Viernes, 06 de junio de 2014

Caminaba a lo largo del muro con techo de tejas de la universidad cuando decidí cambiar de rumbo y marchar hacia el edificio de la facultad. Al cruzar la verja blanca que rodea el patio, desde un oscuro conjunto de arbustos, bajo unos cerezos que ya se veían negros, me llegó el canto de un insecto. Aminoré la marcha y presté atención a ese sonido, sin ganas de desprenderme de él, tanto que giré sobre mi derecha para no abandonar del todo el patio. Al volverme hacia la izquierda, vi que la verja se abría hacia un terraplén con naranjos y, al aproximarme a ese rincón, se me escapó una exclamación de sorpresa. Mis ojos, brillantes de curiosidad, descubrieron lo que se les revelaba y me apresuré con pasos ágiles.
En el fondo del terraplén se mecía un racimo de hermosos farolillos multicolores, como los que se ven en los festivales de remotas aldeas campesinas. Sin necesidad de más datos, me di cuenta de que se trataba de un grupo de niños que participaban de una cacería de insectos en medio de los arbustos. Eran como veinte farolillos. No sólo las había carmesíes, rosas, violetas, verdes, celestes y amarillos, sino que alguno hasta brillaba con cinco colores al mismo tiempo. También se veían algunos rojos, de forma cuadrada, comprados en alguna tienda. Pero la mayoría eran unos cuadrados y muy bellos que los propios niños habían fabricado con mucho amor y dedicación. Los farolillos que se balanceaban, el grupo de niños en esa solitaria colina, ¿no componían acaso una escena digna de un cuento de hadas?
Cierta noche, uno de los niños de la vecindad había oído el canto de un insecto en esa colina. Se compró un farolillo rojo y volvió a la noche siguiente para buscarlo. A la siguiente, se le unió otro. Este nuevo compañero no podía comprarse un farolillo, así que hizo cortes en el frente y la parte posterior de un cartón, lo empapeló, colocó una vela en la base y le ató una cuerda en la parte superior. El grupo aumentó a cinco, y en seguida a siete. Aprendieron a colorear el papel que tensaban sobre el cartón ya cortado, y a dibujar sobre él. Luego estos sabios niños artistas, cortando de hojas de papel formas como redondeles, triángulos y rombos, y coloreando cada ventanita de un modo distinto, con círculos y diamantes rojos y verdes, lograron un diseño decorativo propio y completo. El niño del farolillo rojo pronto lo descartó por ser un objeto sin gusto que se podía comprar en cualquier tienda. El que se había fabricado el suyo lo desechó porque juzgó su diseño demasiado simple. Lo ideado la noche anterior resultaba insatisfactorio a la mañana siguiente. Todos los días, con tarjetas, papel, pinceles, tijeras, navajas y cola, los niños hacían nuevos farolillos que surgían de su mente y su corazón. ¡Mira la mía! ¡Que sea la más bella! Y cada noche salían a su cacería de insectos. Eran los niños y sus lindos farolillos lo que estaba viendo ante mí.
Extasiado, me quedé dejando correr el tiempo. Los farolillos cuadrados no sólo tenían diseños pasados de moda y formas de flores, sino que los nombres de los niños que las habían construido estaban grabados en caracteres rectos de silabario. A diferencia de los pintados sobre los farolillos rojao, otros (hechaos con cartulina gruesa recortada) llevaban sus dibujos sobre el papel que cubría las ventanitas, de modo que la luz de la vela parecía emanar de la forma y el color del dibujo. Los farolillos resaltaban las sombras de los arbustos. Y los niños se acuclillaban ansiosos en esa colina dondequiera que oyeran el canto de un insecto.
—¿Alguien quiere una langosta?
Un chico, que había estado escudriñando un arbusto a unos tres metros de los otros, se irguió de improviso para gritar esa frase.
—Sí, dámela.
Seis o siete niños se le acercaron corriendo. Se amontonaron detrás del que la había hallado, intentando espiar dentro del matorral. Restregándose las manos y estirando los brazos, el muchacho se quedó de pie, como custodiando el arbusto donde estaba el insecto. Balanceando el farolillo con la mano derecha, volvió a convocar a los otros niños.
