S?bado, 31 de mayo de 2014

Las calles de Nueva York y preguntarse cuál es su voz, escritores que buscan su estilo y pintores enamorados de mujeres sencillas, asesinos de tontos y un hombre y una mujer que intercambian sus vidas en un banco de un parque, un caballero estirado y sin gracia que vuelve a su pueblo y recupera la alegría y las bromas y una mujer que sale con su marido por primera vez en tres años y florece a la vista de todos, los amores que parecen olvidados y los gestos desinteresado por amor, los estira cuellos que buscan el morbo y la sangre en las aceras y un hombre que, en apenas unas horas, conoce la pobreza, el amor y la guerra.

Los cuentos de La voz de Nueva York son sutiles, inteligentes, a veces mordaces, a veces tiernos, el giro inesperado, los gestos costumbristas, el amor que puede ser una pequeña victoria o la amargura de la rutina, la diferencia entre la ciudad y los pequeños pueblos, los hombres que llegan a la ciudad y se transforman en caballeros estirados y mujeres pintoras que se sienten ancladas a la bohemia de la ciudad y sienten que no pueden regresar a su raíces. O.Henry escribe con sencillez y profundidad, se pregunta qué voz puede tener la ciudad o cómo son los habitantes de Nueva York, forma parejas extrañas y habla de asesino de tontos o un dólar que puede significar una nueva borrachera o la preocupación inesperada de una mujer.

Hay momentos conmovedores, un hombre y una mujer que coinciden en un banco de un parque y las apariencias de uno y otro desaparecen cuando se despiden trastocando la realidad, un hombre que descubre la belleza e inteligencia de su mujer tras tres años sin salir con ella, un paseo nocturno que pasa por la pobreza, el amor y la guerra, un hombre que se deshace de su traje y su posición en la ciudad y recupera quien fue en el campo, un escritor que vuelve a su pueblo al descubrir que necesita la sangre de los otros para escribir, dos cotillas entrometidos que se enamoran en un tumulto. O.Henry necesita pocas páginas para crear personajes y situaciones risibles, cercanas e inteligentes, su humor trastoca las convenciones de la época, la ciudad como lugar donde perder algo de sí mismo o donde vivir una existencia completa en una noche.

Los personajes de La voz de Nueva York son caballeros estirados, asesinos de tontos, escritores que buscan su estilo, delincuentes que se creen más inteligentes que los demás, mujeres que muestran su inteligencia y belleza a sus dormidos maridos, viven en la gran ciudad, a veces devorados por ella, a veces en lucha con ella. Los retratos de O.Henry son extraordinarios.





-Bill -le dije aunque en la revista se hace llamar Cleon-, échame una mano. Tengo una misión: descubrir cuál es la Voz de la Ciudad. Digamos que es un encargo especial. Normalmente bastaría un simposio que recogiese las opiniones de Henry Clews, John L. Sullivan, Edwin Markham, Mary Irwin y Charles Schwab. Pero esto es diferente. Necesitamos una verbalización amplia, poética y mística del alma y del significado de esta ciudad, y tú eres el tipo perfecto para echarme una mano. Hace algunos años un hombre llegó a las cataratas del Niágara y extrajo su tono para nosotros. La nota de esa maravilla estaba dos octavas por debajo del Sol más grave que pueda surgir de un piano. Ahora bien, Nueva York no se puede reducir a una nota como en el caso de las cataratas. Dame una idea de lo que diría si pudiera hablar. Tiene que ser por fuerza una expresión imponente y de gran alcance, y para dar con ella se debe coger el estrepitoso choque de acordes que produce el tráfico diario, la risa y la música de la noche, el tono solemne del Pastor Parkhurst, el rag-time, el sonido sigiloso de las ruedas de los taxis, el grito del encargado de prensa, el tintineo de las fuentes de las terrazas, el estruendo del vendedor de fresas, las portadas de la revista Everybody´s Magazine y los susurros de los amantes en los parques; todos estos sonidos deben entrar en la Voz, no combinados, sino mezclados, y de la mezcla nacerá una esencia; y de la esencia un extracto, un extracto audible, cuya gota habrá de conformar lo que estamos buscando.

( … )

La llegada de Robert Walmsley a la ciudad años atrás, había dado lugar a una batalla al más puro estilo irlandés. De la lucha Robert salió ganando en fortuna y reputación, pero al mismo tiempo, la ciudad lo engulló por completo; le dio lo que buscaba y después lo marcó con su hierro candente. Lo remodeló, recortó y selló conforme a los patrones que ella misma impone, le abrió las puertas de su sociedad para encerrarle luego en una decorosa pradera de hierba cortada al milímetro, junto a una selecta manada de rumiantes. En cuanto a vestimenta, costumbres, modales, acento, rutina e intransigencia, Robert adquirió esa insolencia encantadora, esa suficiencia irritante, esa insensibilidad sofisticada, esa pose sobrevalorada que hace a los señores de Manhattan tan exquisitamente pequeños en su grandeza.
O.Henry
La voz de Nueva York (traducción de María Teresa Sánchez Montesinos. Ediciones Traspiés)


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Viernes, 30 de mayo de 2014

En primer lugar, definiré lo que es la ciencia ficción diciendo lo que no es. No puede ser definida como "un relato, novela o drama ambientado en el futuro", desde el momento en que existe algo como la aventura espacial, que está ambientada en el futuro pero no es ciencia ficción; se trata simplemente de aventuras, combates y guerras espaciales que se desarrollan en un futuro de tecnología superavanzada. ¿Y por qué no es ciencia ficción? Lo es en apariencia, y Doris Lessing, por ejemplo, así lo admite. Sin embargo, la aventura espacial carece de la nueva idea diferenciadora que es el ingrediente esencial. Por otra parte, también puede haber ciencia ficción ambientada en el presente: los relatos o novelas de mundos alternos. De modo que si separamos la ciencia ficción del futuro y de la tecnología altamente avanzada, ¿a qué podemos llamar ciencia ficción?
Tenemos un mundo ficticio; éste es el primer paso. Una sociedad que no existe de hecho, pero que se basa en nuestra sociedad real; es decir, ésta actúa como punto de partida. La sociedad deriva de la nuestra en alguna forma, tal vez ortogonalmente, como sucede en los relatos o novelas de mundos alternos. Es nuestro mundo desfigurado por el esfuerzo mental del autor, nuestro mundo transformado en otro que no existe o que aún no existe. Este mundo debe diferenciarse del real al menos en un aspecto que debe ser suficiente para dar lugar a acontecimientos que no ocurren en nuestra sociedad o en cualquier otra sociedad del presente o del pasado. Una idea coherente debe fluir en esta desfiguración; quiero decir que la desfiguración ha de ser conceptual, no trivial o extravagante... Ésta es la esencia de la ciencia ficción, la desfiguración conceptual que, desde el interior de la sociedad, origina una nueva sociedad imaginada en la mente del autor, plasmada en letra impresa y capaz de actuar como un mazazo en la mente del lector, lo que llamamos el shock del no reconocimiento. Él sabe que la lectura no se refiere a su mundo real.
Ahora tratemos de separar la fantasía de la ciencia ficción. Es imposible, y una rápida reflexión nos lo demostrará. Fijémonos en los personajes dotados de poderes paranormales; fijémonos en los mutantes que Ted Sturgeon plasma en su maravilloso Más que humano. Si el lector cree que tales mutantes pueden existir, considerará la novela de Sturgeon como ciencia ficción. Si, al contrario, opina que los mutantes, como los brujos y los dragones, son criaturas imaginarias, leerá una novela de fantasía. La fantasía trata de aquello que la opinión general considera imposible: la ciencia ficción trata de aquello que la opinión general considera posible bajo determinadas circunstancias. Esto es, en esencia, un juicio arriesgado, puesto que no es posible saber objetivamente lo que es posible y lo que no lo es, creencias subjetivas por parte del autor y del lector.
Ahora definiremos lo que es la buena ciencia ficción. La desfiguración conceptual (la idea nueva, en otras palabras) debe ser auténticamente nueva, o una nueva variación sobre otra anterior, y ha de estimular el intelecto del lector; tiene que invadir su mente y abrirla a la posibilidad de algo que hasta entonces no había imaginado. "Buena ciencia ficción" es un término apreciativo, no algo objetivo, aunque pienso objetivamente que existe algo como la buena ciencia ficción.
Creo que el doctor Willis McNelly, de la Universidad del estado de California, en Fullerton, acertó plenamente cuando afirmó que el verdadero protagonista de un relato o de una novela es una idea y no una persona. Si la ciencia ficción es buena, la idea es nueva, es estimulante y, tal vez lo más importante, desencadena una reacción en cadena de ideas-ramificaciones en la mente del lector, podríamos decir que libera la mente de éste hasta el punto que empieza a crear, como la del autor. La ciencia ficción es creativa e inspira creatividad, lo que no sucede, por lo común, en la narrativa general. Los que leemos ciencia ficción (ahora hablo como lector, no como escritor) lo hacemos porque nos gusta experimentar esta reacción en cadena de ideas que provoca en nuestras mentes algo que leemos, algo que comporta una nueva idea; por tanto, la mejor ciencia ficción tiende en último extremo a convertirse en una colaboración entre autor y lector en la que ambos crean... y disfrutan haciéndolo: el placer es el esencial y definitivo ingrediente de la ciencia ficción, el placer de descubrir la novedad.

