Mi?rcoles, 17 de septiembre de 2014

Un punto donde se unen la realidad, la ficción y los sueños, la reflexión sobre el tiempo y la literatura y el deseo de serlo todo, sobre el lugar que ocupamos en el mundo y cómo está construido ese mundo, un narrador que aparece y desaparece entre los cuentos de Nostalgia, un hombre que lucha contra el azar y contra sí mismo y organiza veladas que son hipnóticas y mezclan el horror y el morbo por una muerte que no acaba de llegar, un escritor que se cuestiona sobre la inmortalidad y difumina la barrera entre literatura y realidad y espera su resurrección convirtiéndose en un personaje de papel, unos niños que erigen a uno de sus compañeros en un  semi dios al que seguir y unas niñas que juegan a ser reinas por un día y convocan presencias e imágenes de otros mundos y conciencias (la infancia como lugar de sueños y fantasía, de brujería y terror), una ciudad transformada en una telaraña donde transcurren deseos, sueños y horrores.

Nostalgia es ruptura y descubrimiento, es Borges más Kafka más Cortázar más una realidad que pasa por literatura y una ficción que es verdad, es el sueño como parte de la vida y el tiempo como manifestación de la muerte, es una colección de cuentos que parece una novela y la voz de un narrador que se cuestiona por la realidad y la literatura, qué espacio ocupa cada una, en cuál de ella vivimos, qué es real y qué forma parte de la ficción. Los cuentos de Mircea Cărtărescu me atraen  por su densidad, reflexión y humor negro, por su tono entre pesadilla y cuento de hadas, por la infancia como lugar donde vivir leyendas y la madurez como un espacio a los recuerdos, por un puñado de personajes que se enfrentan a sí mismos y a un mundo en un cambio constante e inesperado y sienten que los sueños forman parte fundamental de la realidad.

En El ruletista, un hombre sin suerte encuentra en la ruleta rusa una forma de crear una realidad alterna, la puesta en escena de una lucha entre la suerte y la muerte, entre la duda, el morbo y el sueño. El narrador de El ruletista (de Nostalgia), se pregunta sobre la realidad y la ficción, por qué la realidad no es creíble y la ficción un lugar donde vivir y cobijar esa realidad, sobre el azar, la muerte y la resurrección, sobre crear un mundo más allá de la realidad. Ya he escrito suficiente literatura, durante sesenta años no he hecho otra cosa, pero permítaseme ahora, al final del final, un momento de lucidez: todo lo que he escrito después de los treinta años no ha sido más que una penosa impostura. Estoy harto de escribir sin la esperanza de poder superarme algún día, de poder saltar más allá de mi propia sombra. Es cierto que, hasta cierto punto, he sido honesto de la única manera en que puede serlo un artista, es decir, he querido contarlo todo sobre mí, absolutamente todo. Pero la ilusión ha sido más amarga si cabe, dado que la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo. Con las primeras líneas que despliegas en la página, en esa mano que sujeta la pluma, entra, como en un guante, una mano ajena, burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurre en todas direcciones como si fuera azogue, de tal manera que de sus burbujas deformadas cristalizan la Araña o el Gusano o el Fauno o el Unicornio o Dios, cuando de hecho tú solo querías hablar sobre ti. La literatura es teratología.

En Mendébil, un grupo de niños sigue a un nuevo compañero de juegos en sus gestos e historias, lo erigen en una especie de dios al que venerar, su idea de la muerte única forma de sentir con toda la piel, el mundo que no es otra cosa que una infinita caja china de marionetas que repiten los mismos gestos o los diferentes tipos de hombres. Está el descubrimiento, la alucinación, la caída en desgracia, un extraño calvario protagonizado por niños. En Los gemelos se subvierte la realidad y la identidad, hay un amor loco, un pasadizo bajo una ciudad gris, un hombre y una mujer que cruzan un museo y ven cómo la realidad se trastoca y se ven arrastrados a un nuevo mundo donde se juntan sueño, ficción y realidad. REM es una mujer que recuerda su infancia para su amante, una historia dentro de otra que habla de una ciudad estática, una visita a su tía, un juego donde ser reina por un día y cada día del juego la fantasía y la imaginación que se adentran en la realidad (esqueletos gigantes, líneas en el suelo que envejecen a quienes las cruzan, espacios cerrados para agrandar el mundo exterior), un hombre de estatura desorbitada que la invita a soñar, a seguir los caminos dentro de sus sueños y encontrar el REM para desentrañar su significado. El arquitecto es un cuento extraño, un hombre corriente al que le obsesiona el sonido del claxon de su coche, que se convierte en un creador a través de los diferentes aparatos de música que instala en el coche, que crea un nuevo lenguaje y transforma la realidad circundante.

