino negro y la sensación de que la derrota empieza al inicio de la vida y se pega a la piel, imposible borrarla.

Una historia violenta es un puñado de imágenes que se repiten a lo largo de la historia y la voz pausada de alguien que recuerda un momento crucial en su infancia, cómo descubre su lugar en el mundo, la mezcla de misterio, dolor, observación muda y sorpresa que hay en la vida. El narrador que habla una y otra vez de los gestos torcidos de su amigo Ernestito, de los cigarros de Mauri, de las azoteas para verlo todo con perspectiva y sentir el caos de la vida, de la espalda de Tusa y su ropa interior en pequeños cajones (el inicio en el sexo), del fuerte que construye su padre con palos y astillas para sus muñecos de indios y vaqueros y queda a medio hacer, de una pelea y una pedrada, de una casa que parece derrumbarse como la casa Usher y aparecen ratas y se agujerea el jardín, de la piel de la Popi quemada cuando era un bebé y que parece dibujar un mapa en su pecho, de los saltos en la playa y un sofá rojo. Por momentos Una historia violenta se acerca a la música, imágenes que aparecen una y otra vez, que envuelven la historia de una derrota, de la asunción del lugar que ocupamos en la vida y lo difícil que es cambiarlo.

Hay algo de ya leído en Una historia violenta, alguien que mira a su pasado, que habla de una calle, de los momentos cruciales donde se forma una mirada. Lo que me atrajo de la novela de Soler fue su manera de escribir, las repeticiones, el tiempo y el espacio que se estiran o se contraen en según qué momentos, la tensión por no saber qué origina la violencia.




Bajé dos, cuatro, seis peldaños de la escalera y me senté en uno de los escalones. Protegiéndome del sol. Con las cicatrices de la Popi deslizándose por todo mi cuerpo. Viendo aquellos remolinos, los pezones abultados y la raja de la entrepierna, aquel corte sin sangre y recto hecho con una navaja, con una de las espadas o de los garfios afilados que aparecían en los grabados. Un mensaje del infierno.
Me quedé allí, sentado. Sin atreverme a bajar del todo. Sin querer volver a la azotea. Sin querer volver ese día ni ningún otro a ésa ni a ninguna otra azotea.
Mi casa no tenía azotea. Yo no podía ver las casas de los demás desde mi casa. No podía ver a la gente desde lo alto, ni asomarme a ninguna parte para ver a los vecinos. Tenía que salir a la calle, abrir puertas, llamar a otras puertas, pedir que me dejaran entrar y mirar, mirar a la altura de los demás o desde más abajo, porque ya he dicho que yo era pequeño, demasiado pequeño para mi edad. Demasiado asustado para mi edad. Como si intuyera que a lo largo de la vida me esperaba una sucesión de calamidades, un surtido generoso de los tormentos que aparecían en la Biblia de Ernestito Galiana y no atinara a encontrar el camino para sortearlos.
Desastres, pérdidas. Rayos en un cielo oscuro.
Eso que mi abuela había visto en todos nosotros. Desde su cama, con unos ojos iguales a los de la Popi al acabar de fumar y quitarse la ropa.
No, no me gustaba mirar mi casa desde la azotea de Ernestito ni tampoco desde la azotea de Mauri. Era exactamente igual que encontrarme fuera del mundo. Como si me hubieran sacado de mi vida y la viese después de muerto o siendo yo otra persona. Sentía algo parecido a eso. Al verla desde arriba, mi casa era un escenario, una mentira. Igual que si nos hubieran robado el alma.
Ver a mi madre allí abajo, como la vi una tarde desde la casa de Ernestito, fue ver a otra mujer, una mujer cualquiera. Una casa cualquiera. Eso me daba miedo, también eso me daba miedo.

( … )

Su tía seguía inmóvil en el centro del dormitorio, con las manos sostenía la parte delantera del sujetador pegada a los pechos, se los cogía de un modo muy distinto a como lo hacía la madre de Mauri cuando le daba de mamar a los mellizos. Tusa se los cubría enteros, los abarcaba suavemente, como si estuviera jugando a taparle los ojos a alguien que debía adivinar quién era, así, con las manos ahuecadas, como nidos. Y por los lados colgaban los tirantes del sujetador, igual que los mechones sueltos de su pelo.
Era lo que yo miraba. Lo que yo miraba con una intensidad de insecto. De animal que es todo ojos.
Aquella era una espalda carnosa, lisa, y desde la puerta yo imaginaba que tenía la misma piel que la de los melocotones. Observaba cómo la penumbra dibujaba un canal en el centro de su espalda, una depresión suave que descendía hasta perderse un poco más abajo de los riñones interrumpida por la línea oscura, quizá negra también, de una braga apenas visible entre el desarreglo del vestido, enrollado en su cintura.
Así era su espalda, una duna, dos dunas suaves uniéndose, trasvasando una arena casi invisible de una a otra.
Antonio Soler
Una historia violenta (Galaxia Gutenberg)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:19  | Libros...
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