Lunes, 28 de julio de 2014

Es rápido el siglo. Si yo hubiera sido viento,  
habría pelado las cortezas de los árboles
y las fachadas de las casas de los suburbios.

Si fuese oro, me habrían escondido en sótanos,
bajo tierra arenosa y entre juguetes rotos,  
me habrían olvidado los padres, mas sus hijos
continuarían recordándome eternamente.

Si fuese perro, nunca habría tenido miedo
a los refugiados, si yo hubiera sido luna
no me habrían asustado las ejecuciones.

Si yo hubiese sido reloj de pared,
habría ocultado las grietas que hay en los muros.

Es rápido el siglo. Resistimos los seísmos
leves mirando hacia el cielo en vez de hacia la tierra.
Abrimos ventanas para que entre todo el aire
llegado de lugares que no hemos visitado.
Las guerras no existen desde que alguien cada día
ataca nuestro corazón. Es rápido el siglo.
Más rápido aún que la palabra.
Si estuviese muerto todos me creerían
cuando me callo.
Nikola Madzirov
Es rápido el siglo (en Lo que dijimos nos persigue. Traducción de Yolanda Castaño y Marija Petrovska. Pre-textos)


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S?bado, 26 de julio de 2014

Las pesadillas recurrentes y una toma de conciencia sobre el propio pasado, el encuentro entre una escritora y una mujer de campo, una curiosa e inocente, la otra hermética y trabajadora, los secretos tras las puertas y las apariencias que engañan, una pequeña abertura y los recuerdos de una infancia dura (dos cadáveres calcinados en el suelo y uno arrojado en un pozo, el trabajo desde la niñez e intentar sobrevivir a una guerra mundial y la llegada del comunismo), los límites entre ambas mujeres que se difuminan poco a poco y un punto donde ambas se encuentran, los rezos y las misas y las diferentes caras de un dios mudo, los animales abandonados y la crueldad, ayudar a quien quieres y que todo se resquebraje.

La puerta es una larga confesión de Szabó, su relación con Emerenc, una extraña y distante mujer, portera y criada de un barrio de Budapest, una lucha de poder que se convierte en amistad, confesión y, finalmente, derrota y una intimidad decepcionada. Szabó analiza esta lucha entre ella y Emerenc a lo largo de los años, cómo es Emerenc quien al inicio está por encima de la escritora y decide cuándo y cómo trabaja, quien deja su puerta cerrada para que nadie conozca su secreto, la razón de su soledad. Szabó observa la figura menuda y fuerte de la mujer, sus gestos cotidianos, la cara sombreada por un pañuelo, la distancia entre criada y ama, intenta escarbar en su misterio, preguntarse qué esconde tras su gesto austero y su puerta cerrada, busca una cercanía sin saber qué la motiva a ello.

La puerta es la figura de Emerenc, su misterio que se deshace con los años y la convivencia, sus recuerdos que surgen de improviso en una conversación cotidiana, la sensación que hay algo que no acaba de cuadrar, que hay algo más bajo su expresión concentrada. Szabó escribe un diario de estos descubrimientos, la intimidad que se abre paso poco a poco, la puerta que separa a ambas, ella una burguesa de vida apacible, Emerenc que sólo conoce la miseria, las conversaciones sobre Dios y la realidad, (las bromas de Emerenc sobre las misas de Szabó ), los cambios políticos de Hungría, el recuerdo doloroso de la segunda guerra mundial y la llegada del comunismo. Szabó escribe para comprender, para desterrar una pesadilla recurrente, para buscar su propia redención. La lucha por el poder cambia, ya no es la criada quien manda y decide desde el momento que abre su puerta a Szabó y comparte su secreto y su vida entre esas cuatro paredes.

Szabó habla de la lucha de poder que se entabla en cualquier relación, de las apariencias y las realidades (una mujer austera y dura que esconde a alguien bondadoso y afable), del pasado reciente de Hungría, de la disyuntiva entre permanecer fiel a un secreto aunque equivalga a la muerte de la amiga o de intervenir y causar la peor de las vergüenzas, dejar abierta una puerta que siempre permaneció cerrada como salvación, libertad e intimidad.





