Martes, 17 de junio de 2014

Hay un momento en Los Living que me lleva al Tristram Shandy de Sterne, Nito que construye su biografía no a partir de su nacimiento sino en los momentos previos a su concepción, que ve el momento donde sus padres, al fin, consiguen concebir el hijo buscado, el humor desaforado, Nito que se da cuenta de que es todas las pajas de sus padres, todos los intentos previos y que acabaron en fracaso, los óvulos perdidos y los espermatozoides en un pañuelo de papel. Porque, mal que me pese, yo soy eso: ese dedo en el culo, la cachetada consiguiente, el dedo más profundo, la cachetada con más saña, el mordisco fingido en una oreja y su respuesta sin fingir, las tetas apretadas las nalgas exprimidas las bolas relamidas secas, las noches de hoy me duele mi amor, las noches de por qué tardaste tanto, los golpes de riñón, los golpes de cadera, mamá diciéndole no soporto tu olor del aguarrás, mi padre refregándose en la ducha, su pija pelándose en el hoyo, los gritos, la mano que los tapa, los susurros, la piel paspada, gotas. Yo soy todo eso pero soy más que eso: soy cada paja de mi padre, los sábados en el salón de doña Mencha, cada suspiro de mamá con la telenovela de la tarde y su mano entre las piernas sorprendida por un olor picante, sus primeros encuentros, sus recuerdos distintos de esos momentos juntos, sus sorpresas, su ansiedad por verse o por no verse, cada paso que los llevó a sus coitos, sus ilusiones imposibles. Yo soy eso y soy, también, el que les arruinó todo eso cuando me volví la razón de que lo hicieran. Fue cuando mamá entendió que mi padre empezaba a impacientarse por mi ausencia y entendió, poco después, que los días en que sus polvos eran puros encuentros amorosos –o, al menos, digamos, ávidos de sí mismos habían quedado atrás, quién sabe para siempre. Porque yo, al principio, lógicamente, me negaba a nacer: tenía mis razones.

Los Living se inicia con el nacimiento de Nito, la lluvia y la muerte de Perón, tres elementos que confluyen en un mismo día, que parece marcan el camino de Nito en su preocupación por la muerte y cómo, a lo largo de los años, consigue vivir de ella. Y, en esa vista atrás y esa relación con la muerte, la historia reciente de Argentina, la dictadura militar y los desaparecidos, la llegada de Alfonsín, la sombra de Perón, siempre visible, siempre constante, la incertidumbre que define la política argentina.

Nito habla de su nacimiento, del momento en que sus padres se conocieron y vivieron juntos, del momento de su concepción, de la muerte de su padre, de su imagen difusa y heroica y los primeros años de soledad donde intentar entender la vida que le rodea, Nito que se pregunta por el significado de la muerte y de las ausencias que parecen definirle y otorgarle un lugar en el mundo, Nito que crece soñando con Susana Giménez (la irrealidad de unas fotos eróticas por encima de sus compañeras o las mujeres reales entrevistas en las calles) y busca una respuesta a la muerte de su padre, Nito que se encuentra cara a cara con la verdad y la muerte y decide subvertirla y escribe una carta donde fecha e inventa la muerte del hombre que mató a su padre, y le escribe sobre los años previos a su muerte para la viva y la sienta cada día, la angustia de una cuenta atrás.

El humor negro de Martín Caparrós para hablar de la muerte, de nuestra relación con los muertos, de cómo ganarse la vida a través de ella, un muchacho que inventa muertes, un capellán que usa la muerte para anclar la religión en las mentes de sus feligreses, un artista que quiere embalsamar a los muertos y dejarlos en las calles de Buenos Aires para equiparar vida y muerte, para darle un valor y un lugar esencial en nuestra existencia, el espacio definido y delimitado que dejan los muertos entre los vivos.

Los Living avanza de manera irregular, el final es disparatado y surrealista, tiene momentos de verborrea y humor delirante. La idea de muertos embalsamados en el living.





