Mi?rcoles, 18 de junio de 2014

Los atardeceres alargados del verano, cuando los insectos volaban sobre los campos de trigo y olía a hierba recién cortada y los tañidos de las campanas parecían indicar que estábamos ante el final de algo, las líneas blancas y amarillas de los últimos rayos de sol antes del titilar de las estrellas, antes de los puntos verdes de las luciérnagas entre las casas abandonadas, antes de las noches para velar a los muertos, el arrullo de los adultos rezando un rosario, nuestras miradas en silencio sentados en las escaleras, tratando de contener la risa o adivinar qué significaban las palabras murmuradas, el silencio último, el golpeo de las cuentas del rosario, el regreso a casa con el haz de una linterna en el camino blanco y la silueta oscura de los árboles, cuando nos llegaba el rumor del río al apagarse el motor de los tractores y volvíamos a sentir nuestra piel mojada y la alegría de los juegos en el agua y se encendían las primeras bombillas en las entradas de las casas, pequeñas hogueras que resplandecían en la oscuridad y trazaban una línea inconexa que se perdía tras los montes y nos hacían soñar con aventuras nocturnas, cuando nos tumbábamos en la hierba para ver girar el cielo sobre nuestras cabezas y seguíamos la estela que dejaba el humo de la cocina de leña sobre el tejado y nos sentíamos libres y alguien llamaba a nuestra puerta y entraba en casa y tocaba su armónica y hablaba de verbenas y amores con chicas de piel blanca y ojos azules y sonreíamos porque eran sueños de un loco, porque eran nuestros sueños.


Publicado por elchicoanalogo @ 6:03  | maracadas
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios