Lunes, 30 de junio de 2014

a)
Las brujas usaban una cuerda y plumas para crear una escalera que permitiera a los demonios entrar en las casas a través del techo. Observo la escalera de bruja, la cuerda una extraña línea recta, las plumas de colores, el espacio vacío, la pequeña oscilación de la escalera y pienso en amuletos, (cazadores de sueños, tortugas, tréboles de cuatro hojas), en aquello que no vemos, en la brújula con la que buscaba marcianos enterrados en la nieve.

b)
Anay se despide hasta septiembre. Como otros veranos, tocará hacer trabajo arqueológico en sopa de poetes para no echar en falta sus lunes en estos dos meses de ausencia.


(coda. desnaturalización. descontextualización. deshumanización)
Una cierta condición moderna, la satanización de la alteridad, una contraposición formal y matérica entre dos modelos arquitectónicos, una visión mecanicista, la desacralización en las relaciones sociales, una reflexión sobre la mecanización de la vida en la modernidad, una investigación sobre las implicaciones ideológicas de los sistemas de exposición, desnaturalizar cánones establecidos, un hueco en un muro, la caída de un meteorito, la monetarización de las sociedades, una contra-energía que perturba las condiciones de recepción dentro de la racionalidad funcionalista.


Los lunes de Anay. Cotidianas...

A Germán, siempre.

"Sigo siendo
tu hombre más bello
mientras sube el café"
                                    ÒSCAR SOLSONA


TÚ NUNCA DEJARÁS

Tú nunca dejarás de sorprenderme.
Me has dado el universo como prenda
y por amor tu cuerpo como ofrenda
para tener más formas de quererme.

Multiplicas los panes y los peces,
me lavas con las lágrimas más puras,
me alumbras en las noches más oscuras
y en mis desiertos manas y floreces.

Entras como un león en mis moradas
y tras matar mis monstruos con tu espada,
te asomas a mi puerta, novio santo

y tímido, tan solo para verme.
¿Cómo puedes, mi bien, quererme tanto?
Tú nunca dejarás de sorprenderme.

                                                           JESÚS COTTA





...Feliz lunes y feliz verano.

Un beso, hasta septiembre.

Anay


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Publicado por elchicoanalogo @ 18:36  | Los lunes de Anay
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Jueves, 26 de junio de 2014

Estoy entre los claros milagros de este día
Surgido azul, radiante, de la luz; baja el viento
Como una sencilla esperanza: aguarda
Todo una plenitud que se va dando
Entre los ciertos, claros milagros de este día.

Escucho cómo algo late en el fondo, arde
Como una seca música, como a la vuelta
De este sol y este cielo: pensar es ahora hundir
Las manos, conceder la palabra al silencio;
Es el viento, la sencilla esperanza.

Lanzo
Hacia las lentas palabras de los astros,
Como llamas, voraces deseos que regresan
De inútil vuelo. Hay una línea, un borde irónico
Donde encontramos y perdemos.

                                                (El día azul
Sigue ascendiendo, como una rosa de incendio.)
Roberto Fernández Retamar
Entre los claros milagros


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Mi?rcoles, 25 de junio de 2014

Dejar una nota junto a un cadáver recién ajusticiado (nota y muerto abandonados en la calle), las ciudades sitiadas y la rutina de la muerte, los ideales que se diluyen, las despedidas en la cárcel y los fusilamientos, la crueldad y la locura que no entienden de bandos, los bombardeos y las partidas donde se cazan hombres, las escisiones y enfrentamientos en el bando republicano, la decepción de viejos combatientes, la toma de bastiones militares por hombres y mujeres de la calle y un sanatorio donde los enfermos se dividen y esperan las tropas que los salven o condenen, la división de un pueblo y las luces espías entre las ventanas de Madrid.

Los cuentos de A sangre y fuego no toman partido por uno u otro bando, muestran la guerra civil española en su locura y crueldad, los comportamientos déspotas, las muertes sin sentido, los ajusticiamientos por la espalda y los ejércitos una plaga que derrumban pueblos e ideales, la muerte que no se detiene. Chaves Nogales habla del asedio de Madrid, de las diferentes facciones dentro del bando republicano, de las partidas fascistas en busca de rojos, de un hombre valiente que abandona la guerra al descubrir la cobardía de unos y otros. Leo estos cuentos y siento el destino negro al que se enfrentan los personajes y la tierra.

Hay cuentos que parecen pequeños artilugios de misterio, unos milicianos que buscan espías entre las ventanas de Madrid y siguen las luce de unas linternas hasta el bando fascista en la sierra, otros se inician como una aventura y terminan con sangre y sinrazón, los caciques armados que montan en sus caballos y forman una hilera polvorienta y acaban acribillando cada sombra que ven, los hay crueles, las muertes por la espalda, las primeras escaramuzas de la guerra, las bandas armadas que aprovechaban la guerra para matar y robar, la despedida entre un padre y un hijo que están en bandos diferentes y saben que no habrá un punto de encuentro entre ellos, y en todos ellos, la mirada lúcida y triste de Chaves Nogales sobre la barbarie de la guerra.

Chaves Nogales muestra los desencuentros en el bando republicano, las diferencias entre socialistas, anarquistas o comunistas, los obreros que defienden el ideal de la república y toman las armas y se saben en desventaja ante los militares fascistas, los espías y los ajustes de cuentas, los extranjeros que llegaron para luchar y tomar partido en la guerra. Hay un momento extraordinario en estos cuentos, un sanatorio donde quedan unos pocos enfermos, fascistas, antifascistas y tuberculosos que esperan el desenlace de las batallas exteriores mientras se maldicen entre ellos, de cama en cama.

Las batallas se suceden en riscos y sierras, en pueblos divididos y un ciudades asediadas, los ejércitos y las milicias que sitian a combatientes y civiles, que ejercen su propia justicia, que abandonan los muertos en las calles, las mujeres que ven a sus maridos desangrados o que arriesgan su vida y se dejan llevar por la locura de la guerra, Chaves Nogales que mezcla literatura y periodismo, que muestra cómo fue y cómo nos comportamos en el inicio de la guerra civil.





En el sanatorio quedaban ya únicamente los enfermos que más o menos abiertamente simpatizaban con los fascistas, por lo que no temían, sino deseaban, su llegada, y alguno que otro caso de enfermo en el último período de la tuberculosis, para quienes la muerte que silbaba en los proyectiles fascistas era un peligro mucho más remoto que el de la muerte que ya tenían alojada en el pecho. Entre aquellos seres infelices que esperaban a morirse tendidos en las galerías del sanatorio, la guerra civil, aunque pareciera inconcebible, se mantenía también con un encono feroz. Fascistas unos y antifascistas otros, se agredían verbalmente desde sus camastros con una saña verdaderamente patológica. Validos de la prerrogativas de su mal y sintiéndose condenados por una sentencia inexorable, desafiaban todas las coacciones y amenazas. Uno de ellos tenía un trapo con los colores de la bandera monárquica escondido debajo de la almohada, y cuando la fiebre le hacía delirar se incorporaba en el lecho y tremolando su bandera por encima de la cabeza gritaba frenéticamente: «Arriba España», mientras los enfermos vecinos, enemigos del fascismo, se debatían impotentes entre las sábanas y llamaban a los milicianos para que lo fusilasen. No había quedado en el sanatorio más que una hermana de la Caridad, sor María, que, convertida en la camarada María adscrita al Socorro Rojo Internacional y con su carné del Partido Comunista en el pecho, iba y venía de una cama a otra intentando vanamente apaciguar el furor político, el odio de clase de aquellos infelices.

( … )

Cada día le parecía más absurda y sin sentido su tarea. Correr de un lado a otro afanosamente para salvar una tela pintada, una piedra esculpida o un cristal tallado a través de aquella vorágine de la guerra y la revolución se le antojaba insensato. ¿Para qué? Cuando la vida humana había perdido en absoluto su valor, cuando los hombres morían a millares diariamente, cuando una generación entera caía segada en flor, cuando veinte millones de seres pertenecientes a una raza vieja en la civilización se precipitaban a la barbarie de las edades primitivas, ¿qué sentido podían tener ni el arte, ni los testimonios de un glorioso pasado, ni todos aquellos valores espirituales por cuya conservación se desvelaba? ¿Es que todo aquello que tan celosamente defendía había servido para ahorrar un solo crimen? Empezó a pensar que, cuando los hombres podían ser inmolados en masa con tan inhumana indiferencia, lo menos que podía pasar era que pereciesen también sin duelo las obras del espíritu que no sirvieron para evitar semejante barbarie. Arrasémoslo todo, pensaba. Hagamos tabla rasa. De nada nos han servido los tesoros de espiritualidad que nos transmitieron las generaciones anteriores. No dejemos ni rastro del pasado.
Manuel Chaves Nogales
A sangre y fuego (Austral)


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Martes, 24 de junio de 2014
Lunes, 23 de junio de 2014

Las nubes bajas, amarillas, el viento entre las copas de los árboles, la oscuridad tras los primeros relámpagos, el golpeo de la lluvia contra las aceras (creo escuchar el croar de unas ranas). Salgo a la terraza, las gotas de lluvia en mis pies descalzos, el olor de la tormenta, las líneas blancas de los rayos que se ramifican dentro de las nubes, el ladrido asustado de los perros. Intento adivinar dónde surgirá el próximo relámpago, qué forma tendrá. Recuerdo las tormentas en Galicia, la cocina de leña a oscuras, el silencio casi sagrado, las miradas tímidas de mis tías que me pedían que me apartase de la ventana, el agua corriendo entre los bordes del camino, Tarzán y los otros perros acurrucados bajo el banco de madera.
Entro en casa, apago la luz del salón, me siento en el suelo de madera junto a la puerta abierta de la terraza, las sombras de los muebles, el sonido alargado de los truenos que sigo hasta que se extingue, la respiración entrecortada.
Cierro los ojos (el dolor concentrado en un punto de mi espalda) y espero a que la luz ilumine la oscuridad.