(Fragmento de una carta. 14 de mayo de 1981)

Philip K. Dick
Prefacio a Cuentos completos (traducción de Eduardo G. Murillo. Minotauro)


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Jueves, 29 de mayo de 2014

Por momentos, el río negro doblegaba
todas mis fuerzas bajo su yugo.
Las aguas bajas, yo las veía profundas,
y las orillas en pendiente suave, abruptas y elevadas.
Arrastrado por el torbellino de las olas, luchaba
y oía las aguas en mí,
las buenas, las bellas aguas negras –– 
Después, de nuevo respiré una fuerza dorada.
La corriente fluía, poderosa, siempre más poderosa.
Egon Schiele
Música durante el ahogamiento (en Yo, eterno niño. Poemas. Traducción de Jorge Segovia, Maldoror Ediciones)


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Mi?rcoles, 28 de mayo de 2014

Mujeres tiene una apariencia sencilla, directa y descarnada, Chinaski y sus relaciones con las mujeres, la escritura y el alcohol, el sexo rápido y, a veces, violento, las noches y el sonido de una máquina de escribir, una borrachera tras otra y el alejamiento de la sociedad que le rodea, las lecturas de poesía que parecen un combate entre Chinaski y los espectadores, las reflexiones sobre Céline o Fante, escritores bravos como Bukowski, y la literatura como un territorio de dolor y lucha, los hipódromos y aeropuertos donde apostar y esperar el próximo polvo y el sexo la salvación de la muerte.

En el inicio de Mujeres se encadenan escenas de sexo y borrachera, cada capítulo idéntico al anterior, Chinaski en su casa, borracho o a punto de estarlo, que recibe una llamada o una carta de alguna admiradora y que espera encontrar al hombre fuerte, huraño y ermitaño de sus escritos, o alguna mujer que llama a su puerta y es el inicio de una noche de sexo, de escenas donde Chinaski habla de coños, pollas y meterla hasta el fondo, el sexo como una lucha y una huida de la muerte, el sexo como violencia y dolor, como la desnudez absoluta. Bukowski es seco, no se recrea en las escenas de sexo, le sirve un párrafo para describir el cuerpo desnudo de una mujer, su inicio en el sexo oral, clavar su polla como una victoria, los momentos donde el alcohol puede con él y acaba dormido junto a un cuerpo silencioso, sin fuerzas y con miedo.

Las mujeres se suceden, cambian los nombres pero no la actitud de Chinaski ante ellas, su deseo de follar con una mujer de dieciocho años cuando esté en el final de su vida, cambiar una por otra como si fuesen juguetes caprichosos, descubrir lo que las diferencia y las une en la cama, su cuerpo como un lugar mítico (la última frontera antes de la muerte), sus relaciones son cortas, hay momentos de dolor, de locura, de celos extremos, mujeres que le incendian la ropa, que le limpian la casa, que le envían fotos desnudas, que buscan al escritor más que al hombre, que esperan encontrar al viejo indecente de sus escritos.

Mujeres es una repetición constante, Bukowski pasa de un recital a una noche de sexo, de una tarde en un hipódromo a una espera en el aeropuerto, Chinaski huye de fiestas y reconocimientos, se siente fuera de la sociedad, se toma la literatura y los recitales como un combate de boxeo, dispara contra todo lo que le rodea, se sabe poco honesto con las mujeres y cada relación, cada mujer, le acerca a una verdad inesperada. Mujeres cansa en muchos momentos, pero hay algo en esta repetición de escenas que cala, la sensación de derrota, dolor y tristeza, la soledad y el miedo a la muerte.

Me gustan los poemas de Bukowski, en ellos me encuentro cómodo, ráfagas de rabia, dolor y lucha. Sus novelas, salvo La senda del perdedor, no me llegan de la misma manera. En Mujeres está el estilo seco de Bukowski, están el ermitaño y los hipódromos, la supervivencia y la autodestrucción, están las mentiras y los abismos que bordeamos, están los días repetidos y el vacío, los gatos y los bares.





Apagué la televisión y abrí otra cerveza. No había otra cosa que hacer en aquella isla salvo emborracharme. Me acerqué a la ventana. En la playa de abajo Dee Dee estaba sentada junto a un tío joven, hablando alegremente, sonriendo y gesticulando con las manos. El tío le sonreía a su vez. Me sentía bien no formando parte de aquello. Me alegraba de no estar enamorado, de no ser feliz con el mundo. Me gustaba estar en desacuerdo con todo. La gente enamorada a menudo se ponía cortante, peligrosa. Perdían su sentido de la perspectiva. Perdían su sentido del humor. Se ponían nerviosos, psicóticos, aburridos. Incluso se convertían en asesinos.

( … )

Cuando me corría sentía como si fuera en la cara de todo lo decente, blanca esperma resbalando por las cabezas y almas de mis padres muertos. Si hubiera nacido mujer seguro que hubiera sido una prostituta. Como había nacido hombre, anhelaba constantemente mujeres, cuanto más guarras mejor. Y sin embargo las mujeres, las buenas mujeres, me daban miedo porque a veces querían tu alma, y lo poco que quedaba de la mía, quería conservarlo para mí. Básicamente deseaba prostitutas, porque eran duras, sin esperanzas, y no pedían nada personal. Nada se perdía cuando ellas se iban. Pero al mismo tiempo soñaba con una mujer buena y cariñosa, a pesar de lo que me pudiera costar. De cualquier manera estaba perdido. Un hombre fuerte pasaría de ambos tipos. Yo no era fuerte. Así que continuaba bregando con las mujeres, con la idea de las mujeres.

( … )

Yo estaba sumergido en todas las cosas supuestamente malas: me gustaba beber, era un vago, no tenía dios ni conciencia política, ideas, ideales. Estaba metido en la inanidad más completa; una especie de no-ser, y lo aceptaba. Eso no podía hacerme una persona muy interesante. Yo no quería ser interesante, de todos modos, era algo muy duro. Lo único que quería realmente era un lugar blando e impreciso donde poder vivir y donde me dejaran tranquilo. Por otro lado, cuando me emborrachaba pegaba gritos, me volvía loco, perdía todo tipo de control. Un comportamiento no pegaba mucho con el otro. No me importaba. Aquella noche el sexo estuvo muy bien, pero fue la noche que la perdí. No había nada que pudiera hacer para remediarlo. Me eché a un lado y me limpié con la sábana mientras ella se iba al baño. Arriba, un helicóptero de la policía sobrevolaba Hollywood.

