Viernes, 25 de abril de 2014

Los poblados indios, los fuertes, las granjas en la llanura, las caravanas con colonos y el polvo y humo en el horizonte, las ceremonias de iniciación, los sueños que nombran a un guerrero y llegar a la vejez con el cuerpo lleno de cicatrices, los vaqueros que esperan instalarse en una tierra inhóspita y las mujeres que se endurecen con el contacto con la tierra, los hombres blancos que viven con los indios y olvidan su pasado y miran a su hermano a la cara en una distancia insalvable y las mujeres que son raptadas y deben aprender a sobrevivir, un hombre capturado por los indios que pasa de perro a ser uno más dentro de la tribu y el entierro de un don nadie y su historia que esconde un sacrificio.

Los cuentos de Dorothy M. Johnson hablan de un espacio y un tiempo míticos, la frontera con el salvaje oeste, los enfrentamientos entre blancos e indios, su lucha y convivencia, los cuerpos con cicatrices y la mirada inquieta al horizonte, los ritos de los indios y, también, los ritos de los blancos, su diferente forma de relacionarse con la naturaleza y la religión y los puntos de unión entre ambos. En Indian Country está la tierra de Montana y quienes la habitan, sus costumbres y sus miedos, sus sueños y la muerte.

Johnson se detiene en las ceremonias y los gestos cotidianos, los jóvenes guerreros que buscan un sueño durante cuatro días de ayuno que les nombre y les dé un lugar en la tribu, las formas de cortejo, las luchas entre diferentes tribus, los entierros y las pinturas de caza y guerra, el paso de la infancia a la madurez en los colonos, los vaqueros que buscan un lugar donde asentarse o son tan nómadas como los indios. Los cuentos de Johnson son sencillos, a veces duros y crueles, la tensión por algo que va a ocurrir, la señal de polvo como anticipo del peligro, el humo entre los maderos de una granja, la silueta de soldados en el horizonte, adentrarse en territorio hostil y dormir bajo los carromatos.

Hay cuentos extraordinarios en Indian Country, El chico de la pradera, el paso de la madurez de un niño que echa a un forajido de su tierra, Viaje al fuerte, el rescate de una mujer, el encuentro con una pequeña caravana de soldados, las conversaciones nocturnas mientras se espera un ataque al amanecer, La camisa de guerra, el encuentro entre dos hermanos tras años de búsqueda, la renuncia de uno de ellos a sus orígenes, su vida entre los indios, sentir que ha encontrado su lugar entre ellos, El exilio del guerrero, un viejo indio que nunca tuvo un sueño que le nombrara, que atrae la mala suerte y sale en busca de una última oportunidad para encontrar su medicina, Marcas de honor, el cambio de los tiempos, la vida en la reserva, los jóvenes indios que se alistan para combatir en una guerra mundial y desconocen sus raíces, Un hombre llamado caballo, el rapto de un hombre del este, su paso de esclavo a un hombre más dentro de la tribu. Y, sobre todo, El hombre que mató a Liberty Valance, el entierro de un don nadie, la llegada de un senador al funeral, el recuerdo de su encuentro y un sacrificio.

En apenas veinte páginas Dorothy M. Johnson construye paisajes, ceremonias, caracteres, tensión, habla de la frontera de unos y el movimiento constante de otros, de los gestos cotidianos y los ritos que nos nombran, de lucha y muerte.





Existía una severa y dura disciplina en la vida de un indio crow. Crecía anhelando la gloria;  ayunaba y rezaba para alcanzar poderes mágicos y curativos. Cuando consideraba que había obtenido su medicina, marchaba en busca del peligro. Después de un tiempo, se moría. La vida de un hombre blanco era infinitamente más complicada, se podían desear demasiadas cosas y se daban demasiadas manera de fracasar al tratar de conseguirlas.

( … )

Las historias de los abuelos trataban de guerreros que no desfilaban ni se tallaban, sino que caminaban con ligereza sobre sus mocasines o montaban a pelo potros de guerra. No vestían uniformes, lucían pinturas con símbolos místicos en el rostro y en el cuerpo. En aquellas batallas se mostraba el tocado de guerra sobre el que flotaban las plumas de águila y saltaba a la vista el viril coraje de los guerreros que se atrevían a llevar un escudo sagrado de piel de búfalo, pese a que el hombre que lo portaba no podía zafarse en retirada. Eran batallas sin artillería, pero con el rumor de los mosquetes, de las lanzas con punta de hierro y de las flechas emplumadas que partían silbando desde un arco. Matar no era lo más importante en estas batallas, sino probar el valor de un hombre frente a la muerte. Y los más valerosos eran aquellos que se atrevían a no blandir arma alguna, sino solo un látigo, para azotar con él a un enemigo vivo, ileso. A nadie se le tallaba para esas batallas y, a menudo, la muerte era el precio de la gloria.

( … )

Bert Barricune murió en 1910. A su funeral no fueron más de una docena de personas. Entre ellos estaba un destacado y joven periodista que esperaba encontrarse con una historia de interés humano. Corría la leyenda de que el viejo había sido una especia de pistolero en sus años mozos. Unos pocos carcamales andaban torpemente, ya a solas, ya en parejas, nerviosos y ceñudos, aferrándose a sus deteriorados sombreros. Hombres que fueron compañeros de Bert en la bebida y en las partidas de póquer en las que se jugaban cantidades nimias mientras el mundo rodaba delante de ellos. También vino una mujer que lucía un denso velo que ocultaba el rostro. Rayas blancas y amarillas se adivinaban en su pelo teñido de negro. El reportero tomó nota mentalmente: un viejo colega del viejo bario. No hay ninguna historia que merezca la pena.
Uno a uno pasaron delante del ataúd y miraron a la cara impasible del viejo Bert Barricune, que había sido un don nadie. Su pelo era blanco, muy corto, y su rostro arrugado resultaba tan vacío en la muerte como lo fue durante su vida. Pero la muerte le añadió dignidad. Una gran cantidad de flores se extendían detrás del ataúd. En un tarjetón se leía: «Senador Random Foster y señora». Excepto unos pocos brotes amarillos y rosas, sin hojas, repartidos por los escalones alfombrados, las flores que adornaban la sala eran, como pudo observar el reportero al forzar la vista, flores de nopal. Flores de cactus. Parecían apropiadas para el anciano... Flores que crecen en los baldíos de las praderas. Bien, eran libres de recogerlas como gustasen. Los amigos de Barricune no parecían muy prósperos. Pero ¿cómo se le ocurrió al senador mandar un ramillete?
Hubo un retraso y el director de la funeraria se puso un poco nervioso con la espera. El reportero se sentó muy derecho cuando vio entrar a los dos últimos asistentes.
Es el senador Foster... seguro, tiene el brazo impedido... y aquella debe de ser su esposa. El Congreso todavía está en periodo de sesiones y él ha hecho todo un viaje desde Washington- ¿Para qué se ha tomado la molestia? ¿Por un viejo desecho como Barricune?
Dorothy M. Johnson
Indian Country (traducción de José Menéndez-Manjón. Valdemar)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:13  | Libros...
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