Los lunes de Anay. Amapolas...

A la memoria de Isabel Núñez, escritora ( 1957-2012 )


"No voy a hablarte de lo que te espera, ya lo hice, el mundo es bello y doloroso. Compartámoslo un poco más"

(tomado del blog Crucigramas, de I.N )


ARRANCANDO BELLEZA

Un poco de belleza
no resignarse
arrancarla
bajo los andamios
o sobre el ruido
danos un poco
                 Dios
entre el miedo y la sombra
y la luz.

             ISABEL MERCADÉ





...Feliz lunes,

un beso.

Anay


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Domingo, 22 de junio de 2014

Cuando era niño, yo era el más pequeño de mi familia, y el más pequeño de la familia siempre anda contando chistes porque es el único medio que tiene de participar en una conversación adulta. Mi hermana tenía cinco años más que yo, mi hermano nueve, y mis padres eran bastante habladores. Por eso, cuando era muy pequeño, mientras estábamos cenando, yo era un tostón para toda esa gente. Ellos no querían saber nada de las chiquilladas que pudiera contarles sobre mi vida, querían hablar de todas esas cosas realmente importantes que les habían ocurrido en el instituto, en la facultad o en el trabajo. Así pues, la única forma de entrar en una conversación era decir algo gracioso. Supongo que la primera vez me salió de forma accidental, accidentalmente solté una ocurrencia que interrumpió la conversación, o algo por el estilo. Así fue como descubrí que un chiste te permitía colarte en una conversación de adultos.
Yo crecí en una época en que la comedia estadounidense era fabulosa: estábamos en la Gran Depresión. En la radio había cantidades ingentes de cómicos extraordinarios y, sin proponérmelo, los analizaba a fondo. Pasé toda mi juventud escuchando comedias una hora cada noche por lo menos. Así fue como acabé desarrollando un gran interés por los chistes y su mecanismo.
Siempre que digo algo chistoso intento no ofender. De todas las cosas que he hecho, no habrá muchas que puedan considerarse realmente de mal gusto. No creo haber molestado ni incomodado a mucha gente. Lo único chocante que hago es usar de vez en cuando alguna palabra obscena. Hay cosas que no tienen gracia. No concibo un libro de humor ni un número satírico sobre Auschwitz, por ejemplo. Y no me veo capaz de hacer un chiste sobre la muerte de John F. Kennedy o de Martin Luther King. Aparte de eso, no se me ocurre ningún tema que prefiera evitar o al que no pueda sacarle punta. Las grandes catástrofes son desternillantes, como bien demostró Voltaire. Ya saben, el terremoto de Lisboa también tenía su parte graciosa.
Yo vi la destrucción de Dresde. Vi la ciudad antes y la vi después de salir de un refugio antiaéreo y, desde luego, la risa era una forma de reaccionar. Dios sabe que el alma necesita desahogarse.
Todo sujeto está sujeto a la risa, y supongo que las víctimas de Auschwitz utilizaban algún tipo de risa de lo más espantosa.
El humor es una reacción casi fisiológica al miedo. Según Freud, el humor es una respuesta a la frustración (una de muchas). Decía que cuando un perro no pueda salir por una puerta, se pondrá a rascar y a escarbar y a hacer gestos absurdos, como gruñir, por ejemplo, para afrontar la frustración o la sorpresa o el miedo.
Y, de hecho, es el miedo lo que muchas veces provoca la risa. Hace años estuve trabajando en una serie de humor para la televisión. Nos propusimos hacer un programa en el que, como norma, se mencionara la muerte en cada episodio, de forma que este ingrediente intensificara las risas sin que el público se diera cuenta de cómo provocábamos sus carcajadas.
También existe un tipo de risa superficial. Bob Hope, por ejemplo, no era un humorista propiamente dicho, era un cómico que manejaba material con muy poca sustancia, sin mencionar nunca nada que fuera inquietante. Yo me tronchaba con Laurel y Hardy. De alguna manera, hay en ellos una terrible tragedia. Esos dos tipos son demasiado dulces para sobrevivir en un mundo como éste y siempre están en constante peligro. Podrían ser asesinados muy fácilmente.

*


Hasta los chistes más tontos se basan en minúsculos ataques de miedo, como la pregunta: "¿Qué es esa cosilla blanca de la caca de pájaro?" El oyente, como si le estuvieran preguntando delante de toda la clase, por un momento tiene miedo de decir una burrada. Cuando finalmente oye la respuesta, que es: "también es caca de pájaro", él o ella disipa su miedo de forma automática mediante la risa. Él o ella, después de todo, no se ha visto obligado a responder.
"¿Por qué los bomberos llevan tirantes rojos?" Y "¿por qué enterraron a George Washington en una loma?". Etcétera, etcétera.
También es verdad que hay chistes sin risa, lo que Freud llamaba "humor de la horca".(1) En la vida hay situaciones tan desesperadas que no tienen alivio imaginable.
Mientras estábamos siendo bombardeados en Dresde, sentados en un sótano con los brazos sobre la cabeza por si se nos caía el techo encima, un soldado dijo, como si fuera una duquesa en su mansión durante una noche fría y lluviosa: "Me pregunto qué estarán haciendo esta noche los pobres." Nadie se rió, pero con todo nos alegramos de que hubiera dicho aquello. ¡Al menos, todavía estábamos vivos! Él nos lo había demostrado.

(1) En su estudio sobre el humor, Freud cita el chiste de un condenado que, al ser conducido a la horca un lunes, comenta: "¡Qué forma de empezar la semana!" (N. del t.)
Kurt Vonnegut
Cuando era niño, yo era el más pequeño (en Un hombre sin patria. Traducción de Daniel Cortés. Bronce)


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S?bado, 21 de junio de 2014

Te diré lo que es un día perdido.
Pensar en el sol cuando llueve.
En el calor cuando hace frío.
En el vacío cuando no eres nadie.

Te diré lo que es un día extraño.
Reprimir una lágrima con fuerza.
Pegar una bofetada al aire.
Escuchar en tu boca un grito.

Te diré lo que es un día sin aliento.
Salir por salir a la calle.
Besar una lengua sintiéndola seca.
Mirarte y no reconocerte en el espejo.

Te diré lo que es aciago por dentro.
Permanecer callado ante lo evitable.
Confundir el mundo con el engaño.
Pensar que todo está en orden.

Te diré lo que da de sí un maldito día.
Quedarte quieto cuando tienes miedo.
Sentirte salvado mientras no te salvan.
Silenciarte la boca para no equivocarse.

Te diré lo que es un día herido.
Rodar por la zanja del tiempo.
Vendarte los ojos para que te perdonen.
Pensar que todo está dicho.

Te diré lo que es sentirse aislado.
Ser un poeta a todas horas.
Ser un hombre a plena luz del día.
Pensar que nada tiene remedio.
Kepa Murua
Un día negro (en En legítima defensa. Poetas contra la crisis. Bartleby editores)


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a)
Empiezo Diario de K sentado en el suelo de la terraza al atardecer, el sonido apagado del tráfico, las persianas que se abren e iluminan, los gatos callejeros que miran hacia las ventanas. Leo “Me gusta la literatura que se parece a los días laborables” y me ubico en el nuevo libro de Iribarren. Diario de K es observar y escribir, es una mirada, un gesto, un recuerdo, captar una luz, el frío, la lluvia del norte, las vías del tren, la reflexión a veces aguda, a veces socarrona de Iribarren. Me reencuentro con la voz de sus poemas, con los decorados de calles, cafeterías y estaciones y los personajes involuntarios, las miradas derrotadas, la inercia de la vida, el paso del tiempo y el cansancio, los paraguas y el cambio de viento, el recuerdo de amores y faldas recogidas, la soledad y esperar a ver qué ocurre. Diario de K va más allá de los aforismos, tiene continuidad y un humor socarrón y afilado.

Mirar la escena, observar los detalles.

Ver, a lo lejos, desde el tren, una estación abandonada bajo la lluvia, y sentir en el alma ese pequeño entusiasmo de lo afín.


b)
Leo en un autobús camino de Madrid, las capas de nubes grises, los destellos difuminados del sol, la silueta de un avión, la oscuridad y la tristeza. Diario de K me lleva a la mirada de Iribarren, las cafeterías y los hoteles, las calles del norte y los paseos solitarios, las ventanas que se iluminan y parecen contener una vida entera, un secreto extraño, las piernas desnudas y los gestos cotidianos. Iribarren me habla de literatura, de Baroja, Juan Ramón Jiménez y Pla, de estaciones de tren abandonadas, de política vasca, de optimistas y conversaciones captadas al azar. Las frases, pequeñas, contundentes, irónicas, se suceden, la sensación del paso del tiempo.

