S?bado, 13 de septiembre de 2014

En la barra no había sitio para leer el periódico, y Harmon se comió sus huevos fritos observando a la pareja, sentada en la mesa de la ventana. La muchacha estaba más delgada de lo que pensaba; cuando se inclinó sobre la mesa, su torso -incluso con su chaquetita vaquera- no era más grande que una tabla de lavar. En cierto momento dobló los brazos y apoyó la cabeza en ellos. El muchacho habló, sin cambiar su expresión relajada en ningún momento. Cuando ella se incorporó, él le tocó el pelo, frotándose las puntas entre los dedos.
Harmon compró dos rosquillas en dos bolsas separadas y se marchó. Septiembre acababa de comenzar y los arces tenían las copas rojas; unas cuantas hojas carmesí habían caído a la carretera sin asfaltar, como objetos perfectos en forma de estrella. Años antes, cuando sus hijos eran pequeños, Harmon podría habérselas señalado y ellos las habrían recogido con entusiasmo. A Derrick, sobre todo, le encantaban las hojas, las ramas y las bellotas, y Bonnie se encontraba medio bosque debajo de su cama. «Se te va a instalar a vivir una ardilla», decía, ordenándole que lo limpiara, mientras el niño lloraba. Derrick guardaba todo lo que tenía un valor sentimental para él. Harmon siguió andando, dejando su coche en el puerto, notando el aire como un trapo frío en la cara. Cada uno de sus hijos había sido su hijo preferido.


Daisy Foster vivía en una casita acondicionada para el invierno, situada en el tramo más alto de la carretera sin asfaltar que bajaba serpenteando hasta el puerto y el mar. Desde su saloncito se alcanzaba a ver una pequeña franja de agua a lo lejos. Desde su comedor se veía la carretera a menos de un metro de distancia, aunque en verano se la tapaba la maraña de coronas de novia que florecían contra su ventana. Ese día los arbustos estaban pelados, y hacía frío; Daisy había encendido la estufa de la cocina.
Elizabeth Strout
Olive Kitteridge (traducción de Rosa Pérez Pérez. Austral. El aleph)


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