Las imágenes que se repiten, las telas de araña, los espejos, los sueños que irrumpen en la realidad, los juegos infantiles, las primeras aproximaciones al sexo, los libros, la ciudad gris, Nostalgia es el sueño que se adentra en una realidad que sólo puede existir en la ficción. La voz de Mircea Cărtărescu es densa, divertida, imaginativa, se cuestiona sobre el lugar que ocupan la realidad y la literatura. Una de las sorpresas de este año.





Desde hace unos cuantos años, duermo mal y sueño con un viejo que enloquece por culpa de la soledad. Únicamente el sueño me refleja de forma realista. Me despierto llorando de soledad, incluso aunque de día me sienta acompañado por aquellos de mis amigos que aún viven. Ya no puedo soportar mi vida, pero el hecho de entrar hoy o mañana en una muerte infinita, me obliga a intentar pensar. Por ello —puesto que tengo que pensar, como aquel que, arrojado en el laberinto, tiene que buscar una salida entre paredes embadurnadas de estiércol, o incluso a través de la boca de una ratonera— y solo por ello, escribo estas líneas. No por demostrar(me) que Dios existe. Desgraciadamente, y a pesar de todos mis esfuerzos, nunca he sido creyente, no he sufrido crisis de fe ni de negación de la fe. Quizá hubiera sido mejor serlo, porque la escritura exige drama y el drama nace de esa lucha agónica entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial. En mi juventud, la mitad de los escritores se convertía y la otra mitad perdía la fe, pero en su obra literaria el efecto era más o menos el mismo. ¡Cómo los envidiaba yo por aquel fuego que sus demonios atizaban bajo los calderos en que se regodeaban como artistas! Y mírame ahora, en mi escondrijo, un ovillo de harapos y cartílagos por cuya mente o corazón nadie apostaría, porque a mí nadie puede ya quitarme nada.
Permanezco aquí, en mi sillón, aterrorizado por la idea de que ahí fuera ya no exista nada más que una noche sólida como un infinito témpano de brea, una niebla negra que ha engullido lentamente, a medida que he ido envejeciendo, las ciudades, las casas, las calles, los rostros. Parece que el único sol del universo es la bombilla de la lámpara y lo único que ilumina es el rostro de un anciano, arrugado como un higo.
Cuando yo haya muerto, mi cripta, mi guarida, seguirá flotando en esa niebla negra y sólida, y llevará estas hojas a ninguna parte para que nadie las lea. Pero en ellas está, al fin y al cabo, todo. He escrito varios miles de páginas de literatura —polvo, nada más que polvo. Intrigas construidas de forma magistral, fantoches con sonrisas galvanizadas, pero, ¿cómo vas a poder decir algo, por poco que sea, en esta inmensa convención que es el arte? Querrías sacudir el corazón del lector pero, ¿qué hace él? A las tres termina tu libro y a las cuatro empieza con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos. Sin embargo, estas diez o quince páginas son otra cosa, se trata de un juego diferente. Mi lector de ahora no es otro que la muerte. Veo ya sus ojos negros, húmedos, atentos como los ojos de una adolescente, leer mientras completo una línea tras otra. Estas hojas contienen mi proyecto de inmortalidad.
Digo proyecto, aunque todo —y ese es mi triunfo y mi esperanza— es verdad. Qué extraño: la mayoría de los personajes que pueblan mis libros son inventados pero todo el mundo los ha tomado por copias de la realidad. Apenas ahora he reunido el valor suficiente para escribir sobre un hombre real que vivió mucho tiempo a mi lado pero que, en mi convención artística, habría resultado completamente inverosímil. Ningún lector habría aceptado que en su mundo pudiera vivir, apretujado en el mismo tranvía, respirando el mismo aire, un hombre cuya vida es la demostración matemática de un orden en el que ya nadie cree o en el que cree tan solo porque es absurdo. ¡Pero, ay! El Ruletista no es un sueño, no es la alucinación de un cerebro escleroso ni tampoco una coartada. Ahora, cuando pienso en él, estoy convencido de que también yo conocí a aquel mendigo del final del puente, sobre el que hablaba Rilke, en torno al cual giran todos los mundos.
Mircea Cărtărescu
Nostalgia (traducción de Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:15  | Libros...
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