Me gusta mi pequeña vida de paseante solitario.

En el autobús: «Hazme una perdida». Me giro, y veo que sólo es un asunto de teléfonos móviles. Qué pena, con lo bien que ha sonado.


c)
Termino Diario de K en la estación de tren de Bilbao. Levanto la mirada del libro y hay un momento donde confluyen las palabras de Iribarren y lo que tengo ante mí, la gente que corre tras un tren y parece saber dónde va, los que apoyan todo su peso en un bastón y se anclan a la vida, los gestos fugaces de cariño y las esperas. Iribarren se detiene, mira y escribe aquello que ve, y lo hace de manera directa y desnuda, sin artificios, cruza las reflexiones sobre los ricos y optimistas con los gestos entrevistos por el rabillo del ojo, la tristeza con la ironía. Diario de K me hace pensar en una mirada atenta y el misterio de lo cotidiano.




Me he dado un buen paseo, hace un rato. Como era la hora de comer, y hacía un frío importante, las calles estaban prácticamente desiertas. Y esto no es baladí. A los paseantes urbanos avezados nos da la posibilidad, nada despreciable, de cambiar nuestro itinerario habitual, metiéndonos por calles que -por diversas causas, siempre relacionadas con la gente que las frecuenta- normalmente no cogemos. He vuelto a ver, después de mucho tiempo, jardines y estatuas casi olvidados ya, y a la alegría del reencuentro le ha sucedido la tristeza de la nostalgia, porque uno va para mayor, y no hay rincón que no tenga su pequeña anécdota personal, que no forme parte de alguna forma de la biografía de uno. «La vida es así», me he dicho. Y he regresado, entre el frío y contra él, por el camino de siempre, recuperando poco a poco mi escepticismo, y con una sonrisa.

( … )

Queremos la seguridad del refugio y la aventura de la intemperie. Y que no haya heridos ni muertos. Lo queremos todo. Somos como niños: egoístas y cobardes.

( … )

Aquí, en el norte, solemos recordar más los días de sol en los que al final llueve que los días de lluvia en los que acaba saliendo el sol. Yo diría incluso que hay más días del primer tipo, aunque no disponga de datos ahora mismo que fundamente esta afirmación. En cualquier caso, ambos te remiten a la vida. Los primeros te recuerdan, por ejemplo, lo efímera y frágil que puede ser la felicidad. Los segundos, contradiciendo un poco los anteriores, vendrían a decirnos que nunca hay que perder del todo la esperanza. Estos últimos tienen también otra lectura, la del amor tardío.
Karmelo C. Iribarren
Diario de K. (Renacimiento)


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Publicado por elchicoanalogo @ 9:27  | Libros...
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Jueves, 19 de junio de 2014

Si no puedes dormir levántate y navega.
Si aún no sabes morir sigue aprendiendo a amar.
La madrugada no cierra tu mundo: afuera hay estrellas,
hospitales, enormes maquinarias que no duermen.
Afuera están tu sopa, el almacén que nutre tus sentidos
el viento de tu ciudad. Levántate y enciende
las turbinas de tu alma, no te canses de caminar
por todas partes, anota las últimas inmundicias
que le quedaron a tu tierra, pues todo se transforma
y ya no tendrás ojos para el horror abolido.

Levántate y multiplica las ventanas, escupe en el rostro
de los incrédulos: para ellos todo verdor no es más que herrumbre.
Dispara tu lengua de vencedor, no sólo esperes la mesa tranquila
mientras en otros sitios del mundo chillan los asesinos.

Si no puedes soñar golpea los baúles polvorientos.
Si aún no sabes vivir no enseñes a vivir en vano.
Tritura la realidad, rómpete los zapatos auscultando las calles,
no des limosnas. Levántate y ayuda al mundo a despertar.
Fayad Jamís
Mejor es levantarse


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Mi?rcoles, 18 de junio de 2014

Los atardeceres alargados del verano, cuando los insectos volaban sobre los campos de trigo y olía a hierba recién cortada y los tañidos de las campanas parecían indicar que estábamos ante el final de algo, las líneas blancas y amarillas de los últimos rayos de sol antes del titilar de las estrellas, antes de los puntos verdes de las luciérnagas entre las casas abandonadas, antes de las noches para velar a los muertos, el arrullo de los adultos rezando un rosario, nuestras miradas en silencio sentados en las escaleras, tratando de contener la risa o adivinar qué significaban las palabras murmuradas, el silencio último, el golpeo de las cuentas del rosario, el regreso a casa con el haz de una linterna en el camino blanco y la silueta oscura de los árboles, cuando nos llegaba el rumor del río al apagarse el motor de los tractores y volvíamos a sentir nuestra piel mojada y la alegría de los juegos en el agua y se encendían las primeras bombillas en las entradas de las casas, pequeñas hogueras que resplandecían en la oscuridad y trazaban una línea inconexa que se perdía tras los montes y nos hacían soñar con aventuras nocturnas, cuando nos tumbábamos en la hierba para ver girar el cielo sobre nuestras cabezas y seguíamos la estela que dejaba el humo de la cocina de leña sobre el tejado y nos sentíamos libres y alguien llamaba a nuestra puerta y entraba en casa y tocaba su armónica y hablaba de verbenas y amores con chicas de piel blanca y ojos azules y sonreíamos porque eran sueños de un loco, porque eran nuestros sueños.


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Martes, 17 de junio de 2014

Hay un momento en Los Living que me lleva al Tristram Shandy de Sterne, Nito que construye su biografía no a partir de su nacimiento sino en los momentos previos a su concepción, que ve el momento donde sus padres, al fin, consiguen concebir el hijo buscado, el humor desaforado, Nito que se da cuenta de que es todas las pajas de sus padres, todos los intentos previos y que acabaron en fracaso, los óvulos perdidos y los espermatozoides en un pañuelo de papel. Porque, mal que me pese, yo soy eso: ese dedo en el culo, la cachetada consiguiente, el dedo más profundo, la cachetada con más saña, el mordisco fingido en una oreja y su respuesta sin fingir, las tetas apretadas las nalgas exprimidas las bolas relamidas secas, las noches de hoy me duele mi amor, las noches de por qué tardaste tanto, los golpes de riñón, los golpes de cadera, mamá diciéndole no soporto tu olor del aguarrás, mi padre refregándose en la ducha, su pija pelándose en el hoyo, los gritos, la mano que los tapa, los susurros, la piel paspada, gotas. Yo soy todo eso pero soy más que eso: soy cada paja de mi padre, los sábados en el salón de doña Mencha, cada suspiro de mamá con la telenovela de la tarde y su mano entre las piernas sorprendida por un olor picante, sus primeros encuentros, sus recuerdos distintos de esos momentos juntos, sus sorpresas, su ansiedad por verse o por no verse, cada paso que los llevó a sus coitos, sus ilusiones imposibles. Yo soy eso y soy, también, el que les arruinó todo eso cuando me volví la razón de que lo hicieran. Fue cuando mamá entendió que mi padre empezaba a impacientarse por mi ausencia y entendió, poco después, que los días en que sus polvos eran puros encuentros amorosos –o, al menos, digamos, ávidos de sí mismos habían quedado atrás, quién sabe para siempre. Porque yo, al principio, lógicamente, me negaba a nacer: tenía mis razones.

Los Living se inicia con el nacimiento de Nito, la lluvia y la muerte de Perón, tres elementos que confluyen en un mismo día, que parece marcan el camino de Nito en su preocupación por la muerte y cómo, a lo largo de los años, consigue vivir de ella. Y, en esa vista atrás y esa relación con la muerte, la historia reciente de Argentina, la dictadura militar y los desaparecidos, la llegada de Alfonsín, la sombra de Perón, siempre visible, siempre constante, la incertidumbre que define la política argentina.

Nito habla de su nacimiento, del momento en que sus padres se conocieron y vivieron juntos, del momento de su concepción, de la muerte de su padre, de su imagen difusa y heroica y los primeros años de soledad donde intentar entender la vida que le rodea, Nito que se pregunta por el significado de la muerte y de las ausencias que parecen definirle y otorgarle un lugar en el mundo, Nito que crece soñando con Susana Giménez (la irrealidad de unas fotos eróticas por encima de sus compañeras o las mujeres reales entrevistas en las calles) y busca una respuesta a la muerte de su padre, Nito que se encuentra cara a cara con la verdad y la muerte y decide subvertirla y escribe una carta donde fecha e inventa la muerte del hombre que mató a su padre, y le escribe sobre los años previos a su muerte para la viva y la sienta cada día, la angustia de una cuenta atrás.

El humor negro de Martín Caparrós para hablar de la muerte, de nuestra relación con los muertos, de cómo ganarse la vida a través de ella, un muchacho que inventa muertes, un capellán que usa la muerte para anclar la religión en las mentes de sus feligreses, un artista que quiere embalsamar a los muertos y dejarlos en las calles de Buenos Aires para equiparar vida y muerte, para darle un valor y un lugar esencial en nuestra existencia, el espacio definido y delimitado que dejan los muertos entre los vivos.