Quise confirmar si procedía de Hajdúság, y ella, en vez de mostrarse contenta con la pregunta como yo esperaba, se limitó a asentir con la cabeza, agregando que procedía de Nádori, o, mejor dicho, de una población colindante llamada Csabadul. Pero enseguida cambió de tema, en clara señal de que no tenía intención de seguir hablando de esos asuntos. Solo después de varios años comprendería, como tantas otras cosas sobre ella, que esa pregunta acerca de su pasado le había parecido demasiado indiscreta, incluso chismosa. Emerenc no había estudiado a Heráclito, pero era más sabia que yo; yo, que siempre que podía visitaba mi ciudad abandonada buscando las huellas de lo desaparecido, de lo irrecuperable, de las casas que proyectaron su sombra sobre mi rostro en la infancia, de mi hogar perdido para siempre, de todo lo que ya jamás encontraría, preguntándome por dónde correría ese río que arrastraba a la deriva los retazos rotos de mi vida. Emerenc era demasiado sabia para perder el tiempo con imposibles, empleaba toda su energía en encontrar algo en el futuro que le permitiera remediar el pasado. Sin embargo, aún habría de transcurrir mucho tiempo para que yo pudiera comprender todo eso.

( … )

Si se pudiera hablar de la formación literaria de Emerenc, esta quedaría determinada, desde el episodio inicial del abrevadero, por las peripecias de su vida y por las influencias transmitidas por las personas a cuyo servicio había estado. Sin embargo, la dura realidad de la Hungría de aquellos decenios que le tocó vivir, en que la cotidianidad estaba impregnada de una falsa retórica política que odiaba, terminó matando en Emerenc cualquier indicio de sensibilidad poética que hubiera podido albergar hacia el mundo circundante si hubiesen sido otras las circunstancias. Y, para la época en que cambió el tono del discurso político, ya era tarde para recuperar ese interés natural suyo por cultivar la mente. Estaba demasiado afectada, y con el corazón roto por sus múltiples traumas personales: los dolorosos recuerdos de su prometido y único gran amor, el panadero linchado por la turba durante la Revolución de las rosas de otoño de 1918, y, más adelante, los del otro novio que acabó quitándole todo. Emerenc nunca sabría que había llegado, a su manera, a la misma conclusión que el capitán Butler, el cínico protagonista de Lo que el viento se llevó: no volvería a exponer sus sentimientos a ningún riesgo, por nada ni por nadie. Cualquier mujer provista de una mente tan lúcida, con la capacidad para el análisis y el frío razonamiento lógico que yo atribuía a Emerenc, habría aprovechado la coyuntura progresista que, tras la Segunda Guerra Mundial, se abrió para las capas humildes y les ofreció unas posibilidades casi ilimitadas para estudiar y medrar en la escala social. Emerenc, cuya vida estaba regida por sus propias leyes, las rechazó todas. No le interesaba en absoluto cultivarse ni destacar en nada, como tampoco luchar por el bien de la comunidad bajo las pautas de las campañas ideológicas. Prefería decidir por sí sola cómo, cuándo y a quién ayudar; se sentía feliz repartiendo sus guisos de comadrona entre los convalecientes o socorriendo a los gatos necesitados del barrio. No leía la prensa, no escuchaba noticias, y la palabra «política» había quedado excluida de su vocabulario. Cuando en ocasiones tenía que pronunciar el nombre de Hungría, lo hacía sin ningún trasfondo de patriotismo sentimentalista.

