S?bado, 17 de mayo de 2014

La primera guerra mundial, un norteamericano alistado en el ejército italiano y que conduce ambulancias, el frente entre montañas y pueblos, la lluvia y el barro en los caminos, la retaguardia en un pueblo tranquilo al que apenas llega el eco de los combates, el amor fugaz y pasajero y un encuentro que lo cambia todo, una enfermera inglesa e imaginar que la lluvia es sinónimo de muerte, teatralizar un amor hasta convertirlo en real, la luz de los reflectores nocturnos en el cielo y una habitación de hospital a oscuras, un retirada por la propia patria y un lago como frontera entre la libertad y la muerte.

El frente parece lejano, distante en el inicio de Adiós a las armas, la nieve señala el fin de los combates, los soldados italianos refugiados en una pequeña ciudad donde descansar antes de ir al frente, buscar chicas en los prostíbulos o hacer bromas al capellán. La guerra apenas aparece, el desfile de soldados bajo la lluvia y algunas explosiones lejanas. Frederic Henry es un elemento extraño dentro de la pequeña ciudad, norteamericano en el ejército italiano, se deja llevar por la rutina en la que se ha instalado la guerra, observa el comportamiento de sus compañeros, conversa con su amigo Rinaldi, con el capellán, ve nevar desde las ventanas del prostíbulo, la guerra como lluvia, barro, heridos y carreteras por hacer.

Algo cambia en Henry al conocer a la enfermera Barkley. Un amor fingido que se convierte en real (el primer amor de Henry), la guerra que ya no es algo rutinario y distante, el peligro de ver la muerte en alguno de los combates en la montaña. Henry y Barkley se pierden y reencuentran en diferentes puntos de la guerra y de Italia, cimientan su relación en esa transitoriedad, una unión inseparable. El ejército y la contienda dejan de tener sentido para Henry.

Hay algo extraño en Adiós a las armas. Los diálogos a veces parecen mecánicos, se repiten palabras melosas, no hacen avanzar la acción sino que repiten una y otra vez expresiones como eres encantadora o te quiero. Pero hay un momento donde funcionan, donde no imaginas a Barkley y Henry hablarse de otra manera, de la desconfianza inicial a la intimidad que logran crear en sus posteriores encuentros.

El amor amplifica el miedo a la muerte. Barkley se imagina muerta bajo la lluvia o siente que Henry no volverá de alguna de sus misiones, Henry que ya no ve la guerra como algo rutinario y ajeno, cada decisión cuenta para ellos, para estar juntos. La guerra muestra su lado cruel en una gran retirada del ejercito italiano en su propia tierra, oficiales ejecutados, el hambre, la incertidumbre y la desunión, descubrir que no se quiere tomar parte en ella e intentar volver a una vida anterior.

Hemingway escribe de manera directa y lacónica en Adiós a las armas, el tiempo lo marca la lluvia y los caminos de barro, los combates y el cambio de las estaciones, los personajes hablan de manera extraña, la guerra pone en peligro no un país o un ideal sino el despertar de un hombre en mitad de la contienda y la esperanza de una mujer por una nueva vida. Nadie sale indemne de la guerra.