Los Living avanza de manera irregular, el final es disparatado y surrealista, tiene momentos de verborrea y humor delirante. La idea de muertos embalsamados en el living.





Desesperaban. Imaginaban que el sacrificio no alcanzaba, que no eran capaces de tener un hijo, que la culpa es mía –y lo decían–, que la culpa es tuya –e intentaban callarlo–, que la culpa no es de nadie pero no estamos hechos el uno para el otro, o sea: que no sabemos hacer un hijo juntos. Hasta una noche –que quizá fue otra– en la que todo eso que no tuvo, durante años, ningún fin aparente, terminó por concretarse en mí; todo eso era el camino que esas dos personas, mamá y mi padre, tuvieron que seguir para que una noche de tantas uno de los ochenta millones de espermatozoides que, ya a esa altura, mi padre eyectaba con plena conciencia de su deber de ciudadano, se chocara con un óvulo absorto, distraído de su función y cometido, tan ingenuo de su meta como cualquier otro cacho de carne o sangre, que, de pronto, en el choque, se transformó en el portador de una misión: yo. Aunque, insisto, yo no soy sólo ese óvulo chocado, el espermatozoide fundido en tamaña colisión; yo soy también todos los otros, los errores, las noches sin final: yo soy todos los que no fui. Porque, si no, debería aceptar que el grado de azar que yo –que cualquiera de nosotros– represento es excesivo, despiadado: ¿cómo creer que soy radicalmente distinto de lo que podría haber sido si ese esperma hubiera chocado con el óvulo de al lado o, peor, si el choque hubiera sucedido unos días antes, dos semanas después? Yo no soy ese azar porque soy tanto más que eso; yo soy también todos los espermatozoides que mi padre fue abandonando en una hoja de papel rasposo, en el agua dudosa de un traful, entre dientes o dedos, en el agujero opuesto para mezclarse con la mierda de mamá; soy esos óvulos que se malograron sin siquiera saber que perdían su única chance, esos que se volvieron pestilentes en la toallita higiénica, esos que avergonzaron a mamá manchándole el vestido. Yo soy todo eso –lo fui desde siempre– pero todavía estaba en ese momento extraño en que tenía que buscarme la vida, y podía no encontrarla.

( … )

Su muerte no sólo va a ser una que nunca habría imaginado; va a ser, también, una perfectamente estúpida. La muerte no tiene por qué ser nada muy especial: en general no es especial. Nos cuentan, en general, las muertes operísticas: muertes de héroes y de mártires, muertes de cientos en catástrofes, muertes de sangre y fuego –y nos consuelan: la muerte, al fin y al cabo, es una cumbre. Carentes, obedientes, nos descubrimos pensándola grandiosa: una batalla tremebunda entre las fuerzas de la vida y de la nada, una explosión que despedaza todo, un momento sublime en que, profundo, murmuro con desmayo mis últimas palabras: un fuego un estallido una solemnidad una tragedia. Y, en cambio, suele ser tan banal. Pero la suya, además, será perfectamente estúpida.

( … )

Usted, señor, se está muriendo. Y no me conteste esa vulgata de que todos nos morimos, que en cuanto nacemos empezamos a morirnos, porque no estamos acá para hacer frases de póster. No, no me diga que es cierta, porque ser cierto no significa nada; esa pamplina es cierta como es cierto que hoy es el primer día del resto de su vida o que amar es nunca tener que pedir perdón o esa cara tan cierta de cierto Che Guevara: pavadas para vírgenes. No, acá estamos para que sepa, señor, que usted se está muriendo y que se va a seguir muriendo mucho tiempo. Pero no se ilusione; tampoco le hablo de esa pequeña muerte de no vivir una vida verdadera, de revolear su vida; si fuera por eso no le diría que se muere sino que no ha nacido. No, lo que vengo a decirle e s que usted se va a morir, sin la menor metáfora, durante mucho tiempo. O, si lo quiere más claro: que la célula ya se dividió.
Usted no sabe que la célula ya se dividió: nadie lo sabe todavía. Nadie puede saberlo, nadie puede notarlo: estas primeras divisiones son tan poquita cosa que no le van a producir ningún efecto, y ningún aparato podría descubrirlas. Es interesante; si usted no se hubiera puesto tan pálido podríamos conversar sobre la paradoja de que ciertas cosas se precedan a sí mismas, y podríamos debatir si algo que se define por su efecto existe cuando su efecto no existe todavía. Podríamos, pero no podemos, porque usted ahora sí quiere escuchar: usted se muere por escuchar lo que voy a decirle.
Martín Caparrós
Los Living (Anagrama)


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Lunes, 16 de junio de 2014

"Si es verdad que los hombres se mueren de sí mismos
yo no me moriré. Tú no te mueras."
                                                          JOSÉ LUIS PIQUERO


DESPUÉS DE HABERME DICHO MUCHAS VECES

Después de haberme dicho muchas veces
que debía mirar de otra manera
las cosas, y que a nada conducía,
o tan sólo a pobreza y paranoia,
hacer frente al poder organizado
de los inicuos, tomo nuevamente
las armas y, en constante desacuerdo
con el mundo, me enfrento al sincretismo,
a toda ambigüedad y a la tibieza.

                                         JULIO MARTÍNEZ MESANZA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Cogió la linterna e iba a asestarla a la cara del muerto, pero se arrepintió. ¿Quién era? ¿Cómo sería su cara? ¡Bah! Uno; un enemigo menos. ¿Qué más le daba?


***

Apenas salió al portal cuando llegó un auto con los cañones de los fusiles asomando por las ventanillas en el que venían a buscarle cuatro camaradas.
—¿Listos?
—Listos. Ya ha caído también el otro. Vamos ahora a buscar al tercero, al que ya hemos localizado. Debe de estar en la Gran Vía, al parecer en la terraza de un hotel. Forman una verdadera cadena y tenemos que ir cogiendo los eslabones uno por uno antes de que se haga de día. Aprisa.
Partió el auto con Pedro y sus cuatro camaradas en dirección a la Gran Vía. Penetraron en el hall del hotel, cuchichearon con el camarada del comptoir y subieron a la terraza. Desde allí descubrieron la lucecita que Jiménez debía de seguir manipulando desde la torrecilla de Santa Bárbara para entretener al tercer espía.
Otra lucecita brillaba además de manera intermitente allá lejos, hacia el Oeste.
—¡Allí está también el otro! — exclamó Pedro, lleno de júbilo.
—Debe de ser en la Moncloa.
—No, no; es en Rosales o en la calle Ferraz donde tiene el nido.
Escudriñaron ansiosamente la noche.
—Es en un gran edificio que hay en Rosales, frente al Parque del Oeste; no hay por allí ninguna otra construcción tan alta — concluyó uno de los milicianos después de minuciosas observaciones.
Manuel Chaves Nogales
A sangre y fuego (Austral)


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Viernes, 13 de junio de 2014

Desayuno de campeones es un viaje y un encuentro entre dos hombres, es la locura, la sorna y las reflexiones de Vonnegut sobre la patria, el ser humano, las religiones, la guerra, el racismo, la creación, la sensación de que nada puede parar el desastre al que nos dirigimos, la voz de Vonnegut que pone en solfa nuestras creencias, que se divide entre escritor y personaje, que mezcla ternura con ironía, que dibuja banderas, bombachas, anos y parece que le está contando a un grupo de  niños nuestras debilidades, es un escritor que quiere quitarse de encima todo lo que tiene en la cabeza al llegar a los cincuenta años y mezcla tiempos y realidades hasta que confluyen en un punto.

Etcétera.

***

Hay algo en Vonnegut que me atrapa, su sentido del humor, su forma de ver la vida, su forma de escribir donde parece que no hay un centro, que todo está desordenado, las escenas surrealistas y los personajes que pasan de un libro a otro. Vonnegut pasó por el suicidio de su madre, sobrevivió al bombardeo de Dresde y mira al ser humano con una distancia socarrona, la sorpresa por las acciones que nos definen y nuestra estupidez, la sensación de que la vida podría ser más amable. En Desayuno de campeones conviven escritores de ciencia ficción con vendedores de automóviles, hombres que se travisten los fines de semana con dueños de cines porno, ex convictos que creen en la tierra de las hadas con ricos con robots y el Creador del Universo, pintores de un solo cuadro y el propio Vonnegut que mira a sus personajes desde una mesa y decide su pasado y su futuro, les salva o les condena, se presenta ante ellos y les pregunta por su mayor deseo.

En el piano bar, atisbando a través de mis goteras un mundo de mi propia creación, articulé la palabra esquizofrenia.
El sonido y la apariencia de esa palabra me habían fascinado durante años. Tenía el sonido y la apariencia de un ser humano estornudando en una tormenta de copos de jabón.
No sabía con certeza si tenía esa enfermedad, y no lo sé ahora. Pero sabía y sé esto: lo estaba pasando pésimo por no concentrarme en detalles de la vida que tenían importancia inmediata, y por negarme a creer lo que creían mis vecinos.

