S?bado, 26 de julio de 2014

Las pesadillas recurrentes y una toma de conciencia sobre el propio pasado, el encuentro entre una escritora y una mujer de campo, una curiosa e inocente, la otra hermética y trabajadora, los secretos tras las puertas y las apariencias que engañan, una pequeña abertura y los recuerdos de una infancia dura (dos cadáveres calcinados en el suelo y uno arrojado en un pozo, el trabajo desde la niñez e intentar sobrevivir a una guerra mundial y la llegada del comunismo), los límites entre ambas mujeres que se difuminan poco a poco y un punto donde ambas se encuentran, los rezos y las misas y las diferentes caras de un dios mudo, los animales abandonados y la crueldad, ayudar a quien quieres y que todo se resquebraje.

La puerta es una larga confesión de Szabó, su relación con Emerenc, una extraña y distante mujer, portera y criada de un barrio de Budapest, una lucha de poder que se convierte en amistad, confesión y, finalmente, derrota y una intimidad decepcionada. Szabó analiza esta lucha entre ella y Emerenc a lo largo de los años, cómo es Emerenc quien al inicio está por encima de la escritora y decide cuándo y cómo trabaja, quien deja su puerta cerrada para que nadie conozca su secreto, la razón de su soledad. Szabó observa la figura menuda y fuerte de la mujer, sus gestos cotidianos, la cara sombreada por un pañuelo, la distancia entre criada y ama, intenta escarbar en su misterio, preguntarse qué esconde tras su gesto austero y su puerta cerrada, busca una cercanía sin saber qué la motiva a ello.

La puerta es la figura de Emerenc, su misterio que se deshace con los años y la convivencia, sus recuerdos que surgen de improviso en una conversación cotidiana, la sensación que hay algo que no acaba de cuadrar, que hay algo más bajo su expresión concentrada. Szabó escribe un diario de estos descubrimientos, la intimidad que se abre paso poco a poco, la puerta que separa a ambas, ella una burguesa de vida apacible, Emerenc que sólo conoce la miseria, las conversaciones sobre Dios y la realidad, (las bromas de Emerenc sobre las misas de Szabó ), los cambios políticos de Hungría, el recuerdo doloroso de la segunda guerra mundial y la llegada del comunismo. Szabó escribe para comprender, para desterrar una pesadilla recurrente, para buscar su propia redención. La lucha por el poder cambia, ya no es la criada quien manda y decide desde el momento que abre su puerta a Szabó y comparte su secreto y su vida entre esas cuatro paredes.

Szabó habla de la lucha de poder que se entabla en cualquier relación, de las apariencias y las realidades (una mujer austera y dura que esconde a alguien bondadoso y afable), del pasado reciente de Hungría, de la disyuntiva entre permanecer fiel a un secreto aunque equivalga a la muerte de la amiga o de intervenir y causar la peor de las vergüenzas, dejar abierta una puerta que siempre permaneció cerrada como salvación, libertad e intimidad.





Quise confirmar si procedía de Hajdúság, y ella, en vez de mostrarse contenta con la pregunta como yo esperaba, se limitó a asentir con la cabeza, agregando que procedía de Nádori, o, mejor dicho, de una población colindante llamada Csabadul. Pero enseguida cambió de tema, en clara señal de que no tenía intención de seguir hablando de esos asuntos. Solo después de varios años comprendería, como tantas otras cosas sobre ella, que esa pregunta acerca de su pasado le había parecido demasiado indiscreta, incluso chismosa. Emerenc no había estudiado a Heráclito, pero era más sabia que yo; yo, que siempre que podía visitaba mi ciudad abandonada buscando las huellas de lo desaparecido, de lo irrecuperable, de las casas que proyectaron su sombra sobre mi rostro en la infancia, de mi hogar perdido para siempre, de todo lo que ya jamás encontraría, preguntándome por dónde correría ese río que arrastraba a la deriva los retazos rotos de mi vida. Emerenc era demasiado sabia para perder el tiempo con imposibles, empleaba toda su energía en encontrar algo en el futuro que le permitiera remediar el pasado. Sin embargo, aún habría de transcurrir mucho tiempo para que yo pudiera comprender todo eso.

( … )

Si se pudiera hablar de la formación literaria de Emerenc, esta quedaría determinada, desde el episodio inicial del abrevadero, por las peripecias de su vida y por las influencias transmitidas por las personas a cuyo servicio había estado. Sin embargo, la dura realidad de la Hungría de aquellos decenios que le tocó vivir, en que la cotidianidad estaba impregnada de una falsa retórica política que odiaba, terminó matando en Emerenc cualquier indicio de sensibilidad poética que hubiera podido albergar hacia el mundo circundante si hubiesen sido otras las circunstancias. Y, para la época en que cambió el tono del discurso político, ya era tarde para recuperar ese interés natural suyo por cultivar la mente. Estaba demasiado afectada, y con el corazón roto por sus múltiples traumas personales: los dolorosos recuerdos de su prometido y único gran amor, el panadero linchado por la turba durante la Revolución de las rosas de otoño de 1918, y, más adelante, los del otro novio que acabó quitándole todo. Emerenc nunca sabría que había llegado, a su manera, a la misma conclusión que el capitán Butler, el cínico protagonista de Lo que el viento se llevó: no volvería a exponer sus sentimientos a ningún riesgo, por nada ni por nadie. Cualquier mujer provista de una mente tan lúcida, con la capacidad para el análisis y el frío razonamiento lógico que yo atribuía a Emerenc, habría aprovechado la coyuntura progresista que, tras la Segunda Guerra Mundial, se abrió para las capas humildes y les ofreció unas posibilidades casi ilimitadas para estudiar y medrar en la escala social. Emerenc, cuya vida estaba regida por sus propias leyes, las rechazó todas. No le interesaba en absoluto cultivarse ni destacar en nada, como tampoco luchar por el bien de la comunidad bajo las pautas de las campañas ideológicas. Prefería decidir por sí sola cómo, cuándo y a quién ayudar; se sentía feliz repartiendo sus guisos de comadrona entre los convalecientes o socorriendo a los gatos necesitados del barrio. No leía la prensa, no escuchaba noticias, y la palabra «política» había quedado excluida de su vocabulario. Cuando en ocasiones tenía que pronunciar el nombre de Hungría, lo hacía sin ningún trasfondo de patriotismo sentimentalista.

( … )

Durante mis años de estudiante universitaria sentía una gran aversión hacia Schopenhauer. Más adelante, la experiencia me enseñó a aceptar una de sus tesis: aquella que sostiene que toda relación afectiva nos hace vulnerables ante el sufrimiento, y que cuantos más lazos de este tipo establezcamos en la vida, más flancos débiles tenemos. Me costó bastante asumir que Emerenc también se había convertido en parte integrante de mi vida, y me atormentaba la idea de que un día pudiera dejarme: si yo la sobrevivía, sería una presencia más en la galería de mis fantasmas, que, invisible pero omnipresente y perturbadora, me angustiaría sin un momento de alivio.
Magda Szabó
La puerta (traducción de Màrta Komlòsi. Debolsillo)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:12  | Libros...
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