Martes, 03 de junio de 2014

Un recluso, una celda de incomunicación y una camisa de fuerza, dejar morir el cuerpo poco a poco para liberar el espíritu y descubrir quiénes fuimos en vidas anteriores, los días atado e inmovilizado que son un cautiverio para el cuerpo y la libertad para el espíritu, ser un niño en una caravana hacia el oeste, un ermitaño egipcio, un náufrago en un islote, un marino que termina sus días en Corea o un legionario romano, despertarse después de cada viaje, volver al confinamiento y cuestionarse por la libertad y la moral de la sociedad, la idea de movimiento continuo, de algo que no se puede detener, estar tranquilo ante la idea de la muerte (porque la muerte no existe y la vida es espíritu) y preguntarse por el siguiente destino.

El inicio de El vagabundo de las estrellas parece colocarnos ante un Jack London distinto de sus cuentos y libros sobre el gran norte o los mares del sur. Un convicto, una celda y su confesión de ser un vagabundo de las estrellas, su capacidad para viajar a las vidas que le precedieron, sus reflexiones sobre las imágenes que captamos en la infancia y que perdemos al crecer y son huellas de un pasado anterior a nuestro nacimiento. Darrell Standing espera a ser ahorcado y escribe sus recuerdos en la cárcel y en otras vidas. Y es ahí, en la narración de otras vidas, donde vuelvo a encontrarme con la aventura, el frío, la soledad, la muerte y la espera de los relatos de London.

Hay caravanas hacia California y enfrentamiento con indios y mormones, hay barcos a la deriva e islotes que son cárceles, hay un marino que llega a Corea y acaba como mendigo, hay tiempos que se cruzan y un hombre que cree ser un vagabundo entre las estrellas. London mezcla aventura y reflexión, acción y pausa, se cuestiona por la reglas extrañas de la sociedad, recupera aquella vieja idea del alma que se reencarna en diferentes cuerpos para sentirse completa, habla de la corrupción y la venganza, del odio, la aventura por la aventura y la espera. Las vidas se suceden y se entremezclan, el dolor de los perseguidos y sitiados, los años de soledad de un náufrago, la paciencia y la venganza de un marino prisionero, las diferentes muertes, el mismo espíritu.

La muerte ya no se simboliza en un lobo que espera la debilidad última de un anciano abandonado o la tensión ante la imposibilidad de encender una hoguera en un paisaje helado, la muerte en El vagabundo de las estrellas es un inicio y una aventura, una especie de eterno retorno de lo idéntico, la derrota de la materia sobre el espíritu. Hay momentos en El vagabundo de las estrellas donde London vuelve a sus aventuras y la cercanía de la muerte, escribe con vigor y ritmo sobre hombres enfrentados a la adversidad o niños que descubren la crueldad en el ser humano, siempre personajes de acción enfrentados a la naturaleza, al ser humano, la valentía contra el egoísmo, la paciencia contra la adversidad, seres que luchan contra el mundo que le rodea e intentan sobrevivir. Y entre esas vidas, la voz imperiosa de Darrell Standing que ve el cuerpo como un recipiente, un vehículo para la experiencia del espíritu y se cuestiona por los avances de la humanidad.

Por momentos, El vagabundo de las estrellas parece una colección de relatos cortos conectados entre sí, la furia y la calma, la reflexión y la aventura, los mares del sur y la utopía del viaje al oeste entremezclados en la confesión de Darrell Standing antes de ser ahorcado.





En primer lugar he de decir que Bergson estaba en lo cierto. La vida no puede explicarse en términos intelectuales. Como dijo Confucio hace mucho tiempo: «Si sabemos tan poco de la vida, ¿qué podemos saber de la muerte?» Y somos verdaderamente ignorantes, pues no podemos entenderla. Sólo conocemos la vida como fenómeno, como un salvaje podría conocer una dínamo, pero no sabemos nada de su verdadera naturaleza.
En segundo lugar, Martinetti se equivocó cuando afirmó que la materia es el único misterio y la única realidad. Opino, y recuerda lector, que cuento con cierta autoridad, opino que la materia es sólo una ilusión. Comte llamaba al mundo, que equivale a la materia, el gran fetiche, y coincido con Comte.
La vida sí que es realidad y misterio. La vida difiere mucho de ser mera materia química en estado de cambio, en el sentido más elevado del término. La vida persiste. La vida es el hilo de fuego que persiste en todas las formas de la materia. Yo lo sé. Yo soy vida. He vivido en diez mil generaciones distintas. He vivido millones de años. He tenido numerosos cuerpos. Y yo, el dueño de todos esos cuerpos, he persistido. Yo soy la vida. Yo soy la chispa insaciable que eternamente deslumbra y asombra al rostro del tiempo, siempre formando mi voluntad y mi pasión en ese torpe conjunto de la materia llamado cuerpo, en el que transitoriamente he habitado.
Es fácil demostrarlo. Este dedo, que con tanta celeridad percibe las sensaciones, tan sutil al tacto, tan delicado en sus muchas destrezas, tan firme y resistente al doblarse, flexionarse o contraerse, este dedo no soy yo. Cortadlo. Yo seguiré vivo. El cuerpo estará mutilado, yo no. Mi espíritu estará completo.
Muy bien. Cortad todos mis dedos. Sigo existiendo. El espíritu está entero. Cortadme ambas manos. Cortadme ambos brazos hasta los hombros. Cortadme ambas piernas hasta la cadera. Y yo, invencible e indestructible, sobreviviré. ¿Soy acaso menos por estas mutilaciones? Ciertamente no. Rapadme el pelo. Rajadme con cuchillas afiladas los labios, la nariz, las orejas, y arrancadme los ojos; y aún así, lloriqueando en un cráneo deforme, adherido a un cuerpo destrozado y rajado, aún así, prisionero de la carne, todavía seguiré existiendo, íntegro e infinito.
Ah, el corazón todavía me late. Muy bien. Arrancadme el corazón, o mejor, introducid los restos de mi carne en una máquina con cien cuchillas, que yo, yo, ¿lo entiendes? estaré fuera; mi espíritu, el misterio, el fuego de la vida, seguirán su camino. No he perecido. Tan sólo el cuerpo perece, y yo no soy cuerpo.

( … )

He vivido numerosas vidas a través de los siglos. El hombre, como individuo, no ha realizado ningún progreso moral en los últimos diez mil años. Estoy convencido de ello. La diferencia entre un potro salvaje y un caballo manso es simplemente una diferencia de adiestramiento. El adiestramiento es la única diferencia moral entre el hombre de hoy y el de hace diez mil años. Bajo la delgada capa de moralidad con que se cubre, el hombre es el mismo salvaje de hace diez mil años. Un recién nacido será un salvaje a menos que sea adiestrado, educado en esa moral abstracta que ha ido acumulándose con el paso del tiempo.
“No matarás”. ¡Menuda estupidez! A mí me van a matar mañana por la mañana. “No matarás”. ¡Mentiras! En los astilleros de todos los países civilizados se construyen hoy acorazados y más acorazados. Queridos amigos, yo, que estoy a punto de morir, les saludo de este modo: ¡Mentiras!
Quisiera preguntarle qué moral de las que se predican hoy es mejor que las que predicaban Cristo, Buda, Sócrates, Platón, Confucio o quien quiera que fuese el autor del Mahabharata. Dios mío, hace cincuenta mil años nuestras mujeres eran más puras, y la familia y las relaciones grupales más rígidas y correctas.
Debo decir que en aquellos días nuestra moral resultaba mucho mejor que la actual. No te rías. Piensa en la explotación infantil, en la corrupción de la policía y los políticos, en la adulteración de la comida y en la esclavitud de las hijas de los pobres. Cuando yo era un Hijo de la Montaña, o un Hijo del Toro, la prostitución no tenía sentido. Éramos puros, te lo aseguro. No podíamos siquiera imaginar tales depravaciones. Sí, éramos puros, igual que lo son los animales hoy en día. Hizo falta que el hombre progresara, ayudado por la imaginación y por la técnica, para que aparecieran los pecados mortales. Los animales son incapaces de pecar.
Jack London
El vagabundo de las estrellas (Mari Luz Ponce Hernández. Alianza editorial)


Tags: Jack London, Mari Luz Ponce, Alianza editorial

Publicado por elchicoanalogo @ 6:39  | Libros...
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