Martes, 30 de septiembre de 2014

Un viaje por el propio país en busca de acentos, paisajes, ideas y personas, una furgoneta con una casita incorporada y la compañía de Charley, un perro doméstico, la ausencia de mapas y referencias y la idea de dejarse llevar, las reflexiones sobre la naturaleza de los viajes y sobre la deriva del país, la modernización y el progreso y sus efectos secundarios, mejores carreteras que hacen invisibles a las ciudades y al hombre y las conversaciones con granjeros y camioneros, volver (que no regresar), a Salinas, el punto de partida de Steinbeck y el decorado de la mayoría de sus libros, y sentirse ante un lugar diferente, el silencio de los bosques y los caminos de tierra y descubrir que es el propio viaje quien pone fin a la aventura.

Hay un momento, la llegada de Steinbeck a su natal Salinas, que siento Viajes con Charley en busca de Estados Unidos como una historia de regreso, de confrontar el presente con los recuerdos propios y ver los cambios producidos tanto dentro como fuera de nosotros, unos meses de carretera que derivan en una mirada al pasado, el humor y la melancolía por saber que se está ante un mundo nuevo, en construcción, y que apenas ha dejado resquicios del viejo mundo. A partir de ahí el viaje de Steinbeck declina, se acerca al final, una coda en el estado de Texas y sentir que el viaje ha muerto y sólo queda el regreso al hogar.

Steinbeck vuelve a la carretera para descubrir qué ha cambiado y qué encontrará distinto en Estados Unidos, la búsqueda de un punto de unión de una tierra, las diferencias entre los estados, qué piensa y cómo se posicionan políticamente sus ciudadanos. Arma una camioneta con una pequeña casita a la que bautiza como Rocinante, la compañía de su perro Charley, víveres y papel, e inicia un viaje donde encontrará caminos de tierra, el progreso como motor de un cambio y de una cierta invisibilidad, fronteras y límites, silencio, camioneros y granjeros filósofos o austeros.

Viajes con Charley tiene humor, melancolía y aventura, me recuerda a sus libros Tortilla Flat o Cannery Row llenos de aventureros, inmigrantes y vagabundos que ven la vida no como unas reglas aprendidas sino como un lugar de libertad y sorpresa. Steinbeck mira alrededor, mira dentro de sí, e intenta hablar sobre la naturaleza de los viajes, la forma en cómo los afrontamos, los límites invisibles entre estados que hacen cambiar el paisaje, el acento y la cercanía de la gente. Hay momentos de un humor entrañable, las conversaciones con Charley para aclarar sus ideas sobre lo visto, otros de un humor salvaje, el encuentro con sus amigos de Salinas, hay momentos donde Steinbeck escribe un libro de entrevistas y habla con trabajadores temporales e inmigrantes que siguen el curso de la recogida de las cosechas y siento que estoy de nuevo ante los personajes y los decorados de Las uvas de la ira.

Steinbeck se encuentra con camioneros, actores, granjeros, camareras, una vida ambulante alrededor de las grandes carreteras, los moteles y los restaurantes de comida insípida, los grandes espacios abiertos donde aún existen el silencio y la cercanía con la naturaleza, descubre el progreso que todo lo tapa (las ciudades tras las autopistas), el recelo y el miedo a exponer públicamente nuestras ideas políticas, el lenguaje unificado, sin diferencias entre los distintos estados, los conflictos raciales que separan a la población. Steinbeck mezcla el libro de viajes con el relato periodístico, pasa de la ligereza del inicio de un viaje, de la descripción de un restaurante de carretera o la conversación con un actor que acerca a Shakespeare a las aldeas y pueblos de granjeros a la dureza en la crítica al racismo (excepcional la manera en cómo muestra las manifestaciones contra la escolarización en un colegio de blancos de una niña negra).

Steinbeck me habla de viajes sin mapa y de vidas ambulantes, de granjeros, inmigrantes, caminos secundarios y el mundo que cambia, y en ese cambio, la pérdida de algunas cosas valiosas.





Los seres humanos tuvieron tal vez un millón de años para acostumbrarse al fuego como cosa y como idea. Entre el momento en que un hombre se quemó los dedos en un árbol abatido por un rayo y el momento en que otro hombre transportó un trozo de él al interior de una cueva y descubrió que le mantenía caliente, tal vez pasaron unos cien mil años, y de eso a los altos hornos de Detroit... ¿cuánto?
Y ahora se disponía de una fuerza muchísimo mayor, y no habíamos tenido tiempo de desarrollar los medios para pensar, pues el hombre ha de tener sentimientos y luego palabras, antes de que pueda aproximarse a lo de pensar y eso, al menos en el pasado, ha llevado mucho tiempo.
Cantaron los gallos antes de que me quedase dormido. Y sentí por fin que había empezado mi viaje. Tengo la impresión de que hasta entonces no había creído realmente en él.

( … )

Uno de mis objetivos era escuchar, oír hablar, fijarme en el acento, en los ritmos del habla, en los tonos, en el énfasis. Porque el habla es mucho más que palabras y frases. Escuché en todas partes. Me pareció que el habla regional está en proceso de desaparición, que no ha muerto pero que está muriendo. Cuarenta años de radio y veinte años de televisión deben de haber tenido esta consecuencia. Las comunicaciones acaban destruyendo el localismo, por un proceso lento e inevitable. Yo aún recuerdo una época en que casi podía señalar el lugar de origen de un hombre por su habla. Esto se está haciendo más difícil ahora, y resultará imposible en un futuro previsible. Es rara la casa que no está aparejada con puntiagudas cardadoras del aire. El lenguaje de la radio y la televisión se convierte en el inglés regularizado, tal vez el mejor que hayamos utilizado jamás. Lo mismo que nuestro pan, amasado y horneado, empaquetado y vendido sin beneficiarse del accidente ni de la fragilidad humana, es uniformemente bueno y uniformemente insípido, así nuestras diversas hablas se convertirán en una sola.
A mí, que me encantan las palabras y la posibilidad infinita de palabras, me entristece este hecho inevitable. Porque con el acento local desaparecerá el ritmo local. Los modismos, las metáforas que hacen que el lenguaje sea rico y esté lleno de la poesía del lugar y el momento, morirán inevitablemente. Y en su lugar habrá un habla nacional, envuelta y empaquetada, uniforme e insípida. Lo local no ha muerto, pero está muriendo. En la serie de años transcurridos desde la última vez que había oído hablar al país se ha producido un cambio muy grande. Viajando hacia el oeste a lo largo de las rutas del norte no oí una auténtica habla local hasta que llegué a Montana. Ésa es una de las razones por las que volví a enamorarme de Montana. En la Costa Oeste volvió el inglés empaquetado. El Suroeste mantenía un resto de localismo pero que se estaba esfumando ya. El Sur profundo, por supuesto, se mantiene fiel en general a sus expresiones regionales, lo mismo que conserva y atesora algunos otros anacronismos, pero ninguna región puede resistir mucho tiempo frente a la autopista, la red de alta tensión y la televisión nacional. Tal vez no merezca la pena conservar eso por lo que lloro, pero de todos modos lamento su pérdida.

( … )

—Ahora te diré cuatro verdaderas, cuñado. Sal a la calle: desconocidos, forasteros, extranjeros, miles de ellos. Mira las colinas, un palomar. Hoy recorrí toda Alvarado Street y volví por la Calle Principal y no vi más que desconocidos. Esta tarde me perdí en Peter's Gate. Volví al Field of Love detrás de la casa de Joe Duckworth, junto al Ball Park. Es un depósito de coches usados. Tengo los nervios destrozados de las luces del tráfico. Hasta los policías son de fuera, extranjeros. Fui a Carmel Valley donde en otros tiempos podíamos disparar un 30-30 en cualquier dirección. Ahora no podrías tirar una canica sin herir a un forastero. Y Johnny, a mí no me importa la gente, tú ya lo sabes. Pero ésos son gente rica. Ponen geranios en grandes tiestos. Piscinas donde solían esperarnos las ranas y los cangrejos. No, mi cabruno amigo. Si ésta fuese mi tierra, ¿me perdería en ella? Si ésta fuese mi tierra, ¿podría recorrer las calles sin oír ninguna bendición?
Johnny estaba despreocupadamente desplomado sobre la barra.
—Pero aquí, Juanito, es igual que siempre. Nosotros no les dejamos entrar.
Recorrí la hilera de rostros.
—Sí, aquí es mejor. ¿Pero puedo vivir en el taburete de una barra? No nos engañemos. Lo que conocimos ha muerto ya, y tal vez haya muerto la mayor parte de lo que fuimos. Lo que hay ahí fuera es nuevo y tal vez bueno, pero no es nada que conozcamos.
Johnny se sostenía las sienes con las manos y tenía los ojos inyectados en sangre.
—¿Dónde están los grandes? Dime, ¿dónde está Willie Trip?
—Muerto—dijo huecamente Johnny.
—¿Dónde están Pilón, Johnny, Pom Pom, Miz Graa, Stevie Field?
—Muerto, muerto, muerto—repitió.
—¿Ed Ricketts, Los Números uno y dos de Whitey, dónde están Sonny Boy, Ankle Vamey, Jesús María Corcorán. Joe Portagee, Shorty Lee, Flora Wood y aquella chica que guardaba arañas en el sombrero?
—Muertos... todos muertos—gimió Johnny—. Es como si estuviésemos en un cubo de fantasmas.
—No, no son verdaderos fantasmas. Los fantasmas somos nosotros.
John Steinbeck
Viajes con Charley en busca de Estados Unidos (traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Nórdica libros)


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Lunes, 29 de septiembre de 2014

(Se fija en el pequeño parque que rodea el hospital, señala un árbol y me dice que es un álamo (asiento con la cabeza, le confieso que apenas sé distinguir árboles, sólo pinos, abetos, olivos o eucaliptos). Observamos a una golondrina bajo el agua de los aspersores. Mueve la cabeza, abre el pico, bebe pequeñas gotas de agua, se tumba en la madera mojada que cruza el jardín. Mi padre habla con voz baja y temblorosa, me dice que la madera del álamo es blanda y manejable (la vía en su brazo izquierdo, el ligero movimiento de sus manos), que la usaban para hacer los bancos de las cocinas gallegas. Entonces, recuerdo aquel banco alargado en forma de ele donde probé mi primer café y se veían insectos y granos de trigo en la luz del atardecer que se colaba por la ventana.  Un árbol y dos recuerdos.

(coda)
Lecturas de hospital. Viajes con Charley en busca de Estados Unidos. La librería Ambulante. El pretendiente americano. Tallo de hierro. Los vagabundos de la cosecha. Caminos polvorientos y conversaciones con desconocidos, carromatos de libros y fantasmas materializados, perdedores que se nutren de su sentimiento de culpa y viven para él, inmigrantes y vagabundos y viajes sin mapas)


Los lunes de Anay. Cánones...

"Que no se enoje la felicidad por considerarla mía"
                                                                   WISLAWA SZYMBORSKA


LA FELICIDAD

Serás mujer.
Serás delgada.
Luego serás normal.
Podrás estudiar
aunque serás secretaria.
Y serás hermosa.
Serás de media estatura.
No usarás tacones.
Serás elegante.
Te casarás.
Antes aprenderás idiomas.
Viajarás a países lejanos.
Ganarás lo justo.
Firmarás una hipoteca.
Conducirás un coche.
Irás al cine.
Fumarás tabaco.
Bailarás en discotecas.
Escucharás las canciones de tus padres
y música electrónica.
Te marcharás pronto de casa.
Tendrás hijos.
Olvidarás a tus primeros novios
y tendrás alergias en primavera.

Que no se enoje la felicidad
por considerarla mía.

                                   SARA HERRERA PERALTA




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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Domingo, 28 de septiembre de 2014

El cuatro de octubre SOS Bilbao organizará un rastrillo solidario en el parque Gernika de Santurtzi para recaudar fondos destinados al mantenimiento de los perros y gatos de la protectora. Como en anteriores rastrillos, habrá ropa, libros de segunda mano, muebles, abalorios y los objetos más curiosos que se puedan imaginar, se organizarán actividades para niños y estarán algunos de los perros de la protectora. Será divertido. Allí nos veremos.



El próximo 4 de octubre estaremos de nuevo en el Parque Gernika, Santurtzi, con un nuevo rastrillo solidario pro animales de SOS BILBAO, de diez de la mañana a siete de la tarde.
Habrá actividades para los niños y niñas y visita de los perros que esperan un hogar en Centro canino Euskalmushing.
Os animamos a acercaros a echar una ojeada, comprar y colaborar trayendo objetos que ya no uséis.
También podéis aprovechar para traer material sanitario, huesos para los perros, piensos... o lo que queráis que hagamos llegar a los perros y gatos abandonados que atendemos.
Si tienes cualquier duda, escríbenos a [email protected]


Publicado por elchicoanalogo @ 6:26  | Notas de prensa
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Viernes, 26 de septiembre de 2014

Un granja y un paisaje idílico, dos hermanos que viven una rutina plácida, él que escribe sobre su vida en el campo y ella que se dedica a hacer pan, un extraño carromato que esconde una librería ambulante y un librero pequeño, pelirrojo y decidido que necesita vender su librería para escribir su propia novela, una mujer que decide comprar el carromato para que su hermano deje de vagabundear en busca de anécdotas para sus libros y que encuentra en esa vida itinerante las aventuras que nunca tuvo, ir de granja en granja por un ideal y llevar la literatura a cada rincón del país.

La librería ambulante es una pequeña y tierna historia de iniciación y de amor por los libros, una mujer que, por una vez en su vida, deja atrás su trabajo en una granja y se atreve a vagabundear por el campo para vender libros y acercar la literatura a granjeros que no tienen acceso a ella. En apenas cuatro días, la vida de Helen McGill da un vuelco, compra una librería ambulante, junto con una yegua y un perro, a Roger Mifflin, un hombre peculiar que aspira a recluirse en Brooklyn para escribir su historia de libros y viajes, deja su cocina en la granja que comparte con su hermano y descubre que  le atrae la vida errante, que hay algo en esa vida que le hace sentirse libre, valiente, diferente.

Morley crea una historia blanda, entrañable, a veces leve, a veces con un humor irónico, dos idealistas que piensan en cómo hacer llegar los libros a los lugares más apartados de la región, que las familias granjeras lean más allá de las oraciones fúnebres y descubran a Stevenson, O. Henry o Wilkie Collins. En su viaje, las ideas peregrinas de Roger Mifflin sobre los editores, necios hombres de negocio que no saben nada de libros, los escritores, la humanidad en los trazos de O. Henry, la falta de corazón en la forma de escribir de Henry James, la literatura como lugar de aprendizaje, resistencia y nuevas miradas, el carromato lleno de libros que atrae la atención allá por donde pasan y parece más un teatro ambulante que una librería.

McGill y Mifflin viajan por apartados caminos, se cuentan sus pequeñas vidas, se detienen en cada granja y representan una especie de obra teatral para vender sus libros, Mifflin un hombre habituado a la vida errante que añora la compañía y le gustan las buenas peleas, McGill, una mujer que se siente vieja y gorda y que descubre en el movimiento y las tierras desconocidas un placer inesperado, una aventura única, el inicio de su labor como escritora. Helen McGill mira alrededor, descubre un mundo nuevo y necesita recogerlo y compartirlo.

La librería ambulante tiene momentos divertidos me recuerda por momentos al humor de Mark Twain o Frank Capra, la voz de una mujer sorprendida y decidida, una tierra acogedora, un carromato que parece un lugar utópico donde leer, dormir, recolectar historias, transmitir pasión por la literatura y acampar junto a caminos abandonados, unos personajes estrafalarios, alguna pelea y el mundo como un lugar pequeño y cálido.




La gente del campo es más bien cautelosa a la hora de gastarse el dinero. Pueden pagar un dineral por un filtro de agua o por una capota, ¡pero nadie les ha enseñado a preocuparse por la literatura! Y, sin embargo, es sorprendente cuánto se emocionan con un libro; si aciertas con el tipo de libro, claro. Un poco más allá de Port Vigor hay un granjero que espera mi regreso. He estado allí tres o cuatro veces. Calculo que me comprará unos cinco dólares en libros. La primera vez que fui a su granja le vendí La isla del tesoro, y todavía sigue hablando de ese libro. Le vendí Robinson Crusoe y Mujercitas para su hija y le vendí también Huckleberry Finn y el libro de Grubb sobre la patata. La última vez que estuve allí me pidió algo de Shakespeare, pero no se lo quise vender. Creo que todavía no estaba preparado.
Empecé a percibir algo del idealismo con que aquel hombrecillo asumía su trabajo. Era una especie de misionero itinerante, además de un conversador incansable. De pronto se había puesto a parpadear y pude ver cómo empezaba a entusiasmarse.
«¡Dios!», dijo, «cuando le vendes un libro a alguien no solamente le estás vendiendo doce onzas de papel, tinta y pegamento. Le estás vendiendo una vida totalmente nueva. Amor, amistad y humor y barcos que navegan en la noche. En un libro cabe todo, el cielo y la tierra, en un libro de verdad, quiero decir. ¡Repámpanos! Si en lugar de librero fuera panadero, carnicero o vendedor de escobas la gente correría a su puerta a recibirme, ansiosa por recibir mi mercancía. Y heme aquí, con mi cargamento de salvaciones eternas. Sí, señora, salvación para sus pequeñas y atribuladas almas. Y no vea cómo cuesta que lo entiendan. Sólo por eso vale la pena. Estoy haciendo algo que a nadie se le ha ocurrido hacer desde Nazareth, Maine, hasta Walla Walla, Washington. ¡Es un nuevo campo, pero vaya si vale la pena! Eso es lo que este país necesita: ¡más libros!»

( … )

«El mundo está lleno de grandes escritores que hablan de literatura», dijo, «pero todos ellos son egoístas y aristocráticos. Addison, Lamb, Hazlitt, Emerson, Lowell, escoja al que quiera, conciben el amor por los libros como un escaso y perfecto misterio al alcance de unos pocos, algo reservado al silencioso estudio donde se refugian en las noches con una vela, un cigarro, una copa de oporto sobre la mesa y un perrito de aguas junto a la chimenea. Lo que quiero decir es: ¿quién se ha aventurado alguna vez en las montañas y los campos para llevarles la literatura a las gentes más simples?, ¿quién ha llevado la literatura hasta sus mismos hogares, hasta sus razones y corazones, como dicen por ahí? Cuanto más se adentra uno en el campo, menos y peores libros se ven. He pasado muchos años recorriendo mundo a bordo de esta ciudadela del delito y, por los huesos de Ben Ezra, no creo haber visto un solo libro realmente bueno que no fuera la Biblia en ninguna granja, excepto los que yo mismo llevaba, claro. Los mandarines de la cultura, ¿qué tienen para enseñarle a la gente corriente? No vale con escribir listas de libros para los granjeros y llenar con ellos estanterías de dos metros. Es preciso ir a visitar a la gente personalmente, llevarles los libros, hablar con los profesores y presionar a los editores de periódicos locales y revistas agrícolas y contarles cuentos a los niños. Y entonces, poco a poco, uno empieza a lograr que los buenos libros circulen por las venas de la nación. ¡Es una gran labor, imagínese! Es como llevar el Santo Grial a algunas de estas remotas granjas. Y ya me gustaría que hubiera mil Parnasos en lugar de uno solo. No lo habría dejado de no haber sido por mi libro: quiero escribir sobre mis ideas con la esperanza de animar a otros. ¡Aunque no creo que haya ningún editor en todo el país que quiera publicarlo!»

( … )

Creo que leer un buen libro te hace modesto. Cuando uno logra ver con lucidez el interior de la naturaleza humana, cosa que te proporcionan los grandes libros, uno siente la necesidad de hacerse pequeño. Es como mirar la Osa Mayor en una noche clara o como ver el amanecer en invierno cuando uno va a recoger los huevos de la mañana. Y cualquier cosa que te haga sentir pequeño es maravillosamente buena.
Christopher Morley
La librería ambulante (traducción de Juan Sebastián Cárdenas. Periférica)


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Jueves, 25 de septiembre de 2014

3) Veo amanecer desde la cafetería del hospital, las siluetas negras de los árboles, los haces de luz de las farolas, el campanario envuelto en una red, el movimiento suave de las embarcaciones en el muelle, las ventanas que se iluminan y me hacen pensar en el misterio de otras vidas, el silencio último entre la noche y el día y la impresión de ver un mundo que se mueve a cámara lenta. Termino Viajes con Charley de Steinbeck, la idea de viajar por el propio país y descubrir paisajes, acentos y personas, las carreteras como muros que impiden ver las ciudades y encontrar un silencio amigo en un camino de tierra lejos de cualquier luz. Vuelvo a la habitación y leo el nuevo sermón en el pasillo del hospital, dios que está cerca de los publicanos y las prostitutas. Sonrío. Entro en la habitación, mi padre duerme con la radio puesta. El tiempo en un hospital lo marca una cruz de madera, un televisor apagado, el ruido de los carritos en el pasillo, la luz contra las cortinas. Me siento junto a la ventana. En un muro, una pintada, tú y yo.

2) Levanto la vista de Viajes con Charley. El gasolino sale del embarcadero y traza una curva sobre la ría. Por un instante creo que ha soltado amarras de manera definitiva, que nunca alcanzará el embarcadero de la otra ribera y se dejará llevar por la corriente hasta mar adentro. Pienso en hacer una foto, el bote verde, los salvavidas naranjas apilados sobre la cabina, las sombras de los pasajeros, las pequeñas olas contra el casco, la deriva curva y la estela que deja sobre el agua, el puente colgante y la línea blanca del horizonte. Saco la cámara, miro alrededor, busco detalles, fotos pequeñas, los gatos dormidos sobre los tejados rojos, el reloj de la antigua estación de tren, las primeras hojas amarillas junto al banco donde leo, las antenas de televisión que crean una línea recta sobre los tejados, las gaviotas que rozan el agua en su vuelo bajo, los claros entre las nubes de tormenta y los rayos de sol que sombrean las dragas en la ría. Me pregunto por la necesidad de registrarlo todo, por dejar constancia de cada escena y momento vividos, miles de imágenes almacenadas de cada instante de una vida y pienso en Funés el memorioso, capaz de recordar un día completo, un don y una esclavitud. Guardo la cámara sin hacer una foto, sé que algún día escribiré sobre este momento, que dejaré pasar el tiempo para recordar los detalles difusos de un instante pequeño e intrascendente (una diapositiva), que llegará un día donde ni siquiera escribiré diapositivas (sólo mirar, asentir y llenarse de imágenes de paso)

1) Es un juego. Paseo por la ciudad, escucho música, miro distraído alrededor, entro en una cafetería y escribo en un cuaderno aquello que me ha llamado la atención en una frase. Y escribo, la caricia de una mujer a una estatua, la palabra poesía en un cartel entre las ramas de un árbol, la luz temblorosa sobre las hojas mojadas, un perro tumbado junto a un mendigo, una telaraña roja en un semáforo, un artista callejero y una estela de pompas gigantes. Todo lo que no he visto.


(coda)

I believe in what I see
I believe in what I hear
I believe that what I'm feeling
Changes how the world appears




Publicado por elchicoanalogo @ 6:47  | diapositivas
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Mi?rcoles, 24 de septiembre de 2014

Desde entonces, la humanidad ha dejado tras de sí las supersticiones de los alquimistas, los telares manuales, los barcos de vela y los coches de correos tirados por caballos, los mosquetes y las alabardas, para entrar en el siglo de los generadores, los motores eléctricos y las turbinas, el siglo de los reactores atómicos y las reacciones termonucleares. Mientras tanto, Galileo ha escrito su Diálogo, sentando las bases del conocimiento sobre el universo, Newton ha publicado sus Principia y Einstein, Sobre la electrodinámica de cuerpos en movimiento. Mientras tanto, Rembrandt, Goethe, Beethoven, Dostoyevski y Tolstói han contribuido a enriquecer el alma humana y a embellecer la vida.

Vi a una joven madre que sostenía en brazos a su bebé. ¿Cómo lograr transmitir el encanto de un manzano esbelto y delicado que acaba de dar su primer fruto grávido, de faz lechosa? ¿Y de un ave de corta edad que ha tenido su primera camada de polluelos? ¿El encanto de una corza bisoña que ha sido madre primeriza? ¿La maternidad y la delicadeza de una mujer joven, casi niña?
Vasili Grossman
Eterno reposo y otras narraciones (traducción de Andréi Kozinets. Galaxia Gutenberg)


Tags: Vasili Grossman, Eterno reposo, Andréi Kozinets, Galaxia Gutenberg

Lunes, 22 de septiembre de 2014

(Señalo el final del pasillo y nos dirigimos hacia el gran ventanal. Observo el goteo del suero (las gotas derramadas contra el cristal me recuerdan a pequeñas constelaciones). La luz, amarilla y cálida, se desplaza por el suelo y parece acogernos. Leemos una parábola de San Mateo y el sermón de la misa dominical en una pared del hospital, los últimos serán los primeros y los derechos que creemos adquiridos. Sonríe a las enfermeras y es ahí, en su sonrisa (un atisbo de picardía), donde recupera su juventud, las tardes de baile, los primeros cigarrillos, las corbatas negras sobre camisas blancas. Llegamos al ventanal, sentimos el aire caliente de la calle, los árboles estáticos, el cielo sin nubes. Sólo la luz se mueve en la mañana.

(coda)
Estás tumbado junto a los acantilados. Sientes la hierba en tu espalda y recuerdas cuando te descalzabas para andar sobre los campos e imaginabas que unas raíces brotaban de tus pies y te unían con el centro de la tierra. Escuchas el mar contra las rocas y cuentas las olas de siete en siete. Quieres adivinar la llegada de la gran ola, la que hace estallar los acantilados y vuelve el mundo del revés. El sonido del mar, el atardecer del cielo, el viento que sabe a sal, te dejas llevar y, no sabes la razón, vuelves a los vendedores ambulantes de ropa que dejaban una estela de polvo tras el camino y desaparecían tras las luces de los pueblos de tu infancia (pequeñas hogueras en la noche), cuando te preguntabas sobre su vida itinerante y creías que eran vagamundos de hatillo al hombro, sin raíces ni destino. Descubres la luz de las primeras estrellas y eliges una al azar que seguir. Intentas captar el movimiento de la tierra bajo tu cuerpo y la extraña maquinaria que se despliega sobre tu cabeza y por un instante crees que el titilar de las estrellas se acomoda al ritmo de las olas. Pierdes tu estrella entre las demás, buscas sistemas binarios que cambien del rojo al azul, crees ver pasar un satélite, trazas líneas imaginarias entre los puntos del cielo (no consigues dibujar algo definido, sólo formas extrañas y matemáticas). Piensas en el tiempo que necesita la luz en llegar hasta ti y sabes que algunas de esas estrellas han dejado de existir. La luz gris del atardecer oscurece las briznas de hierba y las ruinas junto a los acantilados. Y es en la luz, la cambiante del atardecer, la distante de las estrellas, la reflejada en el suelo de un hospital, donde está el espacio y el tiempo, el destino y el azar, las raíces, los vagamundos y el centro de la tierra)


Los lunes de Anay. Ruecas...

"Obstinada siempre en su primer beso"
                                                                          PAUL ELUARD


INVISIBLE

No busques el arma
que te ha hecho la herida
más profunda.
                           La hallarás,
con asombro, en lo más puro.
 
                                                       ALFREDO BUXÁN




...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Paul Eluard, Alfredo Buxán, Cinema Paradiso, Ennio Morricone

Publicado por elchicoanalogo @ 21:12  | Los lunes de Anay
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Viernes, 19 de septiembre de 2014

Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura estaba ya seguro de que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora, con cincuenta y ocho, de que tal vez la senilidad lo consiguiese. No ha funcionado. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc en el pavimento de unos cascos herrados producen el viejo estremecimiento, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que la enfermedad es incurable. Expongo esto no para instruir a otros, sino para informarme yo mismo.
Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, y el camino que lleva lejos de aquí parece ancho y recto y grato, la víctima debe hallar primero en sí misma una razón buena y suficiente para ponerse en marcha. Esto no le es difícil al vagabundo experto. Tiene incorporado un huerto de razones donde elegir. Luego debe planear su viaje en el tiempo y en el espacio, elegir una dirección y un destino. Y debe por último abordar los detalles prácticos. Cómo ir, qué llevar, cuánto tiempo estar. Esta parte del proceso es invariable e indefectible. La explico sólo para que los recién llegados al vagabundeo no crean, como adolescentes con un pecado recién urdido, que lo inventaron ellos.
Después de trazar el plan, disponer el equipo e iniciar un viaje, interviene y se hace cargo un nuevo factor. Cada viaje, safari o exploración es una entidad, es diferente de todos los demás viajes. Tiene personalidad, temperamento, individualidad, carácter único. Un viaje es una persona en sí; no hay dos iguales. Y los planes, las salvaguardas, el control y la coerción son todos infructuosos. Descubrimos tras años de lucha que no hacemos un viaje: nos hace él a nosotros. Guías, programas, reservas, cosas obligadas e inevitables, naufragan y se hunden ante la personalidad del viaje. Sólo cuando el vagabundo de pura cepa reconoce esto puede relajarse y asumirlo. Sólo entonces se disipan las frustraciones. En esto un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas. Me siento mejor ahora, después de haber dicho esto, aunque sólo los que lo han experimentado lo entenderán.
John Steinbeck
Viajes con Charley en busca de Estados Unidos (Traducción de José Manuel Álvarez Flórez. Nórdica libros)




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Publicado por elchicoanalogo @ 6:59  | Libros...
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Mi?rcoles, 17 de septiembre de 2014

Un punto donde se unen la realidad, la ficción y los sueños, la reflexión sobre el tiempo y la literatura y el deseo de serlo todo, sobre el lugar que ocupamos en el mundo y cómo está construido ese mundo, un narrador que aparece y desaparece entre los cuentos de Nostalgia, un hombre que lucha contra el azar y contra sí mismo y organiza veladas que son hipnóticas y mezclan el horror y el morbo por una muerte que no acaba de llegar, un escritor que se cuestiona sobre la inmortalidad y difumina la barrera entre literatura y realidad y espera su resurrección convirtiéndose en un personaje de papel, unos niños que erigen a uno de sus compañeros en un  semi dios al que seguir y unas niñas que juegan a ser reinas por un día y convocan presencias e imágenes de otros mundos y conciencias (la infancia como lugar de sueños y fantasía, de brujería y terror), una ciudad transformada en una telaraña donde transcurren deseos, sueños y horrores.

Nostalgia es ruptura y descubrimiento, es Borges más Kafka más Cortázar más una realidad que pasa por literatura y una ficción que es verdad, es el sueño como parte de la vida y el tiempo como manifestación de la muerte, es una colección de cuentos que parece una novela y la voz de un narrador que se cuestiona por la realidad y la literatura, qué espacio ocupa cada una, en cuál de ella vivimos, qué es real y qué forma parte de la ficción. Los cuentos de Mircea Cărtărescu me atraen  por su densidad, reflexión y humor negro, por su tono entre pesadilla y cuento de hadas, por la infancia como lugar donde vivir leyendas y la madurez como un espacio a los recuerdos, por un puñado de personajes que se enfrentan a sí mismos y a un mundo en un cambio constante e inesperado y sienten que los sueños forman parte fundamental de la realidad.

En El ruletista, un hombre sin suerte encuentra en la ruleta rusa una forma de crear una realidad alterna, la puesta en escena de una lucha entre la suerte y la muerte, entre la duda, el morbo y el sueño. El narrador de El ruletista (de Nostalgia), se pregunta sobre la realidad y la ficción, por qué la realidad no es creíble y la ficción un lugar donde vivir y cobijar esa realidad, sobre el azar, la muerte y la resurrección, sobre crear un mundo más allá de la realidad. Ya he escrito suficiente literatura, durante sesenta años no he hecho otra cosa, pero permítaseme ahora, al final del final, un momento de lucidez: todo lo que he escrito después de los treinta años no ha sido más que una penosa impostura. Estoy harto de escribir sin la esperanza de poder superarme algún día, de poder saltar más allá de mi propia sombra. Es cierto que, hasta cierto punto, he sido honesto de la única manera en que puede serlo un artista, es decir, he querido contarlo todo sobre mí, absolutamente todo. Pero la ilusión ha sido más amarga si cabe, dado que la literatura no es el medio adecuado para decir algo real sobre uno mismo. Con las primeras líneas que despliegas en la página, en esa mano que sujeta la pluma, entra, como en un guante, una mano ajena, burlona, y tu imagen, reflejada en el espejo de las páginas, se escurre en todas direcciones como si fuera azogue, de tal manera que de sus burbujas deformadas cristalizan la Araña o el Gusano o el Fauno o el Unicornio o Dios, cuando de hecho tú solo querías hablar sobre ti. La literatura es teratología.

En Mendébil, un grupo de niños sigue a un nuevo compañero de juegos en sus gestos e historias, lo erigen en una especie de dios al que venerar, su idea de la muerte única forma de sentir con toda la piel, el mundo que no es otra cosa que una infinita caja china de marionetas que repiten los mismos gestos o los diferentes tipos de hombres. Está el descubrimiento, la alucinación, la caída en desgracia, un extraño calvario protagonizado por niños. En Los gemelos se subvierte la realidad y la identidad, hay un amor loco, un pasadizo bajo una ciudad gris, un hombre y una mujer que cruzan un museo y ven cómo la realidad se trastoca y se ven arrastrados a un nuevo mundo donde se juntan sueño, ficción y realidad. REM es una mujer que recuerda su infancia para su amante, una historia dentro de otra que habla de una ciudad estática, una visita a su tía, un juego donde ser reina por un día y cada día del juego la fantasía y la imaginación que se adentran en la realidad (esqueletos gigantes, líneas en el suelo que envejecen a quienes las cruzan, espacios cerrados para agrandar el mundo exterior), un hombre de estatura desorbitada que la invita a soñar, a seguir los caminos dentro de sus sueños y encontrar el REM para desentrañar su significado. El arquitecto es un cuento extraño, un hombre corriente al que le obsesiona el sonido del claxon de su coche, que se convierte en un creador a través de los diferentes aparatos de música que instala en el coche, que crea un nuevo lenguaje y transforma la realidad circundante.

Las imágenes que se repiten, las telas de araña, los espejos, los sueños que irrumpen en la realidad, los juegos infantiles, las primeras aproximaciones al sexo, los libros, la ciudad gris, Nostalgia es el sueño que se adentra en una realidad que sólo puede existir en la ficción. La voz de Mircea Cărtărescu es densa, divertida, imaginativa, se cuestiona sobre el lugar que ocupan la realidad y la literatura. Una de las sorpresas de este año.





