Lunes, 28 de abril de 2014

(alguien que reza por nosotros, un viaje de madrugada, la luz de un faro y la oscuridad que deja al desaparecer, una carretera con curvas, los ojos cerrados, mi cabeza en su hombro y notar el movimiento sobre la carretera, los lugares de paso, las maletas en el suelo y los nudillos contra las ventanas como despedida, los puentes sobre el mar, la sombra del autobús en el agua y el vértigo a caer, el peso de una mochila, las casas de piedra, dos ríos que se separan y los caminos de tierra bajo el asfalto de la carretera, las lagartijas en un viejo lavadero, los insectos que sobrevuelan los campos de trigo al atardecer y una escuela abandonada (un agujero en el tejado y la escuela que parece derrumbarse a través de él), grabar una fecha en una ermita y creer que podemos detener el tiempo, cerrar los ojos durante un segundo y descubrir, al abrirlos, que han pasado veinte años y que de ti, de todo aquello, de tus sueños, sólo queda una fecha borrosa en una puerta de madera)

Los lunes de Anay. Bastidores...

"Esas carcajadas de sentido común
que deshacen el mundo"
                                            PABLO MIRAVET BERGÓN


UNA BUENA RAZÓN

Ocurre que, de pronto,
se desmigajan las razones
como un trozo de pan
en el estanque de los patos.
Ninguna es sino bocado fácil,
un cuerpo aguachinado sin destino
y sin movilidad,
sin reflejos, sin consistencia.

Ocurre que, de pronto, delante de los patos
no vales lo que vale tu desgana.

                                                    LUIS MUÑOZ





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Si los apuros monetarios le quitan el sueño, hágale una visita a la señorita de Ahorro y Crédito Ubik: le librará de las siempre molestas deudas. Por ejemplo, supongamos que usted toma en préstamo, a un interés limitado, cincuenta y nueve contacreds. Vamos a ver: en total...

La luz del sol penetraba en la elegante habitación de hotel poniendo al descubierto las imponentes formas que, según advirtió Joe Chip, parpadeando, eran piezas de mobiliario: grandes colgaduras de neoseda estampados a mano, que representaban la evolución del género humano, desde los organismos unicelulares del período cámbrico hasta el primer vuelo con un aparato más pesado que el aire, a principios del siglo veinte. Una magnífica cómoda de neocaoba, cuatro sillones articulados criptocromados y tapizados en tela jaspeada... Admiró, aturdido, el esplendor de la habitación y de pronto, herido por un agudo sentimiento de decepción, cayó en la cuenta de que Wendy no había llamado a la puerta. O que, en todo caso, no la había oído llamar; dormía demasiado profundamente.
Así, el imperio de su nueva autoridad se había desvanecido en el mismo momento de iniciarse.
Philip K. Dick
Ubik (traducción de Manuel Espín. Booket)


Tags: Philip K. Dick, Manuel Espín, Ubik, Booket

Domingo, 27 de abril de 2014

I

Vengo de un largo
trayecto de abandonos
no soy la única
lo sé no lo presumo
pero son mis pies los míos
quienes recorren y recorrieron
el camino mis pies y no otros
mi cansancio y fatiga
intemperie de abrazos
sin consuelo
enmimismada

No el suelo bajo los pies
sino mis pies sobre la tierra
inaudita intromisión
imposible contacto
con todo y tanto andar
de paso y paso a paso

Los pies que no vuelan
los pies torcidos
la cuesta arriba
el bordón quebrado
quebrantado apoyo
mis pies cautivos sin alas
sin compañeros de destino
largo viaje de abandonos
los míos

Imagen y semejanza
de un olvidado ritmo
eterno partir y partirse
el talón el empeine
la planta la huella
el tiempo todo lo borra dicen
sin empacho los sedentarios
ajenos a la herida la magulladura
el tránsito descalzo

Andar sin artificios
peregrino a Compostela
daba igual la dirección
pues todo fue signo
itinerario sin trazo
que los pies me lleven dije
donde esté mi alma

Ningún fuego consumió
sin embargo tanta pisada
en las hogueras para alumbrar
la ruta
ninguna lágrima tampoco
las secó
todo ahora quedaría como un andar
en sueños
salvo por las cicatrices
y una contumaz renquera.


II

Mas no existe viaje de ida
y vuelta
pues no hay retorno
sino a lo que ya no está
y los pies ingenua de mí
van anclados al sacro
y éste a la columna
hay clavículas un cerebro
y en el “vamos” va implícita
la cadera
divino condicionamiento
el libre albedrío falla cojea
los mapas mienten
el cuerpo yerra entre
la Cruz del Sur y cualquier
veleta
A la intemperie sólo estrellas
no existen brújulas

Una voz me había dicho
“prosigue
derrama la semilla sin mirar
detrás los surcos donde caiga
si será árbol o matojo
no te importe
también los vientos tropiezan
el mar encalla”
Creí, sí, a pie juntillas
y proseguí y todo se fue
para siempre

No, nunca se desaparece nada dijo
otra voz
mas yo tanto perdí que terminé
perdida bajel sin rumbo
lastrado el calcañar
como reo picapiedra

Nadie vino a resarcirme
sólo me cansé
se cansó la piedra en el crepúsculo
y rodó
rodó y me llevó consigo
alborotada sin ritmo
ni siquiera sé si subimos
o bajamos
agrietadas
“Qué viva es la sabiduría de lo que no es
nosotros” escribe la poeta.


III

A tus pies dijo
y enlazó mis tobillos
amorosamente
prisioneros de una ilusión
fugaz se fugó
la primavera eterna
reverdecía indiferente
al tributo
flaquearon las rodillas
y pagamos de hinojos
la efímera ofrenda

Ay los tobillos
voluntad de sobrevivencia
no otro sino ese
cuchillo tenaz nos ata
a la tierra del cuerpo
sellos que el tiempo va rompiendo
y nuestro mirar
ciego
no advierte
pájaro invisible la tristeza
transparenta sus alas
vuelo sin destinatario

Coqueteo con el abismo
pies al borde brazos en alto
por ver si a la grulla
la empuja una tempestad
mi voz se traga la distancia
y el OM rebota mudo
en la infinita blancura
del silencio
así que
mejor me siento a contemplar
el horizonte
a esperar que serenen las Furias
tanta indigestión de rabias
Herida errante
el olvido no existe

“Vuelve sobre tus pasos, retorna”
escuché como si me enviaran
a Nínive ahí
al pie de los farallones en
Cabo Da Roca
saltar sugería la intención
no poner pies en polvorosa
para qué si no habría escapatoria
pensé y algo se quebró
terminó por ceder:
a qué adelantar la hora de partida si
nada abolirá el espacio
entre las vías del tren…
Esther Seligson
A los pies de un buda sonriente

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S?bado, 26 de abril de 2014

Me acercas tu mano y me ayudas a subir al tejado de la ermita. Sigo la línea del río hasta el horizonte, el cielo anclado sobre nuestras cabezas y la estela de tierra tras los tractores, la última luz de la tarde sobre los campos de trigo y el tañido de las campanas que me habla de tiempo y muerte. Es nuestro escondite para esperar la salida de la luna (y los escondites tienen que estar a la vista de todos).

Dices que apenas piensas en el pasado, que sientes nostalgia del futuro y te entristece no saber cómo será el año 4011, si Wells tenía razón con su humanidad dividida o era Dick quien acertó con su mundo de replicantes y dimensiones entrecruzadas, o tal vez no seamos más que la invención de un dios solitario y moribundo, el último fogonazo de su conciencia. Bajas la voz, apenas un susurro, cuando recuerdas que te perderás los últimos treinta segundos antes del fin del mundo, que no verás partir viejos cohetes en busca de un nuevo hogar ni contemplarás un atardecer desde otro planeta, que nunca sabrás si conseguiremos conquistar el tiempo y movernos a través de él a nuestro antojo.

Tu pecho se mueve rápido, las manos en las rodillas, la mirada perdida entre las zarzas bajo la ermita, la voz quebrada. Esperamos la salida de la luna y estás temblando por todos esos sueños inalcanzables que crearon en ti los libros. Tú la chica poeta que se sabe derrotada por el tiempo, yo el muchacho callado de un norte que sientes muy lejano. Me pregunto si un abrazo será suficiente para calmar tu impotencia o necesitas la certeza de otra realidad.

Aparecen las primeras luciérnagas, titilan en el camino, una pequeña constelación a nuestros pies. Entonces te hablo de la nieve, te digo que extraño su sonido a electricidad, miles de copos que planean en el cielo hasta posarse en el suelo de manera lenta y pausada, que me gustan las nevadas nocturnas porque hay un instante donde la nieve parece encender la oscuridad y hay una claridad extraña e inesperada, que no hay dos copos iguales y que las bolas de nieve calientan las manos en vez de enfriarlas. Me miras sorprendida, me recuerdas que nunca has visto nevar, que no sabes cómo suena la nieve. Te respondo que ahora la nieve tiene el aspecto que tú quieras darle pero, una vez que veas nevar, la nieve sólo podrá ser nieve.

Sale la luna. Y soñamos con luciérnagas en Marte.


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Viernes, 25 de abril de 2014

Los poblados indios, los fuertes, las granjas en la llanura, las caravanas con colonos y el polvo y humo en el horizonte, las ceremonias de iniciación, los sueños que nombran a un guerrero y llegar a la vejez con el cuerpo lleno de cicatrices, los vaqueros que esperan instalarse en una tierra inhóspita y las mujeres que se endurecen con el contacto con la tierra, los hombres blancos que viven con los indios y olvidan su pasado y miran a su hermano a la cara en una distancia insalvable y las mujeres que son raptadas y deben aprender a sobrevivir, un hombre capturado por los indios que pasa de perro a ser uno más dentro de la tribu y el entierro de un don nadie y su historia que esconde un sacrificio.

Los cuentos de Dorothy M. Johnson hablan de un espacio y un tiempo míticos, la frontera con el salvaje oeste, los enfrentamientos entre blancos e indios, su lucha y convivencia, los cuerpos con cicatrices y la mirada inquieta al horizonte, los ritos de los indios y, también, los ritos de los blancos, su diferente forma de relacionarse con la naturaleza y la religión y los puntos de unión entre ambos. En Indian Country está la tierra de Montana y quienes la habitan, sus costumbres y sus miedos, sus sueños y la muerte.

Johnson se detiene en las ceremonias y los gestos cotidianos, los jóvenes guerreros que buscan un sueño durante cuatro días de ayuno que les nombre y les dé un lugar en la tribu, las formas de cortejo, las luchas entre diferentes tribus, los entierros y las pinturas de caza y guerra, el paso de la infancia a la madurez en los colonos, los vaqueros que buscan un lugar donde asentarse o son tan nómadas como los indios. Los cuentos de Johnson son sencillos, a veces duros y crueles, la tensión por algo que va a ocurrir, la señal de polvo como anticipo del peligro, el humo entre los maderos de una granja, la silueta de soldados en el horizonte, adentrarse en territorio hostil y dormir bajo los carromatos.

Hay cuentos extraordinarios en Indian Country, El chico de la pradera, el paso de la madurez de un niño que echa a un forajido de su tierra, Viaje al fuerte, el rescate de una mujer, el encuentro con una pequeña caravana de soldados, las conversaciones nocturnas mientras se espera un ataque al amanecer, La camisa de guerra, el encuentro entre dos hermanos tras años de búsqueda, la renuncia de uno de ellos a sus orígenes, su vida entre los indios, sentir que ha encontrado su lugar entre ellos, El exilio del guerrero, un viejo indio que nunca tuvo un sueño que le nombrara, que atrae la mala suerte y sale en busca de una última oportunidad para encontrar su medicina, Marcas de honor, el cambio de los tiempos, la vida en la reserva, los jóvenes indios que se alistan para combatir en una guerra mundial y desconocen sus raíces, Un hombre llamado caballo, el rapto de un hombre del este, su paso de esclavo a un hombre más dentro de la tribu. Y, sobre todo, El hombre que mató a Liberty Valance, el entierro de un don nadie, la llegada de un senador al funeral, el recuerdo de su encuentro y un sacrificio.

En apenas veinte páginas Dorothy M. Johnson construye paisajes, ceremonias, caracteres, tensión, habla de la frontera de unos y el movimiento constante de otros, de los gestos cotidianos y los ritos que nos nombran, de lucha y muerte.





Existía una severa y dura disciplina en la vida de un indio crow. Crecía anhelando la gloria;  ayunaba y rezaba para alcanzar poderes mágicos y curativos. Cuando consideraba que había obtenido su medicina, marchaba en busca del peligro. Después de un tiempo, se moría. La vida de un hombre blanco era infinitamente más complicada, se podían desear demasiadas cosas y se daban demasiadas manera de fracasar al tratar de conseguirlas.

( … )

Las historias de los abuelos trataban de guerreros que no desfilaban ni se tallaban, sino que caminaban con ligereza sobre sus mocasines o montaban a pelo potros de guerra. No vestían uniformes, lucían pinturas con símbolos místicos en el rostro y en el cuerpo. En aquellas batallas se mostraba el tocado de guerra sobre el que flotaban las plumas de águila y saltaba a la vista el viril coraje de los guerreros que se atrevían a llevar un escudo sagrado de piel de búfalo, pese a que el hombre que lo portaba no podía zafarse en retirada. Eran batallas sin artillería, pero con el rumor de los mosquetes, de las lanzas con punta de hierro y de las flechas emplumadas que partían silbando desde un arco. Matar no era lo más importante en estas batallas, sino probar el valor de un hombre frente a la muerte. Y los más valerosos eran aquellos que se atrevían a no blandir arma alguna, sino solo un látigo, para azotar con él a un enemigo vivo, ileso. A nadie se le tallaba para esas batallas y, a menudo, la muerte era el precio de la gloria.

( … )

Bert Barricune murió en 1910. A su funeral no fueron más de una docena de personas. Entre ellos estaba un destacado y joven periodista que esperaba encontrarse con una historia de interés humano. Corría la leyenda de que el viejo había sido una especia de pistolero en sus años mozos. Unos pocos carcamales andaban torpemente, ya a solas, ya en parejas, nerviosos y ceñudos, aferrándose a sus deteriorados sombreros. Hombres que fueron compañeros de Bert en la bebida y en las partidas de póquer en las que se jugaban cantidades nimias mientras el mundo rodaba delante de ellos. También vino una mujer que lucía un denso velo que ocultaba el rostro. Rayas blancas y amarillas se adivinaban en su pelo teñido de negro. El reportero tomó nota mentalmente: un viejo colega del viejo bario. No hay ninguna historia que merezca la pena.
Uno a uno pasaron delante del ataúd y miraron a la cara impasible del viejo Bert Barricune, que había sido un don nadie. Su pelo era blanco, muy corto, y su rostro arrugado resultaba tan vacío en la muerte como lo fue durante su vida. Pero la muerte le añadió dignidad. Una gran cantidad de flores se extendían detrás del ataúd. En un tarjetón se leía: «Senador Random Foster y señora». Excepto unos pocos brotes amarillos y rosas, sin hojas, repartidos por los escalones alfombrados, las flores que adornaban la sala eran, como pudo observar el reportero al forzar la vista, flores de nopal. Flores de cactus. Parecían apropiadas para el anciano... Flores que crecen en los baldíos de las praderas. Bien, eran libres de recogerlas como gustasen. Los amigos de Barricune no parecían muy prósperos. Pero ¿cómo se le ocurrió al senador mandar un ramillete?
Hubo un retraso y el director de la funeraria se puso un poco nervioso con la espera. El reportero se sentó muy derecho cuando vio entrar a los dos últimos asistentes.
Es el senador Foster... seguro, tiene el brazo impedido... y aquella debe de ser su esposa. El Congreso todavía está en periodo de sesiones y él ha hecho todo un viaje desde Washington- ¿Para qué se ha tomado la molestia? ¿Por un viejo desecho como Barricune?
Dorothy M. Johnson
Indian Country (traducción de José Menéndez-Manjón. Valdemar)


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Jueves, 24 de abril de 2014

Lejos, muy lejos de revelar algo, de contar algo. Lejos, con los ojos a punto de acariciar alguna estrella. Lejos, muy lejos de pasearme un camino sólido de esta podrida eternidad. Lejos, inacabado hasta en las paredes, en los colores, en las escaleras, en las calles. Lejos, muy lejos parece haber quedado esa ansia lenta de que muero sin querer, y vivo algunas veces sin saber qué es amar. Lejos, parecido más a una mancha que a cualquier otra cosa. Ah, lejos, solamente lejos con ese pasmoso recorrido que hago desalentado al amanecer atravesando el baño. Ojitos extranjeros podridos contra el espejo. Cuántas veces seré yo ese gran hueco, ese humo, esa gota de mar que cayéndose me derrumba a lo lejos.
Jesús Montoya
Lejos

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Publicado por elchicoanalogo @ 6:07  | Poes?a
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Mi?rcoles, 23 de abril de 2014

MIÉRCOLES 23 HASTA EL VIERNES 25 (10:00-13:30 Y 16:00 A 20:00) Llena tu cesta de libros, pésalos y calcula su coste. Narrativa, ensayo, arte, infantil... haz tu compra en AIDA Books&More Madrid por sólo 5€ el kilo y por una buena causa.

