Viernes, 09 de mayo de 2014

El tiempo parece confluir en un mismo punto en Sylvie, el presente y el pasado diluidos y borrosos, los recuerdos que parecen ocurrir en el presente, los diferentes encuentros entre el narrador y Sylvie  que no tienen una línea temporal clara, las fiestas y los gestos que se mezclan y crean una sensación extraña, de un mundo que detenido, de alguien capaz de salirse de los límites del tiempo y la memoria.

El narrador enamorado de un actriz, que acude a cada representación, que espera el momento de ella en escena, que se pregunta qué papel representará, que, de noche, en un momento de vigilia, recuerda la cara de Sylvie, un coro de mujeres, la luz de la luna sobre una mujer desconocida, Adrienne, que supone el fin de su amor por Sylvie y el inicio de sus amores distantes e imaginados, el narrador que vuelve tras años de ausencia al pueblo donde fue feliz con Sylvie, donde se vistió con antiguos trajes de novios con ella, donde bailó y paseó en bosques y castillos que parecen arruinarse a cada paso, que cree ver en la actriz a Adrienne y espera un giro novelesco. Está la reflexión sobre el amor real y el amor ideal, sobre qué recuerdos actúan de motor, sobre la memoria y el regreso y el tiempo como algo estancado.

Hay algo fantasmagórico en Sylvie, algo que me recuerda a la posterior El Gran Meaulnes, fiestas, bosques, apariciones, tiempos detenidos, un amor no del todo real, no del todo soñado, los recuerdos que pasan por presente y el presente que parece parte de un sueño, un amor por un mujer sencilla que se desvanece por el recuerdo de otras mujeres más distantes y extrañas, el paisaje que tanto arropa a los personajes como los pierde, las diferentes mujeres que representan distintos amores, la Sylvie real que embellece con los años, con la que bailar y reír y pasar por enamorados a punto de casarse, la Adrienne vista una sola vez y que deja una impresión imperecedera, la actriz Aurélie que tiene algo de inalcanzable y de sueño y que reemplaza a Adrienne en esos amores oníricos del narrador.

También hay algo de tristeza, un amor real que se escapa por uno ideal, la emoción ante el paisaje que rodea a los personajes e influye en sus ánimos y deseos, los tiempos superpuestos, a una tarde de alegría y despreocupación con Sylvie le sigue la sensación de algo perdido y una negación. Sylvie es un relato extraño y atractivo.




Yo me sentía vivir en ella, y ella vivía sólo para mí. Su sonrisa me llenaba de una infinita beatitud, la vibración de su voz tan dulce y sin embargo fuertemente timbrada me hacía estremecer de alegría y de amor. Ella tenía para mí todas las perfecciones, respondía a todos mis entusiasmos, a todos mis caprichos, hermosa como el día, bajo las luces de la batería que la iluminaba desde abajo, pálida como la noche, cuando la batería estaba bajada y la dejaba iluminada desde arriba por los rayos de la lámpara y la mostraba más natural, brillando en la sombra con sólo su belleza, como las Horas divinas que se destacan, con una estrella en la frente, sobre los fondos pardos de los frescos de Herculano.
Pasado un año, todavía no se me había ocurrido informarme de lo que podía ser ella fuera del teatro, me daba miedo enturbiar el mágico espejo que me devolvía su imagen, y a lo sumo había prestado oído a algunas frases referidas no ya a la actriz, sino a la mujer.
Gérard de Nerval
Sylvie (traducción de Luis María Todó. Acantilado)


Tags: Sylvie, Gérard de Nerval, Luis María Todó, Acantilado

Publicado por elchicoanalogo @ 6:25  | Libros...
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