***

Desayuno de campeones es el encuentro entre Kilgore Trout y Dwayne Hoover y, entre medias, las explicaciones de Vonnegut sobre las creencias y las costumbres del ser humano con pequeñas definiciones y dibujos, los argumentos de disparatadas novelas de ciencia ficción, la mejor de ellas, la humanidad es, en realidad, una masa de robots inventada por Creador del Universo para poner a prueba al único ser humano real. Trout aún no es famoso, vive en un cuchitril, viaje en un par de  camiones a una feria del arte, Hoover está al límite de la locura, vende coches y un libro de Trout que habla de robots por seres humanos le hace asumir otra realidad.

***

Vonnegut ataca la estupidez humana con un humor despiadado, escribe Desayuno de campeones como una mezcla entre novela y enciclopedia para tontos, no hay una forma estable sino un caos de personajes, historias y reflexiones y etcétera.




Al acercarme a mis cincuenta años, yo estaba cada vez más enfurecido y confundido por las decisiones imbéciles que tomaban mis compatriotas. Y de pronto llegué a compadecerme de ellos, pues entendí cuán inocente y natural era que se portaran de modo tan abominable, y con resultados tan abominables: hacían todo lo posible por vivir como la gente inventada por los libros de narrativa. Por eso los americanos se baleaban con frecuencia: era un cómodo recurso literario para poner fin a los cuentos y los libros.
¿Por qué el gobierno trataba a tantos americanos como si sus vidas fueran tan desechables como un pañuelo de papel? Porque así era como los autores solían tratar a los actores secundarios en sus historias inventadas.
Etcétera.
Una vez que comprendí el motivo por el que Estados Unidos se estaba transformando en un país tan peligroso e infeliz de gente que no tenía nada que ver con la vida real, decidí evitar la narración de historias. Escribiría sobre la vida. Cada persona sería tan importante como las demás. Todos los hechos tendrían el mismo peso. Nada sería excluido. Que los demás pusieran orden en el caos. Yo pondría caos en el orden, y creo que lo he logrado.
Si todos los escritores hicieran eso, quizá los ciudadanos que no se dedican a la literatura comprenderían que no hay orden en el mundo que nos rodea, sino que en cambio debemos adaptarnos a los requerimientos del caos.
Es difícil adaptarse al caos, pero es posible. Soy prueba viviente de ello: es posible.

( … )

En cuanto a mí: había llegado a la conclusión de que no había nada sagrado en mí ni en ningún otro ser humano, de que todos éramos máquinas condenadas a colisionar una y otra vez. Por falta de algo mejor que hacer, nos hacíamos fanáticos de las colisiones. A veces yo escribía bien sobre las colisiones, y eso significaba que yo era una máquina de escribir en buen estado. A veces escribía mal, y eso significaba que era una máquina de escribir en mal estado. Yo era tan poco sagrado como un Pontiac, una ratonera o un torno.
Kurt Vonnegut
Desayuno de campeones (traducción de Carlos Gardini. La bestia equilatera)


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Jueves, 12 de junio de 2014

No puedo
No es posible
Digan que es totalmente imposible
Ahora no puede ser
Es imposible
No puedo.

Díganle que estoy tristísimo, pero no puedo ir esta noche a su encuentro.
Cuéntenle que hay millones de cuerpos para enterrar
Muchas ciudades por reconstruir, mucha pobreza en el mundo
Y las mujeres están volviéndose locas, y hay legiones de ellas carpiendo
La nostalgia de sus hombres; cuéntenle que hay un vacío
En los ojos de los parias, y su desnudez es extrema, cuéntenle
Que la vergüenza, la deshonra, el suicidio rondan los hogares, y es
/preciso reconquistar la vida.
Háganle ver que es preciso que yo esté alerta, vuelto hacia todos los /caminos
Pronto a socorrer, a amar, a mentir, a morir si fuera necesario
Explíquenle, con cuidado -no la lastimen…-- que si no voy
No es porque no quiera: ella sabe; es porque hay un héroe en una cárcel
Hay un labrador que fue agredido, hay un charco de sangre en una plaza.
Cuéntenle, bien en secreto: que yo debo estar listo, que mis
Hombros no se deben curvar, que mis ojos no se deben
Dejar intimidar, que yo llevo a la espalda la desgracia de los hombres
Y no es el momento ahora de parar; díganle, mientras tanto
Que sufro mucho, pero no puedo mostrar mi sufrimiento
A los hombres perplejos; díganle que me fue dada
La terrible participación, y que posiblemente
Deberé engañar, fingir, hablar con palabras ajenas
Porque sé que hay, lejana, la claridad de una aurora.

Si ella no comprendiese, ah procuren convencerla
De ese invencible deber que es el mío; pero díganle
Que, en el fondo, todo lo que estoy dando es de ella y que
Me duele tener que despojarla así, en este poema; que por otro lado
No debo usarla en su misterio: es hora de esclarecimiento
Ni inclinarme sobre mí cuando a mi lado
Hay hambre y mentira; y un llanto de niño solitario, en una calle
Junto a un cadáver de madre, díganle que hay
Un náufrago en medio del océano, un tirano en el poder, un hombre
Arrepentido; díganle que hay una casa vacía
Con un reloj dando las horas; díganle que hay un gran
Aumento de abismos en la tierra, hay súplicas, hay vociferaciones
Hay fantasmas que me visitan de noche
Y que me toca recibir; cuéntenle de mi confianza
En el mañana
Que siento una sonrisa en el rostro invisible de la noche
Vivo en tensión ante la expectativa del milagro; por eso
Pídanle que tenga paciencia, que no me llame ahora
Con su voz de sombra; que no me haga sentir cobarde
Al tener que abandonarla en este instante, en su inconmensurable
Soledad; pídanle, oh pídanle que se calle
Por un momento, que no me llame
Porque no puedo ir
No puedo ir
No puedo.

Mas no la traicioné. En mi corazón
Vive su imagen pertinente, y nada diré que pueda
Avergonzarla. Mi ausencia
Es también un sortilegio
De su amor por mí. Vivo por el deseo de volver a verla
En su mundo en paz. Mi pasión de hombre
Queda conmigo; mi soledad queda conmigo; mi
Locura queda conmigo. Tal vez yo deba
Morir sin verla más, sin sentir más
El gusto de sus lágrimas, verla correr
Libre y desnuda en las playas y en los cielos
Y en las calles de mi insomnio. Díganle que es ese
Mi martirio; que a veces
Pesa sobre mi cabeza la tapa de la eternidad y las poderosas
Fuerzas de la tragedia se abaten sobre mí, y me empujan hacia la /sombra
Pero que debo resistir, que es necesario
Pero que la amo con toda la pureza de mi pasada adolescencia
Con toda la violencia de las antiguas horas de contemplación extática
En un amor lleno de renuncia. Oh, pídanle a ella
Que me perdone, a su triste e inconstante amigo
A quien le fue dado perderse por amor a su semejante
A quien le fue dado perderse por amor a una pequeña casa
Por un jardín al frente, por una criatura de rojo
A quien le fue dado perderse por amor al derecho
De todos a tener una pequeña casa, un jardín al frente
Y una criatura de rojo; y perdiéndose
Sería dulce perderse
Por eso convénzanla a ella, explíquenle que es terrible
Pídanle de rodillas que no me olvide, que me ame
Que me espere, porque soy yo, apenas yo; pero que ahora
Es más fuerte que yo, no puedo ir
No es posible
Me es totalmente imposible
No puede ser no
Es imposible
No puedo.
Vinícius de Moraes
Mensaje a la poesía (traducción de Rodolfo Alonso)

http://www.goear.com/listen/64ee830/mensaje-poesia-vinicius-moraes-en-voz-isabel-tejada-balsas-isabel-tejada-balsas-vinicius-moraes


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Mi?rcoles, 11 de junio de 2014

El tiempo pasa y no lo ves, dijiste.
Estábamos sentados en la playa. La luz de los mercantes en el horizonte, el crepitar del mar, las primeras estrellas en el cielo, el ruido de la fiesta a nuestra espalda, las risas despreocupadas de nuestros compañeros, la silueta difusa de los acantilados, la cresta blanca de las olas. Tu silencio.
Recuerdo que me tumbé en la arena, que por un instante sentí que el cielo se movía como una extraña maquinaria y que el ruido del mar acompañaba el brillo intermitente de las estrellas. Me decías que siempre estaba mirando al cielo, que desaparecía por momentos, que parecía como si estuviese ante una compleja fórmula matemática. Me llamabas astronauta en tierra y sonreías.


