Lunes, 16 de junio de 2014

Cogió la linterna e iba a asestarla a la cara del muerto, pero se arrepintió. ¿Quién era? ¿Cómo sería su cara? ¡Bah! Uno; un enemigo menos. ¿Qué más le daba?


***

Apenas salió al portal cuando llegó un auto con los cañones de los fusiles asomando por las ventanillas en el que venían a buscarle cuatro camaradas.
—¿Listos?
—Listos. Ya ha caído también el otro. Vamos ahora a buscar al tercero, al que ya hemos localizado. Debe de estar en la Gran Vía, al parecer en la terraza de un hotel. Forman una verdadera cadena y tenemos que ir cogiendo los eslabones uno por uno antes de que se haga de día. Aprisa.
Partió el auto con Pedro y sus cuatro camaradas en dirección a la Gran Vía. Penetraron en el hall del hotel, cuchichearon con el camarada del comptoir y subieron a la terraza. Desde allí descubrieron la lucecita que Jiménez debía de seguir manipulando desde la torrecilla de Santa Bárbara para entretener al tercer espía.
Otra lucecita brillaba además de manera intermitente allá lejos, hacia el Oeste.
—¡Allí está también el otro! — exclamó Pedro, lleno de júbilo.
—Debe de ser en la Moncloa.
—No, no; es en Rosales o en la calle Ferraz donde tiene el nido.
Escudriñaron ansiosamente la noche.
—Es en un gran edificio que hay en Rosales, frente al Parque del Oeste; no hay por allí ninguna otra construcción tan alta — concluyó uno de los milicianos después de minuciosas observaciones.
Manuel Chaves Nogales
A sangre y fuego (Austral)


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