Martes, 15 de abril de 2014

El sonido del viento entre los mástiles y el mar como aventura, muerte y ausencia, el fin de los barcos de vela y la sensación de algo que se pierde para no volver, un marino que cayó de pie sobre el mar tras subir unos diez metros y una cabeza reducida, un pueblo costero donde las mujeres esperan, sólo esperan, y un cementerio vacío porque no hay una tumba en tierra para los ahogados, las tormentas en alta mar, las escaramuzas entre marinos y un asesino de gaviotas, un viaje en busca de un padre y los mares del sur, la mirada curiosa de los niños fuera del muelle, aprender a zurriagazos y preguntarse qué hay tras el horizonte (soñar con las calles y las mujeres de Buenos Aires o Nueva York), los primeros días embarcados (la comida mala y escasa, los trabajos más peligrosos), los sueños premonitorios de un hombre que ve barcos y hombres a pique entre explosiones y gritos y una mujer que quiere castigar al mar por tantas pérdidas, un barco atrapado en el hielo y dos guerras mundiales donde los barcos pasan por encima de los supervivientes (sin mirar atrás), un parto en las aguas del norte y la realidad que se convierte en leyenda, los ahogados que vuelven por un instante y conviven con los vivos.

Nosotros, los ahogados habla de Marstal, su tradición marinera, su paso de los barcos de vela al vapor y finalmente al motor, la lucha de sus hombres y mujeres por sobrevivir, las ausencias de los hombres que duran años, las mujeres que viven con la incertidumbre de la espera y los niños que sólo esperan a tener la edad suficiente para embarcarse y ver mundo, los tiempos que cambian y con ellos la forma de ganarse la vida, la relación con el mar, que trae prosperidad y muerte pero nunca cuerpos que enterrar en el cementerio del pueblo, cien años en la vida de un pueblo, de unos seres duros que viven en la cubierta de un barco o en una casa vacía, que se preguntan por las raíces que les ata a tierra, a otras personas o cómo es morir en el mar mientras embarcan durante años y ven glaciares, las costas de Rusia o Samoa. Se suceden los narradores a los largo de los años, una primera persona constante que contiene docenas de voces diferentes, de testigos que vivieron en un barco en alta mar o en un muelle a la espera de noticias de los marinos del pueblo, que participaron en guerras y escaramuzas o que recorrieron medio mundo en busca de un padre desaparecido, docenas de voces diferentes que otorgan unidad al relato, al pueblo, a los personajes, sin diferencia entre el marino, la viuda, el ahogado, el niño, cada uno de ellos tan importante como el otro, cada uno de ellos parte de un todo.

Hay aventura y la construcción de leyendas (un marino en la cubierta de un barco que salta por los aires y que cae de pie al agua por sus botas de marino, una cabeza reducida que podría ser de James Cook), hay un viaje que se inicia en Marstal, un pequeño punto en un mapa, y llega hasta Samoa o Terranova, hay el dolor de la pérdida y el mar que puede ser embravecido o diáfano, las tormentas o la calma total, el crujido de los barcos y los hombres en proa que se hunden en el agua como parte del aprendizaje, hay marinos imberbes que empiezan en la cocina y reciben constantes zurriagazos y terminan como capitán en un barco sin apenas tripulación y contra una tormenta, está el paso del tiempo, los barcos de vela que dejan paso al vapor, están dos guerras mundiales y el cambio en la forma de navegar, tomar parte den una guerra en la que no se cree e intentar sobrevivir, está, sobre todo, la relación con el mar, el miedo y la curiosidad, la muerte y la aventura, la ausencia y llegar un momento donde saber reconocer qué significa cada gesto.

Jensen escribe una novela-río, tienen tanta importancia las descripciones del mar, las calles de Marstal, la construcción de un malecón, la espera de noticias o los aparejos de un barco como la aventura de los marinos en una tempestad o una guerra. La voz de Jensen es pausada y aventurera, reflexiva y ágil, también aburrida o empalagosa en según qué momentos. Hay un movimiento constante en la historia y los personajes, se pasa de los mares del norte a Samoa, de glaciares a la calma chicha del sur, los niños se convierten en adultos en un barco, el primer viaje es el inicio de una vida nueva, un constante aprendizaje, conocer lasa reglas del mar y los hombres, el desarraigo en medio del océano y, a la vez, la inquietud al estar en tierra. Se busca a un padre, la madurez, la experiencia, el amor o la lucha, se encuentra dolor, miedo, temple, dureza, raíces. A lo largo de cien años Marstal ve nacer y partir a sus marinos, las escaramuzas de Dinamarca contra Alemania que años más tarde tendrán un reflejo en dos guerras mundiales, el vacío que dejan sus ahogados, ausencias que pesan más que los vivos.





