Lunes, 22 de septiembre de 2014

(Señalo el final del pasillo y nos dirigimos hacia el gran ventanal. Observo el goteo del suero (las gotas derramadas contra el cristal me recuerdan a pequeñas constelaciones). La luz, amarilla y cálida, se desplaza por el suelo y parece acogernos. Leemos una parábola de San Mateo y el sermón de la misa dominical en una pared del hospital, los últimos serán los primeros y los derechos que creemos adquiridos. Sonríe a las enfermeras y es ahí, en su sonrisa (un atisbo de picardía), donde recupera su juventud, las tardes de baile, los primeros cigarrillos, las corbatas negras sobre camisas blancas. Llegamos al ventanal, sentimos el aire caliente de la calle, los árboles estáticos, el cielo sin nubes. Sólo la luz se mueve en la mañana.

(coda)
Estás tumbado junto a los acantilados. Sientes la hierba en tu espalda y recuerdas cuando te descalzabas para andar sobre los campos e imaginabas que unas raíces brotaban de tus pies y te unían con el centro de la tierra. Escuchas el mar contra las rocas y cuentas las olas de siete en siete. Quieres adivinar la llegada de la gran ola, la que hace estallar los acantilados y vuelve el mundo del revés. El sonido del mar, el atardecer del cielo, el viento que sabe a sal, te dejas llevar y, no sabes la razón, vuelves a los vendedores ambulantes de ropa que dejaban una estela de polvo tras el camino y desaparecían tras las luces de los pueblos de tu infancia (pequeñas hogueras en la noche), cuando te preguntabas sobre su vida itinerante y creías que eran vagamundos de hatillo al hombro, sin raíces ni destino. Descubres la luz de las primeras estrellas y eliges una al azar que seguir. Intentas captar el movimiento de la tierra bajo tu cuerpo y la extraña maquinaria que se despliega sobre tu cabeza y por un instante crees que el titilar de las estrellas se acomoda al ritmo de las olas. Pierdes tu estrella entre las demás, buscas sistemas binarios que cambien del rojo al azul, crees ver pasar un satélite, trazas líneas imaginarias entre los puntos del cielo (no consigues dibujar algo definido, sólo formas extrañas y matemáticas). Piensas en el tiempo que necesita la luz en llegar hasta ti y sabes que algunas de esas estrellas han dejado de existir. La luz gris del atardecer oscurece las briznas de hierba y las ruinas junto a los acantilados. Y es en la luz, la cambiante del atardecer, la distante de las estrellas, la reflejada en el suelo de un hospital, donde está el espacio y el tiempo, el destino y el azar, las raíces, los vagamundos y el centro de la tierra)


Los lunes de Anay. Ruecas...

"Obstinada siempre en su primer beso"
                                                                          PAUL ELUARD


INVISIBLE

No busques el arma
que te ha hecho la herida
más profunda.
                           La hallarás,
con asombro, en lo más puro.
 
                                                       ALFREDO BUXÁN




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Paul Eluard, Alfredo Buxán, Cinema Paradiso, Ennio Morricone

Publicado por elchicoanalogo @ 21:12  | Los lunes de Anay
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