JUEVES 24 (19:30): La autora Carmen Estirado nos presentará su primera novela "Las llaves de casa" y dirigirá la actividad "Los libros no mueren". Los autores son esos fantasmas eternos que nunca descansan en paz. Es más, aunque una nueva Inquisición quemara todos los títulos que existieran en la tierra, en la mano de los escritores estaría Chejov, Shakespeare, Borges o Virginia Woolf. Con motivo del Día Internacional del libro, leeremos algunos clásicos y descubriremos las influencias en autores actuales o por qué no, en nosotros mismos. ¿Cómo es la vida de un libro?

¿DÓNDE? Te esperamos en Claudio Coello, 112, 1º (Convento Dominicas). Todos los beneficios de las ventas de libros se destinarán a financiar proyectos de cooperación.



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Martes, 22 de abril de 2014
Lunes, 21 de abril de 2014

(la luz del sol en el suelo del metro, pequeños rectángulos que se deslizan y desaparecen bajo mis pies, las estaciones vacías, las grúas detenidas y las piernas desnudas de una mujer (su falda una línea blanca que tiembla entre sus muslos), un poemario y la voz de doscientos poetas (crisis, lucha, dolor, miedo, gritos y redención), salir de la oscuridad a la luz y sentir el mar en el rostro, un velero tras el muelle, la vela plegada, la estela triangular y el sonido apagado del motor, un banco de madera frente al puerto, el viento entre los mástiles (tac tac tac) y las palabras de Kepa Murua, Isabel Tejada o Antonio Gamoneda entre las nubes que llegan del mar, las olas contra las rocas y un niño que cree que los patos son los reyes de la naturaleza, llegar hasta el final del muelle y sentir que es el final de la tierra (el fin del mundo), el faro como última frontera, el peso del poemario en mi mano, el horizonte el temblor de otra línea blanca y el pasado entero detrás de mí )

Los lunes de Anay. Freno de mano...

"el corazón responde rápido"
                                               VENTURA CAMACHO


DESPRENDIDO

Vi,
corazón,  
tu última reforma:

Qué
-no harás-
por mí.

               ANAY SALA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 13:38  | Los lunes de Anay
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De vuelta en su apartamento, Tsukuru Tazaki sacó una vieja agenda del cajón de su escritorio, la abrió por la sección de direcciones y tecleó cuidadosamente en el portátil el nombre y el apellido de los que habían sido sus amigos, las direcciones que tenían en aquella época y sus números de teléfono.

Kei Akamatsu
Yoshio Oumi
Yuzuki Shirane
Eri Kurono

Los pensamientos se agolpaban en su mente mientras releía la lista de nombres y apellidos en la pantalla. Entonces tuvo la sensación de que aquella época que él suponía que había quedado atrás se expandía a su alrededor, envolviéndolo. Aquel tiempo pretérito empezaba a mezclarse silenciosamente con el presente. Como si en su apartamento se colara humo a través de un intersticio en la puerta. Era un humo incoloro y sin olor. Sin embargo, en cierto momento, Tsukuru regresó de súbito a la realidad y pulsó una tecla para enviar el correo electrónico a la dirección de Sara. Tras comprobar que había sido enviado, apagó el ordenador y esperó a que el presente retornase.
«... estoy muy interesada en ellos. Quiero saber más. Quiero saber quiénes son esos con los que cargas a la espalda.»
«Probablemente Sara esté en lo cierto», pensó Tsukuru ya tumbado en la cama. «Todavía llevo a los cuatro a la espalda. Y seguramente pesan más de lo que Sara imagina.»

Mister Red
Mister Blue
Miss White
Miss Black

Haruki Murakami
Los años de peregrinación del chico sin color (traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Tusquets. Círculo de lectores)


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Domingo, 20 de abril de 2014

La lágrima fue dicha.

Olvidemos
el llanto
y empecemos de nuevo,
con paciencia,
observando a las cosas
hasta hallar la menuda diferencia
que las separa
de su entidad de ayer
y que define
el transcurso del tiempo y su eficacia.

¿A qué llorar por el caído
fruto,
por el fracaso
de ese deseo hondo,
compacto como un grano de simiente?

No es bueno repetir lo que está dicho.
Después de haber hablado,
de haber vertido lágrimas,
silencio y sonreíd:

nada es lo mismo.

Habrá palabras nuevas para la nueva historia
y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde.
Ángel González
Nada es lo mismo (en De grado elemental)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:35  | ?ngel Gonz?lez
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S?bado, 19 de abril de 2014

Un hombre que corta los silencios de cintas magnetofónicas y los colecciona, o pide a una mujer que se quede en silencio, junto a él, y graba esos instantes para luego volver a ellos entre el ruido de la ciudad, un intelectual que pretende quitar la palabra Dios de sus conferencias y sustituirla por el ser supremo que veneramos, una familia que cada día celebra la Navidad, los villancicos, las canciones, los dulces típicos ya sea verano o invierno, la locura que se apodera de ellos de formas inesperadas, una fábrica donde se repite un mantra, algo va a pasar, como si cada empleado fuese una especie de Bartleby moderno, la vuelta de aquellos que sustentaron el nazismo y esperan construir un edificio en recuerdo del pasado, un hombre que selecciona las cartas entre los impresos, que va en tranvía con una máscara de normalidad, que sólo destruye aquello que tiene delante.

Böll habla del silencio y de moral, del peligro de la cercanía de un pasado oscuro en Alemania y cómo hay heridas y gestos que aún no se han cerrado, que hay quien quiere no cerrar, de querer cambiar el pasado en el presente y borrar nuestras huellas, de la delgada línea entre cordura y locura, de las máscaras que llevamos en sociedad.

En Los silencios del doctor Murke, Murke sube en ascensor al último piso, la angustia durante cuatro segundos por saber si se quedará colgado o volverá a bajar a su planta como forma de afrontar el día. Trabaja en la sección cultural de una emisora de radio, corta los silencios y las pausas de las grabaciones y las une para crear un silencio largo y extraño que luego escuchará en su casa, la soledad y el silencio, le encargan retocar antiguas conferencias para adecuarlas al presente y corta la palabra Dios de ellas.

En No sólo en Navidad, una familia cae en la repetición del día de la Navidad para evitar la locura y la enfermedad de uno de ellos. Cada día, los villancicos, el árbol encendido, los dulces, media hora diaria que, poco a poco, transforma a los familiares, los lleva comportamientos extraños, a gritos y angustia. Aunque corro el riesgo de hacerme antipático, tengo que mencionar un hecho y mi única defensa es su evidencia. Durante los años 1939-1945 estuvimos en guerra. En la guerra se canta, se pegan tiros, se habla, se lucha, se pasa hambre y se muere -y se echan bombas-; en fin, pasan cosas poco agradables, con cuya relación no quiero fastidiar a quienes las vivieron. Solamente las recuerdo porque la güera influyó en la historia que voy a contar. Pues la tía Mila sólo vio en la guerra un fenómeno que empezó en la Navidad del año 1939 y que puso en peligro su árbol de Navidad, el cual tenía indiscutiblemente una especial sensibilidad.

El narrador de Algo va a pasar recuerda el tiempo que estuvo en una fábrica donde el lema era algo va a pasar. Los empleados, el dueño, llenos de una falsa acción, docenas de gestos que parecen indicar esfuerzo y trabajo y sólo enmascaran la inacción y la espera.

Diario de una capital es el regreso de aquellos que promovieron el nazismo, querer erigir un edificio en recuerdo de los soldados y las guerras, la sensación de que poco ha cambiado, que hay algo oscuro en la sombra a punto de despertarse.

El destructor es la máscara de normalidad que construye un hombre para relacionarse en sociedad, es alguien que camina entre el delirio y el abismo, que tiene un diálogo continuo con sí mismo, las dudas, los miedos, la destrucción y el ahorro de tiempo. Lo que me entusiasmaba como fórmula, me ha desilusionado en la práctica, cuando he comprobado que es factible. La estrategia aplicada la pueden realizar los subalternos. Probablemente organizaré escuelas de destructores. Es posible que intente colocar destructores en las estafetas de Correos, y si es posible, también en las imprentas; se podrían emplear así enormes energías, valores e inteligencias, se ahorrarías portes y quizá se pudiera llegar a que los prospectos se pensasen, se dibujasen, se compusiesen pero que no se llegaran a imprimir.

Los cuentos de Böll tienen un humor surrealista y descabellado, ponen el énfasis en los comportamientos extraños, el peso del pasado (el peligro de volver a él), la búsqueda del silencio.