Laurids estaba sentado en el Christian VIII bajo la bandera blanca, observando al gentío que llenaba las orillas. No estaba seguro de conocer la guerra mejor que su padre. Luchaban por la bandera danesa contra los alemanes, y eso debería bastarle. Le había bastado hasta un momento antes. La guerra era como la vida del marino. Uno podía aprender mucho sobre las nubes, la dirección del viento y las corrientes, pero nunca sabría nada con seguridad acerca del mar imprevisible. Se trataba sólo de adaptarse y volver vivo a casa. El enemigo eran las baterías del fiordo de Eckernförde. Cuando las hicieran callar se abriría el camino de regreso. Para él la guerra era eso. No se sentía un patriota, pero tampoco lo contrario. Se tomaba la vida como venía, y el horizonte hacia el que dirigía la mirada estaba rematado por mástiles, aspas de molino y el caballete de la iglesia. Era Marstal, como solía aparecer cuando a bordo de un barco nos acercábamos a la costa. Ahora veía personas normales lanzarse a la guerra, no solamente soldados, sino gente de Eckernförde, puerto en el que hacía escala a menudo con cargas de cereal, y de donde volvía la noche que alborotó a todo Ærø. Los ciudadanos de Eckernförde se habían reunido en la playa, igual que los habitantes de Marstal aquella vez; entonces, ¿en qué consistía la guerra?

( … )

El consuelo de visitar una tumba, de llevar también a los niños y hablar con ellos de su padre ante la lápida que lo conmemoraba, de distraer la mente quitando las malas hierbas o tal vez sumirse en una conversación susurrante con el muerto que yace bajo tierra, nada de eso existe para las viudas de los hombres del mar. Una recibe un papel oficial donde se le notifica que el barco de cuya tripulación formaba parte, y del que tal vez era patrón y dueño, se ha hundido «con toda la tripulación»; está escrito con una sobriedad que generaliza y equipara a cuantos navegan en tal barco, tal y tal día, en tal y tal lugar, a grandes profundidades la mayor parte de las veces, donde no hay esperanza de rescate. Los peces solían ser los únicos testigos. Después puede guardar ese papel en un cajón de la cómoda. Ése es todo el entierro que se da a los ahogados.

( … )

Nos despedimos de nuestras madres. Habían estado allí siempre, pero no las habíamos visto hasta entonces. Estaban inclinadas sobre los calderos de la colada o los pucheros, con la cara enrojecida e hinchada a causa del calor y la humedad. Cuando nuestros padres estaban en el mar, ellas se encargaban de todo. Por las noches se derrumbaban sobre el banco de la cocina con la aguja de zurcir en la mano. Nosotros veíamos algo, pero no las veíamos a ellas. Veíamos su perseverancia. Veíamos su cansancio. Nunca les preguntábamos nada. No queríamos importunar.
Era nuestra manera de mostrar amor: con el silencio.
Siempre tenían los ojos enrojecidos. Cuando nos despertaban por la mañana, se debía al humo de la estufa. Por la noche, cuando nos daban las buenas noches, aún vestidas, al cansancio.
A veces sus ojos estaban enrojecidos porque habían llorado por alguien que jamás volvería a casa.
Que nos pregunten por el color de los ojos de una madre.
—No son pardos. No son verdes. No son azules ni grises. Son rojos.
Eso es lo que responderemos.
Ahora están en el muelle despidiéndose. Aún reina el silencio entre nosotros. Nos escrutan con los ojos.
«Volved», dice su mirada.
«No nos dejéis», dicen sus ojos.
Pero nosotros no queremos volver. Queremos marcharnos. Irnos lejos. Cuando están en el muelle despidiéndose, nos clavan un puñal en el corazón. Así es como estamos unidos. Por las heridas que nos hacemos mutuamente.

( … )

Era el rito matutino de Albert: la contemplación del cielo y sus formaciones nubosas, llenas de mensajes para los entendidos, y después el sosiego que producía mirar el malecón. Yacía allí como una fuerza en reposo, más violenta que la del mar, capaz de calmar la tormenta exterior y dar cobijo a los barcos, prueba viviente de la unidad. No navegamos porque hay un mar, sino porque existe un puerto. No empezamos buscando metas lejanas. Lo primero que buscamos es protección.
Carsten Jensen
Nosotros, los ahogados (traducción de Juan Mari Mendizabal. Salamandra)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:00  | Libros...
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