Viernes, 26 de septiembre de 2014

Un granja y un paisaje idílico, dos hermanos que viven una rutina plácida, él que escribe sobre su vida en el campo y ella que se dedica a hacer pan, un extraño carromato que esconde una librería ambulante y un librero pequeño, pelirrojo y decidido que necesita vender su librería para escribir su propia novela, una mujer que decide comprar el carromato para que su hermano deje de vagabundear en busca de anécdotas para sus libros y que encuentra en esa vida itinerante las aventuras que nunca tuvo, ir de granja en granja por un ideal y llevar la literatura a cada rincón del país.

La librería ambulante es una pequeña y tierna historia de iniciación y de amor por los libros, una mujer que, por una vez en su vida, deja atrás su trabajo en una granja y se atreve a vagabundear por el campo para vender libros y acercar la literatura a granjeros que no tienen acceso a ella. En apenas cuatro días, la vida de Helen McGill da un vuelco, compra una librería ambulante, junto con una yegua y un perro, a Roger Mifflin, un hombre peculiar que aspira a recluirse en Brooklyn para escribir su historia de libros y viajes, deja su cocina en la granja que comparte con su hermano y descubre que  le atrae la vida errante, que hay algo en esa vida que le hace sentirse libre, valiente, diferente.

Morley crea una historia blanda, entrañable, a veces leve, a veces con un humor irónico, dos idealistas que piensan en cómo hacer llegar los libros a los lugares más apartados de la región, que las familias granjeras lean más allá de las oraciones fúnebres y descubran a Stevenson, O. Henry o Wilkie Collins. En su viaje, las ideas peregrinas de Roger Mifflin sobre los editores, necios hombres de negocio que no saben nada de libros, los escritores, la humanidad en los trazos de O. Henry, la falta de corazón en la forma de escribir de Henry James, la literatura como lugar de aprendizaje, resistencia y nuevas miradas, el carromato lleno de libros que atrae la atención allá por donde pasan y parece más un teatro ambulante que una librería.

McGill y Mifflin viajan por apartados caminos, se cuentan sus pequeñas vidas, se detienen en cada granja y representan una especie de obra teatral para vender sus libros, Mifflin un hombre habituado a la vida errante que añora la compañía y le gustan las buenas peleas, McGill, una mujer que se siente vieja y gorda y que descubre en el movimiento y las tierras desconocidas un placer inesperado, una aventura única, el inicio de su labor como escritora. Helen McGill mira alrededor, descubre un mundo nuevo y necesita recogerlo y compartirlo.

La librería ambulante tiene momentos divertidos me recuerda por momentos al humor de Mark Twain o Frank Capra, la voz de una mujer sorprendida y decidida, una tierra acogedora, un carromato que parece un lugar utópico donde leer, dormir, recolectar historias, transmitir pasión por la literatura y acampar junto a caminos abandonados, unos personajes estrafalarios, alguna pelea y el mundo como un lugar pequeño y cálido.




La gente del campo es más bien cautelosa a la hora de gastarse el dinero. Pueden pagar un dineral por un filtro de agua o por una capota, ¡pero nadie les ha enseñado a preocuparse por la literatura! Y, sin embargo, es sorprendente cuánto se emocionan con un libro; si aciertas con el tipo de libro, claro. Un poco más allá de Port Vigor hay un granjero que espera mi regreso. He estado allí tres o cuatro veces. Calculo que me comprará unos cinco dólares en libros. La primera vez que fui a su granja le vendí La isla del tesoro, y todavía sigue hablando de ese libro. Le vendí Robinson Crusoe y Mujercitas para su hija y le vendí también Huckleberry Finn y el libro de Grubb sobre la patata. La última vez que estuve allí me pidió algo de Shakespeare, pero no se lo quise vender. Creo que todavía no estaba preparado.
Empecé a percibir algo del idealismo con que aquel hombrecillo asumía su trabajo. Era una especie de misionero itinerante, además de un conversador incansable. De pronto se había puesto a parpadear y pude ver cómo empezaba a entusiasmarse.
«¡Dios!», dijo, «cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra, en un libro de verdad, quiero decir. ¡Repámpanos! Si en lugar de librero fuera panadero, carnicero o vendedor de escobas la gente correría a su puerta a recibirme, ansiosa por recibir mi mercancía. Y heme aquí, con mi cargamento de salvaciones eternas. Sí, señora, salvación para sus pequeñas y atribuladas almas. Y no vea cómo cuesta que lo entiendan. Sólo por eso vale la pena. Estoy haciendo algo que a nadie se le ha ocurrido hacer desde Nazareth, Maine, hasta Walla Walla, Washington. ¡Es un nuevo campo, pero vaya si vale la pena! Eso es lo que este país necesita: ¡más libros!»

( … )

«El mundo está lleno de grandes escritores que hablan de literatura», dijo, «pero todos ellos son egoístas y aristocráticos. Addison, Lamb, Hazlitt, Emerson, Lowell, escoja al que quiera, conciben el amor por los libros como un escaso y perfecto misterio al alcance de unos pocos, algo reservado al silencioso estudio donde se refugian en las noches con una vela, un cigarro, una copa de oporto sobre la mesa y un perrito de aguas junto a la chimenea. Lo que quiero decir es: ¿quién se ha aventurado alguna vez en las montañas y los campos para llevarles la literatura a las gentes más simples?, ¿quién ha llevado la literatura hasta sus mismos hogares, hasta sus razones y corazones, como dicen por ahí? Cuanto más se adentra uno en el campo, menos y peores libros se ven. He pasado muchos años recorriendo mundo a bordo de esta ciudadela del delito y, por los huesos de Ben Ezra, no creo haber visto un solo libro realmente bueno que no fuera la Biblia en ninguna granja, excepto los que yo mismo llevaba, claro. Los mandarines de la cultura, ¿qué tienen para enseñarle a la gente corriente? No vale con escribir listas de libros para los granjeros y llenar con ellos estanterías de dos metros. Es preciso ir a visitar a la gente personalmente, llevarles los libros, hablar con los profesores y presionar a los editores de periódicos locales y revistas agrícolas y contarles cuentos a los niños. Y entonces, poco a poco, uno empieza a lograr que los buenos libros circulen por las venas de la nación. ¡Es una gran labor, imagínese! Es como llevar el Santo Grial a algunas de estas remotas granjas. Y ya me gustaría que hubiera mil Parnasos en lugar de uno solo. No lo habría dejado de no haber sido por mi libro: quiero escribir sobre mis ideas con la esperanza de animar a otros. ¡Aunque no creo que haya ningún editor en todo el país que quiera publicarlo!»

( … )

Creo que leer un buen libro te hace modesto. Cuando uno logra ver con lucidez el interior de la naturaleza humana, cosa que te proporcionan los grandes libros, uno siente la necesidad de hacerse pequeño. Es como mirar la Osa Mayor en una noche clara o como ver el amanecer en invierno cuando uno va a recoger los huevos de la mañana. Y cualquier cosa que te haga sentir pequeño es maravillosamente buena.
Christopher Morley
La librería ambulante (traducción de Juan Sebastián Cárdenas. Periférica)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:38  | Libros...
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