-Otra cosa -dijo Humkoke y cogió una lata de galletas amarilla de una estantería colocada cerca de la mesa de Murke-, ¿qué son estos trocitos de cinta que tiene usted en esta lata?
Murke se ruborizó.
-Son... -dijo-. Es que colecciono un tipo especial de recortes.
-¿Qué tipo de recortes? -preguntó Humkoke.
-Silencios -dijo Murke-, colecciono silencios.
Humkoke le miró interrogativamente y Murke continuó:
-Cuando tengo que cortar trozos de las cintas, donde los oradores han hecho una pausa -también suspiros, inspiraciones o silencios absolutos-, no los tiro al cesto de los papeles; lo los guardo. Ciertamente, las cintas de Bur-Malotkke no proporcionan ni un segundo de silencio.
Humkoke se rió:
-Desde luego, ése no se calla. ¿Y qué hace usted con los recortes?
-Los uno, y me paso la cinta en casa por la noche. No es mucho; todavía no tengo más que tres minutos, pero es que la gente calla poco.
Heinrich Böll
Los silencios del doctor Murke y otras sátiras (traducción de Carmen Ituarte. Alianza editorial)


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Viernes, 18 de abril de 2014

Me pregunto por qué la iglesia no canoniza a nadie en vida. Porque si alguien es santo lo habrá sido siempre, pienso yo. Ser santo debería ser algo consustancial a eso que llaman alma. En fin, para mí, Miranda July es una santa en vida. Una santa con cara de susto, no una santa como Santa Gema Galgani, que parece una topmódel.
Hace unos años recibí una llamada a deshoras de mi amigo el realizador Juan Ramón Hernández, acababa de ver una película. Cuando la veas piensa que la he hecho, yo, para ti, dijo. La película era ‘Tú, yo y todos los demás’. Por lo visto, la niña Miranda, mientras escribía, dirigía y protagonizaba esa película, también escribía cuentos.
Cuentos que han bebido el agua bendita de los personajes que habitan el averno de Carver, otro santo. Cuentos perversamente inocentes, maravillosos, historias que podrían pasarle a cualquiera de nuestros vecinos (nunca a nosotros, claro), tan extraordinariamente reales que parecen mentira. Seix Barral los ha publicado en el libro ‘Nadie es más de aquí que tú’.
Me pregunto si un santo en vida se volvería un vanidoso insoportable y no hubiera otra que degradarlo, despojarlo de su aro y su contraluz iridiscente. Y de su palma de mártir (en el caso de July ‘Cámara de oro’ en Cannes), si es que fue saeteado por la crítica.
July dice que eligió no elegir, se le nota, y por eso me gusta. Creo que voy a recortar y plastificar su foto y la voy a colgar con una chincheta al lado de la de Beckett para acordarme de que uno, aunque haga las cosas que le vengan en gana, nunca debe perder la cara de susto. Jamás. Aunque sólo sea para quedar creíble en las estampitas.
Isabel Bono
Llegó la hora de los que no se defienden (en Manual de uso cultural)


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Jueves, 17 de abril de 2014

Todo lo que se da llega a destiempo.
No existe otra manera.
Entre el ojo y la mano hay un abismo.
Entre el quiero y el puedo hay un ahogado.
Un país que asoma su cabeza deforme en una carta,
y va a darse a destiempo, nada es lo que esperabas.
Y lo que llega envuelto en papel de regalo se irá sucio de odio.
Bailamos entre los escombros de una cita.
Dibujamos una taza de café en el desierto.
Vivimos de sumar y de restar:
lo que te da el amor, lo que te quita el miedo.
Al final nos entregan los huesos de un perfume.

Aún así persistimos.
En alguna montaña vive un pez resbaloso.
Entre números rotos se desliza una estrella.
Jorge Boccanera
Envíos (En Bestias en un hotel de paso)


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Mi?rcoles, 16 de abril de 2014
Martes, 15 de abril de 2014

El sonido del viento entre los mástiles y el mar como aventura, muerte y ausencia, el fin de los barcos de vela y la sensación de algo que se pierde para no volver, un marino que cayó de pie sobre el mar tras subir unos diez metros y una cabeza reducida, un pueblo costero donde las mujeres esperan, sólo esperan, y un cementerio vacío porque no hay una tumba en tierra para los ahogados, las tormentas en alta mar, las escaramuzas entre marinos y un asesino de gaviotas, un viaje en busca de un padre y los mares del sur, la mirada curiosa de los niños fuera del muelle, aprender a zurriagazos y preguntarse qué hay tras el horizonte (soñar con las calles y las mujeres de Buenos Aires o Nueva York), los primeros días embarcados (la comida mala y escasa, los trabajos más peligrosos), los sueños premonitorios de un hombre que ve barcos y hombres a pique entre explosiones y gritos y una mujer que quiere castigar al mar por tantas pérdidas, un barco atrapado en el hielo y dos guerras mundiales donde los barcos pasan por encima de los supervivientes (sin mirar atrás), un parto en las aguas del norte y la realidad que se convierte en leyenda, los ahogados que vuelven por un instante y conviven con los vivos.

Nosotros, los ahogados habla de Marstal, su tradición marinera, su paso de los barcos de vela al vapor y finalmente al motor, la lucha de sus hombres y mujeres por sobrevivir, las ausencias de los hombres que duran años, las mujeres que viven con la incertidumbre de la espera y los niños que sólo esperan a tener la edad suficiente para embarcarse y ver mundo, los tiempos que cambian y con ellos la forma de ganarse la vida, la relación con el mar, que trae prosperidad y muerte pero nunca cuerpos que enterrar en el cementerio del pueblo, cien años en la vida de un pueblo, de unos seres duros que viven en la cubierta de un barco o en una casa vacía, que se preguntan por las raíces que les ata a tierra, a otras personas o cómo es morir en el mar mientras embarcan durante años y ven glaciares, las costas de Rusia o Samoa. Se suceden los narradores a los largo de los años, una primera persona constante que contiene docenas de voces diferentes, de testigos que vivieron en un barco en alta mar o en un muelle a la espera de noticias de los marinos del pueblo, que participaron en guerras y escaramuzas o que recorrieron medio mundo en busca de un padre desaparecido, docenas de voces diferentes que otorgan unidad al relato, al pueblo, a los personajes, sin diferencia entre el marino, la viuda, el ahogado, el niño, cada uno de ellos tan importante como el otro, cada uno de ellos parte de un todo.

Hay aventura y la construcción de leyendas (un marino en la cubierta de un barco que salta por los aires y que cae de pie al agua por sus botas de marino, una cabeza reducida que podría ser de James Cook), hay un viaje que se inicia en Marstal, un pequeño punto en un mapa, y llega hasta Samoa o Terranova, hay el dolor de la pérdida y el mar que puede ser embravecido o diáfano, las tormentas o la calma total, el crujido de los barcos y los hombres en proa que se hunden en el agua como parte del aprendizaje, hay marinos imberbes que empiezan en la cocina y reciben constantes zurriagazos y terminan como capitán en un barco sin apenas tripulación y contra una tormenta, está el paso del tiempo, los barcos de vela que dejan paso al vapor, están dos guerras mundiales y el cambio en la forma de navegar, tomar parte den una guerra en la que no se cree e intentar sobrevivir, está, sobre todo, la relación con el mar, el miedo y la curiosidad, la muerte y la aventura, la ausencia y llegar un momento donde saber reconocer qué significa cada gesto.

Jensen escribe una novela-río, tienen tanta importancia las descripciones del mar, las calles de Marstal, la construcción de un malecón, la espera de noticias o los aparejos de un barco como la aventura de los marinos en una tempestad o una guerra. La voz de Jensen es pausada y aventurera, reflexiva y ágil, también aburrida o empalagosa en según qué momentos. Hay un movimiento constante en la historia y los personajes, se pasa de los mares del norte a Samoa, de glaciares a la calma chicha del sur, los niños se convierten en adultos en un barco, el primer viaje es el inicio de una vida nueva, un constante aprendizaje, conocer lasa reglas del mar y los hombres, el desarraigo en medio del océano y, a la vez, la inquietud al estar en tierra. Se busca a un padre, la madurez, la experiencia, el amor o la lucha, se encuentra dolor, miedo, temple, dureza, raíces. A lo largo de cien años Marstal ve nacer y partir a sus marinos, las escaramuzas de Dinamarca contra Alemania que años más tarde tendrán un reflejo en dos guerras mundiales, el vacío que dejan sus ahogados, ausencias que pesan más que los vivos.





Laurids estaba sentado en el Christian VIII bajo la bandera blanca, observando al gentío que llenaba las orillas. No estaba seguro de conocer la guerra mejor que su padre. Luchaban por la bandera danesa contra los alemanes, y eso debería bastarle. Le había bastado hasta un momento antes. La guerra era como la vida del marino. Uno podía aprender mucho sobre las nubes, la dirección del viento y las corrientes, pero nunca sabría nada con seguridad acerca del mar imprevisible. Se trataba sólo de adaptarse y volver vivo a casa. El enemigo eran las baterías del fiordo de Eckernförde. Cuando las hicieran callar se abriría el camino de regreso. Para él la guerra era eso. No se sentía un patriota, pero tampoco lo contrario. Se tomaba la vida como venía, y el horizonte hacia el que dirigía la mirada estaba rematado por mástiles, aspas de molino y el caballete de la iglesia. Era Marstal, como solía aparecer cuando a bordo de un barco nos acercábamos a la costa. Ahora veía personas normales lanzarse a la guerra, no solamente soldados, sino gente de Eckernförde, puerto en el que hacía escala a menudo con cargas de cereal, y de donde volvía la noche que alborotó a todo Ærø. Los ciudadanos de Eckernförde se habían reunido en la playa, igual que los habitantes de Marstal aquella vez; entonces, ¿en qué consistía la guerra?

( … )

El consuelo de visitar una tumba, de llevar también a los niños y hablar con ellos de su padre ante la lápida que lo conmemoraba, de distraer la mente quitando las malas hierbas o tal vez sumirse en una conversación susurrante con el muerto que yace bajo tierra, nada de eso existe para las viudas de los hombres del mar. Una recibe un papel oficial donde se le notifica que el barco de cuya tripulación formaba parte, y del que tal vez era patrón y dueño, se ha hundido «con toda la tripulación»; está escrito con una sobriedad que generaliza y equipara a cuantos navegan en tal barco, tal y tal día, en tal y tal lugar, a grandes profundidades la mayor parte de las veces, donde no hay esperanza de rescate. Los peces solían ser los únicos testigos. Después puede guardar ese papel en un cajón de la cómoda. Ése es todo el entierro que se da a los ahogados.

( … )

Nos despedimos de nuestras madres. Habían estado allí siempre, pero no las habíamos visto hasta entonces. Estaban inclinadas sobre los calderos de la colada o los pucheros, con la cara enrojecida e hinchada a causa del calor y la humedad. Cuando nuestros padres estaban en el mar, ellas se encargaban de todo. Por las noches se derrumbaban sobre el banco de la cocina con la aguja de zurcir en la mano. Nosotros veíamos algo, pero no las veíamos a ellas. Veíamos su perseverancia. Veíamos su cansancio. Nunca les preguntábamos nada. No queríamos importunar.
Era nuestra manera de mostrar amor: con el silencio.
Siempre tenían los ojos enrojecidos. Cuando nos despertaban por la mañana, se debía al humo de la estufa. Por la noche, cuando nos daban las buenas noches, aún vestidas, al cansancio.
A veces sus ojos estaban enrojecidos porque habían llorado por alguien que jamás volvería a casa.
Que nos pregunten por el color de los ojos de una madre.
—No son pardos. No son verdes. No son azules ni grises. Son rojos.
Eso es lo que responderemos.
Ahora están en el muelle despidiéndose. Aún reina el silencio entre nosotros. Nos escrutan con los ojos.
«Volved», dice su mirada.
«No nos dejéis», dicen sus ojos.
Pero nosotros no queremos volver. Queremos marcharnos. Irnos lejos. Cuando están en el muelle despidiéndose, nos clavan un puñal en el corazón. Así es como estamos unidos. Por las heridas que nos hacemos mutuamente.

( … )

Era el rito matutino de Albert: la contemplación del cielo y sus formaciones nubosas, llenas de mensajes para los entendidos, y después el sosiego que producía mirar el malecón. Yacía allí como una fuerza en reposo, más violenta que la del mar, capaz de calmar la tormenta exterior y dar cobijo a los barcos, prueba viviente de la unidad. No navegamos porque hay un mar, sino porque existe un puerto. No empezamos buscando metas lejanas. Lo primero que buscamos es protección.
Carsten Jensen
Nosotros, los ahogados (traducción de Juan Mari Mendizabal. Salamandra)


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Lunes, 14 de abril de 2014

"Eso es lo que te ocurre.
Tú ya lo has comprendido."

                                           BENJAMÍN PRADO



LA PRIMAVERA

Hay mecanismos simples relacionados con la luz del sol.
Hacen obvia mi esencia de organismo
que responde y actúa de manera tan básica.
Puedo hablar de cómo sube el alma
con esta refulgente levadura, disfrazar la alegría primaria con metáforas,
un festival de estilo.
Pero no dejaré de referirme a una mera cadena causa efecto.
La voluntad ajena.

Como un ficus que gira hacia el calor no hay más.

Tan pocas son las riendas que en realidad sujeto.
Y la verdad qué importa.

                                                REGINA SALCEDO




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Si la hubiese contado, habría invalidado lo que Rachel decía de París. Y habría establecido un nexo más profundo con Marie Futz, ya que su historia también incluía un anillo de boda. Se llamaba Helen Donovan. Y aunque llevaba un anillo nupcial a la vista de todos, ni estaba casada ni se había casado nunca.
Era una ayudante de bibliotecaria en la embajada norteamericana en Londres, pero aún respiraba el aire de Boston. Llevaba en ultramar exactamente seis semanas, tiempo suficiente para enamorarse de ese joven llamado Ted Asher; y estaba tan enamorada y tan lejos del hogar, que accedió a irse a París con él.
Y el único modo en que consiguió reunir el valor para embarcarse en semejante expedición consistió en comprarse un anillo de boda y que todos lo vieran. Su propio sueño idiota parisino había sido contraer sagrado matrimonio. Mientras que el del chico se centraba en un amor fácil, pasajero y sin compromisos.
Ambos habían acabado asustándose mutuamente y separándose con la virtud de Helen aún intacta.
El viejo Futz volvió al compartimento. Harry le había pedido dinero prestado para irse a buscar un café al vagón restaurante.
—Se recuperará —anunció—. Ya casi está sobrio.
—¿Qué ha dicho de mí? —quiso saber Rachel.
—Que no entendía cómo una mujer tan estupenda como usted podía soportar a un merluzo como él —le informó Futz.
Rachel se fue al vagón restaurante a ver a Harry. La verdad es que el vagón aún no había abierto: sólo había hecho una excepción ante la especial emergencia de Harry. Rachel logró entrar tras aducir que era parte fundamental de dicha emergencia.
El viejo Futz estaba en lo cierto: Harry estaba prácticamente sobrio.
—Hola —le saludó Rachel, sentándose a su mesa, frente a él.
Kurt Vonnegut
La cartera del cretino (Traducción de ramón de España. Malpaso)


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Domingo, 13 de abril de 2014

En otra época te hubiera esperado,
haciendo y deshaciendo esta madeja
interminable de horas y deshoras,
fabulando otra vida en que la vida
pudiera detenerse muchos años
haciéndome la loca, pero amor,
estamos en el siglo XXI,
son las cuatro y de nuevo tú no vienes.
Ya es hora de acallar a las sirenas
que con su canto airean tus prodigios,
y que se acabe de una vez el cuento,
y vaya rematando tu sudario.
Alfonso Brezmes
Penélope (en La noche tatuada. Renacimiento)

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S?bado, 12 de abril de 2014

Tendría unos doce años cuando leí por primera vez La máquina del tiempo. Recuerdo el misterio, la curiosidad y el miedo por una historia de viajes temporales y criaturas extrañas, los dibujos de los morlocks que me atraían y aterrorizaban a partes iguales, las últimas imágenes de una Tierra moribunda, la fantasía y la realidad que se unían en un punto para crear algo distinto, algo nuevo. Wells me inició en la ciencia-ficción, me descubrió el atractivo de otros mundos posibles, de las posibilidades que no vemos, de la atracción por el espacio y el tiempo.

Volver a Wells es, por un instante, recordar las primeras lecturas, los westerns de la caballería y las películas de vainas extraterrestres e invasores marcianos, es recordar las lecturas nocturnas con poca luz y los sueños más disparatados como algo posible. Hay algo de inocencia, de aventura por la aventura, hay la capacidad de sorprenderse y de ensimismarse, de creernos una historia de viajes temporales en cada punto y empujar al viajero en su descubrimiento del futuro, los viejos terrores y misterios.

La cuarta dimensión y una máquina que cruza el tiempo, el paisaje que cambia a una velocidad inusitada que crea imágenes fantasmales y el terror del viajero por no saber ante qué futuro se detendrá, los seres infantiles y despreocupados que le rodean y una extraña esfinge blanca, la tensión por algo que no encaja y unos seres subterráneos carnívoros, la pregunta de cómo se escindió la humanidad en seres demoníacos y angelicales y tomar partido, el viaje al límite del tiempo, un viaje que me recuerda al que escribió posteriormente Hogdson en La casa en el confín de la tierra (aquella historia de un viaje hacia el fin de los tiempos), y regresar para contar lo vivido. La máquina del tiempo es aventura y terror, es preguntarse hacia dónde nos dirigimos e imaginar un mundo donde los seres de la superficie se han acomodado y sólo juegan y comen y duermen y desconocen los peligros y la muerte y los seres subterráneos, ciegos y carnívoros, que los usan como ganado al que criar y sacrificar, la degradación de la humanidad y su final.