A finales de verano de ese año vivíamos en una casa de un pueblo que daba a las montañas al otro lado del río y la llanura. En el lecho del río había guijarros y cantos rodados resecos y blanqueados por el sol, y el agua era cristalina y corría rápida y azul por el cauce. Las tropas pasaban por delante de la casa, se alejaban carretera abajo y el polvo que levantaban cubría las hojas de los árboles. Los troncos también estaban polvorientos, las hojas cayeron pronto ese año y vimos a las tropas pasar por la carretera, el polvo que levantaban y las hojas que caían agitadas por la brisa mientras los soldados desfilaban, y luego la carretera blanca y vacía.
El llano estaba preñado de cosechas; había muchas plantaciones de árboles frutales y por detrás se recortaban, pardas y desnudas, las montañas. Estaban combatiendo en ellas y por la noche veíamos los fogonazos de la artillería. En la oscuridad parecían los relámpagos de verano, aunque las noches eran frescas y no daba la sensación de que se acercase ninguna tormenta.
A veces, de noche, oíamos desfilar a las tropas bajo la ventana y los cañones que pasaban tirados por los tractores. De noche había mucho tráfico y numerosas mulas en los caminos con cajas de municiones en las alforjas y camiones grises cargados de hombres, y otros camiones con la carga oculta tras una lona, que avanzaban despacio entre el tráfico. De día también pasaban grandes piezas de artillería tiradas por tractores, con los largos cañones cubiertos de tallos verdes y pámpanos y frondosas ramas sobre los tractores. Hacia el norte se divisaba un valle y un bosque de castaños y detrás otra montaña a ese lado del río. También se combatía por esa montaña, aunque sin éxito, y en otoño, cuando llegaron las lluvias, cayeron todas las hojas de los castaños y las ramas quedaron desnudas y los troncos ennegrecidos por la lluvia. Los viñedos estaban igual de desnudos y toda la región quedó húmeda, parda y muerta con el otoño. Había nieblas sobre el río y nubes en las montañas, los camiones salpicaban barro en la carretera y las tropas llevaban los uniformes fangosos y empapados. Los fusiles estaban mojados y las dos cartucheras grises que llevaban en el cinturón, unas cajas de cuero gris repletas de cargadores de finos y largos cartuchos de 6,5 milímetros, les abultaban los capotes como si los hombres que desfilaban por la carretera estuvieran embarazados de seis meses.
Vehículos pequeños de color gris pasaban a toda velocidad, normalmente transportaban a un oficial sentado junto al chófer y a otros oficiales en el asiento trasero. Salpicaban aún más barro que los camiones y, si uno de los oficiales del asiento de atrás era muy bajito y estaba sentado entre dos generales, y era tan pequeño que no se le veía la cara sino solo la gorra y la espalda, y si el coche iba particularmente deprisa era probable que fuese el rey. Vivía en Udine y recorría ese camino casi a diario para ver cómo iban las cosas. Y las cosas iban muy mal.
Al empezar el invierno cayó una lluvia persistente y con la lluvia llegó el cólera. Pero lograron contenerlo y al final solo causó siete mil muertos en el ejército.

( ... )

-Los derrotaron desde el principio. Desde el mismo momento en que los sacaron de sus granjas y les obligaron a alistarse en el ejército. Por eso los campesinos son tan sabios, porque los han derrotado desde el principio. Deles el poder y verá qué sabios son. -No dijo nada. Se quedó meditando-. Ahora soy yo el que se ha desanimado. Por eso nunca pienso en estos asuntos. Procuro no pensar demasiado pero cuando me pongo a hablar, digo cosas que he descubierto sin pararme a pensarlas.

( … )

Siempre me han avergonzado las palabras «sagrado», «glorioso» y «sacrificio», y la expresión «en vano». Las habíamos oído, a veces bajo la lluvia, casi inaudibles, de modo que sólo entendíamos esas palabras pronunciadas a gritos, y las habíamos leído en las proclamas de los carteles, pegados sobre otras proclamas; hacía mucho tiempo que no veía nada sagrado, las cosas que antes eran gloriosas ahora carecían de gloria y los sacrificios eran como los de los mataderos de Chicago, aunque la carne sólo servía para enterrarla. Había muchas palabras que no soportaba oír y al final sólo los nombres de los sitios conservaban su dignidad. Lo mismo pasaba con ciertos números y fechas, que eran lo único, aparte de los nombres de los sitios, que aún tenía significado. Las palabras abstractas como la gloria, el honor, el valor o lo sacrosanto resultaban obscenas al lado de los nombres concretos de los pueblos, los números de las carreteras, los nombres de los ríos, los números de los regimientos y las fechas.
Ernest Hemingway
Adiós a las armas (traducción de Miguel Temprano García. Random House Mondadori)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:30  | Libros...
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