Desde hace unos cuantos años, duermo mal y sueño con un viejo que enloquece por culpa de la soledad. Únicamente el sueño me refleja de forma realista. Me despierto llorando de soledad, incluso aunque de día me sienta acompañado por aquellos de mis amigos que aún viven. Ya no puedo soportar mi vida, pero el hecho de entrar hoy o mañana en una muerte infinita, me obliga a intentar pensar. Por ello —puesto que tengo que pensar, como aquel que, arrojado en el laberinto, tiene que buscar una salida entre paredes embadurnadas de estiércol, o incluso a través de la boca de una ratonera— y solo por ello, escribo estas líneas. No por demostrar(me) que Dios existe. Desgraciadamente, y a pesar de todos mis esfuerzos, nunca he sido creyente, no he sufrido crisis de fe ni de negación de la fe. Quizá hubiera sido mejor serlo, porque la escritura exige drama y el drama nace de esa lucha agónica entre la esperanza y la desesperanza, en la que la fe desempeña un papel, me imagino, esencial. En mi juventud, la mitad de los escritores se convertía y la otra mitad perdía la fe, pero en su obra literaria el efecto era más o menos el mismo. ¡Cómo los envidiaba yo por aquel fuego que sus demonios atizaban bajo los calderos en que se regodeaban como artistas! Y mírame ahora, en mi escondrijo, un ovillo de harapos y cartílagos por cuya mente o corazón nadie apostaría, porque a mí nadie puede ya quitarme nada.
Permanezco aquí, en mi sillón, aterrorizado por la idea de que ahí fuera ya no exista nada más que una noche sólida como un infinito témpano de brea, una niebla negra que ha engullido lentamente, a medida que he ido envejeciendo, las ciudades, las casas, las calles, los rostros. Parece que el único sol del universo es la bombilla de la lámpara y lo único que ilumina es el rostro de un anciano, arrugado como un higo.
Cuando yo haya muerto, mi cripta, mi guarida, seguirá flotando en esa niebla negra y sólida, y llevará estas hojas a ninguna parte para que nadie las lea. Pero en ellas está, al fin y al cabo, todo. He escrito varios miles de páginas de literatura —polvo, nada más que polvo. Intrigas construidas de forma magistral, fantoches con sonrisas galvanizadas, pero, ¿cómo vas a poder decir algo, por poco que sea, en esta inmensa convención que es el arte? Querrías sacudir el corazón del lector pero, ¿qué hace él? A las tres termina tu libro y a las cuatro empieza con otro, por muy bueno que sea el libro que tú hayas depositado en sus manos. Sin embargo, estas diez o quince páginas son otra cosa, se trata de un juego diferente. Mi lector de ahora no es otro que la muerte. Veo ya sus ojos negros, húmedos, atentos como los ojos de una adolescente, leer mientras completo una línea tras otra. Estas hojas contienen mi proyecto de inmortalidad.
Digo proyecto, aunque todo —y ese es mi triunfo y mi esperanza— es verdad. Qué extraño: la mayoría de los personajes que pueblan mis libros son inventados pero todo el mundo los ha tomado por copias de la realidad. Apenas ahora he reunido el valor suficiente para escribir sobre un hombre real que vivió mucho tiempo a mi lado pero que, en mi convención artística, habría resultado completamente inverosímil. Ningún lector habría aceptado que en su mundo pudiera vivir, apretujado en el mismo tranvía, respirando el mismo aire, un hombre cuya vida es la demostración matemática de un orden en el que ya nadie cree o en el que cree tan solo porque es absurdo. ¡Pero, ay! El Ruletista no es un sueño, no es la alucinación de un cerebro escleroso ni tampoco una coartada. Ahora, cuando pienso en él, estoy convencido de que también yo conocí a aquel mendigo del final del puente, sobre el que hablaba Rilke, en torno al cual giran todos los mundos.
Mircea Cărtărescu
Nostalgia (traducción de Marian Ochoa de Eribe. Impedimenta)


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Lunes, 15 de septiembre de 2014

(la temprana oscuridad de la tarde, el pequeño zumbido eléctrico de las nubes, las primeras gotas blancas de lluvia (los círculos negros que dejan en la acera), el crujido de las hojas al doblarse por la lluvia, la luz azul de los relámpagos, la voz de dibujos animados de una niña que dice, emocionada, ha empezado a llover, un arcoíris entre las nubes y un gato negro bajo las ramas de un árbol. Veo el cielo cambiar de gris a amarillo y pienso en aquella frase de la película de Wellman, un desierto es un espacio y los espacios se cruzan)


Los lunes de Anay. Ventolín...

"A veces
olvido respirar,
hasta que viene
tu tacto a rescatarme"
                                         ARTURO TENDERO


TODO ES MUY SIMPLE

Todo es muy simple mucho
más simple y sin embargo
aun así hay momentos
en que es demasiado para mí
en que no entiendo
y no sé si reírme a carcajadas
o si llorar de miedo
o estarme aquí sin llanto
sin risas
en silencio
asumiendo mi vida
mi tránsito
mi tiempo.

                       IDEA VILARIÑO



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


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S?bado, 13 de septiembre de 2014

En la barra no había sitio para leer el periódico, y Harmon se comió sus huevos fritos observando a la pareja, sentada en la mesa de la ventana. La muchacha estaba más delgada de lo que pensaba; cuando se inclinó sobre la mesa, su torso -incluso con su chaquetita vaquera- no era más grande que una tabla de lavar. En cierto momento dobló los brazos y apoyó la cabeza en ellos. El muchacho habló, sin cambiar su expresión relajada en ningún momento. Cuando ella se incorporó, él le tocó el pelo, frotándose las puntas entre los dedos.
Harmon compró dos rosquillas en dos bolsas separadas y se marchó. Septiembre acababa de comenzar y los arces tenían las copas rojas; unas cuantas hojas carmesí habían caído a la carretera sin asfaltar, como objetos perfectos en forma de estrella. Años antes, cuando sus hijos eran pequeños, Harmon podría habérselas señalado y ellos las habrían recogido con entusiasmo. A Derrick, sobre todo, le encantaban las hojas, las ramas y las bellotas, y Bonnie se encontraba medio bosque debajo de su cama. «Se te va a instalar a vivir una ardilla», decía, ordenándole que lo limpiara, mientras el niño lloraba. Derrick guardaba todo lo que tenía un valor sentimental para él. Harmon siguió andando, dejando su coche en el puerto, notando el aire como un trapo frío en la cara. Cada uno de sus hijos había sido su hijo preferido.


Daisy Foster vivía en una casita acondicionada para el invierno, situada en el tramo más alto de la carretera sin asfaltar que bajaba serpenteando hasta el puerto y el mar. Desde su saloncito se alcanzaba a ver una pequeña franja de agua a lo lejos. Desde su comedor se veía la carretera a menos de un metro de distancia, aunque en verano se la tapaba la maraña de coronas de novia que florecían contra su ventana. Ese día los arbustos estaban pelados, y hacía frío; Daisy había encendido la estufa de la cocina.
Elizabeth Strout
Olive Kitteridge (traducción de Rosa Pérez Pérez. Austral. El aleph)


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Jueves, 11 de septiembre de 2014

Unas tijeras, periódicos y palabras recortadas, una mirada atenta, el caos en el orden y poemas que son rompecabezas, quedarse sin palabras y encontrarlas en titulares y noticias de prensa, leer los poemas de Cahier y sentir que en ese caos y en esos recortes reconozco la voz de Isabel Bono, que hay unas palabras e imágenes que la definen y la diferencian del resto.

Cahier tiene (una suave) tristeza, es divertido, es inteligente, es libre, habla de insomnios, deseos y miedos, de amor, poetas locos y muerte, de carteros, pasión y heridas. Cahier también es el hueco entre las palabras, lo que querían decir en un inicio en algún titular de periódico y su transformación en algo nuevo, palabras que podrían hablar de accidentes, exposiciones o juicios y que terminan formando un poema sobre naufragios personales, poetas inéditos o un amor escrito con h.