( … )

Yo era sentimental respecto a muchas cosas: unos zapatos de mujer bajo la cama; unas horquillas olvidadas; la manera como decían «Voy a hacer pipí»...; cintas de pelo; pasear por el bulevar con ellas a la una y media de la tarde, sólo dos personas caminando juntas; las largas noches bebiendo y fumando, hablando; las discusiones; los pensamientos de suicidio; comer juntos y sentirse bien; las bromas, la risa saliendo de ninguna parte; sentir milagros en el aire; estar juntos en un coche aparcado; comparar pasados amores a las tres de la madrugada; que te dijeran que roncabas, oírlas roncar; madres, hijas, hijos, gatos, perros; algunas veces la muerte y otras el divorcio, pero siempre yendo adelante, siguiendo a través; leyendo a solas un periódico y comiendo un triste sándwich sintiendo náuseas porque ella ahora estuviese casada con un dentista tartamudo; hipódromos, parques, picnics; incluso cárceles; sus estúpidos amigos, tus estúpidos amigos; tu bebida, sus bailes; tus flirteos, sus flirteos; sus píldoras, tus polvos con otras personas y ella haciendo lo mismo; dormir juntos... No había juicios que hacer, aunque por necesidad uno tuviera que seleccionar. Más allá del bien y del mal era una cosa buena en teoría, pero para ir viviendo uno tenía que elegir: algunas eran más agradables que otras, otras simplemente estaban más interesadas en ti, y en ocasiones el exterior hermoso y el interior frío eran necesarios para polvos sangrientos y sin clemencia, como en una sangrienta y mierdosa película. Las simpáticas jodían mejor, la verdad, y después de pasar un tiempo con ellas parecían más hermosas, porque lo eran.
Charles Bukowski
Mujeres (traducción de Jorge Berlanga. Anagrama)


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Martes, 27 de mayo de 2014

Cuando leo o estoy ocupado resolviendo un problema de ajedrez, suelo sentarme junto a la ventana mirando hacia la calle. Nunca se sabe si va a suceder algo que merezca la pena presenciar, aunque es muy poco probable, la última vez fue hace tres o cuatro años. Pero también puede haber algo de distracción en lo cotidiano, y fuera de la ventana al menos hay algo que se mueve, aquí dentro sólo me muevo yo y la aguja del reloj.
Pero hace tres o cuatro años vi algo extraño, y fue lo último asombroso que he visto, aunque, como ya he dicho, no soy indiferente a las actividades más cotidianas, por ejemplo, personas que se pelean, se pegan y golpean, o personas que se desploman sobre la acera y permanecen allí porque están demasiado borrachas o enfermas para llegar a su casa, si es que la tienen; muchos de ellos no la tienen, supongo, no hay casas suficientes en este mundo.
Pero lo que vi aquella vez fue diferente. Tuvo que ser en Semana Santa o en Pentecostés, porque no era invierno, y recuerdo haber pensado que, lógicamente, esa clase de actividad estaría relacionada con una de las fiestas religiosas.
Mi ventana da a una bocacalle tan corta que puedo divisarla entera sin problemas, tengo buena vista.
Estaba mirando dos moscas apareándose en el alféizar de la ventana, lo más probable es que fuera en Pentecostés, me servía de distracción observarlas, aunque prácticamente no se movían. No me excité mirándolas, pero recuerdo bien que sí me pasaba cuando joven.
Como ya he dicho, estaba mirando las dos moscas, y acababa de tocar con mucho cuidado el ala de la hembra y luego el ala del macho sin que se dieran cuenta, lo cual me pareció extraño, pues el macho llevaba ya al menos diez minutos sentado sobre la hembra, no exagero, debería haber empleado más tiempo de mi vida en estudiar los insectos, aunque en realidad, ¿por qué? Bueno, en ese momento avisté a un hombre en la parte más lejana de la calle, un hombre que se comportaba de un modo muy chocante. Era como si estuviera batiendo los brazos, y luego gritó algo, algo que al principio no capté. De alguna manera, era un hombre sistemático, con un especial sentido geográfico del orden, porque correteaba desde la primera ventana del lado derecho de la calle hasta la primera ventana del lado izquierdo y luego continuaba hasta la segunda ventana del lado derecho y desde allí a la segunda ventana del lado izquierdo, etcétera, y llamaba a todas las ventanas gritando algo. Era inusual y extraño, y abrí la ventana, fue antes de que se estropearan las bisagras, y le oí gritar: «Jesús ha llegado». Pero también gritaba otra cosa, algo parecido a «Yo he llegado». Y cuando se acercó más, pude oír que efectivamente era eso lo que gritaba: «Jesús ha llegado, yo he llegado». Y no paraba de corretear de un lado a otro de la calle, llamando a las ventanas que alcanzaba con la mano. Era un espectáculo indignante, la locura religiosa es indignante.
La primera reacción fue tan sorprendente como adecuada: de un quinto piso, salió zumbando un taburete más o menos hacia la mitad de la calle. No alcanzó al hombre, lo cual, espero, no era la intención, pero se rompió, claro. Fue un esfuerzo inútil, pues el hombre aún se hizo notar más, tal vez le hiciera falta esa confirmación de que estaba llevando a cabo una importante misión.
La siguiente reacción estaba emparentada con la primera, pero fue menos tajante, y no del todo carente de comicidad. Se abrió de golpe una ventana, y. una voz enfurecida gritó: «¡Está usted loco, hombre!». Fue en ese momento cuando me di cuenta de que el hombre de la calle era de hecho peligroso y despertaba instintos latentes en el prójimo. Pensé: ¿No hay por aquí una persona sensata a la que no le fallen las piernas y pueda bajar a poner fin a todo esto? Poco a poco se habían ido asomando bastantes cabezas por las ventanas que daban a la calle, pero abajo, el loco, completamente solo, seguía dominando la situación.
Yo me sentía fascinado, he de admitirlo, pero, conforme pasaba el tiempo, más por el espectáculo en la calle que por el protagonista. La gente había empezado a manifestarse, se reían y se gritaban por encima de la cabeza del pobre hombre; yo nunca había visto nada parecido en cuanto a repentino contacto social, incluso se asomó un hombre en la casa vecina que me gritó algo. Sólo capté la última palabra, «blasfemia», y, por supuesto, no contesté. Si al menos hubiera dicho algo sensato, por ejemplo «urgencias», quién sabe, tal vez hubiéramos podido establecer una especie de relación de saludo de ventana a ventana. Pero no tenía ninguna gana de establecer una relación de saludo con un hombre adulto -tenía años suficientes como para ser el hijo de mi mujer, fallecida ya hace mucho- a quien no se le ocurre nada más sensato que decir «blasfemia», aún no me siento tan solo.
Pero basta con eso. Estaba, como ya he dicho, fascinado por esa bulliciosa vida en las ventanas, me recordaba a mi infancia, entonces era mejor ser viejo, pienso, menos solitario, y, sobre todo, uno moría más o menos a la edad adecuada. En ese instante salió un hombre de un portal. Tenía prisa, y se dirigió directamente al chiflado. Lo agarró por detrás, lo dio vuelta y le pegó en la cara con tanta fuerza que el loco se tambaleó y cayó al suelo. Por un instante se hizo el silencio en la calle, como si todo el mundo estuviera conteniendo la respiración. Luego volvió el ruido, y esta vez el malestar se dirigía sin duda al asaltante. La gente no tardó en salir a la calle, y mientras el causante inmediato de todo el barullo estaba sentado, callado y desconcertado, a unos metros de distancia, se inició una acalorada discusión de la cual resultaba imposible captar los detalles, pero era obvio que también el asaltante tenía sus partidarios, porque de repente dos jóvenes empezaron a tirarse de los pelos. Ay, fue un día muy negro para la sensatez.
Entretanto, el loco se había levantado, y mientras los jóvenes se peleaban probablemente por él, pero posiblemente por causas muy diferentes, y algunos intentaban mediar entre ellos, él retrocedía, alejándose cada vez más, hasta que llegó a la siguiente esquina. Allí dio la vuelta y echó a correr, fue un alivio, y he de decir que sabía correr.
Cuando el grupo se dio cuenta de que el hombre había desaparecido, se fue calmando lentamente, y se fue cerrando una ventana tras otra. También yo cerré la mía, no era un día caluroso. El mundo está lleno de insensatez y confusión, la falta de libertad tiene profundas raíces, la esperanza de igualdad está disminuyendo, la fuerza superior es demasiado grande, eso parece. Tenemos que estar contentos con lo bien que vivimos, dice la gente, la mayoría vive peor. Y luego toman pastillas contra el insomnio. O contra la depresión. O contra la vida. ¿Cuándo llegará una nueva estirpe que entienda el significado de la palabra igualdad, una estirpe de jardineros e ingenieros forestales que talen los grandes árboles que dan sombra a todos los pequeños, y que quiten los brotes del árbol de la ciencia?

Kjell Askildsen
La aglomeración (en Todo como antes. Traducción de Kirsti Baggethun y Asunción Lorenzo. Debolsillo)


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Lunes, 26 de mayo de 2014



Los lunes de Anay. Tanteo y retracto...

"Y, cual cuitado preso, totalmente
de mis cadenas aún no me liberto"
                                                        PETRARCA


TODOS ME DICEN UN MONTÓN DE COSAS

Todos me dicen un montón de cosas
y nada me convence ni me calma,
nada me tapa este agujero sordo.
Quiero tragarme un ángel de un bocado.
Perderme en las mujeres y encontrarme
en Dios, pero resulta que no más
no porque para todo hay que esperar
y sufrirle y limpiarse el alma y ver
al fuego dar maromas; ver al fuego
reírse de nosotros y lo nuestro;
y a la lluvia inundarnos de impotencia;
y al amor abrumarnos con su noche.
Ni calma, ni sosiego, ni paz. Nunca.
Porque aunque te decidas a mirar
todo sin parpadeos, y resistas
el resquemor y la acidez innata
de las cosas del mundo, aunque descubras
todos los vericuetos y traspases
todas las puertas, y aunque de rodillas
pidas perdón y ruegues asistencia,
finalmente naciste demasiado tarde,
o se acabó tu suerte, o yo no sé
qué carajos o qué mal de ojo, pero
estás perdido, estás perdido y nunca.
Nunca verás y nunca llegarás.
Siempre a tiro de piedra pero nunca.
Al menos que te manden esa carta.
Al menos que recibas la llamada.
Al menos que regrese Dios al mundo.
                                                         ALFREDO FÉLIX DÍAZ



 
...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Martes, 20 de mayo de 2014
Lunes, 19 de mayo de 2014

(Me pregunta qué significa vagar sin un objetivo. Estamos tumbados en la cama, un poemario de ib en mis manos, su cara somnolienta y blanca, el sonido distante de la verbena. Le explico que vagar sin un objetivo es improvisar el camino a seguir, que no es buscar sino encontrar calles y emociones desconocidas, que no existe el tiempo, estás solo ante el mundo que te rodea. Entrecierra los ojos. Leo un último y pequeño poema, del cielo / la velocidad del relámpago / de la tierra la duda. Y pienso en croar de ranas, puentes con agujeros de bala, una foto sobre la desembocadura del Tajo, el olor dulzón de los campos de azúcar, las llamas entre los resquicios de una cocina de hierro.

(coda)
Me da la mano. Jugamos a adivinar marcas de coches. Se detiene y me dice que, si quiero dejar de estar soltero, me apunte a edarling)


Los lunes de Anay. Rendición...

"A batallas de amor,
campo de plumas"
                                LUIS DE GÓNGORA


ANUNCIO POR PALABRAS

Cambio libertad
por lo que tú quieras.

Si un día nada,
nada. Si otro día
un beso, un beso.

Si una enfermedad,
si este absurdo miedo.

Si quizá un desprecio,
si piel contra piel.

                              JAVIER MAYORAL SÁNCHEZ





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 19:09  | Los lunes de Anay
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¿Se está riendo de mí o es que se llama así de verdad?
-¿Eres tú el que viniste con nosotros el viernes pasado?
Sonríe pero no dice nada. Claro, no sabe árabe o finge no comprenderlo, y yo ignoro por completo su lengua, así que de nada sirve hacer preguntas. Aquí todos los chicos se parecen, con sus caras trigueñas, sus rasgos finos y esos gorros que sólo dejan a la vista un mechón de pelo, cada uno dispuesto de una manera particular, distintiva de la familia a la que pertenecen. Puede que los gorros también sean de diferentes colores. En todo caso, les protege la cabeza del sol. Nada les protege los pies, andan descalzos sobre la arena ardiente. ¡Qué miseria! Me pregunto si no le podría valer alguno de mis zapatos viejos. No, demasiado grandes. ¿Unas sandalias, tal vez?
-Escucha, muchacho, ¿quieres...?
Se lo digo señalándome a los zapatos mientras apunto con el dedo hacia sus pies, añadiendo a continuación un gesto que quiere representar el acto de calzarse. Pero él sigue sonriendo sin decir nada, mientras mueve la cabeza de izquierda a derecha. ¿Por qué los rechaza? Él sabrá.
Por fin me llega la voz de Catherine desde lo alto de la escalinata.
-Un buen día alguien se va a romper el cuello bajando estas escaleras -dice gritando.
-En esta casa sólo pisamos tú y to. ¿Qué «alguien» quieres entonces que se rompa el cuello? -respondo, también a voz en grito.
Nunca deja de admirarme su costumbre de utilizar continuamente pronombres indefinidos, como si aquí no supiéramos bien quién es cada uno. Debe de ser otra de las funestas herencias de los británicos, tan amantes de este tipo de construcciones en las que el sujeto queda suspendido en el aire.
Catherine desciende en zigzag para evitar las partes de los escalones que ha acabado quebrándose bajo el peso de los pies. Tengo entendido que el adobe amarillo que utilizan aquí para hacer las casas está amasado con sal.
Bahaa Taher
El oasis (traducción de Ignacio Gutierrez de Terán. Turner)


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Domingo, 18 de mayo de 2014

Tienes razón.

He mentido
porque no soy ésa.

O al menos,
no soy sólo ésa.

Soy también la niña
que se comía los dedos
hasta hacerse sangre.

Soy la joven
que bebía y vomitaba
en cualquier esquina.

Soy la campeona
de mus
de la Facultad.

Soy la loca
que cree que se muere,
que se ha muerto ya,
de varios ictus,
infartos,
meningitis
y tumores.

Soy la perfecta esposa,
la perfecta madre,
la amiga perfecta.

Soy, sobre todo,
la mujer que jamás
se había masturbado
hasta que te conoció
y ahora moja las bragas
sólo con pensarte,
la puta que se corre
cada vez que la tocas.

Tienes razón.
Nunca debí escribir
ese poema.
Emma Cabal
Refutación


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S?bado, 17 de mayo de 2014

La primera guerra mundial, un norteamericano alistado en el ejército italiano y que conduce ambulancias, el frente entre montañas y pueblos, la lluvia y el barro en los caminos, la retaguardia en un pueblo tranquilo al que apenas llega el eco de los combates, el amor fugaz y pasajero y un encuentro que lo cambia todo, una enfermera inglesa e imaginar que la lluvia es sinónimo de muerte, teatralizar un amor hasta convertirlo en real, la luz de los reflectores nocturnos en el cielo y una habitación de hospital a oscuras, un retirada por la propia patria y un lago como frontera entre la libertad y la muerte.

El frente parece lejano, distante en el inicio de Adiós a las armas, la nieve señala el fin de los combates, los soldados italianos refugiados en una pequeña ciudad donde descansar antes de ir al frente, buscar chicas en los prostíbulos o hacer bromas al capellán. La guerra apenas aparece, el desfile de soldados bajo la lluvia y algunas explosiones lejanas. Frederic Henry es un elemento extraño dentro de la pequeña ciudad, norteamericano en el ejército italiano, se deja llevar por la rutina en la que se ha instalado la guerra, observa el comportamiento de sus compañeros, conversa con su amigo Rinaldi, con el capellán, ve nevar desde las ventanas del prostíbulo, la guerra como lluvia, barro, heridos y carreteras por hacer.

Algo cambia en Henry al conocer a la enfermera Barkley. Un amor fingido que se convierte en real (el primer amor de Henry), la guerra que ya no es algo rutinario y distante, el peligro de ver la muerte en alguno de los combates en la montaña. Henry y Barkley se pierden y reencuentran en diferentes puntos de la guerra y de Italia, cimientan su relación en esa transitoriedad, una unión inseparable. El ejército y la contienda dejan de tener sentido para Henry.

Hay algo extraño en Adiós a las armas. Los diálogos a veces parecen mecánicos, se repiten palabras melosas, no hacen avanzar la acción sino que repiten una y otra vez expresiones como eres encantadora o te quiero. Pero hay un momento donde funcionan, donde no imaginas a Barkley y Henry hablarse de otra manera, de la desconfianza inicial a la intimidad que logran crear en sus posteriores encuentros.

El amor amplifica el miedo a la muerte. Barkley se imagina muerta bajo la lluvia o siente que Henry no volverá de alguna de sus misiones, Henry que ya no ve la guerra como algo rutinario y ajeno, cada decisión cuenta para ellos, para estar juntos. La guerra muestra su lado cruel en una gran retirada del ejercito italiano en su propia tierra, oficiales ejecutados, el hambre, la incertidumbre y la desunión, descubrir que no se quiere tomar parte en ella e intentar volver a una vida anterior.

Hemingway escribe de manera directa y lacónica en Adiós a las armas, el tiempo lo marca la lluvia y los caminos de barro, los combates y el cambio de las estaciones, los personajes hablan de manera extraña, la guerra pone en peligro no un país o un ideal sino el despertar de un hombre en mitad de la contienda y la esperanza de una mujer por una nueva vida. Nadie sale indemne de la guerra.




A finales de verano de ese año vivíamos en una casa de un pueblo que daba a las montañas al otro lado del río y la llanura. En el lecho del río había guijarros y cantos rodados resecos y blanqueados por el sol, y el agua era cristalina y corría rápida y azul por el cauce. Las tropas pasaban por delante de la casa, se alejaban carretera abajo y el polvo que levantaban cubría las hojas de los árboles. Los troncos también estaban polvorientos, las hojas cayeron pronto ese año y vimos a las tropas pasar por la carretera, el polvo que levantaban y las hojas que caían agitadas por la brisa mientras los soldados desfilaban, y luego la carretera blanca y vacía.
El llano estaba preñado de cosechas; había muchas plantaciones de árboles frutales y por detrás se recortaban, pardas y desnudas, las montañas. Estaban combatiendo en ellas y por la noche veíamos los fogonazos de la artillería. En la oscuridad parecían los relámpagos de verano, aunque las noches eran frescas y no daba la sensación de que se acercase ninguna tormenta.
A veces, de noche, oíamos desfilar a las tropas bajo la ventana y los cañones que pasaban tirados por los tractores. De noche había mucho tráfico y numerosas mulas en los caminos con cajas de municiones en las alforjas y camiones grises cargados de hombres, y otros camiones con la carga oculta tras una lona, que avanzaban despacio entre el tráfico. De día también pasaban grandes piezas de artillería tiradas por tractores, con los largos cañones cubiertos de tallos verdes y pámpanos y frondosas ramas sobre los tractores. Hacia el norte se divisaba un valle y un bosque de castaños y detrás otra montaña a ese lado del río. También se combatía por esa montaña, aunque sin éxito, y en otoño, cuando llegaron las lluvias, cayeron todas las hojas de los castaños y las ramas quedaron desnudas y los troncos ennegrecidos por la lluvia. Los viñedos estaban igual de desnudos y toda la región quedó húmeda, parda y muerta con el otoño. Había nieblas sobre el río y nubes en las montañas, los camiones salpicaban barro en la carretera y las tropas llevaban los uniformes fangosos y empapados. Los fusiles estaban mojados y las dos cartucheras grises que llevaban en el cinturón, unas cajas de cuero gris repletas de cargadores de finos y largos cartuchos de 6,5 milímetros, les abultaban los capotes como si los hombres que desfilaban por la carretera estuvieran embarazados de seis meses.
Vehículos pequeños de color gris pasaban a toda velocidad, normalmente transportaban a un oficial sentado junto al chófer y a otros oficiales en el asiento trasero. Salpicaban aún más barro que los camiones y, si uno de los oficiales del asiento de atrás era muy bajito y estaba sentado entre dos generales, y era tan pequeño que no se le veía la cara sino solo la gorra y la espalda, y si el coche iba particularmente deprisa era probable que fuese el rey. Vivía en Udine y recorría ese camino casi a diario para ver cómo iban las cosas. Y las cosas iban muy mal.
Al empezar el invierno cayó una lluvia persistente y con la lluvia llegó el cólera. Pero lograron contenerlo y al final solo causó siete mil muertos en el ejército.

( ... )

-Los derrotaron desde el principio. Desde el mismo momento en que los sacaron de sus granjas y les obligaron a alistarse en el ejército. Por eso los campesinos son tan sabios, porque los han derrotado desde el principio. Deles el poder y verá qué sabios son. -No dijo nada. Se quedó meditando-. Ahora soy yo el que se ha desanimado. Por eso nunca pienso en estos asuntos. Procuro no pensar demasiado pero cuando me pongo a hablar, digo cosas que he descubierto sin pararme a pensarlas.

( … )

Siempre me han avergonzado las palabras «sagrado», «glorioso» y «sacrificio», y la expresión «en vano». Las habíamos oído, a veces bajo la lluvia, casi inaudibles, de modo que sólo entendíamos esas palabras pronunciadas a gritos, y las habíamos leído en las proclamas de los carteles, pegados sobre otras proclamas; hacía mucho tiempo que no veía nada sagrado, las cosas que antes eran gloriosas ahora carecían de gloria y los sacrificios eran como los de los mataderos de Chicago, aunque la carne sólo servía para enterrarla. Había muchas palabras que no soportaba oír y al final sólo los nombres de los sitios conservaban su dignidad. Lo mismo pasaba con ciertos números y fechas, que eran lo único, aparte de los nombres de los sitios, que aún tenía significado. Las palabras abstractas como la gloria, el honor, el valor o lo sacrosanto resultaban obscenas al lado de los nombres concretos de los pueblos, los números de las carreteras, los nombres de los ríos, los números de los regimientos y las fechas.
Ernest Hemingway
Adiós a las armas (traducción de Miguel Temprano García. Random House Mondadori)


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Viernes, 16 de mayo de 2014

Esta es la historia del abuelo de mi abuelo. Finales del siglo XIX, por aquel entonces tenían la sana costumbre de respetar a los animales. Sanísima. En casa del abuelo de mi abuelo y del abuelo de otros abuelos, se respetaban los nidos que las golondrinas construían en los tejados porque consideraban que las golondrinas estaban allí antes que las casas. Consideraban bien. Era tradición coger a las golondrinas jóvenes y ponerlas un pequeño hilo de lana bajo el ala antes de que partieran en su primer vuelo en el otoño. Cuando las golondrinas volvían en primavera, los abuelos de los abuelos reconocían a las golondrinas del año anterior por ese pequeño lazo.