—¿Nadie quiere una langosta? ¡Una langosta!
—Yo la quiero.
Cuatro o cinco chicos más llegaron corriendo. Parecía que nadie podría haber cazado un insecto más precioso que una langosta. El muchacho gritó por tercera vez.
—¿Nadie más quiere una langosta?
Otros dos o tres se aproximaron.
—Sí, yo la quiero.
Era una niña, que se ubicó justo a espaldas del chico que había encontrado el insecto. Dándose vuelta graciosamente, éste se inclinó hacia ella. Pasó el farolillo a su mano izquierda y metió la derecha en el arbusto.
—Es una langosta.
—Sí, la quiero tener.
El chico se puso de pie de un salto. Como si dijera «aquí lo tienes», extendió el puño que aferraba el insecto hacia la niña. Ella, deslizando su muñeca izquierda bajo la cuerda del farolillo, envolvió con sus dos manos el puño del muchacho. Él abrió con presteza su puño, y el insecto quedó atrapado entre el pulgar y el índice de la niña.
—Oh, no es una langosta, sino un grillo.
Los ojos de la niña brillaron al mirar el pequeño insecto castaño.
—Un grillo, un grillo.
Los niños repitieron como un coro codicioso.
—Un grillo, un grillo.
Clavando su inteligente y brillante mirada en el chico, la niña abrió la jaulita que llevaba a un costado y depositó en ella al grillo.
—Es un grillo.
—Oh, sí, es un grillo —murmuró el chico que lo había capturado. Sostuvo la jaulita a la altura de sus ojos y observó el interior. A la luz de su bello farolillo multicolor, también sostenido a la misma altura, observó el rostro de la niña.
Oh, pensé, y tuve envidia del chico, y me sentí cohibido. ¡Qué tonto había sido yo al no comprender su acción! Y contuve la respiración. Había algo sobre el pecho de la niña, algo de lo que ni el niño que le había dado el grillo, ni ella que lo había aceptado, ni los niños que observaban se habían percatado.
¿Acaso en la débil luz verdosa que caía sobre el pecho de la niña, no se leía claramente el nombre de Fujio? El farolillo del muchacho, que colgaba al lado de la jaulita de la muchacha, inscribía su nombre, grabado con navaja en la verde apertura empapelada, sobre el blanco kimono de algodón de ella. El farolillo de la niña, que pendía blandamente de su muñeca, no proyectaba su inscripción con tanta claridad, pero era posible distinguir, en una temblorosa mancha roja sobre la cintura del muchacho, el nombre de Kiyoko. De este azaroso juego entre el rojo y el verde —fuera azar o juego— ni Fujio ni Kiyoko estaban enterados.
Incluso si por siempre recordaran que Fujio le había dado el grillo y que Kiyoko lo había aceptado, ni siquiera en sueños llegarían a saber que sus nombres habían quedado inscritos: en verde sobre el pecho de Kiyoko, en rojo en la cintura de Fujio.
¡Fujio! Cuando ya te hayas convertido en un hombre, ríe con placer ante el deleite de una muchacha, a quien le han dicho que se trata de una langosta, y recibe un grillo; y ríe también con cariño ante su desilusión al recibir una langosta cuando le habían prometido un grillo.
Aun si tienes la astucia de buscar solo en un arbusto, alejado de los otros niños, debes saber que no abundan los grillos en este mundo. Probablemente encuentres una muchacha parecida a una langosta a quien veas como un grillo.
Aunque al final, a tu enturbiado y ofendido corazón hasta un verdadero grillo le parecerá una langosta. Y si llegara ese día, cuando te parezca que en el mundo sólo abundan las langostas, me apenará que no puedas recordar el juego de luces de esta noche, cuando tu nombre por efecto de tu hermoso farolillo, se ha inscrito en verde sobre el pecho de una jovencita.
Yasunari Kawabata
La langosta y el grillo (en Historias de la palma de la mano. Traducción de Amalia Sato. Austral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:04  | Libros...
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