Desesperaban. Imaginaban que el sacrificio no alcanzaba, que no eran capaces de tener un hijo, que la culpa es mía –y lo decían–, que la culpa es tuya –e intentaban callarlo–, que la culpa no es de nadie pero no estamos hechos el uno para el otro, o sea: que no sabemos hacer un hijo juntos. Hasta una noche –que quizá fue otra– en la que todo eso que no tuvo, durante años, ningún fin aparente, terminó por concretarse en mí; todo eso era el camino que esas dos personas, mamá y mi padre, tuvieron que seguir para que una noche de tantas uno de los ochenta millones de espermatozoides que, ya a esa altura, mi padre eyectaba con plena conciencia de su deber de ciudadano, se chocara con un óvulo absorto, distraído de su función y cometido, tan ingenuo de su meta como cualquier otro cacho de carne o sangre, que, de pronto, en el choque, se transformó en el portador de una misión: yo. Aunque, insisto, yo no soy sólo ese óvulo chocado, el espermatozoide fundido en tamaña colisión; yo soy también todos los otros, los errores, las noches sin final: yo soy todos los que no fui. Porque, si no, debería aceptar que el grado de azar que yo –que cualquiera de nosotros– represento es excesivo, despiadado: ¿cómo creer que soy radicalmente distinto de lo que podría haber sido si ese esperma hubiera chocado con el óvulo de al lado o, peor, si el choque hubiera sucedido unos días antes, dos semanas después? Yo no soy ese azar porque soy tanto más que eso; yo soy también todos los espermatozoides que mi padre fue abandonando en una hoja de papel rasposo, en el agua dudosa de un traful, entre dientes o dedos, en el agujero opuesto para mezclarse con la mierda de mamá; soy esos óvulos que se malograron sin siquiera saber que perdían su única chance, esos que se volvieron pestilentes en la toallita higiénica, esos que avergonzaron a mamá manchándole el vestido. Yo soy todo eso –lo fui desde siempre– pero todavía estaba en ese momento extraño en que tenía que buscarme la vida, y podía no encontrarla.

( … )

Su muerte no sólo va a ser una que nunca habría imaginado; va a ser, también, una perfectamente estúpida. La muerte no tiene por qué ser nada muy especial: en general no es especial. Nos cuentan, en general, las muertes operísticas: muertes de héroes y de mártires, muertes de cientos en catástrofes, muertes de sangre y fuego –y nos consuelan: la muerte, al fin y al cabo, es una cumbre. Carentes, obedientes, nos descubrimos pensándola grandiosa: una batalla tremebunda entre las fuerzas de la vida y de la nada, una explosión que despedaza todo, un momento sublime en que, profundo, murmuro con desmayo mis últimas palabras: un fuego un estallido una solemnidad una tragedia. Y, en cambio, suele ser tan banal. Pero la suya, además, será perfectamente estúpida.

( … )

Usted, señor, se está muriendo. Y no me conteste esa vulgata de que todos nos morimos, que en cuanto nacemos empezamos a morirnos, porque no estamos acá para hacer frases de póster. No, no me diga que es cierta, porque ser cierto no significa nada; esa pamplina es cierta como es cierto que hoy es el primer día del resto de su vida o que amar es nunca tener que pedir perdón o esa cara tan cierta de cierto Che Guevara: pavadas para vírgenes. No, acá estamos para que sepa, señor, que usted se está muriendo y que se va a seguir muriendo mucho tiempo. Pero no se ilusione; tampoco le hablo de esa pequeña muerte de no vivir una vida verdadera, de revolear su vida; si fuera por eso no le diría que se muere sino que no ha nacido. No, lo que vengo a decirle e s que usted se va a morir, sin la menor metáfora, durante mucho tiempo. O, si lo quiere más claro: que la célula ya se dividió.
Usted no sabe que la célula ya se dividió: nadie lo sabe todavía. Nadie puede saberlo, nadie puede notarlo: estas primeras divisiones son tan poquita cosa que no le van a producir ningún efecto, y ningún aparato podría descubrirlas. Es interesante; si usted no se hubiera puesto tan pálido podríamos conversar sobre la paradoja de que ciertas cosas se precedan a sí mismas, y podríamos debatir si algo que se define por su efecto existe cuando su efecto no existe todavía. Podríamos, pero no podemos, porque usted ahora sí quiere escuchar: usted se muere por escuchar lo que voy a decirle.
Martín Caparrós
Los Living (Anagrama)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:14  | Libros...
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