Domingo, 19 de octubre de 2014

(Tiene casi noventa años, vive solo en una pequeña casa de la campiña inglesa, es apicultor aficionado y siente que ahí, en las ciudades que construyen las abejas, hay un orden que no encuentra entre los humanos, le gusta observar qué tiene a su alrededor y capta anomalías que son el inicio de un rompecabezas, sabe que sus vecinos lo tienen por un ermitaño, un ser extraño, fuera del tiempo, con sus facultades mentales mermadas, él, que fue un gran detective años atrás y ponía en ridículo a la policía cada vez que solucionaba un caso imposible, mira por la ventana (una ventana ajada que refleja el mundo de manera extraña) y descubre un niño con un loro al hombro que recita números en alemán y algo hace clic en su cabeza, sabe que esas anomalías, un niño mudo, un loro que recita números y canciones alemanas, la conexión natural entre ambos, esconden algo más, siente pequeñas descargas de electricidad como antaño, cuando resolvía asesinatos y robos, y por un instante está entre dos tiempos, su cuerpo lento y decrépito, su mente atenta, la espera de algo que está por ocurrir y que trastocará la vida del pequeño pueblo en el que vive y ese algo llega, un asesinato, la desaparición del loro, la promesa al niño mudo de recuperar a su amigo, y algo se acelera en su mente, la percepción de las anomalías y los cabos sueltos, aquello que se nos escapa a primera vista, la inteligencia contra un problema real, y el anciano, aun con su andar lento y el crujido de sus huesos, observa atento las pistas, merodea por la escena del crimen, se pregunta qué o quién habrá causado la desaparición del loro, entabla una relación estrecha con el niño mudo, visita Londres años después de la última vez (cree que encontrará la ciudad reducida humo y ceniza), encaja las piezas que forman las personas y los objetos que le rodean, descubre motivos y asesinos, una última aventura donde se mezcla el misterio y el espionaje, un mundo cambiante y una mente atenta)






No era algo, el cielo lo sabía, que el anciano tuviera costumbre de admitir ni que se sintiera cómodo admitiendo. La aplicación de la inteligencia creativa a un problema, el hallazgo de una solución al mismo tiempo obstinada, elegante y descabellada le había parecido siempre la ocupación esencial de los seres humanos, el descubrimiento del sentido y de la causalidad en medio de las pistas falsas, del ruido y de la maleza sin senderos de la vida. Y sin embargo siempre lo había atormentado —¿no era cierto?— el saber que había hombres, criptógrafos lunáticos, detectives locos, que malgastaban su inteligencia y su cordura en decodificar e interpretar los mensajes de las formaciones de las nubes, de las letras de la Biblia recombinadas, de las manchas de las alas de las mariposas. De la existencia de semejantes hombres se podía tal vez sacar la conclusión de que el sentido moraba únicamente en la mente del analista. De que eran los problemas irresolubles —las pistas falsas y los casos ya enfriados— los que reflejaban la verdadera naturaleza de las cosas. De que todo el significado y esquema aparente no tenía más sentido intrínseco que el parloteo de un loro gris africano. Esto era lo que se podía pensar. Ciertamente, se dijo.
Michael Chabon
La solución final (traducción de Javier Calvo. Debolsillo)


Tags: Michael Chabon, La solución final, Javier Calvo, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 6:20  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios