S?bado, 12 de abril de 2014

Tendría unos doce años cuando leí por primera vez La máquina del tiempo. Recuerdo el misterio, la curiosidad y el miedo por una historia de viajes temporales y criaturas extrañas, los dibujos de los morlocks que me atraían y aterrorizaban a partes iguales, las últimas imágenes de una Tierra moribunda, la fantasía y la realidad que se unían en un punto para crear algo distinto, algo nuevo. Wells me inició en la ciencia-ficción, me descubrió el atractivo de otros mundos posibles, de las posibilidades que no vemos, de la atracción por el espacio y el tiempo.

Volver a Wells es, por un instante, recordar las primeras lecturas, los westerns de la caballería y las películas de vainas extraterrestres e invasores marcianos, es recordar las lecturas nocturnas con poca luz y los sueños más disparatados como algo posible. Hay algo de inocencia, de aventura por la aventura, hay la capacidad de sorprenderse y de ensimismarse, de creernos una historia de viajes temporales en cada punto y empujar al viajero en su descubrimiento del futuro, los viejos terrores y misterios.

La cuarta dimensión y una máquina que cruza el tiempo, el paisaje que cambia a una velocidad inusitada que crea imágenes fantasmales y el terror del viajero por no saber ante qué futuro se detendrá, los seres infantiles y despreocupados que le rodean y una extraña esfinge blanca, la tensión por algo que no encaja y unos seres subterráneos carnívoros, la pregunta de cómo se escindió la humanidad en seres demoníacos y angelicales y tomar partido, el viaje al límite del tiempo, un viaje que me recuerda al que escribió posteriormente Hogdson en La casa en el confín de la tierra (aquella historia de un viaje hacia el fin de los tiempos), y regresar para contar lo vivido. La máquina del tiempo es aventura y terror, es preguntarse hacia dónde nos dirigimos e imaginar un mundo donde los seres de la superficie se han acomodado y sólo juegan y comen y duermen y desconocen los peligros y la muerte y los seres subterráneos, ciegos y carnívoros, que los usan como ganado al que criar y sacrificar, la degradación de la humanidad y su final.

Wells atrapa con su forma de escribir este viaje en el tiempo, un hombre que llega magullado y agotado y cuenta una historia extraordinaria a sus amigos alrededor de una mesa y habla de las cuatro dimensiones y de viajar a través del tiempo como se viaja a través del espacio, las descripciones de una realidad que cambia a una velocidad inusitada, los primeros pasos por un futuro paradisíacos y la tensión por saber que hay algo oculto y extraño en ese futuro, el viaje hacia un tiempo frío y decrépito de criaturas extrañas. Wells consigue que lea sin pausa, que sienta la aventura y la tensión ante lo desconocido.

(En esta edición de Valdemar hay otros relatos de Wells, hormigas carnívoras e inteligentes y la pregunta de quién es el verdadero señor de la tierra, un extraño juicio final y una tierra de ciegos, y, sobre todo, La puerta en el muro, un hombre que busca una puerta que aparece y desaparece de su vida y es la entrada a lo que uno anhela y busca)




-¿Puede poseer existencia real un cubo que no tenga ninguna duración en absoluto?
Filby se quedó pensativo.
-Evidentemente -prosiguió el viajero del tiempo- todo cuerpo real debe extenderse en cuatro direcciones: debe tener longitud, anchura, espesor y... duración. Pero debido a una flaqueza natural de la carne, que les explicaré dentro de un momento, tendemos a pasar por alto este hecho. Existen en realidad cuatro dimensiones, tres a las que llamamos los tres planos del espacio, y una cuarta, el tiempo. Hay, sin embargo, una tendencia a establecer una distinción irreal entre las tres primeras dimensiones y la última, porque sucede que nuestra conciencia se mueve intencionadamente en una dirección a lo largo de la última desde el comienzo hasta el fin de nuestras vidas.

( … )

Que el espacio, tal como lo entienden nuestros matemáticos, se dice que tiene tres dimensiones que pueden llamarse longitud, anchura y espesor, y que es siempre definible por referencia a tres planos, cada uno de ellos en ángulo recto con los otros. Pero algunas gentes filosóficas se han venido preguntando, ¿por qué tres dimensiones precisamente? -¿por qué no otra dirección en ángulos rectos con las otras tres?-, y hasta han intentado construir una geometría de cuatro dimensiones. El profesor Simon Newcomb se lo exponía a la Sociedad Matemática de Nueva York no hace más de un mes. Saben ustedes cómo sobre una superficie plana que sólo tiene dos dimensiones podemos representar la figura de un sólido de tres dimensiones, y de la misma manera creen que con modelos de tres dimensiones podrían representar uno de cuatro... si pudiera dominar la perspectiva del objeto.
H.G. Wells
La máquina del tiempo y otros relatos (traducción de Rafael Santervás. Valdemar)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:02  | Libros...
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