Martes, 30 de septiembre de 2014

Un viaje por el propio país en busca de acentos, paisajes, ideas y personas, una furgoneta con una casita incorporada y la compañía de Charley, un perro doméstico, la ausencia de mapas y referencias y la idea de dejarse llevar, las reflexiones sobre la naturaleza de los viajes y sobre la deriva del país, la modernización y el progreso y sus efectos secundarios, mejores carreteras que hacen invisibles a las ciudades y al hombre y las conversaciones con granjeros y camioneros, volver (que no regresar), a Salinas, el punto de partida de Steinbeck y el decorado de la mayoría de sus libros, y sentirse ante un lugar diferente, el silencio de los bosques y los caminos de tierra y descubrir que es el propio viaje quien pone fin a la aventura.

Hay un momento, la llegada de Steinbeck a su natal Salinas, que siento Viajes con Charley en busca de Estados Unidos como una historia de regreso, de confrontar el presente con los recuerdos propios y ver los cambios producidos tanto dentro como fuera de nosotros, unos meses de carretera que derivan en una mirada al pasado, el humor y la melancolía por saber que se está ante un mundo nuevo, en construcción, y que apenas ha dejado resquicios del viejo mundo. A partir de ahí el viaje de Steinbeck declina, se acerca al final, una coda en el estado de Texas y sentir que el viaje ha muerto y sólo queda el regreso al hogar.

Steinbeck vuelve a la carretera para descubrir qué ha cambiado y qué encontrará distinto en Estados Unidos, la búsqueda de un punto de unión de una tierra, las diferencias entre los estados, qué piensa y cómo se posicionan políticamente sus ciudadanos. Arma una camioneta con una pequeña casita a la que bautiza como Rocinante, la compañía de su perro Charley, víveres y papel, e inicia un viaje donde encontrará caminos de tierra, el progreso como motor de un cambio y de una cierta invisibilidad, fronteras y límites, silencio, camioneros y granjeros filósofos o austeros.

Viajes con Charley tiene humor, melancolía y aventura, me recuerda a sus libros Tortilla Flat o Cannery Row llenos de aventureros, inmigrantes y vagabundos que ven la vida no como unas reglas aprendidas sino como un lugar de libertad y sorpresa. Steinbeck mira alrededor, mira dentro de sí, e intenta hablar sobre la naturaleza de los viajes, la forma en cómo los afrontamos, los límites invisibles entre estados que hacen cambiar el paisaje, el acento y la cercanía de la gente. Hay momentos de un humor entrañable, las conversaciones con Charley para aclarar sus ideas sobre lo visto, otros de un humor salvaje, el encuentro con sus amigos de Salinas, hay momentos donde Steinbeck escribe un libro de entrevistas y habla con trabajadores temporales e inmigrantes que siguen el curso de la recogida de las cosechas y siento que estoy de nuevo ante los personajes y los decorados de Las uvas de la ira.

Steinbeck se encuentra con camioneros, actores, granjeros, camareras, una vida ambulante alrededor de las grandes carreteras, los moteles y los restaurantes de comida insípida, los grandes espacios abiertos donde aún existen el silencio y la cercanía con la naturaleza, descubre el progreso que todo lo tapa (las ciudades tras las autopistas), el recelo y el miedo a exponer públicamente nuestras ideas políticas, el lenguaje unificado, sin diferencias entre los distintos estados, los conflictos raciales que separan a la población. Steinbeck mezcla el libro de viajes con el relato periodístico, pasa de la ligereza del inicio de un viaje, de la descripción de un restaurante de carretera o la conversación con un actor que acerca a Shakespeare a las aldeas y pueblos de granjeros a la dureza en la crítica al racismo (excepcional la manera en cómo muestra las manifestaciones contra la escolarización en un colegio de blancos de una niña negra).

Steinbeck me habla de viajes sin mapa y de vidas ambulantes, de granjeros, inmigrantes, caminos secundarios y el mundo que cambia, y en ese cambio, la pérdida de algunas cosas valiosas.





Los seres humanos tuvieron tal vez un millón de años para acostumbrarse al fuego como cosa y como idea. Entre el momento en que un hombre se quemó los dedos en un árbol abatido por un rayo y el momento en que otro hombre transportó un trozo de él al interior de una cueva y descubrió que le mantenía caliente, tal vez pasaron unos cien mil años, y de eso a los altos hornos de Detroit... ¿cuánto?
Y ahora se disponía de una fuerza muchísimo mayor, y no habíamos tenido tiempo de desarrollar los medios para pensar, pues el hombre ha de tener sentimientos y luego palabras, antes de que pueda aproximarse a lo de pensar y eso, al menos en el pasado, ha llevado mucho tiempo.
Cantaron los gallos antes de que me quedase dormido. Y sentí por fin que había empezado mi viaje. Tengo la impresión de que hasta entonces no había creído realmente en él.

