Mi?rcoles, 11 de junio de 2014

El tiempo pasa y no lo ves, dijiste.
Estábamos sentados en la playa. La luz de los mercantes en el horizonte, el crepitar del mar, las primeras estrellas en el cielo, el ruido de la fiesta a nuestra espalda, las risas despreocupadas de nuestros compañeros, la silueta difusa de los acantilados, la cresta blanca de las olas. Tu silencio.
Recuerdo que me tumbé en la arena, que por un instante sentí que el cielo se movía como una extraña maquinaria y que el ruido del mar acompañaba el brillo intermitente de las estrellas. Me decías que siempre estaba mirando al cielo, que desaparecía por momentos, que parecía como si estuviese ante una compleja fórmula matemática. Me llamabas astronauta en tierra y sonreías.


En aquellos días de final de COU nos saltábamos las últimas clases para ver El gran héroe americano y viejas películas de invasiones extraterrestres en tu casa. Cerrábamos las ventanas y creábamos una oscuridad mítica. Un haz de luz blanquecino crecía en la pantalla del televisor, un círculo que se hacía cada vez más grande hasta formar primero una imagen difusa y luego completa. El sonido llegaba un segundo más tarde (una explosión tranquila). Nos tumbábamos en el sofá en un silencio sacro, tus piernas apoyadas en las mías, mis manos en tus tobillos, y nos reíamos de un héroe torpe, el único superhéroe que sentíamos cercano, que nos decía que cualquiera podía volar, que podíamos ser tan fuertes como frágiles. Abríamos las persianas y la oscuridad se desvanecía. Nos mirábamos eufóricos y repetíamos los diálogos de la serie, saltábamos del sofá con los brazos abiertos, el mundo giraba sobre nuestras cabezas y nos creíamos invencibles. 
La oscuridad era para la televisión y los sueños, la luz para estudiar latín y filosofía, Cicerone consule, siendo cónsul Cicerón, el mito de la caverna, la política de Aristóteles. Nos reíamos al recordar el paseo donde imitamos a los filósofos peripatéticos y seguimos a nuestro profesor por el patio mientras se preguntaba con su voz apagada si los sentidos nos engañaban (claro que los sentidos nos engañaban, no éramos más que el recuerdo de un dios moribundo). Tú querías ser escritora, yo prefería la historia.
Mirábamos divertidos cómo nuestros compañeros apuraban los últimos minutos antes de los exámenes de selectividad y repetían los mismos párrafos una y otra vez. Nosotros no éramos como aquel filósofo que aseguraba no saber nada, sabíamos qué preguntas podíamos responder y cuáles dejaríamos en blanco. Contábamos chistes malos para destensar los nervios o hacíamos planes para la fiesta de fin de curso (tú querías ligarte a J, siempre tan distante, yo prefería que nos colásemos en el cine, salir de esa otra oscuridad mítica a la noche llenos de imágenes y emociones nuevas, volver andando a casa bajo el cielo estrellado, ver amanecer en silencio y despedirnos hasta la vuelta del verano).


Nos levantamos y nos sacudimos la arena del cuerpo. Las pequeñas luces de la caña de los pescadores iluminaban la orilla del mar. Nos acercamos a ellos, podía sentir el peso de tu silencio, la extrañeza de tus palabras. Había sido una noche extraña. En el autobús pensamos  la frase perfecta que hiciese que J bailase contigo, la sonrisa impetuosa, la sensación de habernos quitado una pesada carga con el último examen, el movimiento de la carretera en nuestros pies y el corazón que parecía entrar en calor. Tú tendrías tu baile y yo mis estrellas. Recuerdo la entrada de la discoteca, las escaleras empinadas que bajaban a una especie de sótano, el viento que venía del mar y nos hacía escupir arena en el suelo, la luz verde tras la puerta de la discoteca, la música de baile, Pepelu sentado en un escalón bebiendo una cerveza entera de un trago, la pista redonda en medio de la discoteca, las chicas maquilladas que parecían mujeres, los chicos que miraban a través del humo de su cigarrillo y me recordaban a Bogart o Gable, el sudor en las frentes, los gestos de excitación, los saltos y los abrazos en el silencio entre las canciones. Era nuestra primera fiesta, no sabíamos qué hacer, cómo comportarnos. Dimos un primer paso y cruzamos una frontera. Nos sentíamos perdidos e intrigados, la música nos empujaba hacia la pista, la oscuridad se mezclaba con la luz, había parejas abrazadas y chicos sentados esperando su turno para bailar. Te señalé a J y te di un pequeño empujón (te susurré, no hay más tiempo que el presente). Salí fuera, la cabeza y los oídos taponados, la sorpresa de sentir mi corazón encogido, la luz de un faro en el horizonte. Pensé en lo que nos esperaba tras el verano, la universidad, los nuevos amigos, sentirse un adulto, todo tan difuso como la estela que dejaba la luz del faro al desaparecer
Anochecía cuando te sentaste a mi lado en la playa. Respirabas agitada, la mirada perdida en el mar, tus palabras sobre no ver el paso del tiempo.


Cogí una piedra de la playa, la limpié de arena y la metí en mi bolsillo. Sonreí, te dije que esa piedra me anclaría al suelo, a la realidad. Buscaste la piedra en mi bolsillo, recuerdo tus manos tan cerca de mi piel, el pequeño ruido a electricidad de la piedra al entrar en el mar, tu gesto de triunfo. Así el cielo será tu realidad, dijiste.
Aquella noche nos sentíamos ante el final de algo. Habíamos cruzado una frontera, ya no éramos niños, nos esperaban las decisiones a tomar, los errores y los malentendidos, los días de soledad y las despedidas con un final agridulce, los amores trastocados, las decepciones y las pequeñas victorias. Necesitábamos algo que desvaneciese nuestro miedo al futuro, dejar de ver el otoño como un lugar inhóspito. Te abracé con suavidad, mis manos por primera vez en tu espalda, tus manos alrededor de mi cuello, el peso de tu cuerpo concentrado en un punto de mi pecho, tu hombro desnudo, el temblor en mis labios. Fue nuestro primer baile. Fue nuestro único baile. Dos náufragos contra el tiempo.


Publicado por elchicoanalogo @ 6:46  | (treinta segundos)
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