En aquellos días de final de COU nos saltábamos las últimas clases para ver El gran héroe americano y viejas películas de invasiones extraterrestres en tu casa. Cerrábamos las ventanas y creábamos una oscuridad mítica. Un haz de luz blanquecino crecía en la pantalla del televisor, un círculo que se hacía cada vez más grande hasta formar primero una imagen difusa y luego completa. El sonido llegaba un segundo más tarde (una explosión tranquila). Nos tumbábamos en el sofá en un silencio sacro, tus piernas apoyadas en las mías, mis manos en tus tobillos, y nos reíamos de un héroe torpe, el único superhéroe que sentíamos cercano, que nos decía que cualquiera podía volar, que podíamos ser tan fuertes como frágiles. Abríamos las persianas y la oscuridad se desvanecía. Nos mirábamos eufóricos y repetíamos los diálogos de la serie, saltábamos del sofá con los brazos abiertos, el mundo giraba sobre nuestras cabezas y nos creíamos invencibles. 
La oscuridad era para la televisión y los sueños, la luz para estudiar latín y filosofía, Cicerone consule, siendo cónsul Cicerón, el mito de la caverna, la política de Aristóteles. Nos reíamos al recordar el paseo donde imitamos a los filósofos peripatéticos y seguimos a nuestro profesor por el patio mientras se preguntaba con su voz apagada si los sentidos nos engañaban (claro que los sentidos nos engañaban, no éramos más que el recuerdo de un dios moribundo). Tú querías ser escritora, yo prefería la historia.
Mirábamos divertidos cómo nuestros compañeros apuraban los últimos minutos antes de los exámenes de selectividad y repetían los mismos párrafos una y otra vez. Nosotros no éramos como aquel filósofo que aseguraba no saber nada, sabíamos qué preguntas podíamos responder y cuáles dejaríamos en blanco. Contábamos chistes malos para destensar los nervios o hacíamos planes para la fiesta de fin de curso (tú querías ligarte a J, siempre tan distante, yo prefería que nos colásemos en el cine, salir de esa otra oscuridad mítica a la noche llenos de imágenes y emociones nuevas, volver andando a casa bajo el cielo estrellado, ver amanecer en silencio y despedirnos hasta la vuelta del verano).


Nos levantamos y nos sacudimos la arena del cuerpo. Las pequeñas luces de la caña de los pescadores iluminaban la orilla del mar. Nos acercamos a ellos, podía sentir el peso de tu silencio, la extrañeza de tus palabras. Había sido una noche extraña. En el autobús pensamos  la frase perfecta que hiciese que J bailase contigo, la sonrisa impetuosa, la sensación de habernos quitado una pesada carga con el último examen, el movimiento de la carretera en nuestros pies y el corazón que parecía entrar en calor. Tú tendrías tu baile y yo mis estrellas. Recuerdo la entrada de la discoteca, las escaleras empinadas que bajaban a una especie de sótano, el viento que venía del mar y nos hacía escupir arena en el suelo, la luz verde tras la puerta de la discoteca, la música de baile, Pepelu sentado en un escalón bebiendo una cerveza entera de un trago, la pista redonda en medio de la discoteca, las chicas maquilladas que parecían mujeres, los chicos que miraban a través del humo de su cigarrillo y me recordaban a Bogart o Gable, el sudor en las frentes, los gestos de excitación, los saltos y los abrazos en el silencio entre las canciones. Era nuestra primera fiesta, no sabíamos qué hacer, cómo comportarnos. Dimos un primer paso y cruzamos una frontera. Nos sentíamos perdidos e intrigados, la música nos empujaba hacia la pista, la oscuridad se mezclaba con la luz, había parejas abrazadas y chicos sentados esperando su turno para bailar. Te señalé a J y te di un pequeño empujón (te susurré, no hay más tiempo que el presente). Salí fuera, la cabeza y los oídos taponados, la sorpresa de sentir mi corazón encogido, la luz de un faro en el horizonte. Pensé en lo que nos esperaba tras el verano, la universidad, los nuevos amigos, sentirse un adulto, todo tan difuso como la estela que dejaba la luz del faro al desaparecer
Anochecía cuando te sentaste a mi lado en la playa. Respirabas agitada, la mirada perdida en el mar, tus palabras sobre no ver el paso del tiempo.


Cogí una piedra de la playa, la limpié de arena y la metí en mi bolsillo. Sonreí, te dije que esa piedra me anclaría al suelo, a la realidad. Buscaste la piedra en mi bolsillo, recuerdo tus manos tan cerca de mi piel, el pequeño ruido a electricidad de la piedra al entrar en el mar, tu gesto de triunfo. Así el cielo será tu realidad, dijiste.
Aquella noche nos sentíamos ante el final de algo. Habíamos cruzado una frontera, ya no éramos niños, nos esperaban las decisiones a tomar, los errores y los malentendidos, los días de soledad y las despedidas con un final agridulce, los amores trastocados, las decepciones y las pequeñas victorias. Necesitábamos algo que desvaneciese nuestro miedo al futuro, dejar de ver el otoño como un lugar inhóspito. Te abracé con suavidad, mis manos por primera vez en tu espalda, tus manos alrededor de mi cuello, el peso de tu cuerpo concentrado en un punto de mi pecho, tu hombro desnudo, el temblor en mis labios. Fue nuestro primer baile. Fue nuestro único baile. Dos náufragos contra el tiempo.


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Lunes, 09 de junio de 2014

"ganas de llorar por las manos"

                                               LAIA LÓPEZ MANRIQUE


SALDOS

Y cada vez más suyo,
más tosco,
más cansado.

Y cada vez más tuyo.
Más dado,
el corazón.

                         ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Laia López Manrique, The Delfonics

Publicado por elchicoanalogo @ 18:46  | Los lunes de Anay
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S?bado, 07 de junio de 2014

(las palabras podadas, los tiempos inventados y los espacios desajustados, el silencio de los lugares comunes y los reikis sólo por hoy, escribir por diez minutos, sólo diez minutos, y recrear un paisaje, un gesto, una emoción, barcos naufragados, pintadas en las paredes y cada pequeña muerte, el movimiento de la luz, los cercos de lluvia y los mensajes grabados en puertas de madera, la niebla y las proas contra la tormenta, la nostalgia del futuro, el pasado trastocado y sentirse ante un final)


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Viernes, 06 de junio de 2014

Caminaba a lo largo del muro con techo de tejas de la universidad cuando decidí cambiar de rumbo y marchar hacia el edificio de la facultad. Al cruzar la verja blanca que rodea el patio, desde un oscuro conjunto de arbustos, bajo unos cerezos que ya se veían negros, me llegó el canto de un insecto. Aminoré la marcha y presté atención a ese sonido, sin ganas de desprenderme de él, tanto que giré sobre mi derecha para no abandonar del todo el patio. Al volverme hacia la izquierda, vi que la verja se abría hacia un terraplén con naranjos y, al aproximarme a ese rincón, se me escapó una exclamación de sorpresa. Mis ojos, brillantes de curiosidad, descubrieron lo que se les revelaba y me apresuré con pasos ágiles.
En el fondo del terraplén se mecía un racimo de hermosos farolillos multicolores, como los que se ven en los festivales de remotas aldeas campesinas. Sin necesidad de más datos, me di cuenta de que se trataba de un grupo de niños que participaban de una cacería de insectos en medio de los arbustos. Eran como veinte farolillos. No sólo las había carmesíes, rosas, violetas, verdes, celestes y amarillos, sino que alguno hasta brillaba con cinco colores al mismo tiempo. También se veían algunos rojos, de forma cuadrada, comprados en alguna tienda. Pero la mayoría eran unos cuadrados y muy bellos que los propios niños habían fabricado con mucho amor y dedicación. Los farolillos que se balanceaban, el grupo de niños en esa solitaria colina, ¿no componían acaso una escena digna de un cuento de hadas?
Cierta noche, uno de los niños de la vecindad había oído el canto de un insecto en esa colina. Se compró un farolillo rojo y volvió a la noche siguiente para buscarlo. A la siguiente, se le unió otro. Este nuevo compañero no podía comprarse un farolillo, así que hizo cortes en el frente y la parte posterior de un cartón, lo empapeló, colocó una vela en la base y le ató una cuerda en la parte superior. El grupo aumentó a cinco, y en seguida a siete. Aprendieron a colorear el papel que tensaban sobre el cartón ya cortado, y a dibujar sobre él. Luego estos sabios niños artistas, cortando de hojas de papel formas como redondeles, triángulos y rombos, y coloreando cada ventanita de un modo distinto, con círculos y diamantes rojos y verdes, lograron un diseño decorativo propio y completo. El niño del farolillo rojo pronto lo descartó por ser un objeto sin gusto que se podía comprar en cualquier tienda. El que se había fabricado el suyo lo desechó porque juzgó su diseño demasiado simple. Lo ideado la noche anterior resultaba insatisfactorio a la mañana siguiente. Todos los días, con tarjetas, papel, pinceles, tijeras, navajas y cola, los niños hacían nuevos farolillos que surgían de su mente y su corazón. ¡Mira la mía! ¡Que sea la más bella! Y cada noche salían a su cacería de insectos. Eran los niños y sus lindos farolillos lo que estaba viendo ante mí.
Extasiado, me quedé dejando correr el tiempo. Los farolillos cuadrados no sólo tenían diseños pasados de moda y formas de flores, sino que los nombres de los niños que las habían construido estaban grabados en caracteres rectos de silabario. A diferencia de los pintados sobre los farolillos rojao, otros (hechaos con cartulina gruesa recortada) llevaban sus dibujos sobre el papel que cubría las ventanitas, de modo que la luz de la vela parecía emanar de la forma y el color del dibujo. Los farolillos resaltaban las sombras de los arbustos. Y los niños se acuclillaban ansiosos en esa colina dondequiera que oyeran el canto de un insecto.
—¿Alguien quiere una langosta?
Un chico, que había estado escudriñando un arbusto a unos tres metros de los otros, se irguió de improviso para gritar esa frase.
—Sí, dámela.
Seis o siete niños se le acercaron corriendo. Se amontonaron detrás del que la había hallado, intentando espiar dentro del matorral. Restregándose las manos y estirando los brazos, el muchacho se quedó de pie, como custodiando el arbusto donde estaba el insecto. Balanceando el farolillo con la mano derecha, volvió a convocar a los otros niños.
—¿Nadie quiere una langosta? ¡Una langosta!
—Yo la quiero.
Cuatro o cinco chicos más llegaron corriendo. Parecía que nadie podría haber cazado un insecto más precioso que una langosta. El muchacho gritó por tercera vez.
—¿Nadie más quiere una langosta?
Otros dos o tres se aproximaron.
—Sí, yo la quiero.
Era una niña, que se ubicó justo a espaldas del chico que había encontrado el insecto. Dándose vuelta graciosamente, éste se inclinó hacia ella. Pasó el farolillo a su mano izquierda y metió la derecha en el arbusto.
—Es una langosta.
—Sí, la quiero tener.
El chico se puso de pie de un salto. Como si dijera «aquí lo tienes», extendió el puño que aferraba el insecto hacia la niña. Ella, deslizando su muñeca izquierda bajo la cuerda del farolillo, envolvió con sus dos manos el puño del muchacho. Él abrió con presteza su puño, y el insecto quedó atrapado entre el pulgar y el índice de la niña.
—Oh, no es una langosta, sino un grillo.
Los ojos de la niña brillaron al mirar el pequeño insecto castaño.
—Un grillo, un grillo.
Los niños repitieron como un coro codicioso.
—Un grillo, un grillo.
Clavando su inteligente y brillante mirada en el chico, la niña abrió la jaulita que llevaba a un costado y depositó en ella al grillo.
—Es un grillo.
—Oh, sí, es un grillo —murmuró el chico que lo había capturado. Sostuvo la jaulita a la altura de sus ojos y observó el interior. A la luz de su bello farolillo multicolor, también sostenido a la misma altura, observó el rostro de la niña.
Oh, pensé, y tuve envidia del chico, y me sentí cohibido. ¡Qué tonto había sido yo al no comprender su acción! Y contuve la respiración. Había algo sobre el pecho de la niña, algo de lo que ni el niño que le había dado el grillo, ni ella que lo había aceptado, ni los niños que observaban se habían percatado.
¿Acaso en la débil luz verdosa que caía sobre el pecho de la niña, no se leía claramente el nombre de Fujio? El farolillo del muchacho, que colgaba al lado de la jaulita de la muchacha, inscribía su nombre, grabado con navaja en la verde apertura empapelada, sobre el blanco kimono de algodón de ella. El farolillo de la niña, que pendía blandamente de su muñeca, no proyectaba su inscripción con tanta claridad, pero era posible distinguir, en una temblorosa mancha roja sobre la cintura del muchacho, el nombre de Kiyoko. De este azaroso juego entre el rojo y el verde —fuera azar o juego— ni Fujio ni Kiyoko estaban enterados.
Incluso si por siempre recordaran que Fujio le había dado el grillo y que Kiyoko lo había aceptado, ni siquiera en sueños llegarían a saber que sus nombres habían quedado inscritos: en verde sobre el pecho de Kiyoko, en rojo en la cintura de Fujio.
¡Fujio! Cuando ya te hayas convertido en un hombre, ríe con placer ante el deleite de una muchacha, a quien le han dicho que se trata de una langosta, y recibe un grillo; y ríe también con cariño ante su desilusión al recibir una langosta cuando le habían prometido un grillo.
Aun si tienes la astucia de buscar solo en un arbusto, alejado de los otros niños, debes saber que no abundan los grillos en este mundo. Probablemente encuentres una muchacha parecida a una langosta a quien veas como un grillo.
Aunque al final, a tu enturbiado y ofendido corazón hasta un verdadero grillo le parecerá una langosta. Y si llegara ese día, cuando te parezca que en el mundo sólo abundan las langostas, me apenará que no puedas recordar el juego de luces de esta noche, cuando tu nombre por efecto de tu hermoso farolillo, se ha inscrito en verde sobre el pecho de una jovencita.
Yasunari Kawabata
La langosta y el grillo (en Historias de la palma de la mano. Traducción de Amalia Sato. Austral)


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Martes, 03 de junio de 2014

Un recluso, una celda de incomunicación y una camisa de fuerza, dejar morir el cuerpo poco a poco para liberar el espíritu y descubrir quiénes fuimos en vidas anteriores, los días atado e inmovilizado que son un cautiverio para el cuerpo y la libertad para el espíritu, ser un niño en una caravana hacia el oeste, un ermitaño egipcio, un náufrago en un islote, un marino que termina sus días en Corea o un legionario romano, despertarse después de cada viaje, volver al confinamiento y cuestionarse por la libertad y la moral de la sociedad, la idea de movimiento continuo, de algo que no se puede detener, estar tranquilo ante la idea de la muerte (porque la muerte no existe y la vida es espíritu) y preguntarse por el siguiente destino.

El inicio de El vagabundo de las estrellas parece colocarnos ante un Jack London distinto de sus cuentos y libros sobre el gran norte o los mares del sur. Un convicto, una celda y su confesión de ser un vagabundo de las estrellas, su capacidad para viajar a las vidas que le precedieron, sus reflexiones sobre las imágenes que captamos en la infancia y que perdemos al crecer y son huellas de un pasado anterior a nuestro nacimiento. Darrell Standing espera a ser ahorcado y escribe sus recuerdos en la cárcel y en otras vidas. Y es ahí, en la narración de otras vidas, donde vuelvo a encontrarme con la aventura, el frío, la soledad, la muerte y la espera de los relatos de London.

Hay caravanas hacia California y enfrentamiento con indios y mormones, hay barcos a la deriva e islotes que son cárceles, hay un marino que llega a Corea y acaba como mendigo, hay tiempos que se cruzan y un hombre que cree ser un vagabundo entre las estrellas. London mezcla aventura y reflexión, acción y pausa, se cuestiona por la reglas extrañas de la sociedad, recupera aquella vieja idea del alma que se reencarna en diferentes cuerpos para sentirse completa, habla de la corrupción y la venganza, del odio, la aventura por la aventura y la espera. Las vidas se suceden y se entremezclan, el dolor de los perseguidos y sitiados, los años de soledad de un náufrago, la paciencia y la venganza de un marino prisionero, las diferentes muertes, el mismo espíritu.

La muerte ya no se simboliza en un lobo que espera la debilidad última de un anciano abandonado o la tensión ante la imposibilidad de encender una hoguera en un paisaje helado, la muerte en El vagabundo de las estrellas es un inicio y una aventura, una especie de eterno retorno de lo idéntico, la derrota de la materia sobre el espíritu. Hay momentos en El vagabundo de las estrellas donde London vuelve a sus aventuras y la cercanía de la muerte, escribe con vigor y ritmo sobre hombres enfrentados a la adversidad o niños que descubren la crueldad en el ser humano, siempre personajes de acción enfrentados a la naturaleza, al ser humano, la valentía contra el egoísmo, la paciencia contra la adversidad, seres que luchan contra el mundo que le rodea e intentan sobrevivir. Y entre esas vidas, la voz imperiosa de Darrell Standing que ve el cuerpo como un recipiente, un vehículo para la experiencia del espíritu y se cuestiona por los avances de la humanidad.

Por momentos, El vagabundo de las estrellas parece una colección de relatos cortos conectados entre sí, la furia y la calma, la reflexión y la aventura, los mares del sur y la utopía del viaje al oeste entremezclados en la confesión de Darrell Standing antes de ser ahorcado.





En primer lugar he de decir que Bergson estaba en lo cierto. La vida no puede explicarse en términos intelectuales. Como dijo Confucio hace mucho tiempo: «Si sabemos tan poco de la vida, ¿qué podemos saber de la muerte?» Y somos verdaderamente ignorantes, pues no podemos entenderla. Sólo conocemos la vida como fenómeno, como un salvaje podría conocer una dínamo, pero no sabemos nada de su verdadera naturaleza.
En segundo lugar, Martinetti se equivocó cuando afirmó que la materia es el único misterio y la única realidad. Opino, y recuerda lector, que cuento con cierta autoridad, opino que la materia es sólo una ilusión. Comte llamaba al mundo, que equivale a la materia, el gran fetiche, y coincido con Comte.
La vida sí que es realidad y misterio. La vida difiere mucho de ser mera materia química en estado de cambio, en el sentido más elevado del término. La vida persiste. La vida es el hilo de fuego que persiste en todas las formas de la materia. Yo lo sé. Yo soy vida. He vivido en diez mil generaciones distintas. He vivido millones de años. He tenido numerosos cuerpos. Y yo, el dueño de todos esos cuerpos, he persistido. Yo soy la vida. Yo soy la chispa insaciable que eternamente deslumbra y asombra al rostro del tiempo, siempre formando mi voluntad y mi pasión en ese torpe conjunto de la materia llamado cuerpo, en el que transitoriamente he habitado.
Es fácil demostrarlo. Este dedo, que con tanta celeridad percibe las sensaciones, tan sutil al tacto, tan delicado en sus muchas destrezas, tan firme y resistente al doblarse, flexionarse o contraerse, este dedo no soy yo. Cortadlo. Yo seguiré vivo. El cuerpo estará mutilado, yo no. Mi espíritu estará completo.
Muy bien. Cortad todos mis dedos. Sigo existiendo. El espíritu está entero. Cortadme ambas manos. Cortadme ambos brazos hasta los hombros. Cortadme ambas piernas hasta la cadera. Y yo, invencible e indestructible, sobreviviré. ¿Soy acaso menos por estas mutilaciones? Ciertamente no. Rapadme el pelo. Rajadme con cuchillas afiladas los labios, la nariz, las orejas, y arrancadme los ojos; y aún así, lloriqueando en un cráneo deforme, adherido a un cuerpo destrozado y rajado, aún así, prisionero de la carne, todavía seguiré existiendo, íntegro e infinito.
Ah, el corazón todavía me late. Muy bien. Arrancadme el corazón, o mejor, introducid los restos de mi carne en una máquina con cien cuchillas, que yo, yo, ¿lo entiendes? estaré fuera; mi espíritu, el misterio, el fuego de la vida, seguirán su camino. No he perecido. Tan sólo el cuerpo perece, y yo no soy cuerpo.

( … )

He vivido numerosas vidas a través de los siglos. El hombre, como individuo, no ha realizado ningún progreso moral en los últimos diez mil años. Estoy convencido de ello. La diferencia entre un potro salvaje y un caballo manso es simplemente una diferencia de adiestramiento. El adiestramiento es la única diferencia moral entre el hombre de hoy y el de hace diez mil años. Bajo la delgada capa de moralidad con que se cubre, el hombre es el mismo salvaje de hace diez mil años. Un recién nacido será un salvaje a menos que sea adiestrado, educado en esa moral abstracta que ha ido acumulándose con el paso del tiempo.
“No matarás”. ¡Menuda estupidez! A mí me van a matar mañana por la mañana. “No matarás”. ¡Mentiras! En los astilleros de todos los países civilizados se construyen hoy acorazados y más acorazados. Queridos amigos, yo, que estoy a punto de morir, les saludo de este modo: ¡Mentiras!
Quisiera preguntarle qué moral de las que se predican hoy es mejor que las que predicaban Cristo, Buda, Sócrates, Platón, Confucio o quien quiera que fuese el autor del Mahabharata. Dios mío, hace cincuenta mil años nuestras mujeres eran más puras, y la familia y las relaciones grupales más rígidas y correctas.
Debo decir que en aquellos días nuestra moral resultaba mucho mejor que la actual. No te rías. Piensa en la explotación infantil, en la corrupción de la policía y los políticos, en la adulteración de la comida y en la esclavitud de las hijas de los pobres. Cuando yo era un Hijo de la Montaña, o un Hijo del Toro, la prostitución no tenía sentido. Éramos puros, te lo aseguro. No podíamos siquiera imaginar tales depravaciones. Sí, éramos puros, igual que lo son los animales hoy en día. Hizo falta que el hombre progresara, ayudado por la imaginación y por la técnica, para que aparecieran los pecados mortales. Los animales son incapaces de pecar.
Jack London
El vagabundo de las estrellas (Mari Luz Ponce Hernández. Alianza editorial)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:39  | Libros...
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Lunes, 02 de junio de 2014

(Recuerdo el polvo tras su coche blanco (la franja roja en la puerta), la curva antes de llegar, el sonido apagado de la gravilla y la tierra, recuerdo su voz profunda, como de caverna, la mezcla de acentos, el gallego y el madrileño, una mezcla que siempre lo colocaba en otro lugar, recuerdo una escopeta de aire comprimido y disparar a una caja de cartón, descubrir que prefería ver a John Wayne detener una diligencia con una escopeta que tener una en la mano, recuerdo subir al coche de la franja roja, recorrer los caminos de la sierra, las curvas continuas, los pequeños cementerios al lado del camino, los letreros descascarillados que decían Lua, San Martín, O Chao, las raíces de los árboles que rompían la tierra, la tarde en el peluquero, los rasgos de sus hermanos en él, recuerdo que me enseñó a jugar al tute en pareja, qué cartas tirar y cuáles guardar, cómo saber qué jugar, ser pausado y esperar el momento adecuado, recuerdo dar vueltas a una rotonda en la carretera del norte después de un funeral, el cielo oscuro, la sonrisa inesperada, recuerdo su pelo blanco y la vez que fue a buscar a las vacas en coche (pasamos la escuela en ruinas y la casa abandonada, el coche detrás de las vacas), recuerdo que me decía que se me iba a pasar el arroz (se lo conté a ib y empezó a llamarme f brillante) y cuando me preguntaba si estaba en Argentina o España en aquel tiempo entre dos países, recuerdo la sorna y el humor gallegos. Recuerdo tres corazones)


Los lunes de Anay. Latencias...

"Es imposible astucia
la de acertar contigo"
                                   GERARDO DIEGO


TE TRAES

Saber que andas por ahí
chiquita
comiéndote el mundo con esos ojos
que ya han visto demasiado.
Que no discutes con los pájaros
porque sabes que siempre tienen la razón
(hasta los buitres).
Y que tus piernas largas
dibujan signos de preguntas
que la vida se niega a responder.

Que duermes poco para no perderte nada
y sospechas que todo ocurre en el instante
en que descansas.
Que no les robas las monedas a los ciegos del amor
ni les compras cupones de la ONCE
para no ganar con trampa.

Que has llorado lo justo y la injusticia.
Que te abres como se abre la mañana
cuando el día merece la alegría.

Que eres tímidamente temeraria
escandalosamente discreta
coherente hasta la contradicción
cometa subterráneo
volcán hecho de nubes
sangre que enciende fuegos
en lugar de apagarlos.

Saber andas por ahí
chiquita
y que en algún parpadeo me tocas
o te tocas
sin analizar el precio de los actos
ni la cotización bursátil del deseo
hace que el día siga teniendo
el tacto de tus noches.

Y por lo tanto
me río en la cara de los calendarios
mientras las sábanas bailan
cuando no las veo
un tango feliz de bienvenida.

Y yo
bicéfalo al pensarte
sonrío a nadie,
o sea a ti
que llegas y te traes
con esos ojos que ya han visto demasiado
y por suerte
no se cansan
todavía
de mirarme.

                       CARLOS SALEM




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Gerardo Diego, Carlos Salem, Zucchero

Publicado por elchicoanalogo @ 18:22  | Los lunes de Anay
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Domingo, 01 de junio de 2014

...a su modo de ver, la felicidad canina era más que sentirse querido. También consistía en sentirse necesario. (Tombuctú. Paul Auster)

Se llaman Homer, Zintzo, Togo, Lagun, Mancho, Río, Sebas, Jules, Tren, son setters, mestizos, pastores alemanes, mastines, mil leches, beagles, los han abandonado o apalizado o han vivido encadenados durante uno, dos años, llegaron desorientados, con marcas y cicatrices en sus cuerpos (y, aún así, su mirada franca y noble), se acercan con curiosidad y con ganas de jugar, los lametones y los saltos para captar tu atención, las patas delanteras en tu pecho y las traseras ancladas a la tierra (un abrazo inesperado y abierto), tiran de la correa y husmean entre las plantas y las raíces de los árboles, corren detrás de piñas, palos o pelotas, dejan la piña, el palo o la pelota a tus pies y piden más (más fuerte, más lejos, más difícil), aprenden a confiar de nuevo en las personas y superan sus miedos, se quedan quietos en la bañera y se dejan limpiar, a veces buscan tu mano enjabonada para que le acaricies la cabeza, el lomo, las orejas, se restriegan contra la tierra, contra el barro, y dejan las marcas de sus patas en tu ropa, te retan a correr y te reciben con saltos homéricos e impetuosos, te agotan y te sacan una sonrisa, te animan y te cuidan, y, como Mister Bones, buscan sentirse necesarios.




El próximo sábado, 7 de junio, S.O.S. Bilbao organizará un rastrillo solidario en la plaza Gernika de Santurtzi. Será divertido, habrá un poco de todo, ropa, libros, muebles, cuadros, abalorios, estarán algunos de los perros de la protectora. El dinero recaudado se destinará al mantenimiento de los perros y gatos de la protectora.

Web de SOS Bilbao

Facebook de SOS Bilbao

Twitter de SOS Bilbao

Centro canino Euskalmushing


En estas fechas en las que empezamos a planear las vacaciones de verano, aprovecharemos este día para transmitir una idea: ¿TE ABANDONARÍA ÉL POR UNAS VACACIONES?

Viajar con la familia peluda no siempre es la mejor opción, pero eso no justifica el abandono. El Centro canino Euskalmushing, con el que colaboramos, ofrece una alternativa para los perros que tienen que quedarse, con la garantía de que serán cuidados por grandes profesionales y personas.

Con colaboración de Euskalmushing, intentaremos concienciar a los asistentes de que hay opciones para todos en vacaciones, también para nuestros peludillos que, O VIENEN CON NOSOTROS, O NOS ESPERAN AQUÍ.

Además, habrá actividades para los niños y visita de los perros que esperan un hogar en Euskalmushing.

Os animamos a acercaros a echar una ojeada, comprar, conocernos y colaborar trayendo objetos que ya no uséis. También podéis aprovechar para traer mantas, material sanitario, huesos para los perros, piensos... o lo que queráis que hagamos llegar a los perros y gatos abandonados que atendemos.

Si tienes cualquier duda, escríbenos a [email protected]


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:01  | Notas de prensa
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