Wells atrapa con su forma de escribir este viaje en el tiempo, un hombre que llega magullado y agotado y cuenta una historia extraordinaria a sus amigos alrededor de una mesa y habla de las cuatro dimensiones y de viajar a través del tiempo como se viaja a través del espacio, las descripciones de una realidad que cambia a una velocidad inusitada, los primeros pasos por un futuro paradisíacos y la tensión por saber que hay algo oculto y extraño en ese futuro, el viaje hacia un tiempo frío y decrépito de criaturas extrañas. Wells consigue que lea sin pausa, que sienta la aventura y la tensión ante lo desconocido.

(En esta edición de Valdemar hay otros relatos de Wells, hormigas carnívoras e inteligentes y la pregunta de quién es el verdadero señor de la tierra, un extraño juicio final y una tierra de ciegos, y, sobre todo, La puerta en el muro, un hombre que busca una puerta que aparece y desaparece de su vida y es la entrada a lo que uno anhela y busca)




-¿Puede poseer existencia real un cubo que no tenga ninguna duración en absoluto?
Filby se quedó pensativo.
-Evidentemente -prosiguió el viajero del tiempo- todo cuerpo real debe extenderse en cuatro direcciones: debe tener longitud, anchura, espesor y... duración. Pero debido a una flaqueza natural de la carne, que les explicaré dentro de un momento, tendemos a pasar por alto este hecho. Existen en realidad cuatro dimensiones, tres a las que llamamos los tres planos del espacio, y una cuarta, el tiempo. Hay, sin embargo, una tendencia a establecer una distinción irreal entre las tres primeras dimensiones y la última, porque sucede que nuestra conciencia se mueve intencionadamente en una dirección a lo largo de la última desde el comienzo hasta el fin de nuestras vidas.

( … )

Que el espacio, tal como lo entienden nuestros matemáticos, se dice que tiene tres dimensiones que pueden llamarse longitud, anchura y espesor, y que es siempre definible por referencia a tres planos, cada uno de ellos en ángulo recto con los otros. Pero algunas gentes filosóficas se han venido preguntando, ¿por qué tres dimensiones precisamente? -¿por qué no otra dirección en ángulos rectos con las otras tres?-, y hasta han intentado construir una geometría de cuatro dimensiones. El profesor Simon Newcomb se lo exponía a la Sociedad Matemática de Nueva York no hace más de un mes. Saben ustedes cómo sobre una superficie plana que sólo tiene dos dimensiones podemos representar la figura de un sólido de tres dimensiones, y de la misma manera creen que con modelos de tres dimensiones podrían representar uno de cuatro... si pudiera dominar la perspectiva del objeto.
H.G. Wells
La máquina del tiempo y otros relatos (traducción de Rafael Santervás. Valdemar)


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Viernes, 11 de abril de 2014

Soñé con una mujer sin boca, dice el tipo en la cama. No pude reprimir una sonrisa. Las imágenes son empujadas nuevamente por el émbolo. Mira, le dije, conozco una historia tan triste como ésa. Es un escritor que vive en las afueras de la ciudad. Se gana la vida trabajando en un picadero. Nunca ha pedido gran cosa de la vida, le basta con tener un cuarto y tiempo libre para leer. Pero un día conoce a una muchacha que vive en otra ciudad y se enamora. Deciden casarse. La muchacha vendrá a vivir con él. Se plantea el primer problema: conseguir una casa lo suficientemente grande para los dos. El segundo problema es de dónde sacar dinero para pagar esa casa. Después todo se encadena: un trabajo con ingresos fijos (en los picaderos se trabaja a comisión, más cuarto, comida y una pequeña paga al mes), legalizar sus papeles, seguridad social, etc. Por lo pronto necesita dinero para ir a la ciudad de su prometida. Un amigo le proporciona la posibilidad de escribir artículos para una revista. Él piensa que con los cuatro primeros puede pagar el autobús de ida y vuelta y tal vez algunos días de alojamiento en una pensión barata. Escribe a su chica anunciando el viaje. Pero no puede redactar ningún artículo. Pasa las tardes sentado a una mesa de la terraza del picadero intentando escribir, pero no puede. No le sale nada, como vulgarmente se dice. El tipo reconoce que está acabado. Sólo escribe breves textos policiales. El viaje se aleja de su futuro, se pierde, y él permanece apático, quieto, trabajando de manera automática entre los caballos.
Roberto Bolaño
Entre los caballos (en Amberes. Anagrama)


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Jueves, 10 de abril de 2014

Si muriera esta noche
si pudiera morir
si me muriera
si este coito feroz
interminable
peleado y sin clemencia
abrazo sin piedad
beso sin tregua
alcanzara su colmo y se aflojara
si ahora mismo
si ahora
entornando los ojos me muriera
sintiera que ya está
que ya el afán cesó
y la luz ya no fuera un haz de espadas
y el aire ya no fuera un haz de espadas
y el dolor de los otros y el amor y vivir
y todo ya no fuera un haz de espadas
y acabara conmigo
para mí
para siempre
y que ya no doliera
y que ya no doliera.
Idea Vilariño
Si muriera esta noche


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Mi?rcoles, 09 de abril de 2014

El monólogo de un hombre al final de su vida, los recuerdos y la memoria, la degradación de la vejez, una casa vacía y los objetos que disparan emociones, imágenes, sabores, el orden familiar y las noches en hoteles con otras mujeres donde ser libre y saciarse de sexo, la ascensión de un hombre y una ciudad, ambos unidos, los primeros pasos dubitativos, los trapicheos, los solares que se convierten en nuevos barrios, la riqueza que llega y nos separa de nuestros inicios (personas, lugares, formas de comportarse), la sensación de vértigo, de vacío, de una vida de apariencias, las preguntas sobre la soledad, la vejez, qué estamos dispuestos a perder y qué dejamos atrás.

Los disparos del cazador es la vejez y una mirada al pasado, qué significan los recuerdos, la memoria, qué hemos hecho con nuestra vida. El narrador repasa su matrimonio, su llegada a Madrid, los inicios en una pensión, la escalada social, el intento de una vida ordenada en la casa familiar y salirse de esos  límites cuando se está fuera de ella, las noches de sexo con sus amantes, la doble máscara. El protagonista escribe con la distancia del presente, a veces parece que llega al umbral de algún descubrimiento significativo, las decisiones fallidas, la sensación de que algo estaba incompleto, lo que deja en el camino en su ascenso social, la burla de su matrimonio, la apariencia de su familia.

Chirbes habla sobre la degradación física, el vértigo de mirar atrás y saber que algo ha terminado, que sólo queda pasado (y soledad alrededor), que hay una especie de muro que nos separa de nuestra vida, de nosotros mismos y todo transcurre de manera más lenta y dolorosa, los recuerdos como sufrimiento, como algo inasible, habla de la extraña moral de alguien que vive con una doble máscara, que busca una vida familiar ordenada (aséptica) y la pasión fuera de ella (su hambre de sexo y libertad), que construyó su posición a través de negocios oscuros, que siente remordimientos difusos.

Hay la extrañeza por el paso del tiempo y la soledad rota con la relación con su criado, la única persona que lo acompaña, que le ayuda incluso a desnudarse y bañarse, hay un pequeño ajuste de cuentas y la sensación de tener las piezas de un rompecabezas pero no querer completarlo para no ver cara a cara la imagen esperada, hay objetos que hablan de muertos y emociones que ya no siente el cuerpo, hay una mirada distorsionada y el silencio de las últimas noches.




Los recuerdos tenían que ser como lecciones de un oficio que nos sirvieran sólo para hacer las cosas de cada día: algo técnico, pero carente de cualquier densidad, de cualquier emoción. ¿Qué otra utilidad, sino la del sufrimiento, tiene la emoción de los recuerdos, si nada de cuanto nos transmiten ha de volver? Intento imaginarme cómo sería el silencio de las noches en mi habitación si no hubiera recuerdos, sólo oscuridad, o la luz eléctrica alumbrando callada los objetos, desnudos de cualquier significado que no fuera su uso.

