Mi?rcoles, 25 de junio de 2014

Dejar una nota junto a un cadáver recién ajusticiado (nota y muerto abandonados en la calle), las ciudades sitiadas y la rutina de la muerte, los ideales que se diluyen, las despedidas en la cárcel y los fusilamientos, la crueldad y la locura que no entienden de bandos, los bombardeos y las partidas donde se cazan hombres, las escisiones y enfrentamientos en el bando republicano, la decepción de viejos combatientes, la toma de bastiones militares por hombres y mujeres de la calle y un sanatorio donde los enfermos se dividen y esperan las tropas que los salven o condenen, la división de un pueblo y las luces espías entre las ventanas de Madrid.

Los cuentos de A sangre y fuego no toman partido por uno u otro bando, muestran la guerra civil española en su locura y crueldad, los comportamientos déspotas, las muertes sin sentido, los ajusticiamientos por la espalda y los ejércitos una plaga que derrumban pueblos e ideales, la muerte que no se detiene. Chaves Nogales habla del asedio de Madrid, de las diferentes facciones dentro del bando republicano, de las partidas fascistas en busca de rojos, de un hombre valiente que abandona la guerra al descubrir la cobardía de unos y otros. Leo estos cuentos y siento el destino negro al que se enfrentan los personajes y la tierra.

Hay cuentos que parecen pequeños artilugios de misterio, unos milicianos que buscan espías entre las ventanas de Madrid y siguen las luce de unas linternas hasta el bando fascista en la sierra, otros se inician como una aventura y terminan con sangre y sinrazón, los caciques armados que montan en sus caballos y forman una hilera polvorienta y acaban acribillando cada sombra que ven, los hay crueles, las muertes por la espalda, las primeras escaramuzas de la guerra, las bandas armadas que aprovechaban la guerra para matar y robar, la despedida entre un padre y un hijo que están en bandos diferentes y saben que no habrá un punto de encuentro entre ellos, y en todos ellos, la mirada lúcida y triste de Chaves Nogales sobre la barbarie de la guerra.

Chaves Nogales muestra los desencuentros en el bando republicano, las diferencias entre socialistas, anarquistas o comunistas, los obreros que defienden el ideal de la república y toman las armas y se saben en desventaja ante los militares fascistas, los espías y los ajustes de cuentas, los extranjeros que llegaron para luchar y tomar partido en la guerra. Hay un momento extraordinario en estos cuentos, un sanatorio donde quedan unos pocos enfermos, fascistas, antifascistas y tuberculosos que esperan el desenlace de las batallas exteriores mientras se maldicen entre ellos, de cama en cama.

Las batallas se suceden en riscos y sierras, en pueblos divididos y un ciudades asediadas, los ejércitos y las milicias que sitian a combatientes y civiles, que ejercen su propia justicia, que abandonan los muertos en las calles, las mujeres que ven a sus maridos desangrados o que arriesgan su vida y se dejan llevar por la locura de la guerra, Chaves Nogales que mezcla literatura y periodismo, que muestra cómo fue y cómo nos comportamos en el inicio de la guerra civil.





En el sanatorio quedaban ya únicamente los enfermos que más o menos abiertamente simpatizaban con los fascistas, por lo que no temían, sino deseaban, su llegada, y alguno que otro caso de enfermo en el último período de la tuberculosis, para quienes la muerte que silbaba en los proyectiles fascistas era un peligro mucho más remoto que el de la muerte que ya tenían alojada en el pecho. Entre aquellos seres infelices que esperaban a morirse tendidos en las galerías del sanatorio, la guerra civil, aunque pareciera inconcebible, se mantenía también con un encono feroz. Fascistas unos y antifascistas otros, se agredían verbalmente desde sus camastros con una saña verdaderamente patológica. Validos de la prerrogativas de su mal y sintiéndose condenados por una sentencia inexorable, desafiaban todas las coacciones y amenazas. Uno de ellos tenía un trapo con los colores de la bandera monárquica escondido debajo de la almohada, y cuando la fiebre le hacía delirar se incorporaba en el lecho y tremolando su bandera por encima de la cabeza gritaba frenéticamente: «Arriba España», mientras los enfermos vecinos, enemigos del fascismo, se debatían impotentes entre las sábanas y llamaban a los milicianos para que lo fusilasen. No había quedado en el sanatorio más que una hermana de la Caridad, sor María, que, convertida en la camarada María adscrita al Socorro Rojo Internacional y con su carné del Partido Comunista en el pecho, iba y venía de una cama a otra intentando vanamente apaciguar el furor político, el odio de clase de aquellos infelices.

( … )

Cada día le parecía más absurda y sin sentido su tarea. Correr de un lado a otro afanosamente para salvar una tela pintada, una piedra esculpida o un cristal tallado a través de aquella vorágine de la guerra y la revolución se le antojaba insensato. ¿Para qué? Cuando la vida humana había perdido en absoluto su valor, cuando los hombres morían a millares diariamente, cuando una generación entera caía segada en flor, cuando veinte millones de seres pertenecientes a una raza vieja en la civilización se precipitaban a la barbarie de las edades primitivas, ¿qué sentido podían tener ni el arte, ni los testimonios de un glorioso pasado, ni todos aquellos valores espirituales por cuya conservación se desvelaba? ¿Es que todo aquello que tan celosamente defendía había servido para ahorrar un solo crimen? Empezó a pensar que, cuando los hombres podían ser inmolados en masa con tan inhumana indiferencia, lo menos que podía pasar era que pereciesen también sin duelo las obras del espíritu que no sirvieron para evitar semejante barbarie. Arrasémoslo todo, pensaba. Hagamos tabla rasa. De nada nos han servido los tesoros de espiritualidad que nos transmitieron las generaciones anteriores. No dejemos ni rastro del pasado.
Manuel Chaves Nogales
A sangre y fuego (Austral)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:13  | Libros...
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