Mi?rcoles, 09 de abril de 2014

El monólogo de un hombre al final de su vida, los recuerdos y la memoria, la degradación de la vejez, una casa vacía y los objetos que disparan emociones, imágenes, sabores, el orden familiar y las noches en hoteles con otras mujeres donde ser libre y saciarse de sexo, la ascensión de un hombre y una ciudad, ambos unidos, los primeros pasos dubitativos, los trapicheos, los solares que se convierten en nuevos barrios, la riqueza que llega y nos separa de nuestros inicios (personas, lugares, formas de comportarse), la sensación de vértigo, de vacío, de una vida de apariencias, las preguntas sobre la soledad, la vejez, qué estamos dispuestos a perder y qué dejamos atrás.

Los disparos del cazador es la vejez y una mirada al pasado, qué significan los recuerdos, la memoria, qué hemos hecho con nuestra vida. El narrador repasa su matrimonio, su llegada a Madrid, los inicios en una pensión, la escalada social, el intento de una vida ordenada en la casa familiar y salirse de esos  límites cuando se está fuera de ella, las noches de sexo con sus amantes, la doble máscara. El protagonista escribe con la distancia del presente, a veces parece que llega al umbral de algún descubrimiento significativo, las decisiones fallidas, la sensación de que algo estaba incompleto, lo que deja en el camino en su ascenso social, la burla de su matrimonio, la apariencia de su familia.

Chirbes habla sobre la degradación física, el vértigo de mirar atrás y saber que algo ha terminado, que sólo queda pasado (y soledad alrededor), que hay una especie de muro que nos separa de nuestra vida, de nosotros mismos y todo transcurre de manera más lenta y dolorosa, los recuerdos como sufrimiento, como algo inasible, habla de la extraña moral de alguien que vive con una doble máscara, que busca una vida familiar ordenada (aséptica) y la pasión fuera de ella (su hambre de sexo y libertad), que construyó su posición a través de negocios oscuros, que siente remordimientos difusos.

Hay la extrañeza por el paso del tiempo y la soledad rota con la relación con su criado, la única persona que lo acompaña, que le ayuda incluso a desnudarse y bañarse, hay un pequeño ajuste de cuentas y la sensación de tener las piezas de un rompecabezas pero no querer completarlo para no ver cara a cara la imagen esperada, hay objetos que hablan de muertos y emociones que ya no siente el cuerpo, hay una mirada distorsionada y el silencio de las últimas noches.




Los recuerdos tenían que ser como lecciones de un oficio que nos sirvieran sólo para hacer las cosas de cada día: algo técnico, pero carente de cualquier densidad, de cualquier emoción. ¿Qué otra utilidad, sino la del sufrimiento, tiene la emoción de los recuerdos, si nada de cuanto nos transmiten ha de volver? Intento imaginarme cómo sería el silencio de las noches en mi habitación si no hubiera recuerdos, sólo oscuridad, o la luz eléctrica alumbrando callada los objetos, desnudos de cualquier significado que no fuera su uso.

( … )

No. Ya no venero el instante en que un sexo destella al abrirse ante mis ojos. Sólo lo ambiciono. Necesito cubrir ese hueco que de repente me parece que nadie con un sentimiento que ahora advierto similar al que me empuja a llenar con cemento una excavación, a levantar un edificio en un solar, a cubrir con mi rúbrica el hueco que queda al pie de un talón bancario.
La emoción está en otro lugar. Cuando Eva se peina antes de que salgamos a cenar con los amigos de Misent, cuando la veo cuidarse las manos ante el espejo del tocador, porque la artrosis ha empezado a deformarlas a pesar de su juventud, cuando Julia da sus primeros pasos o Manuel me trae las notas del instituto: ésos son los gestos que me conmueven; ése también mi tiempo sin memoria, desvaído, tiempo sin tiempo, porque la felicidad no se recuerda. Es un estado que se resume en un instante, no en una sucesión.
Rafael Chirbes
Los disparos del cazador (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:17  | Libros...
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