Jueves, 02 de octubre de 2014

Un hombre frente a un auditorio formado por universitarios en su graduación, un escritor, humanista y veterano de la segunda guerra mundial, un recién llegado a este mundo y que está perplejo y sorprendido ante lo que ve, los mandatos de los estamentos religiosos, la obsesión con el petróleo y las nuevas tecnologías, la forma en cómo destrozamos el planeta, lo estúpido que podemos llegar a ser, su voz irónica y socarrona, su perpetuo asombro, un hombre que pide recordar a un maestro que influyera de manera decisiva en nosotros, que nos pide hacer de nuestra pequeña parcela de mundo un lugar mejor.

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis es una recopilación de discursos de Kurt Vonnegut pronunciados en graduaciones universitarias y entrega de premios, el inicio de los discursos con la celebración por el paso a la madurez de los universitarios y el consejo de intentar servir a la comunidad, el homenaje a los maestros que cambian nuestra manera de pensar, el sarcasmo y la ironía al hablar de nuestra estupidez como especie, los viejos sindicalistas, el humanismo y el sermón de la montaña como ejemplos a seguir. Vonnegut dispara contra la religión, los políticos, los medios de comunicación en manos de los poderosos, el racismo, las combustibles fósiles, se sorprende de nuestra falta de juicio y de nuestras altas pretensiones, de la ausencia de bondad, de cómo estropeamos el único lugar que podemos considerar nuestro hogar.

Los discursos de Que levanto mi mano... me llevan a los artículos de Un hombre sin patria y a novelas como Birlibirloque, se cruzan la misma voz y personas, el sindicalista Debs, el humorista Kin Hubbard y su tira cómica, Mark Twain, su tío Alex que le recuerda disfrutar de la felicidad cuando ésta ocurre o su hijo Mark que le dice que estamos aquí para ayudanos a atravesar esta cosa, sea lo que sea. Vonnegut habla del placer del contacto directo, de salir de una habitación y conocer al vecino, del servicio que podemos hacer a nuestra comunidad, ya sea en una gran ciudad o en una aldea perdida, del adiós a la infancia y la asunción del nuevo papel de adultos de los graduados, de las sociedades encerradas en sí mismas y que acaban por resultar asfixiante, de los santos que nos encontramos día a día.

Hay un momento donde me pregunto cómo hubiera sido asistir a una de estas ceremonias de graduación y ver cómo alguien no habla con grandes palabras o discursos, que pone el dedo en la llaga en nuestras debilidades y las estupideces que cometemos (y se ríe de ellas), que nos muestra el mundo que nos espera fuera de unas paredes y nos invita a mejorarlo, no con acciones inolvidables sino con un trabajo sencillo y diario. Que levante mi mano quien crea en la telequinesis o Un hombre sin patria o Birlibirloque me acerca a un humanista cálido y loco.




 
Me acerco al final señalando cómo la prensa, cuyo trabajo consiste en saberlo y entenderlo todo, considera a menudo que los jóvenes son algo apáticos (tiene a suceder cuando al polemista o comentarista de turno no se le ocurre nada mejor que decir o escribir). A cada nueva generación de graduados siempre le falta una vitamina, o puede que un mineral, tal vez hierro. Tienen la sangre gorda. Necesitan Geritol. Pues bien, como miembro de una generación prestigiosa, chispeante y decidida, permitidme que os diga qué nos mantuvo en las alturas de las cometas durante casi todo el tiempo: el odio. Me he pasado la vida odiando a gente, de Hitler a Nixon, aunque ya sé que no son comparables en su perfidia. Quizá sea una tragedia que los seres humanos puedan extraer tanta energía y tanto entusiasmo del odio. Si queréis sentir que medís tres metros y podéis correr doscientos kilómetros sin descansar, el odio os resultará mucho más efectivo que la cocaína. Hitler resucitó a una nación humillada, arruinada y famélica a base de odio, y nada más que odio. Pensad en ello.

( … )

Pero volvamos a mi tío Alex, que ya está en el cielo. Una de las cosas que objetaba a los seres humanos era que casi nunca advertían su felicidad cuando eran felices. Él hacía todo lo posible para celebrar los buenos momentos. Podíamos estar bebiendo limonada a la sombra de un manzano, en pleno verano, y el tío Alex interrumpía la conversación para exclamar: «No me digas que esto no es bonito, ¿eh?».
Por eso espero que hagáis lo mismo que él durante el resto de vuestras vidas. Cuando las cosas transcurran de manera agradable y en santa paz, hacedme el favor de hacer una breve pausa y decir en voz alta: «No me digas que esto no es bonito».
Es un favor que os pido. Y ahí va otro. No sólo se lo pido a las graduandas, sino a cualquiera de los presentes, incluidos padres y profesores. Quiero que levantéis la mano cuando os haga la pregunta.
¿Cuántos de vosotros habéis tenido un profesor, en cualquier fase de vuestra educación, que os haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubieseis creído posible?
Levantad la mano, por favor.
Ahora bajadla, y decidle el nombre de ese maestro a otra persona y explicadle lo que el maestro hizo por vosotros.
¿Ya está?
Pues no me digáis que esto no es bonito.

( … )

¿Os gustaría saber cómo definió este planeta el matemático y filósofo británico Bertrand Russell? Pues como «el Manicomio del Universo». Y dijo que los pacientes se habían hecho los amos del sanatorio y se dedicaban a atormentarse mutuamente mientras lo ponían todo patas arriba. Y no estaba hablando de gérmenes o de elefantes. Se refería a nosotros, las personas.
Lord Bertrand Russell llegó casi hasta los cien años. Vivió entre 1872 y 1970 d. C. (después de Cristo). ¿Y a qué viene lo de d. C.? Pues a consagrar el recuerdo de un interno del manicomio que fue crucificado por una pandilla de congéneres. Mientras aún seguía consciente, los demás chiflados -y no bromeo- le clavaron pinchos en las muñecas y en los tobillos para que no se desprendiese de la madera. Luego levantaron la cruz para dejarlo expuesto a una altura suficiente desde la que pudiera ser visto hasta por el más bajito de la turba allí congregada.
¿Os cabe en la cabeza que se le pueda hacer algo así a una persona?
Tranquilos. Sólo es un espectáculo. Preguntádselo al católico devoto Mel Gibson, quien, en un acto de piedad sin parangón, ganó una fortuna con una película sobre el modo en que fue torturado Jesús. De lo que dijo, ni caso.
Durante el reinado de Enrique VIII, fundador de la Iglesia anglicana, un falsificador acabó hervido vivo en público. Una vez más, espectáculo.
La próxima película de Mel Gibson debería ser El falsificador. ¡Y a reventar de nuevo la taquilla!
Kurt Vonnegut
Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros mandamientos para corromper a la juventud (traducción de Ramón de España. Malpaso)


Tags: Kurt Vonnegut, Ramón de España, Malpaso

Publicado por elchicoanalogo @ 6:57  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios