Mi?rcoles, 16 de julio de 2014

En un momento de Insomnio, el narrador dice que nos gustan que nos cuenten historias porque nos traen noticias del loco mundo en que vivimos. E Insomnio es eso, un puñado de historias y personajes que se replantean su vida, lo que soñaron y lo que consiguieron, los deseos truncados y la realidad, la soledad y la forma de estar en el mundo, el pasado y adecuarse a un nuevo tiempo.

El narrador de Insomnio es escritor, observa la vida con cierta distancia, cuenta su historia, la de quienes le rodean, y a través de ellas, de las historias, construye un mapa donde la soledad, las fases y la búsqueda del amor, las relaciones que se difuminan con el tiempo, el pesimismo y el dolor de la lucidez, sentirse perdido y preguntarse qué es la felicidad son las coordenadas. Chivite combina la nostalgia y la ironía en la voz del narrador, un poeta que acaba como columnista, que ve los vaivenes en la vida de sus amigos, en su propia vida, que se pregunta por el propósito de nuestros sueños y deseos, que habla a veces con pausa, a veces con nervio, sobre derrotas y la forma de adecuarse al paso del tiempo (la desilusión y sorpresa por no encontrarse donde uno pensó que estaría)

Hay una escritura sencilla y honda en Insomnio, una voz que habla de la percepción del mundo, del tiempo transcurrido, de las ilusiones y los planes dejados atrás, una voz que es testigo de varias vidas, hombres que viven en casas de paredes negras o aislados en una casa en el monte o que ven cómo muere cada persona que quiere, mujeres que andan al borde de un abismo y se dejan tragar por él o que dejan constancia de cada sueño. Y entre esos hombres y mujeres, un escritor que intenta comprender cómo han llegado hasta la barrera de los cuarenta años, cuántas heridas, errores y lucidez quedaron en el camino.

En Insomnio hay nostalgia y reflexión, hay un ritmo pausado y una suave tristeza, hay un narrador que se cuestiona sobre la vida y los cambios que sufrimos, hay la sensación de algo que se escapa, sin poder evitarlo, entre los dedos de la mano, un anhelo, un viejo sueño, un tiempo diferente. Y, sobre todo, hay un último deseo, una ventana, el mundo que está ahí, a nuestro alcance (para nosotros), y hacerse con él de manera pausada, sin miedo.





Se llega a una edad en la que uno se dice a sí mismo: esto es lo que hay. Y no me refiero a lo que la vida da de sí, porque eso nunca se sabe. Ahí si que podemos llevarnos grandes sorpresas. En ese sentido, permítanme que lo diga tan bruscamente, la vida es una perfecta hijadeputa. Me refiero, más bien, a lo que uno acaba siendo en realidad. Y a lo que uno llega a saber (a averiguar, muchas veces con decepción) de sí mismo. A esa especia de aceptación final, de tratado de paz que cada cual firma con la vida cuando comprende hasta donde será capaz de llegar.
Por mi parte, descubrí la voluptuosidad del dejarse vencer a una edad demasiado temprana. Y eso me incapacitó para la competición. Me di cuenta de que lo mío era ir despacio. Parándome cada pocos pasos. Con las manos en los bolsillos y silbando a ser posible una alegre canción. Y acto seguido (quizá a propósito de lo anterior), aprendí una extraña jugada: que no hay nada más que dejar a cada cual con su error. Quizá suene un poco cínico, pero no lo es en absoluto. La gente te lo agradece emocionada. Oyes sus fantasías con aire despreocupado y a continuación te despides de ellos con una amable sonrisa.

( … )

Nos encanta que nos cuenten historias no sólo porque sean deliberadamente felices o condenadamente tristes y en el fondo igualmente consoladoras y catárticas. Sino también porque nos traen noticias de ese loco mundo en que vivimos. Porque nos ayudan a vislumbrar lo que se avecina. Y lo que perfectamente podría llegar a ocurrirnos en cualquier momento. En el momento más inesperado. La locura, el abandono, la enfermedad, la muerte.

( … )

Una vez, hace años, me contó su filosofía de vida en cuatro frases. Estábamos sentados el uno frente al otro. Me miró a los ojos con los párpados caídos, levantó la mano izquierda por encima de la mesa y fue sacando uno a uno los cuatro dedos del puño cerrado. Dijo:
-Primero: no hay que temer a los dioses. Segundo: la muerte no es interesante porque no la vemos. Tercero: se puede vivir con poco. Y cuarto: la infelicidad debilita.
Fernando Luis Chivite
Insomnio (Acantilado)


Tags: Insomnio, Fernando Luis Chivite, Acantilado

Publicado por elchicoanalogo @ 6:09  | Libros...
Comentarios (2)  | Enviar
Comentarios

Hola. He llegado aquí a través de anobii. Casualmente, acabo de leer Insomnio, creo que a mí me ha gustado menos. Estoy a punto de escribir una reseña en mi blog http://orlandiana.blogspot.com y, como es dificil intercambiar impresiones porque es un libro que no ha leído casi nadie, me gustaría comentarlo contigo. Un saludo

Publicado por Molina de Tirso
S?bado, 19 de julio de 2014 | 14:13

Hola. Insomnio fue una gran lectura, me gusta Chivite, te recomiendo La tapia amarilla, una preciosidad de novela.

Estaré atento a tu blog, en cuanto lea tu reseña comentamos impresiones. Un saludo

Fernando

Publicado por elchicoanalogo
S?bado, 19 de julio de 2014 | 14:56