( … )

No. Ya no venero el instante en que un sexo destella al abrirse ante mis ojos. Sólo lo ambiciono. Necesito cubrir ese hueco que de repente me parece que nadie con un sentimiento que ahora advierto similar al que me empuja a llenar con cemento una excavación, a levantar un edificio en un solar, a cubrir con mi rúbrica el hueco que queda al pie de un talón bancario.
La emoción está en otro lugar. Cuando Eva se peina antes de que salgamos a cenar con los amigos de Misent, cuando la veo cuidarse las manos ante el espejo del tocador, porque la artrosis ha empezado a deformarlas a pesar de su juventud, cuando Julia da sus primeros pasos o Manuel me trae las notas del instituto: ésos son los gestos que me conmueven; ése también mi tiempo sin memoria, desvaído, tiempo sin tiempo, porque la felicidad no se recuerda. Es un estado que se resume en un instante, no en una sucesión.
Rafael Chirbes
Los disparos del cazador (Anagrama)


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Martes, 08 de abril de 2014
Lunes, 07 de abril de 2014

"Te sonrío, es mi empleo"
                                          LUISA CASTRO



LA CERRADURA DEL AMOR

Soluciona la noche con monedas:
pagas así la cama.
Mas aquello por lo que tanto dieras
(o quizás dieras poco):
la promesa del cielo (que es lo eterno)
o esta vida final (el desengaño),
por el amor lo dieras casi todo.
Mas si lo ves venir, aguarda altivo
porque el don que te llega lo mereces.
No le opongas dureza,mas que llame
a la puerta cerrada. No te fíes
de la belleza de un semblante joven,
y escruta su mirada con la tuya;
ayuda la experiencia de los años
para tocar el alma. Si algo sabes
debe servirte mucho en esas horas.
Puede que, a quien esperas, le despidas,
y te quedes más solo.
Mas el amor no pagues con monedas,
no mendigues aquello que mereces.

                                                     FRANCISCO BRINES





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 17:26  | Los lunes de Anay
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«Qué más quisiera...»
La mujer, completamente seca, abría la marcha. Yo le seguía chorreando, el agua me goteaba por la frente, las mejillas y las pestañas. Mi falda blanca, que me llegaba hasta la rodilla, estaba tan mojada que parecía más oscura.
La mujer subió a paso rápido las escaleras que se encontraban al otro lado del camino por el que habíamos bajado. Yo la seguía jadeando. El sudor que me empapaba la frente se mezclaba con el agua de la lluvia.
Al final de las escaleras había un edificio blanco que recordaba haber visto cuando había venido sola. Bajo la lluvia, parecía una casa abandonada.
«Entra ahí», me ordenó la mujer, señalando el edificio.
Empujé la puerta de cristal y entré. El ambiente olía a cerrado. El agua que me empapaba el cuerpo hizo que tuviera sensación de frío. Como la hora de comer hacía rato que había pasado, únicamente había un par de personas sentadas en la larga barra. El edificio sólo parecía abandonado desde el exterior. Una vez dentro, no volví a tener aquella sensación. En la entrada había varias muestras de platos, como jurel frito o sashimi, presentados con sencillez. Las muestras eran artificiales, pero parecían de verdad. Cuando el camarero se acercó arrastrando los pies lánguidamente, le pedí un café y me indicó que debía comprar un boleto en la máquina expendedora.
La mujer no había entrado conmigo. El café estaba más caliente de lo que esperaba, y me quemé la lengua. Eché un vistazo al exterior a través del gran ventanal que ocupaba toda la pared, desde el techo hasta el suelo, y vi que el viento seguía azotando los pinos, que se arqueaban bajo sus embates. El agua que me goteaba de todos los rincones del cuerpo caía directamente al suelo y formaba un pequeño charco.
Hiromi Kawakami
Manazuru (traducción de Marina Bornas Montaña. Acantilado)


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Domingo, 06 de abril de 2014

EL MANANTIAL
[1949. King Vidor]

ella es rubia, absurda y teatral
una histérica que lanza estatuas por la ventana
sin pensar en los viandantes

él sólo es íntegro

ella se resiste
él le pega
ella se deja besar y se casa con otro
ella quiere no sufrir
ese otro no hace preguntas, hace regalos

él sólo es íntegro
Isabel Bono
El manantial


Tags: Isabel Bono, King Vidor

Publicado por elchicoanalogo @ 6:14  | Isabel Bono
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S?bado, 05 de abril de 2014

La mirada de un niño entre la infancia y la adolescencia, una calle que esconde un pequeño universo en sí mismo, los huecos y las formas geométricas en la espalda desnuda de una mujer y el primer acercamiento al misterio del sexo, las estelas de los aviones en el cielo y preguntarse cómo se ve la vida (la propia, la ajena) a vista de pájaro, un fuerte hecho con palos de la calle y un padre que se tumba en la cama para contar una y otra vez las aventuras de Alí Babá, el polvo amarillo que lo cubre todo, como si atrajera un destino negro y la sensación de que la derrota empieza al inicio de la vida y se pega a la piel, imposible borrarla.

Una historia violenta es un puñado de imágenes que se repiten a lo largo de la historia y la voz pausada de alguien que recuerda un momento crucial en su infancia, cómo descubre su lugar en el mundo, la mezcla de misterio, dolor, observación muda y sorpresa que hay en la vida. El narrador que habla una y otra vez de los gestos torcidos de su amigo Ernestito, de los cigarros de Mauri, de las azoteas para verlo todo con perspectiva y sentir el caos de la vida, de la espalda de Tusa y su ropa interior en pequeños cajones (el inicio en el sexo), del fuerte que construye su padre con palos y astillas para sus muñecos de indios y vaqueros y queda a medio hacer, de una pelea y una pedrada, de una casa que parece derrumbarse como la casa Usher y aparecen ratas y se agujerea el jardín, de la piel de la Popi quemada cuando era un bebé y que parece dibujar un mapa en su pecho, de los saltos en la playa y un sofá rojo. Por momentos Una historia violenta se acerca a la música, imágenes que aparecen una y otra vez, que envuelven la historia de una derrota, de la asunción del lugar que ocupamos en la vida y lo difícil que es cambiarlo.

Hay algo de ya leído en Una historia violenta, alguien que mira a su pasado, que habla de una calle, de los momentos cruciales donde se forma una mirada. Lo que me atrajo de la novela de Soler fue su manera de escribir, las repeticiones, el tiempo y el espacio que se estiran o se contraen en según qué momentos, la tensión por no saber qué origina la violencia.




Bajé dos, cuatro, seis peldaños de la escalera y me senté en uno de los escalones. Protegiéndome del sol. Con las cicatrices de la Popi deslizándose por todo mi cuerpo. Viendo aquellos remolinos, los pezones abultados y la raja de la entrepierna, aquel corte sin sangre y recto hecho con una navaja, con una de las espadas o de los garfios afilados que aparecían en los grabados. Un mensaje del infierno.
Me quedé allí, sentado. Sin atreverme a bajar del todo. Sin querer volver a la azotea. Sin querer volver ese día ni ningún otro a ésa ni a ninguna otra azotea.
Mi casa no tenía azotea. Yo no podía ver las casas de los demás desde mi casa. No podía ver a la gente desde lo alto, ni asomarme a ninguna parte para ver a los vecinos. Tenía que salir a la calle, abrir puertas, llamar a otras puertas, pedir que me dejaran entrar y mirar, mirar a la altura de los demás o desde más abajo, porque ya he dicho que yo era pequeño, demasiado pequeño para mi edad. Demasiado asustado para mi edad. Como si intuyera que a lo largo de la vida me esperaba una sucesión de calamidades, un surtido generoso de los tormentos que aparecían en la Biblia de Ernestito Galiana y no atinara a encontrar el camino para sortearlos.
Desastres, pérdidas. Rayos en un cielo oscuro.
Eso que mi abuela había visto en todos nosotros. Desde su cama, con unos ojos iguales a los de la Popi al acabar de fumar y quitarse la ropa.
No, no me gustaba mirar mi casa desde la azotea de Ernestito ni tampoco desde la azotea de Mauri. Era exactamente igual que encontrarme fuera del mundo. Como si me hubieran sacado de mi vida y la viese después de muerto o siendo yo otra persona. Sentía algo parecido a eso. Al verla desde arriba, mi casa era un escenario, una mentira. Igual que si nos hubieran robado el alma.
Ver a mi madre allí abajo, como la vi una tarde desde la casa de Ernestito, fue ver a otra mujer, una mujer cualquiera. Una casa cualquiera. Eso me daba miedo, también eso me daba miedo.