Me divierte leer Cahier y, también, me deja un poso de melancolía, poemas que invitan a mirar de otra manera, un cuaderno para transformar la realidad.







El paraíso perdido

Una vez
empecé a escuchar
la voz de Dios

¿Qué tengo que hacer?
Utiliza cartas marcadas
¿Cómo?
Juega sucio

Ahora
dice que era broma



Correspondencia

no importa que sea
verano o invierno
él
siempre vuelve
con
tan hermosas
palabras
secretos
mensajes
de largo recorrido

amo
al cartero



Los restos del
naufragio

cada
boca
un
laberinto
sin
respuestas

cada
hombre
una
naturaleza
muerta
Isabel Bono
Cahier (Baile del sol)


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Martes, 09 de septiembre de 2014

Un mundo feliz, una pequeña comunidad, la llegada de la televisión, los recuerdos lejanos de la segunda guerra mundial y la guerra fría como algo distante, un concurso de un periódico que consiste en adivinar en qué casilla se esconde un hombrecito verde y un hombre que  dedica ocho horas al día a encontrar esa casilla, estar en los años cincuenta y asistir a gestos cotidianos, el trabajo en un supermercado, las visitas nocturnas de los vecinos, las charlas intrascendentes, un niño que encuentra unas revistas en un solar abandonado que dan un vuelco a la realidad y un hombre que teme que su vecino recupere la cordura e intente huir de la pequeña comunidad en la que vive, descubrir que estabas ante unas sombras proyectadas en la pared de una caverna, que lo que vas a leer es un viaje fuera de esa caverna para descubrir qué es real y qué invención.

Tiempo desarticulado contiene los temas recurrentes de Philip K. Dick, el engaño de la realidad, los extraños caminos dentro de nuestra mente, los instantes de locura donde el mundo se presenta tal y como es, el miedo, las dudas y la incertidumbre en los momentos donde no podemos verificar el mundo que nos rodea. Dick me habla del mito de la caverna, las sombras que vemos y las diferentes realidades que no sabemos ver, la realidad y el aprendizaje condicionados, el viaje fuera de la caverna y descubrir otros mundos que estaban ocultos.

El inicio de Tiempo desarticulado es lento, aburrido, escenas cotidianas en un supermercado y conversaciones intrascendentes. Por una vez me sorprende el arranque en un libro de Dick, no están el caos y sentirse desubicado ante un exceso de líneas argumentales y personajes. Hay una pequeña comunidad en los años cincuenta y un concurso en el periódico, las veladas nocturnas entre vecinos y la televisión como un nuevo juguete. Todo ordenado, todo previsible. Hasta que Ragle Grumm, el hombre que dedica su tiempo a descubrir dónde se esconde el hombrecito verde del concurso, ve cómo su realidad se desprende para dejar paso a otra más extraña. Es ahí, el hombre que en un ataque de locura ve la realidad tal cual es, donde realmente empieza Tiempo desarticulado. A partir de ahí, un intento de descubrir esa realidad encubierta, una conspiración gubernamental, un viaje fuera de la comunidad, los tiempos entremezclados, los personajes que deambulan entre el miedo, la duda, el escepticismo y la sorpresa constante.

Tiempo desarticulado me trae un Dick más pausado, menos desmañado, una historia que avanza a trompicones, un viaje en el que se desvanece aquello que teníamos por real y la lucha de un hombre por ajustar lo que creía conocer con la nueva realidad.





-¿No es la filosofía un refugio y un solaz?
-Eso no lo sé. Quizá una vez lo fue. La impresión que tengo de la filosofía tiene que ver con las teorías acerca de la realidad última y cuál es la finalidad de la vida.
Imperturbable, Ragle preguntó:
-¿Qué tiene eso de malo?
-Nada, si crees que eso te ayuda.
-Leí un poco en mis tiempos. Estaba pensando en el obispo de Berkeley. Los idealistas. Por ejemplo... -Señaló el piano en un rincón del salón-. ¿Cómo sabemos que ese piano existe?
-No lo sabemos -contestó Vic.
-Quizá no existe.

( … )

Que no me confunda más, pensó. Estoy lo bastante desconcertado como para que me dure el resto de la vida. ¿Qué sé yo de cierto? Quizá Ragle tiene razón: tendríamos que echar mano de los grandes libros de filosofía y empezar a estudiar duro al obispo Berkeley y a todos los demás... no recordaba lo bastante como para saber siquiera los nombres de los filósofos.
Quizá, pensó, si entrecierro los ojos lo bastante como para captar sólo una línea de luz y me concentro a fondo en el autobús, en las compradoras viejas y pesadas con sus abultadas bolsas y los escolares que parlotean y los empleados que leen el periódico de la tarde y el conductor de cuello rojo, quizá todos ellos desaparezcan. El asiento chirriante sobre el que estoy sentado. Los apestosos humos cada vez que el autobús arranca. Las sacudidas. Los balanceos. Los anuncios en las ventanillas. Quizá todo se desvanezca.
Philip K. Dick
Tiempo desarticulado (traducción de Rubén Masera. Minotauro)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:17  | Libros...
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Lunes, 08 de septiembre de 2014

(te gustan los lugares de paso, las habitaciones de hotel y los aeropuertos, los parques y las cafeterías, sentirte fuera del espacio y del tiempo, el orden ajeno y saber que sólo dejarás una pequeña estela al desaparecer. Escoges un libro y un vista y te dejas llevar por el mundo que se presenta ante ti, un hombre gorrión que anda a saltitos, una bolsa de plástico con pan y comida en una de sus manos, un viejo álbum de cromos en la otra, la voz tenue, las palabras susurradas e inconexas, el tic extraño de su lengua, los gorriones a su alrededor cuando se sienta en uno de los banquitos del parque, la mirada perdida de los pasajeros al cruzar las puertas de salida, el cambio de expresión, de la desorientación a la alegría, cuando encuentran una cara amiga entre los desconocidos, los aviones en las pistas de aterrizaje y las despedidas tras el cristal, el movimiento circular de las cintas de equipaje, los cafés sin sabor y el tiempo que corre de otra manera, descubrir las azoteas de una gran ciudad desde el último piso de una habitación de hotel, el sol sobre las tejas rojas o reflejado en las ventanas cerradas, el murmullo pálido del tráfico, la sombra del atardecer en las paredes blancas y los objetos que guardas de tus viajes (una piedra, un billete de metro, un libro) como única muestra de hogar, los grandes ventanales de las cafeterías que dan a un cruce de calles, una plaza rectangular o un paseo cubierto de hojas marchitas, el humo del café y las conversaciones aceleradas, las personas que pasan delante de ti y parecen saber dónde van y qué hacer o se quedan detenidas por un instante en la acera y sientes que han perdido el paso, y, sobre todo, las estaciones de tren abandonadas, imágenes fugaces de paredes desconchadas, hierbas y ruinas que te hacen pensar en lo extraño que es el tiempo)


Los lunes de Anay. Mascaradas...

"Sentencias y dictámenes les dejo
a aquellos que no dudan. Yo sólo estoy segura
que amo la libertad y sus orillas"
                                                           RAQUEL LANSEROS



VEROSÍMIL

De ti
me gusta el colmo.

Lo demás
                     - la verdad-

me atrae sin cuidado.

                                        ANAY SALA




....Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Raquel Lanseros, Mecano

Publicado por elchicoanalogo @ 16:07  | Los lunes de Anay
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Domingo, 07 de septiembre de 2014

AIDA BOOKS ESTÁ DE VUELTA
HASTA 50% DE DESCUENTO ESTE FIN DE SEMANA
 
En AIDA Books&More ya estamos de vuelta. Recibimos poco a poco los voluntarios y tenemos las estanterías llenas de libros esperándote para hacer el síndrome postvacacional algo más llevadero.

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Publicado por elchicoanalogo @ 0:36  | Notas de prensa
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Viernes, 05 de septiembre de 2014
Mi?rcoles, 03 de septiembre de 2014

Una calle en un día de verano, los vecinos que se miran entre sí sorprendidos ante un hecho inesperado, el tiempo que se ralentiza y parece detenerse en un instante de confusión y miedo, la falta de reacción y el cambio en un puñado de vidas, un vuelo libre, una enfermedad terminal, una barbacoa, las ilusiones de unos jóvenes, las mudanzas y qué dejar atrás y qué conservar, las ventanas abiertas desde donde ver una parcela de nuestro mundo, qué sabemos de quienes nos rodean y qué hacemos para acercarnos a los demás, los recuerdos que marcan un cambio y una muerte solitaria y muda.

Si nadie habla de las cosas que importan parece una sucesión de diapositivas. Jon McGregor sitúa la acción en una pequeña calle inglesa en un día concreto de verano y describe personajes y situaciones de manera directa, qué ve y qué hacen sus personajes y un atisbo de las emociones de quien observa. McGregor crea una pequeña comunidad, pasa de una casa a otra, no da nombres a sus personajes, los califica por su aspecto o por el número de su casa, habla de niños que juegan en la calle, de hombres que pintan marcos de ventanas, de una pareja de ancianos que llevan toda una vida juntos, de un estudiante que dibuja la estructura de los edificios, de una mujer de gafas cuadradas a punto de marcharse de su casa y la indecisión ante qué llevar y qué le espera, de un hombre que fotografía la calle, los vecinos, que recoge de la basura pequeños objetos como forma de conservar aquello que olvidamos o dejamos atrás,.

Hay dos tiempos en Si nadie habla de las cosas que importan, el día de verano donde un hecho fortuito e inesperado trastocará la vida de los vecinos de una calle (y ahí McGregor describe escenas cotidianas y se pregunta qué sabemos de nuestros vecinos, si sólo son una colección de gestos), y el presente donde una mujer recuerda aquel día a la vez que intenta ordenar su presente. McGregor juega con la tensión de encubrir el hecho que todo lo cambia a lo largo del libro, describe un día que parece normal en la vida de una comunidad, los pequeños gestos cotidianos, las relaciones entre los vecinos, un muchacho como un semidios que todo lo observa y que guarda la memoria del lugar.

Los personajes miran a través de sus ventanas, se preguntan por sus vecinos, cómo viven, qué secretos esconden, qué significan sus gestos y su forma de actuar, viven en un día que parece plácido y aburrido, huyen de la lluvia o salen a dar pequeños paseos fuera de su mundo, se dedican rápidas frases de saludo, parecen líneas que no acaban por cruzarse. Si nadie habla de las cosas que importan es la mirada fotográfica a un día cualquiera, a veces tenso, a veces aburrido, a veces una pequeña comunión.





Él dice quieres ver otra cosa especial, y señala a los tejados de enfrente, dice da una palmada para tu papá, y cuando ella lo hace, toda la cumbrera de palomas emprende el vuelo al instante y se hincha en grupo como un globo calle abajo, da una vuelta y se posa en otro tejado en perfecta línea recta.
Él dice, ¿las has visto, has visto que no chocan entre ellas, no te parece especial? y ella lo mira y cree que debe asentir así que lo hace.
Él dice sabes en el sitio donde naciste, y no dice allá en casa porque no quiere que piense así, pero es lo que quiere decir, allá en casa donde eran una familia y a donde pertenecían, dice en el sitio donde naciste había bandadas de miles de pájaros, que se reunían al anochecer, y cuando viraban en pleno vuelo el cielo entero se oscurecía como si Alá cerrara las persianas un momento. Y ninguno de esos millares de pájaros chocaba dice, ¿no te parece especial?
Él dice hija mía, y todo el amor que tiene está encerrado en su tono de voz cuando pronuncia esas dos palabras, dice hija mía siempre tienes que mirar con los dos ojos y escuchar con las dos orejas. Dice éste es un mundo muy grande y hay muchas cosas que podrías perderte si no estás atenta. Dice pasan cosas importantes a todas horas, ante nuestras narices, pero tenemos en los ojos como las nubes que tapan el sol y nuestras vidas son más pálidas y pobres si no las vemos por lo que son.
Él dice, si nadie habla de las cosas que importan, ¿cómo pueden llamarse importantes?
La mira y sabe que no lo entiende, no cree que lo recuerde siquiera para entenderlo de mayor. Pero se lo dice de todas formas, es bueno decirlo en voz alta, hay cosas que la gente no piensa y quiere dejarlas en el aire.
Jon McGregor
Si nadie habla de las cosas que importan (traducción de Libertad Aguilera y Gabriel Dols. Salamandra)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:14  | Libros...
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Lunes, 01 de septiembre de 2014

Visualizo un momento del pasado. Tengo catorce o quince años. Estoy en la tienda de Nieves (su cara arrugada, su mirada azul, sus manos pequeñas, su gesto tierno). En las estanterías detergentes, fruta, alpargatas, cajas de cerveza y vino en el suelo, la oscuridad tras la puerta del almacén. Escucho el sonido de un tractor, los coches que dejan una estela de polvo, el zumbido del congelador, el crujido de la puerta de entrada, las palabras en gallego, el olor a trigo, hierba recién cortada, sudor. Nieves se mueve tras la barra, observo cómo llena un vaso de vino o saca unas alpargatas de una caja de cartón. Parece frágil, temblorosa. Observo los cuerpos apoyados contra la barra, los sombreros de paja en la mano, las camisas mojadas, las arrugas alrededor de los ojos, la rapidez con la que beben el vino o la cerveza. Hablan de cosechas y de muertes (recuerdan entierros multitudinarios y el peso de un ataúd), me preguntan por mis padres, me dicen que me parezco a mi bisabuelo, se fijan en mis manos blandas. Eran horizonte y campos de trigo combados, eran montes en movimiento y el pequeño zumbido eléctrico de los insectos, eran manos agrietadas y una mirada acuosa en blanco y negro, eran gestos austeros y la muerte impregnada en sus ropas.


Los lunes de Anay. Palmarés...

"Creo en las noches"
                                       RAINER  MARIA RILKE



ESCULTURA LÍQUIDA

Si todo terminara aquí, si todo se cerrara,
de golpe, como un cepo, no lo lamentaría.

Suena una hebilla en la otra hebilla
encima de la colcha.
Luego, los cuerpos de tormenta, el suyo
que es un ciclón de seda, el mío
que es un tronco volcado
y esa intersección de memoria y olvido,
de afirmación y nada, de posesión y fuga,
de planos sobre planos sobre planos.

                                                                     LUIS MUÑOZ


               


...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Rainer Maria Rilke, Luis Muñoz, AC DC

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
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