Un día el abuelo de mi abuelo le enrolló junto al hilito una nota:
     "¿Me dirás golondrina
     dónde pasas el invierno?"

Al año siguiente la golondrina volvió a la casa, y bajo el ala el hilo y con el hilo otra nota:
     "En las Islas Canarias
     en casa de un herrero."

El primer poema escrito por un pájaro.
Raquel Bullón Acebes
El primer poema escrito por un pájaro


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Jueves, 15 de mayo de 2014

Felices los normales, esos seres extraños.
los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,

una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,
los que no han sido calcinados por un amor devorante,
los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,
los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,
los satisfechos, los gordos, los lindos,
los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,
los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,
los flautistas acompañados por ratones,
los vendedores y sus compradores,
los caballeros ligeramente sobrehumanos,
los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,
los delicados, los sensatos, los finos,
los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.
Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,
las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan
y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos
que sus padres y más delincuentes que sus hijos
y más devorados por amores calcinantes.
Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.
Roberto Fernández Retamar
Felices los normales

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Mi?rcoles, 14 de mayo de 2014
Martes, 13 de mayo de 2014

La atracción por el mar y las historias de naufragios y tormentas devastadoras, embarcarse como polizón en un ballenero y los días escondido bajo cubierta, la oscuridad absoluta y el miedo a morir asfixiado, los sueños y pesadillas del encierro y un motín que muestra la crueldad de algunos hombres, la lucha por la supervivencia y el ballenero a la deriva contra galernas y el mar embravecido, un barco fantasmal y vivir las historias soñadas atado a un mástil para no ahogarse en el mar, la búsqueda de islas misteriosas, una expedición al Polo, la blancura del hielo y un final abrupto ante una imagen extraña.

Narración de Arthur Gordon Pym empieza como una novela de aventuras, el sueño de un muchacho por embarcarse y vivir en el mar aquellas aventuras que excitan su mente, y deriva (rumbea) hacia el misterio y el terror. Y entre ese cambio de la aventura al horror, las digresiones sobre barcos, expediciones marítimas, tipos de aves y moluscos. Gordon Pym embarca como polizón en un ballenero dispuesto a encontrar una vida en el mar. Se esconde en la bodega, la oscuridad y el aire viciado, el tiempo que pasa sin distinguir entre día y noche, el miedo a morir ahogado y enterrado en la bodega, el hambre, las visiones extrañas de Gordon Pym y su mente desvariada, los ruidos en cubierta y el sonido del mar (esta parte me recuerda a los cuentos de Poe sobre el miedo a ser enterrado en vida).

La aventura da paso a imágenes extrañas y tensas, un motín en el barco, el asesinato de la mayor parte de la tripulación, los bandos enfrentados de los amotinados, la decisión de hacerse con el barco, los muertos que parecen volver a la vida, el barco que se derrumba poco a poco con las tormentas, Gordon Pym y sus compañeros que intentan sobrevivir atados en cubierta mientras el mar entra en el barco. Hay imágenes poderosas en el inicio de esta narración, los hombres que esperan la muerte, que caen en el canibalismo, que se cruzan con un buque a la deriva y la cubierta llena de cadáveres, la muerte que ronda a Gordon Pym, a los supervivientes del motín.

La segunda parte de la narración se centra en una expedición al Polo Sur. Poe mezcla informes y diarios para hablar de las primeras expediciones al Polo, los mitos y las realidades, los campos blancos de hielo y las islas, el mar abierto y cierta bonanza en el clima. Hay momentos aburridos y densos en la sucesión de latitudes y longitudes. La expedición llega a una tierra inexplorada en el sur habitada por salvajes temerosos de todo lo blanco. El final es abrupto, inesperado, un mar y una cortina blancos en el horizonte, ceniza que cae del cielo, el figura extraña, un final alucinado, abierto, bordear un abismo y sucumbir ante él.

Narración de Arthur Gordon Pym me lleva por momentos a los mejores cuentos de Poe y me aburre en sus digresiones, alterna la aventura con el horror, la crueldad con la supervivencia, tiene momentos intensos e inquietantes y otros donde la historia se adensa y parece detenerse, un libro que va a trompicones. Me quedo con las imágenes de barcos fantasmas, la expedición entre el hielo, la tensión y la inquietud en el encierro en una bodega, el mar como un lugar inhóspito.




Mis conversaciones con Augustus se hicieron cada vez más y más frecuentes, y cada vez tenían para mí mayor interés. Mi amigo relataba sus aventuras marinas (de las cuales creo hoy que buena parte no eran más que invenciones puras) de manera tal que coincidían exactamente con mi temperamento lleno de entusiasmo y mi imaginación exacerbada, aunque un tanto melancólica. Es extraño, en efecto, que mi mayor atracción por la vida de los marinos se derivara de aquello relatos en que Augustus describía terribles momentos de sufrimiento y desesperación. Poco me interesaba el lado brillante de sus relatos. Mis visiones eran siempre de naufragio y hambre, de muerte o cautiverio entre pueblos bárbaros, de toda una vida transcurrida entre penas y lágrimas en algún islote gris y desolado, perdido en un océano infranqueable y desconocido. Semejantes visiones y deseos -pues llegaban a ser deseos- son propios, según me han asegurado, de esa numerosa especie humana constituida por los melancólicos; pero en la época de que hablo sólo los consideraba atisbos proféticos de un destino que en cierta medida me sentía obligado a cumplir.
Edgar Allan Poe
Narración de Arthur Gordon Pym (traducción de Julio Cortázar. Alianza editorial)


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Lunes, 12 de mayo de 2014

"La poesía es un género menor"
                                                 
Arcadi Espada, El Mundo 10/05/14
                  

CADA POEMA ES UN SALVOCONDUCTO
HACIA UNA TIERRA LIBRE

Dicen que no hace falta la poesía.
Suponen que la gente necesita comer.
Con eso basta.

Pero sucede que existen vegetales
desplegando tenaces sus corolas de pétalos,
amarillos ingrávidos, profundos escarlatas,
milagrosos añiles aterciopelados,
acuarelas ventosas como el mar en las islas.

Todo como reclamo puntual a unos insectos
laboriosos, pequeños, más bien pardos.

La madre tierra lo sabe desde siempre.
Solamente los hombres se atreven a dudarlo.
No hace falta, eso dicen.

Aún así, qué difícil
qué objetivo tan arduo
intentar convencer no obstante junio
de la inutilidad de la belleza.

                                              RAQUEL LANSEROS




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Iba muy cabizbajo el pobre animal, y no era para menos, su dueña le esgrimía el dedo índice con auténtica determinación. Hay mucho solitario a determinadas horas por el Paseo del Urumea, se ven cosas curiosas. He acelerado un poco el paso y el perro ha soltado un aullidito de dolor y arrepentimiento. Ya habrán hecho las paces, me imagino.

*

El amor verdadero te hace pensar, en ocasiones, que no te lo mereces. Y por eso mismo te da miedo.

*

No puedo recordarlas a todas, pero gracias. Repetiría sin dudarlo.

*

Viajar en tren, mirando por la ventanilla y pensando que no quieres llegar aún a tu destino, porque en cuanto llegues empezará a quedarte menos felicidad por vivir, porque ya estarás viviéndola...

*

Esa misteriosa e indescriptible manera que tiene de rozarte la poesía.

*

«Sólo sé que no sé nada». Y si no sabe nada, cómo sabe que sabe que no sabe nada. Se lo dije al profesor y me mandó fuera del aula. Pasando de filosofía, me dije, en el pasillo, encendiendo un ducados.
Karmelo C. Iribarren
Diario de K (Renacimiento)


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S?bado, 10 de mayo de 2014

vacío los bolsillos sobre la mesa

un mapa y billetes de metro
tu letra en una servilleta roja
una pequeña piedra con forma de bumerán

cada objeto una estela

la ciudad se ha convertido en puntos de luz
las líneas de las farolas sobre la calle
las luces intermitentes de los coches
las ventanas que se iluminan por unos segundos

no hay sonido
(sólo movimientos mudos de luz y sombra)

guardo la servilleta dentro de un libro
leo los nombres de las estaciones en los billetes de metro
apago la luz de la habitación


cada día renuncio (a ti)


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Viernes, 09 de mayo de 2014

El tiempo parece confluir en un mismo punto en Sylvie, el presente y el pasado diluidos y borrosos, los recuerdos que parecen ocurrir en el presente, los diferentes encuentros entre el narrador y Sylvie  que no tienen una línea temporal clara, las fiestas y los gestos que se mezclan y crean una sensación extraña, de un mundo que detenido, de alguien capaz de salirse de los límites del tiempo y la memoria.

El narrador enamorado de un actriz, que acude a cada representación, que espera el momento de ella en escena, que se pregunta qué papel representará, que, de noche, en un momento de vigilia, recuerda la cara de Sylvie, un coro de mujeres, la luz de la luna sobre una mujer desconocida, Adrienne, que supone el fin de su amor por Sylvie y el inicio de sus amores distantes e imaginados, el narrador que vuelve tras años de ausencia al pueblo donde fue feliz con Sylvie, donde se vistió con antiguos trajes de novios con ella, donde bailó y paseó en bosques y castillos que parecen arruinarse a cada paso, que cree ver en la actriz a Adrienne y espera un giro novelesco. Está la reflexión sobre el amor real y el amor ideal, sobre qué recuerdos actúan de motor, sobre la memoria y el regreso y el tiempo como algo estancado.

Hay algo fantasmagórico en Sylvie, algo que me recuerda a la posterior El Gran Meaulnes, fiestas, bosques, apariciones, tiempos detenidos, un amor no del todo real, no del todo soñado, los recuerdos que pasan por presente y el presente que parece parte de un sueño, un amor por un mujer sencilla que se desvanece por el recuerdo de otras mujeres más distantes y extrañas, el paisaje que tanto arropa a los personajes como los pierde, las diferentes mujeres que representan distintos amores, la Sylvie real que embellece con los años, con la que bailar y reír y pasar por enamorados a punto de casarse, la Adrienne vista una sola vez y que deja una impresión imperecedera, la actriz Aurélie que tiene algo de inalcanzable y de sueño y que reemplaza a Adrienne en esos amores oníricos del narrador.

También hay algo de tristeza, un amor real que se escapa por uno ideal, la emoción ante el paisaje que rodea a los personajes e influye en sus ánimos y deseos, los tiempos superpuestos, a una tarde de alegría y despreocupación con Sylvie le sigue la sensación de algo perdido y una negación. Sylvie es un relato extraño y atractivo.




Yo me sentía vivir en ella, y ella vivía sólo para mí. Su sonrisa me llenaba de una infinita beatitud, la vibración de su voz tan dulce y sin embargo fuertemente timbrada me hacía estremecer de alegría y de amor. Ella tenía para mí todas las perfecciones, respondía a todos mis entusiasmos, a todos mis caprichos, hermosa como el día, bajo las luces de la batería que la iluminaba desde abajo, pálida como la noche, cuando la batería estaba bajada y la dejaba iluminada desde arriba por los rayos de la lámpara y la mostraba más natural, brillando en la sombra con sólo su belleza, como las Horas divinas que se destacan, con una estrella en la frente, sobre los fondos pardos de los frescos de Herculano.
Pasado un año, todavía no se me había ocurrido informarme de lo que podía ser ella fuera del teatro, me daba miedo enturbiar el mágico espejo que me devolvía su imagen, y a lo sumo había prestado oído a algunas frases referidas no ya a la actriz, sino a la mujer.
Gérard de Nerval
Sylvie (traducción de Luis María Todó. Acantilado)


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Jueves, 08 de mayo de 2014

De las batallas del amor se regresa
con el vientre abierto,

sin paredes,
dando tumbos
por el arduo combate
de la noche.

Se regresa sin armas
con el pulso latiendo
debajo de los párpados
y con los pies arrastrando
la demora del cuerpo
antes del adiós.

Cuerpo a cuerpo es la batalla.

Sólo así se hace una guerra.
Solo así se conoce
cómo tocan las manos
cuando pierden los dedos.

Solo así vale la pena morir:
mirando de frente cómo
se disuelve el rostro
cuando pierde
el control y el alfabeto
cómo se tuerce en un puñado
de ruidos que se hunden
adentro de los ojos
donde solo hay lugar
para perderse.

Lo llaman amor
este combate de brazos y lenguas,
esta cercanía sin intervalos
donde la orilla y la ola
se desangran por el tormento
de volverse a separar;
este tiempo de guerra
que echó raíces
en las venas de junio,
en el estertor de una arteria,
en el corazón herido de muerte.

De las batallas del amor
se regresa con un ejército
de fantasmas en el costado,
con las heridas hundidas
en los dedos
poseídos por esa guerra
que sigue ardiendo
en la línea de combate
Gina Saraceni
De las batallas del amor


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Mi?rcoles, 07 de mayo de 2014

El inicio de la segunda guerra mundial, la llegada del ejército alemán a Francia y la huida de París de sus habitantes, los caminos colapsados de refugiados, coches y carros, los muebles, vajillas y ropas en unos coches, el hambre y el miedo en otros, los pueblos abandonados y el ruido de los aviones que anticipan un bombardeo, el ejército derrotado que se esconde entre los civiles y el ejército victorioso que toma un país, la burguesía que colabora con el invasor y los granjeros que intentan seguir con su vida, los pueblos sin hombres (dos millones de prisioneros en Alemania) y las mujeres que sonríen o se esconden en una habitación o se adaptan a los nuevos tiempos, todas supervivientes en una época extraña.

Irène Némirovsky fue asesinada en Birkenau, sólo pudo completar dos partes de Suite francesa, un fresco sobre la segunda guerra mundial, la ocupación alemana, las diferentes maneras de actuar de la población francesa ante el ejército enemigo, el dolor por la patria derrotada, el miedo de los que intentan sobrevivir, la ausencia que dejaron los prisioneros, las preocupaciones de la burguesía por mantener su estatus y su colaboración con los alemanes.

Tempestad en junio documenta la huida de los franceses del ejército invasor. Némirovsky se centra en pequeños burgueses que quieren poner a salvo su patrimonio, escritores y banqueros que sólo ven chusma a su alrededor, empleados que no tienen la oportunidad de huir y regresan a sus casas, en casas abandonas, caminos colapsados, aldeas que acogen a los refugiados hasta que todos, personas, lugares, forman un todo, los primeros muertos, los heridos que se ocultan en granjas, las escenas cotidianas en la huida (los espejos para afeitarse, las mantas en el suelo para dormir, la búsqueda de alimentos). Está el polvo de los caminos y el miedo a una guerra que parece llegar a oleadas, están los caprichos de los burgueses y la huida que iguala a todos, están las imágenes de un a gran ciudad abandonada y en silencio y el azar de los bombardeos. Tempestad en junio es un inicio directo y cercano.