( … )

Uno de mis objetivos era escuchar, oír hablar, fijarme en el acento, en los ritmos del habla, en los tonos, en el énfasis. Porque el habla es mucho más que palabras y frases. Escuché en todas partes. Me pareció que el habla regional está en proceso de desaparición, que no ha muerto pero que está muriendo. Cuarenta años de radio y veinte años de televisión deben de haber tenido esta consecuencia. Las comunicaciones acaban destruyendo el localismo, por un proceso lento e inevitable. Yo aún recuerdo una época en que casi podía señalar el lugar de origen de un hombre por su habla. Esto se está haciendo más difícil ahora, y resultará imposible en un futuro previsible. Es rara la casa que no está aparejada con puntiagudas cardadoras del aire. El lenguaje de la radio y la televisión se convierte en el inglés regularizado, tal vez el mejor que hayamos utilizado jamás. Lo mismo que nuestro pan, amasado y horneado, empaquetado y vendido sin beneficiarse del accidente ni de la fragilidad humana, es uniformemente bueno y uniformemente insípido, así nuestras diversas hablas se convertirán en una sola.
A mí, que me encantan las palabras y la posibilidad infinita de palabras, me entristece este hecho inevitable. Porque con el acento local desaparecerá el ritmo local. Los modismos, las metáforas que hacen que el lenguaje sea rico y esté lleno de la poesía del lugar y el momento, morirán inevitablemente. Y en su lugar habrá un habla nacional, envuelta y empaquetada, uniforme e insípida. Lo local no ha muerto, pero está muriendo. En la serie de años transcurridos desde la última vez que había oído hablar al país se ha producido un cambio muy grande. Viajando hacia el oeste a lo largo de las rutas del norte no oí una auténtica habla local hasta que llegué a Montana. Ésa es una de las razones por las que volví a enamorarme de Montana. En la Costa Oeste volvió el inglés empaquetado. El Suroeste mantenía un resto de localismo pero que se estaba esfumando ya. El Sur profundo, por supuesto, se mantiene fiel en general a sus expresiones regionales, lo mismo que conserva y atesora algunos otros anacronismos, pero ninguna región puede resistir mucho tiempo frente a la autopista, la red de alta tensión y la televisión nacional. Tal vez no merezca la pena conservar eso por lo que lloro, pero de todos modos lamento su pérdida.

( … )

—Ahora te diré cuatro verdaderas, cuñado. Sal a la calle: desconocidos, forasteros, extranjeros, miles de ellos. Mira las colinas, un palomar. Hoy recorrí toda Alvarado Street y volví por la Calle Principal y no vi más que desconocidos. Esta tarde me perdí en Peter's Gate. Volví al Field of Love detrás de la casa de Joe Duckworth, junto al Ball Park. Es un depósito de coches usados. Tengo los nervios destrozados de las luces del tráfico. Hasta los policías son de fuera, extranjeros. Fui a Carmel Valley donde en otros tiempos podíamos disparar un 30-30 en cualquier dirección. Ahora no podrías tirar una canica sin herir a un forastero. Y Johnny, a mí no me importa la gente, tú ya lo sabes. Pero ésos son gente rica. Ponen geranios en grandes tiestos. Piscinas donde solían esperarnos las ranas y los cangrejos. No, mi cabruno amigo. Si ésta fuese mi tierra, ¿me perdería en ella? Si ésta fuese mi tierra, ¿podría recorrer las calles sin oír ninguna bendición?
Johnny estaba despreocupadamente desplomado sobre la barra.
—Pero aquí, Juanito, es igual que siempre. Nosotros no les dejamos entrar.
Recorrí la hilera de rostros.
—Sí, aquí es mejor. ¿Pero puedo vivir en el taburete de una barra? No nos engañemos. Lo que conocimos ha muerto ya, y tal vez haya muerto la mayor parte de lo que fuimos. Lo que hay ahí fuera es nuevo y tal vez bueno, pero no es nada que conozcamos.
Johnny se sostenía las sienes con las manos y tenía los ojos inyectados en sangre.
—¿Dónde están los grandes? Dime, ¿dónde está Willie Trip?
—Muerto—dijo huecamente Johnny.
—¿Dónde están Pilón, Johnny, Pom Pom, Miz Graa, Stevie Field?
—Muerto, muerto, muerto—repitió.
—¿Ed Ricketts, Los Números uno y dos de Whitey, dónde están Sonny Boy, Ankle Vamey, Jesús María Corcorán. Joe Portagee, Shorty Lee, Flora Wood y aquella chica que guardaba arañas en el sombrero?
—Muertos... todos muertos—gimió Johnny—. Es como si estuviésemos en un cubo de fantasmas.
—No, no son verdaderos fantasmas. Los fantasmas somos nosotros.
John Steinbeck
Viajes con Charley en busca de Estados Unidos (traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Nórdica libros)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:50  | Libros...
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