S?bado, 31 de mayo de 2014

Las calles de Nueva York y preguntarse cuál es su voz, escritores que buscan su estilo y pintores enamorados de mujeres sencillas, asesinos de tontos y un hombre y una mujer que intercambian sus vidas en un banco de un parque, un caballero estirado y sin gracia que vuelve a su pueblo y recupera la alegría y las bromas y una mujer que sale con su marido por primera vez en tres años y florece a la vista de todos, los amores que parecen olvidados y los gestos desinteresado por amor, los estira cuellos que buscan el morbo y la sangre en las aceras y un hombre que, en apenas unas horas, conoce la pobreza, el amor y la guerra.

Los cuentos de La voz de Nueva York son sutiles, inteligentes, a veces mordaces, a veces tiernos, el giro inesperado, los gestos costumbristas, el amor que puede ser una pequeña victoria o la amargura de la rutina, la diferencia entre la ciudad y los pequeños pueblos, los hombres que llegan a la ciudad y se transforman en caballeros estirados y mujeres pintoras que se sienten ancladas a la bohemia de la ciudad y sienten que no pueden regresar a su raíces. O.Henry escribe con sencillez y profundidad, se pregunta qué voz puede tener la ciudad o cómo son los habitantes de Nueva York, forma parejas extrañas y habla de asesino de tontos o un dólar que puede significar una nueva borrachera o la preocupación inesperada de una mujer.

Hay momentos conmovedores, un hombre y una mujer que coinciden en un banco de un parque y las apariencias de uno y otro desaparecen cuando se despiden trastocando la realidad, un hombre que descubre la belleza e inteligencia de su mujer tras tres años sin salir con ella, un paseo nocturno que pasa por la pobreza, el amor y la guerra, un hombre que se deshace de su traje y su posición en la ciudad y recupera quien fue en el campo, un escritor que vuelve a su pueblo al descubrir que necesita la sangre de los otros para escribir, dos cotillas entrometidos que se enamoran en un tumulto. O.Henry necesita pocas páginas para crear personajes y situaciones risibles, cercanas e inteligentes, su humor trastoca las convenciones de la época, la ciudad como lugar donde perder algo de sí mismo o donde vivir una existencia completa en una noche.

Los personajes de La voz de Nueva York son caballeros estirados, asesinos de tontos, escritores que buscan su estilo, delincuentes que se creen más inteligentes que los demás, mujeres que muestran su inteligencia y belleza a sus dormidos maridos, viven en la gran ciudad, a veces devorados por ella, a veces en lucha con ella. Los retratos de O.Henry son extraordinarios.





-Bill -le dije aunque en la revista se hace llamar Cleon-, échame una mano. Tengo una misión: descubrir cuál es la Voz de la Ciudad. Digamos que es un encargo especial. Normalmente bastaría un simposio que recogiese las opiniones de Henry Clews, John L. Sullivan, Edwin Markham, Mary Irwin y Charles Schwab. Pero esto es diferente. Necesitamos una verbalización amplia, poética y mística del alma y del significado de esta ciudad, y tú eres el tipo perfecto para echarme una mano. Hace algunos años un hombre llegó a las cataratas del Niágara y extrajo su tono para nosotros. La nota de esa maravilla estaba dos octavas por debajo del Sol más grave que pueda surgir de un piano. Ahora bien, Nueva York no se puede reducir a una nota como en el caso de las cataratas. Dame una idea de lo que diría si pudiera hablar. Tiene que ser por fuerza una expresión imponente y de gran alcance, y para dar con ella se debe coger el estrepitoso choque de acordes que produce el tráfico diario, la risa y la música de la noche, el tono solemne del Pastor Parkhurst, el rag-time, el sonido sigiloso de las ruedas de los taxis, el grito del encargado de prensa, el tintineo de las fuentes de las terrazas, el estruendo del vendedor de fresas, las portadas de la revista Everybody´s Magazine y los susurros de los amantes en los parques; todos estos sonidos deben entrar en la Voz, no combinados, sino mezclados, y de la mezcla nacerá una esencia; y de la esencia un extracto, un extracto audible, cuya gota habrá de conformar lo que estamos buscando.

( … )

La llegada de Robert Walmsley a la ciudad años atrás, había dado lugar a una batalla al más puro estilo irlandés. De la lucha Robert salió ganando en fortuna y reputación, pero al mismo tiempo, la ciudad lo engulló por completo; le dio lo que buscaba y después lo marcó con su hierro candente. Lo remodeló, recortó y selló conforme a los patrones que ella misma impone, le abrió las puertas de su sociedad para encerrarle luego en una decorosa pradera de hierba cortada al milímetro, junto a una selecta manada de rumiantes. En cuanto a vestimenta, costumbres, modales, acento, rutina e intransigencia, Robert adquirió esa insolencia encantadora, esa suficiencia irritante, esa insensibilidad sofisticada, esa pose sobrevalorada que hace a los señores de Manhattan tan exquisitamente pequeños en su grandeza.
O.Henry
La voz de Nueva York (traducción de María Teresa Sánchez Montesinos. Ediciones Traspiés)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:46  | Libros...
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