Dolce se centra en la ocupación alemana de los pueblos franceses, las rencillas entre burgueses y granjeros, la intranquilidad y el sonido de las marchas del ejercito invasor, la sensación de derrota y la pregunta por los hombres del pueblo prisioneros en Alemania, la rapiña en las casas abandonadas y la humillación, la extrañeza de los primeros días que dan paso a una rutina conocida, la vida cotidiana que reaparece cambiada por las nuevas circunstancias, las palabras en francés y alemán, preguntarse por el enemigo que vive en la propia casa y cómo marcha la guerra, si es posible el amor en medio de la barbarie.

Suite francesa me acerca el inicio, la crudeza y el dolor de la segunda guerra mundial como Una mujer en Berlín el final, hay momentos que parecen más un documento sobre la guerra que una novela, otros donde aparece la comedia entre el drama (como luego hizo Levi en La tregua), la vida de un puñado de seres que se ve trastocada por la guerra y que se pregunta cómo actuar, qué hacer, qué lugar ocupar en esos nuevos tiempos. La mirada de Némirovsky es reflexiva, profunda, muestra las debilidades y la supervivencia, la dignidad y la cobardía, la rutina en la guerra.




En silencio y con los faros apagados, los vehículos llegaban uno tras otro llenos a reventar, cargados hasta los topes de maletas y muebles, de cochecitos de niño y jaulas de pájaro, de cajas y cestos de ropa, cada uno con su colchón atado al techo; formaban frágiles andamiajes y parecían avanzar sin ayuda del motor, llevados por su propia inercia a lo largo de las calles en pendiente hasta la plaza. Ahora ya bloqueaban todas las salidas, arrimados unos a otros como peces atrapados en una red; incluso parecía posible cogerlos todos a la vez y arrojarlos a una espantosa orilla. No se oían lloros ni gritos: hasta los niños permanecían callados. Todo estaba tranquilo. De vez en cuando, un rostro se asomaba por una ventanilla y escrutaba el cielo con atención. Un rumor débil y sordo, hecho de respiraciones trabajosas, de suspiros, de palabras intercambiadas a media voz, como si se temiera que llegaran a oídos de un enemigo al acecho, se elevaba de aquella multitud. Algunos intentaban dormir utilizando la maleta como incómoda almohada, movían las doloridas piernas en el estrecho asiento o aplastaban la mejilla contra el frío cristal de una ventanilla. Algunos jóvenes y algunas mujeres se llamaban de un coche a otro, y a veces incluso reían con desenfado. Pero, de pronto, una mancha oscura se deslizaba por el cielo cuajado de estrellas y las risas cesaban; todo el mundo permanecía atento. No era inquietud propiamente dicha, sino una extraña tristeza que tenía poco de humano, porque no comportaba ni valentía ni esperanza. Así es como los animales esperan la muerte. Así es como el pez atrapado en la red ve pasar una y otra vez la sombra del pescador.

( … )

Había demasiados refugiados. Había demasiados rostros cansados, demacrados, sudorosos; demasiados niños llorando, demasiados labios temblorosos que preguntaban: «¿No sabrá usted dónde podríamos encontrar una habitación o una cama?» o «¿Podría usted indicarnos un restaurante, señora?» Era como para desalentar la caridad. Aquella multitud miserable ya no presentaba rasgos humanos; parecía una manada en estampida. Una extraña uniformidad se extendía sobre ellos. La ropa arrugada, los rostros exhaustos, las voces roncas, todo los asemejaba. Todos hacían los mismos gestos, todos decían las mismas frases. Al salir del coche, se tambaleaban como si hubieran bebido y se llevaban la mano a la frente, a las sienes doloridas. «¡Qué viaje, Dios mío!», suspiraban. «Estamos guapos, ¿eh?», ironizaban. «De todas maneras, parece que allí la cosa va mejor», decían señalando un punto invisible en la lejanía.
Irène Némirovsky
Suite francesa (traducción de José Antonio Soriano Marco. Salamandra)


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Martes, 06 de mayo de 2014
Lunes, 05 de mayo de 2014

(…escribes una fecha en una puerta de madera (hay otras pintadas a tiza o bolígrafo y sabes que no durarán más allá del verano). Usas una pequeña navaja. Un polvo fino cae a tus pies, el sonido a electricidad de la hoja sobre la madera, las miradas alrededor para comprobar que nadie te ve, la presión suave y el tacto metálico en los dedos. Es el año 86 y mientras escribes los últimos números piensas que en ese día de julio el tiempo se ha detenido en la puerta, que todo lo que ocurra después no será más que un sueño, que esa fecha marca una frontera entre el niño que eres y el adolescente que imaginas serás, que hasta ese instante querías ser arqueólogo, astronauta, Tom Sawyer, un trotamundos con un hatillo al hombro o Marco Polo y fantaseabas con dormir al raso y llegar hasta el fin de la tierra pero que ahora te esperan otros sueños más reales. Das un paso atrás, lees los nombres sobre la puerta, las otras fechas que te impulsaron a marcar la tuya propia, sonríes satisfecho, por una vez haces algo solo, rompes las reglas. Volverás a esa puerta siete, dieciocho años después de grabarla, los números apenas se distinguirán de las vetas en la madera, pasarás la mano sobre las marcas (sonreirás al imitar el gesto de los astronautas de 2001 ante el monolito lunar), te verás a ti mismo con once años, de puntillas y con una navaja en la mano, recordarás los sueños que dejaste atrás y los que estaban por llegar (las pequeñas victorias y todo lo que perdiste) y sabrás que ese gesto ancló el tiempo al espacio)


Los lunes de Anay. Nude...

"Improbable la orquídea, pero no imposible"
                                                                      JORGE RIECHMANN


XVIII

Hay una mujer pequeña junto al mar.
Una mujer morena que decuenta años
para no ser un adulto que miente.

Ella es la que moja mis latidos
cuando su sonrisa incendia la lámpara azul
y me reserva vida en el hueco de su corazón.

                                                       CARMEN MORENO





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Jorge Riechmann, Carmen Moreno, KD Lang

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-Es cierto, es un modo sencillo de conseguir dinero extra -redunda Ladis.
-Sí, la gente paga por todo, es increíble -sigue Amaya.
-De hecho, lo intento con toda clase de artistas, músicos, cineastas, pero los escritores son más fáciles de conseguir -dice.
Richard alza las palmas de las manos.
-En fin, los escritores son gente muy especial -opina, echándome un vistazo.
Mi madre asiente y sonríe, como si ella supiera muy bien hasta qué punto es cierto.
-¿Especial? -dice Amaya.
-Son gente insoportable. Demasiado habladores, les gusta hacerse notar -dice Ladis señalándome irónicamente con la barbilla-. Y, por supuesto, terriblemente vanidosos. Todos sin excepción. Les dices que te gustan los libros, nombras un par de títulos, y los tienes en el bote.
La perpetua cordialidad de Ladis es un misterio para mí. Me pregunto dónde radica su debilidad. Dónde radica su dolor. Puesto que todo el mundo oculta algún dolor. No quizá un único dolor, pero sí un dolor fundamental, un foco de dolor que nunca lega a extinguirse por completo. Me pregunto cuál será el suyo, porque creo que eso es lo que más define a una persona. Pero todavía no lo he averiguado. En cualquier caso, si algo puede decirse de Ladis García es que no hace la menor exhibición de ese presunto dolor oculto. Y eso le honra. No trata de especular emocionalmente con esa turbia mercancía. Como, por desgracia, casi todo el mundo hace ya.
Fernando Luis Chivite
Insomnio (Acantilado)


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