Viernes, 18 de julio de 2014

Recuerdo cuánto me costó aceptar la evidencia. Docenas de veces nos escondíamos en la penumbra, en aquel banco, y nos contemplábamos con tristeza. En mí se insinuaba un comienzo de desprecio, y en ella un comienzo de humildad y veneración.
En otoño nos mudamos a otro bloque, en Ştefan cel Mare, y al cabo de unos años empecé la escuela. No me acuerdo de nada relacionado con los cuatro primeros años de escuela, aparte de lo sucedido en un campamento, al que fui de vacaciones entre tercero y cuarto. Estábamos alojados en unos pabellones largos, con dormitorios para treinta niños, y todo el complejo estaba situado en medio de un bosque. Aquel bosque, con su magia, con la ataraxia de la infinita vegetación, con las miles de formas de los troncos, de las raíces, de la podredumbre, con las cúpulas enrarecidas, con las rayas de luz que caían entre las hojas transparentes, es uno de los lugares más mágicos donde he estado nunca. Caminábamos todo el día por el bosque, tallábamos barquitos con cortezas de alerce, peleábamos y jugábamos al fútbol. Estábamos divididos en grupos, según la edad, por una parte los chicos y por otra las chicas. Ellas recogían campanillas y otras flores silvestres, se hacían coronitas de margaritas, recolectaban fresas entre la hierba soleada. Por la noche, nosotros, los chicos, nos reuníamos en el alféizar interior —inusualmente ancho— de las ventanas y allí, sobre la losa de mármol, detrás de los cortinones, nos daba por contarnos historias de miedo. Hablábamos sobre sonámbulos que andan toda la noche por la casa con los ojos cerrados; si los despiertas se mueren al instante y tú puedes volverte loco. Entre nosotros había un chico con un aspecto llamativamente más maduro que el nuestro, cuyo vocabulario parecía también de adulto, y que, a aquella edad tan inusual, se sabía de memoria El cuervo de Poe. El chico se llamaba Traian. Quién era, en qué se habrá convertido hoy, qué enfermedad sufría por entonces, no lo sé ni siquiera hoy en día.
Mircea Cărtărescu
Nostalgia (traducción de Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta)


Tags: Mircea Cărtărescu, Nostalgia, Marian Ochoa de Eribe, Impedimenta

Comentarios