( … )

Su tía seguía inmóvil en el centro del dormitorio, con las manos sostenía la parte delantera del sujetador pegada a los pechos, se los cogía de un modo muy distinto a como lo hacía la madre de Mauri cuando le daba de mamar a los mellizos. Tusa se los cubría enteros, los abarcaba suavemente, como si estuviera jugando a taparle los ojos a alguien que debía adivinar quién era, así, con las manos ahuecadas, como nidos. Y por los lados colgaban los tirantes del sujetador, igual que los mechones sueltos de su pelo.
Era lo que yo miraba. Lo que yo miraba con una intensidad de insecto. De animal que es todo ojos.
Aquella era una espalda carnosa, lisa, y desde la puerta yo imaginaba que tenía la misma piel que la de los melocotones. Observaba cómo la penumbra dibujaba un canal en el centro de su espalda, una depresión suave que descendía hasta perderse un poco más abajo de los riñones interrumpida por la línea oscura, quizá negra también, de una braga apenas visible entre el desarreglo del vestido, enrollado en su cintura.
Así era su espalda, una duna, dos dunas suaves uniéndose, trasvasando una arena casi invisible de una a otra.
Antonio Soler
Una historia violenta (Galaxia Gutenberg)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:19  | Libros...
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Viernes, 04 de abril de 2014

está en silencio
(su espalda desnuda
las piernas recogidas
el pecho un mar que intenta calmarse)

mira hacia la ventana
como si quisiera salir por ella 
y volar lejos de la habitación

sólo existen su silencio y su cuerpo desnudo
pienso que tal vez esté intentando atrapar algún recuerdo
un momento donde se sentía a salvo 

entran unos rayos de sol por la persiana
las motas de polvo parecen pequeñas luciérnagas
traspasan su cuerpo
y se posan en el mío

no consigo ver su cara
ella sentada (replegada sobre sí misma)
yo tumbado
lejos

muy lejos


Publicado por elchicoanalogo @ 6:04  | s?lo por hoy
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Jueves, 03 de abril de 2014

es cierto, somos muchos y estamos solos, si nadie nos enseñó lo importante, cómo podremos entonces sobrellevar las interminables estepas, todas esas horas poniéndonos a prueba, donde no hay lugar ni una sola garantía, cómo acatar la norma establecida de días grises y existencias mediocres, leyes de mercado que no entiendo, si no hay techo para la prima de riesgo, si es constante la transitoriedad de los negocios, constante la erección de la cifra de desempleo, si vamos todos sin regazo en donde, sin mano en mano, si ya no queda nada bueno que esperar, si ya no hay nada en qué creer, cómo podremos cargar con un alma de ceño permanentemente fruncido si ya no sabemos creer, qué hacer con una vida que es fuerte, que se hace cada vez más y más fuerte en su duda

no hay silencio en mi corazón, brilla como una piedra preciosa, pero si nadie lo ve ¿brillará? si viniera un hombre al mundo a balbucir un lenguaje sagrado ¿nuestros ojos se darían la vuelta? tú quieres dedicar una vida a la certeza y yo me pregunto ¿es eso posible? ¿es que es tanto, es que es así, el miedo? sí, el miedo también dispone de mí, no creas que no te entiendo, que no tiemblo a la hora de tomar cualquier decisión, por pequeña que sea, pensando ¿acertaré? haciendo de los hechos mi medida, siendo irremediablemente estúpida, pero mira ¿es que no escuchas dentro?

regresa a mí la noche y es ahora el momento, escucha, apoya tu oído en mi pecho ¿puedes oírlo? ¿oyes cómo mi animal sigue en su puesto? ajustándome las cuentas
Isabel Tejada Balsas
hay algo dentro que no se acaba (en En legítima defensa. Poetas en tiempos de crisis. Bartleby editores)


http://www.goear.com/listen/ada1284/hay-algo-dentro-que-no-se-acaba-isabel-tejada-balsas-isabel-tejada-balsas



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Publicado por elchicoanalogo @ 8:21  | Poes?a
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Mi?rcoles, 02 de abril de 2014

Un hombre llamado Sombra y las carreteras de Estados Unidos, los viejos dioses que son como llamas de una vela y sobreviven mientras los seres humanos los recuerden y los nuevos dioses con su voz engreída, los timos y los trucos de magia y los lugares sagrados fuera de las ciudades, los inmigrantes que trajeron consigo sus creencias y sus mitos del viejo mundo a una nueva tierra que poblar, todo lo que nos define y nos conforma y llevamos con nosotros (recuerdos, creencias, leyendas), el sustento que nos da el pasado, una guerra entre dioses por la supervivencia mientras los seres humanos viven ajenos a ella, un coche sobre un lago helado y lo fácil que es que se resquebraje el hielo.

American Gods es un libro sobre viajes, mitos y leyendas, sobre dioses despojados de su razón de ser que buscan sobrevivir de alguna manera en una nueva tierra, sobre nuestras raíces y nuestras creencias atávicas, sobre aquello que creemos (qué convertimos en dioses y a quiénes olvidamos), la pregunta de cómo llegaron los dioses del viejo mundo al nuevo, cómo pasaron de ser el centro de los sacrificios y ofrendas de una tierra a vagabundear por otra timando a seres humanos descreídos, pequeñas sombras a punto de desaparecer.

Sombra sale de la cárcel y ve cómo su mundo desaparece, no tiene dónde regresar, con quién estar. Y es en ese instante, donde nada agarra a Sombra a la vida, cuando conoce a Wednesday, un timador, un embaucador, un hombre que juega con los sueños y deseos de los demás, y se convierte en su chico de los recados. Sombra se adentra en un mundo extraño habitado por viejos dioses que se niegan a desaparecer, por el cuerpo de su mujer muerta que quiere regresar a la vida, por nuevos dioses que viajan en limusina y pretenden desbancar a los viejos. Sombra cumple sus recados, habla con su mujer muerta, tiene extrañas visiones, viaja por carreteras solitarias y conoce algunos santuarios en pueblos desiertos, se instala en una pequeña comunidad de apariencia plácida (un coche en un lago helado a la espera del deshielo)

Neil Gaiman deja por momentos el viaje de Sombra, su aprendizaje, sus trucos de magia, e intercala viejas historias de dioses, digresiones sobre los primeros desembarcos en la nueva tierra, los rituales, los recuerdos y los sacrificios que mantienen vivos a los dioses, hermanos convertidos en esclavos y mujeres que no olvidan dejar un cuenco de leche en la puerta al anochecer. Gaiman se pregunta cómo llegaron los dioses del viejo mundo al nuevo, cómo sobrevivieron, quiénes se quedaron en el camino.

American Gods puede ser un libro de aventuras, un viaje iniciático, una historia de timos, una mezcla de fantasía y terror, la línea difusa entre realidad, leyenda y sueño.




—Cuando la gente vino a América, nos trajeron con ellos. Me trajeron a mi, a Loki, y a Thor, a Anansi y al Dios León, a los leprechauns, a los Cluracans y a las Banshees, a Kubera y a la Madre Nieve, y a Ashtaroth, y también a vosotros. Llegamos aquí en su pensamiento, y echamos raíces. Viajamos con los colonos a las nuevas tierras más allá del océano.
»El país es inmenso. Nuestra gente no tardó en abandonarnos, nos convertimos en un mero recuerdo, en criaturas del Viejo Continente, como si no hubiéramos viajado con ellos hasta el Nuevo Mundo. Nuestros creyentes más devotos pasaron a mejor vida o simplemente dejaron de creer y nos abandonaron a nuestra suerte, aterrados y desposeídos, condenados a vivir de los escasos restos de fe que pudiéramos encontrar aquí y allá. Condenados a apañárnoslas como buenamente pudiéramos.
»Y eso es lo que hemos hecho hasta ahora, ir tirando, siempre al margen, intentando pasar desapercibidos.
»Apenas tenemos influencia, afrontémoslo y admitámoslo de una vez. Nos aprovechamos de ellos, les robamos y así vamos tirando; nos desnudamos, nos prostituimos y bebemos demasiado; ponemos gasolina y robamos, engañamos y existimos en las grietas que hay en los márgenes de la sociedad. Somos viejos dioses en este nuevo mundo sin dioses.
Wednesday hizo una pausa. Miró uno por uno a los que le escuchaban, con la seriedad de un hombre de Estado. Todos le miraban impasibles, sus rostros parecían máscaras completamente inescrutables. Wednesday se aclaró la voz y escupió, con fuerza, en el fuego de la hoguera. Las llamas se avivaron e iluminaron el interior del palacio.
—Ahora, como todos vosotros habréis podido comprobar ya, están apareciendo nuevos dioses en América que se aferran a nuevas formas de fe: dioses de tarjeta de crédito y de autopista, de Internet y del teléfono, de la radio, del hospital y de la televisión, dioses del plástico, de los buscas y del neón. Dioses orgullosos, criaturas necias y gordas, felices de ser tan novedosos y estar adquiriendo tanta importancia.

( … )

No entiendes cómo funciona esto de ser un dios. No es magia; no exactamente. Es más bien un problema de concentración. Tiene que ver con ser tú mismo, o más bien con ser como los que creen en ti esperan que seas. Tienes que ser la esencia concentrada y exagerada de ti mismo. Tienes que convertirte en trueno o en la energía de un caballo a galope tendido o en sabiduría. Recibes toda esa fe, y todas esas plegarias, y se convierten en una especie de certeza, en algo que te permite hacerte más grande, más atractivo, sobrehumano. Te cristalizas. -Se interrumpió un momento-.Y entonces un día se olvidan de ti, dejan de creer en ti, dejan de ofrecerte sacrificios y se olvidan, y cuando te quieres dar cuenta no eres más que un vulgar trilero en la esquina de Broadway con la Cuarenta y Tres.
Neil Gaiman
American Gods (traducción de Mónica Faerna. Roca bolsillo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:23  | Libros...
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Martes, 01 de abril de 2014