Mi?rcoles, 15 de octubre de 2014

Francis Phelan es vagabundo y alcohólico, duerme en cartones, misiones y pensiones de mala muerte en los Estados Unidos de los años treinta, fue un buen jugador de béisbol y un hombre de una violencia seca, viaja y convive con Helen, una mujer que lleva su pasado en una sucia maleta y un cuerpo desgastado, regresa a su ciudad años después de huir por un accidente que mató a su hijo de trece días y, desde entonces, huye como manera de alimentar su culpabilidad y vivir a través de ella (la culpabilidad como base de sus actos, como excusa para perpetuar su vida itinerante y no volver al hogar), se da momentos de descanso, un trabajo temporal cavando zanjas en un cementerio o de trapero por los antiguos barrios donde vivía o cuida a otros vagabundos del frío o decide no beber durante un par de días y siente que hay otra vida distinta, es un vagabundo lúcido y extraño, un superviviente que necesita del dolor para seguir adelante.

Todo parece iluminado por la tristeza en Tallo de Hierro, los personajes de William Kennedy son vagabundos que no buscan una salvación, una antiguo jugador de béisbol, una mujer a la que sólo le queda el atisbo de su voz, un hombre que parece sufrir cierto retraso, una vieja estrella de la radio reconvertido en camarero, los rincones de la ciudad, barrios pobres, misiones donde se prohíbe la entrada a los borrachos, pequeños campamentos en descampados, muros agrietados en los que morir de frío, los recuerdos que sólo sirven para mostrar la deriva, la pobreza y la huida de Francis Phelan, que son destellos de un pasado mejor, la culpabilidad como emoción a la que agarrarse para sobrevivir.

Francis regresa a su ciudad años después de huir de ella, recuerda los viejos lugares donde vivió, bebió, jugó y combatió, siente los cambios entre sus recuerdos y el presente, un hogar que perdió por un accidente, el inicio de su vida errante y sin un destino fijo, su relación cambiante con Helen, habla con los fantasmas de los hombres que mató o vio morir en su huida, gasta su dinero en otros vagabundos o en caer borracho. Hay un momento donde Kennedy coloca a Francis ante la imagen del hombre que fue años atrás, una escena dura y nostálgica, Francis delante de un baúl con sus antiguas ropas, cartas y recortes del periódico, su vida antes de la huida, se prueba uno de sus trajes, se baña y afeita, la cara desdentada, las arrugas y cicatrices, el cruce entre quién es y quién fue, la asunción de esos años de vagabundeo y violencia y de aquello que dejó atrás.

William Kennedy mezcla realidad (los campamentos de los vagabundos, las relaciones entre ellos, el regreso de Francis a su ciudad) con el sueño o las apariciones de fantasmas que hablan y actúan con Francis, escribe de manera triste y, a la vez, contundente, sus personajes al límite, el frío que los machaca, las maletas con sus recuerdos en moteles y pensiones, la culpabilidad como sentimiento en el que basar una vida, la belleza de una epifanía que podría significar la redención.





Francis se sentó en el banco sin respaldo de la mesa del desayuno y miró por la ventana, más allá del geranio con dos flores, hacia el perro pastor escocés y el manzano que crecía en el jardín pero que ofrecía sombra, flores y frutos a los dos jardines contiguos, hacia los macizos de flores, la hierba bien cortada y la valla de alambre pintado de blanco que lo rodeaba todo. Qué hermoso. Experimentó un fuerte impulso de confesar todas sus transgresiones a fin de estar a la altura de aquella belleza que había añorado, y sin embargo sentía una gran pesadez en la lengua, afín a la que había sentido en las piernas cuando caminaba por las maceras recubiertas de pegamento. Su cerebro y su cuerpo parecían estar sumidos en un sueño inducido por una droga que permitía la percepción pero no la acción. De ninguna manera podía revelar todo lo que le había llevado allí. Eso habría significado recapitular no solo todos sus pecados, sino también todos sus sueños fugitivos y rotos, todos sus azarosos movimientos por el país, todos sus regresos a la ciudad solo para abandonarla de nuevo sin haber visto a Annie ni a los demás, sin saber nunca por qué no lo hacía. Habría significado diseccionar su violencia compulsiva y su temor a la justicia, a su tiempo con Helen, al abandono actual de Helen, sus relaciones sexuales con tantas mujeres que no significaban nada para él, sus borracheras, sus resacas, las noches pasadas entre los matorrales, la manera en que pedía dinero a desconocidos no porque hubiera una depresión sino primero para ayudar a Helen y luego porque era fácil, más fácil que trabajar. Todo era más fácil que ir a casa, incluso reducirte al nivel de un gusano social, una babosa de callejón.
William Kennedy
Tallo de hierro (traducción de Jordi Fibla. Libros del Asteroide)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:45  | Libros...
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