S?bado, 26 de abril de 2014

Me acercas tu mano y me ayudas a subir al tejado de la ermita. Sigo la línea del río hasta el horizonte, el cielo anclado sobre nuestras cabezas y la estela de tierra tras los tractores, la última luz de la tarde sobre los campos de trigo y el tañido de las campanas que me habla de tiempo y muerte. Es nuestro escondite para esperar la salida de la luna (y los escondites tienen que estar a la vista de todos).

Dices que apenas piensas en el pasado, que sientes nostalgia del futuro y te entristece no saber cómo será el año 4011, si Wells tenía razón con su humanidad dividida o era Dick quien acertó con su mundo de replicantes y dimensiones entrecruzadas, o tal vez no seamos más que la invención de un dios solitario y moribundo, el último fogonazo de su conciencia. Bajas la voz, apenas un susurro, cuando recuerdas que te perderás los últimos treinta segundos antes del fin del mundo, que no verás partir viejos cohetes en busca de un nuevo hogar ni contemplarás un atardecer desde otro planeta, que nunca sabrás si conseguiremos conquistar el tiempo y movernos a través de él a nuestro antojo.

Tu pecho se mueve rápido, las manos en las rodillas, la mirada perdida entre las zarzas bajo la ermita, la voz quebrada. Esperamos la salida de la luna y estás temblando por todos esos sueños inalcanzables que crearon en ti los libros. Tú la chica poeta que se sabe derrotada por el tiempo, yo el muchacho callado de un norte que sientes muy lejano. Me pregunto si un abrazo será suficiente para calmar tu impotencia o necesitas la certeza de otra realidad.

Aparecen las primeras luciérnagas, titilan en el camino, una pequeña constelación a nuestros pies. Entonces te hablo de la nieve, te digo que extraño su sonido a electricidad, miles de copos que planean en el cielo hasta posarse en el suelo de manera lenta y pausada, que me gustan las nevadas nocturnas porque hay un instante donde la nieve parece encender la oscuridad y hay una claridad extraña e inesperada, que no hay dos copos iguales y que las bolas de nieve calientan las manos en vez de enfriarlas. Me miras sorprendida, me recuerdas que nunca has visto nevar, que no sabes cómo suena la nieve. Te respondo que ahora la nieve tiene el aspecto que tú quieras darle pero, una vez que veas nevar, la nieve sólo podrá ser nieve.

Sale la luna. Y soñamos con luciérnagas en Marte.


Publicado por elchicoanalogo @ 6:17  | (treinta segundos)
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