Lunes, 05 de mayo de 2014

-Es cierto, es un modo sencillo de conseguir dinero extra -redunda Ladis.
-Sí, la gente paga por todo, es increíble -sigue Amaya.
-De hecho, lo intento con toda clase de artistas, músicos, cineastas, pero los escritores son más fáciles de conseguir -dice.
Richard alza las palmas de las manos.
-En fin, los escritores son gente muy especial -opina, echándome un vistazo.
Mi madre asiente y sonríe, como si ella supiera muy bien hasta qué punto es cierto.
-¿Especial? -dice Amaya.
-Son gente insoportable. Demasiado habladores, les gusta hacerse notar -dice Ladis señalándome irónicamente con la barbilla-. Y, por supuesto, terriblemente vanidosos. Todos sin excepción. Les dices que te gustan los libros, nombras un par de títulos, y los tienes en el bote.
La perpetua cordialidad de Ladis es un misterio para mí. Me pregunto dónde radica su debilidad. Dónde radica su dolor. Puesto que todo el mundo oculta algún dolor. No quizá un único dolor, pero sí un dolor fundamental, un foco de dolor que nunca lega a extinguirse por completo. Me pregunto cuál será el suyo, porque creo que eso es lo que más define a una persona. Pero todavía no lo he averiguado. En cualquier caso, si algo puede decirse de Ladis García es que no hace la menor exhibición de ese presunto dolor oculto. Y eso le honra. No trata de especular emocionalmente con esa turbia mercancía. Como, por desgracia, casi todo el mundo hace ya.
Fernando Luis Chivite
Insomnio (Acantilado)


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