( … )

Durante mis años de estudiante universitaria sentía una gran aversión hacia Schopenhauer. Más adelante, la experiencia me enseñó a aceptar una de sus tesis: aquella que sostiene que toda relación afectiva nos hace vulnerables ante el sufrimiento, y que cuantos más lazos de este tipo establezcamos en la vida, más flancos débiles tenemos. Me costó bastante asumir que Emerenc también se había convertido en parte integrante de mi vida, y me atormentaba la idea de que un día pudiera dejarme: si yo la sobrevivía, sería una presencia más en la galería de mis fantasmas, que, invisible pero omnipresente y perturbadora, me angustiaría sin un momento de alivio.
Magda Szabó
La puerta (traducción de Màrta Komlòsi. Debolsillo)


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Jueves, 24 de julio de 2014

Serás puro:
tres vestidos,
una escudilla para recoger la limosna.
Serás bueno:
la mejilla,
luego la otra mejilla para que te abofeteen.
Serás fuerte:
tu vida,
luego la otra vida en la que te transformarás en dios.
Serás humilde como un guijarro,
como un pichón que sale del huevo.
Serás lo que debes ser
para alguna verdad,
para algún amor,
para algún orden invisible.
Y serás recompensado,
bestia de carga y de ensueños.
Y serás castigado,
animal cargado de piedras
y de nada.
Nunca serás tú mismo.
Alain Bosquet
Futuro (traducción de Enrique Moreno Castillo)


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Martes, 22 de julio de 2014

Un cable entre dos rascacielos y un funámbulo sobre las calles de Nueva York (una sombra en el cielo y la idea de algo extraordinario), un puñado de personajes bajo el funambulista que intentan sobrevivir en la ciudad, un cura entre prostitutas que vive a través del dolor y la renuncia, unas prostitutas bajo un puente a la espera de que un coche se detenga junto a ellas, un grupo de madres que se reúnen para hablar de sus hijos muertos en Vietnam, una pareja de artistas que quieren subvertir el orden y el tiempo (sus cuadros a la intemperie, que sea la lluvia o el calor quien termine sus obras y las cambie por completo), unas niñas que pierden el único hogar que conocían, unos seres que también son funámbulos.

Que el vasto mundo siga girando es un rompecabezas de historias y lugares. McCann usa la hazaña de Philippe Pettit, su paseo sobre un cable tendido entre las Torres gemelas de Nueva York, para  hablar sobre un puñado de vidas que orbitan alrededor del dolor y la supervivencia. Mientras el funámbulo camina por el cable y se tumba en él o da pequeños saltos, unos personajes desconectados en un principio entre sí caminan entre sueños y miedos por las calles de Nueva York (la ciudad como un personaje más. Está el Bronx, los edificios en ruinas y el abandono, está Park Avenue y los cuadros de Miró colgados de la pared, están los grafitos en los túneles del metro y el centro de negocios. Y sobre todos ellos, la sombra de un hombre en un equilibrio precario, ajeno a todo).

McCann habla de personajes desarraigados, de vidas en el abismo, del dolor que llevamos dentro y que a veces es una carga y a veces da sentido a nuestra existencia, de ir más allá de nuestras fuerzas como renuncia a una vida plácida, de la muerte como motor de un cambio, de nuestras raíces y recuerdos. Y lo hace de manera sencilla, pausada, una mirada desde la altura de un funámbulo, miradas fragmentadas que forman un todo, el día donde un hombre caminó en el cielo, una furgoneta volcó en la autopista, una mujer intenta hacer visible el dolor por la pérdida de su hijo.

Siento Que el vasto mundo siga girando una novela irregular, la sensación de algo ya leído, la tensión de algunas partes se deshace en otras, parece una pequeña montaña rusa. Hay buenos momentos, el cura que se debate entre su dios y la vida, que hace del dolor un camino a seguir. O el grupo de madres que se reúne para recordar ausencias. O el propio funámbulo, que entrena alejado de la ciudad su paseo entre las torres. Personajes e historias que se cruzan a lo largo de la novela hasta que confluyen en un punto.





En la calle Church. Liberty. Cortlandt. La calle West. Fulton. Vesey. Era un silencio que se oía a sí mismo, atroz y hermoso. Al principio algunos pensaron que se trataba de un fenómeno luminoso, una forma casual debida a la manera en que caían las sombras. Otros imaginaron que era la perfecta broma de la ciudad; detenidos y señalando hacia arriba, los transeúntes se congregaban, alzaban las cabezas, asentían, afirmaban, todos miraban arriba, a nada en absoluto, como si esperasen el final de un gag de Lenny Bruce. Pero cuanto más se prolongaba la espera, más seguros estaban. Él se encontraba en el borde mismo del edificio. Su silueta oscura chocaba contra el gris de la mañana. Tal vez era un limpiador de ventanas. O un trabajador de la construcción. O alguien que iba a lanzarse al vacío.
Allá arriba, a ciento diez pisos de altura, completamente inmóvil, un juguete oscuro contra el cielo nublado.
Sólo se le podía ver desde ciertos ángulos, de manera que los espectadores tenían que detenerse en las esquinas, encontrar un hueco entre los edificios o zigzaguear desde las sombras para poder ver sin las obstrucciones de cornisas, gárgolas, balaustradas y bordes de tejados. Nadie había comprendido todavía qué era la línea que se extendía a sus pies desde una torre a la otra. Más bien la forma humana era lo que los retenía allí, las cabezas hacia atrás, divididos entre la promesa de una catástrofe y la decepción de lo normal y corriente.
Se les planteaba el dilema del espectador: no querían esperar a cambio de nada, un idiota en el borde del precipicio de las torres, pero tampoco querían perderse el momento en caso de que resbalara, lo detuvieran o se lanzara al vacío con los brazos extendidos.

( ... )

Lo que Corrigan quería era un Dios plenamente creíble, como sólo se puede encontrar en la mugre de lo cotidiano. El consuelo que le daba la verdad desnuda (la suciedad, la guerra, la pobreza) era que la vida podía ser capaz de ofrecer pequeñas bellezas. No le interesaban los relatos gloriosos de la otra vida o las ideas de un cielo lleno de dulzura. Para él eso era un vestuario del infierno. Más bien se consolaba con el hecho de que, en el mundo real, cuando observaba atentamente la oscuridad, podía hallar la presencia de una luz, anémica, pero una lucecita de todos modos. Sencillamente, quería que el mundo fuese un lugar mejor y tenía la costumbre de esperar a que así fuese. De ahí surgía cierta clase de triunfo que iba más allá de la prueba teológica, un motivo de optimismo contra toda evidencia.

( … )

Imaginé que podría escribir una obra de teatro ambientada en un bar, como si eso no se hubiera hecho nunca, como si fuese una especie de acto revolucionario, de modo que escuchaba a mis compatriotas y tomaba notas. La soledad de aquellos hombres en el bar era una extensión de la que tenían en casa. Se me ocurrió que las ciudades lejanas están diseñadas precisamente para que puedas saber de dónde vienes. Al marcharnos nos llevamos el hogar con nosotros. A veces es una sensación agudizada por el hecho de haber partido. Mi acento se hizo más profundo. Adquirí diferentes ritmos.
Colum McCann
Que el vasto mundo siga girando (traducción de Jordi Fibla. RBA)


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Domingo, 20 de julio de 2014

Recuerdo que se fotografiaba junto a carteles insólitos. En la última fotografía que me envió estaba junto a una señal de parking en el desierto. Había algo irreal en aquella imagen. Ella sonreía con su gesto travieso que anticipaba una pequeña locura, un beso delante de un corro de niños, una pirueta en la acera (las manos en el suelo, los pies temblorosos contra el cielo), una pintada en la pared (una vez escribió, detenerse es olvidar. Creía que se reencarnaría en un tiburón blanco en su siguiente vida. Por el movimiento, decía. Y yo asentía, en silencio).

En la fotografía señala sus pies. Están dentro de la arena del desierto. Decía que había que descalzarse para sentir el movimiento de la tierra, para deslizarse a través de ella. Y yo, acobardado por su mirada desafiante, me descalzaba sobre un campo de hierba o en las rocas cercanas a los acantilados. Y no sentía más que el frío en la planta de mis pies. Ella negaba con la cabeza.

Guardaba billetes de tren, facturas y mapas. Era su manera de ubicarse en un espacio y tiempo concretos e iniciar un recuerdo. Sabía que el catorce de agosto de 2003 estaba en un pequeño hotel de Lisboa, que cenó ovos mexidos, que se levantó de la mesa a las ocho y tres de la noche, hechos irrefutables que le ayudaban a recordar. Le gustaban las habitaciones de hotel (otra de sus pintadas, hay que llenarse de lugares de paso), seguir las ventanas que se apagaban en la noche porque ahí, en la repentina oscuridad de una habitación, había una frontera que unía el dolor al deseo.  

El desierto a su espalda, la huella de sus pisadas en la arena rojiza, el vestido blanco, la sonrisa sincera. Doy la vuelta a la fotografía y leo sus palabras, not all who wander are lost.


(coda)
Ib me envía una foto con su nuevo poemario. Me dice que en 1995 se quedó sin palabras, que recortó y recortó y que ahora baile del sol lo publica, que alucina. Y yo también. Y tengo ganas de desvelar el misterio de su collage.


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Viernes, 18 de julio de 2014

Recuerdo cuánto me costó aceptar la evidencia. Docenas de veces nos escondíamos en la penumbra, en aquel banco, y nos contemplábamos con tristeza. En mí se insinuaba un comienzo de desprecio, y en ella un comienzo de humildad y veneración.
En otoño nos mudamos a otro bloque, en Ştefan cel Mare, y al cabo de unos años empecé la escuela. No me acuerdo de nada relacionado con los cuatro primeros años de escuela, aparte de lo sucedido en un campamento, al que fui de vacaciones entre tercero y cuarto. Estábamos alojados en unos pabellones largos, con dormitorios para treinta niños, y todo el complejo estaba situado en medio de un bosque. Aquel bosque, con su magia, con la ataraxia de la infinita vegetación, con las miles de formas de los troncos, de las raíces, de la podredumbre, con las cúpulas enrarecidas, con las rayas de luz que caían entre las hojas transparentes, es uno de los lugares más mágicos donde he estado nunca. Caminábamos todo el día por el bosque, tallábamos barquitos con cortezas de alerce, peleábamos y jugábamos al fútbol. Estábamos divididos en grupos, según la edad, por una parte los chicos y por otra las chicas. Ellas recogían campanillas y otras flores silvestres, se hacían coronitas de margaritas, recolectaban fresas entre la hierba soleada. Por la noche, nosotros, los chicos, nos reuníamos en el alféizar interior —inusualmente ancho— de las ventanas y allí, sobre la losa de mármol, detrás de los cortinones, nos daba por contarnos historias de miedo. Hablábamos sobre sonámbulos que andan toda la noche por la casa con los ojos cerrados; si los despiertas se mueren al instante y tú puedes volverte loco. Entre nosotros había un chico con un aspecto llamativamente más maduro que el nuestro, cuyo vocabulario parecía también de adulto, y que, a aquella edad tan inusual, se sabía de memoria El cuervo de Poe. El chico se llamaba Traian. Quién era, en qué se habrá convertido hoy, qué enfermedad sufría por entonces, no lo sé ni siquiera hoy en día.
Mircea Cărtărescu
Nostalgia (traducción de Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta)


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Mi?rcoles, 16 de julio de 2014

En un momento de Insomnio, el narrador dice que nos gustan que nos cuenten historias porque nos traen noticias del loco mundo en que vivimos. E Insomnio es eso, un puñado de historias y personajes que se replantean su vida, lo que soñaron y lo que consiguieron, los deseos truncados y la realidad, la soledad y la forma de estar en el mundo, el pasado y adecuarse a un nuevo tiempo.

El narrador de Insomnio es escritor, observa la vida con cierta distancia, cuenta su historia, la de quienes le rodean, y a través de ellas, de las historias, construye un mapa donde la soledad, las fases y la búsqueda del amor, las relaciones que se difuminan con el tiempo, el pesimismo y el dolor de la lucidez, sentirse perdido y preguntarse qué es la felicidad son las coordenadas. Chivite combina la nostalgia y la ironía en la voz del narrador, un poeta que acaba como columnista, que ve los vaivenes en la vida de sus amigos, en su propia vida, que se pregunta por el propósito de nuestros sueños y deseos, que habla a veces con pausa, a veces con nervio, sobre derrotas y la forma de adecuarse al paso del tiempo (la desilusión y sorpresa por no encontrarse donde uno pensó que estaría)

Hay una escritura sencilla y honda en Insomnio, una voz que habla de la percepción del mundo, del tiempo transcurrido, de las ilusiones y los planes dejados atrás, una voz que es testigo de varias vidas, hombres que viven en casas de paredes negras o aislados en una casa en el monte o que ven cómo muere cada persona que quiere, mujeres que andan al borde de un abismo y se dejan tragar por él o que dejan constancia de cada sueño. Y entre esos hombres y mujeres, un escritor que intenta comprender cómo han llegado hasta la barrera de los cuarenta años, cuántas heridas, errores y lucidez quedaron en el camino.

En Insomnio hay nostalgia y reflexión, hay un ritmo pausado y una suave tristeza, hay un narrador que se cuestiona sobre la vida y los cambios que sufrimos, hay la sensación de algo que se escapa, sin poder evitarlo, entre los dedos de la mano, un anhelo, un viejo sueño, un tiempo diferente. Y, sobre todo, hay un último deseo, una ventana, el mundo que está ahí, a nuestro alcance (para nosotros), y hacerse con él de manera pausada, sin miedo.





Se llega a una edad en la que uno se dice a sí mismo: esto es lo que hay. Y no me refiero a lo que la vida da de sí, porque eso nunca se sabe. Ahí si que podemos llevarnos grandes sorpresas. En ese sentido, permítanme que lo diga tan bruscamente, la vida es una perfecta hijadeputa. Me refiero, más bien, a lo que uno acaba siendo en realidad. Y a lo que uno llega a saber (a averiguar, muchas veces con decepción) de sí mismo. A esa especia de aceptación final, de tratado de paz que cada cual firma con la vida cuando comprende hasta donde será capaz de llegar.
Por mi parte, descubrí la voluptuosidad del dejarse vencer a una edad demasiado temprana. Y eso me incapacitó para la competición. Me di cuenta de que lo mío era ir despacio. Parándome cada pocos pasos. Con las manos en los bolsillos y silbando a ser posible una alegre canción. Y acto seguido (quizá a propósito de lo anterior), aprendí una extraña jugada: que no hay nada más que dejar a cada cual con su error. Quizá suene un poco cínico, pero no lo es en absoluto. La gente te lo agradece emocionada. Oyes sus fantasías con aire despreocupado y a continuación te despides de ellos con una amable sonrisa.

( … )

Nos encanta que nos cuenten historias no sólo porque sean deliberadamente felices o condenadamente tristes y en el fondo igualmente consoladoras y catárticas. Sino también porque nos traen noticias de ese loco mundo en que vivimos. Porque nos ayudan a vislumbrar lo que se avecina. Y lo que perfectamente podría llegar a ocurrirnos en cualquier momento. En el momento más inesperado. La locura, el abandono, la enfermedad, la muerte.

( … )

Una vez, hace años, me contó su filosofía de vida en cuatro frases. Estábamos sentados el uno frente al otro. Me miró a los ojos con los párpados caídos, levantó la mano izquierda por encima de la mesa y fue sacando uno a uno los cuatro dedos del puño cerrado. Dijo:
-Primero: no hay que temer a los dioses. Segundo: la muerte no es interesante porque no la vemos. Tercero: se puede vivir con poco. Y cuarto: la infelicidad debilita.
Fernando Luis Chivite
Insomnio (Acantilado)


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Lunes, 14 de julio de 2014

(dice, cuenta hasta treinta, dice, avísame cuando empieces)


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