Jueves, 23 de octubre de 2014

Un gran atleta y un hombre afable, alguien en apariencia feliz y completo y que esconde una herida profunda y dolorosa, una vida sencilla y llena de triunfos y una zozobra constante y subterránea que socava esa sencillez y convierte a un hombre en un pelele, un héroe que se mira ante el espejo y descubre un reflejo resquebrajado, no un héroe ni un ejemplo, sólo un hombre que intentó ser amable y no se reveló ni eligió nada, los cambios en un país durante treinta años, las guerras y los conflictos raciales, las crisis y las ciudades e industrias abandonadas, las mentiras políticas y qué significa ser judío en una sociedad gentil, y todos esos cambios cosidos a la piel de un hombre, la derrota sin gloria y la necesidad última de compartir los golpes recibidos, un atisbo de verdad.

Pastoral americana es monumental y exhaustiva, es incisiva y reflexiva, es Philip Roth que usa un personaje como el Sueco para hablar de los cambios sociales y emocionales de la sociedad estadounidense entre la segunda guerra mundial y el watergate, de las apariencias y lo que se esconde bajo una imagen idealizada, una vida que avanza entre la desesperación y el dolor, entre la espera y la asunción de una verdad extraña. El Sueco es un héroe en su barrio, un atleta judío capaz de los mayores logros, un tipo amable y que parece dar siempre el paso correcto, los estudios, servir a su patria en el conflicto bélico, continuar con el negocio paterno, casarse con una bonita muchacha irlandesa y crear un hogar en apariencia envidiable. Pero el Sueco esconde un dolor que lo noquea, que le hace vivir tras una máscara de placidez (atado a su imagen de viejo héroe de barrio), y que necesita expulsar al final de su vida. Había aprendido la peor de las lecciones que puede dar la vida: la de que carece de sentido. Y cuando sucede tal cosa, la felicidad nunca vuelve a ser espontánea, sino que es artificial e, incluso entonces, se compra al precio de un obstinado distanciamiento de uno mismo y de su historia. El hombre amable y simpático, que se enfrentaba con calma al conflicto y la contradicción, el confiado ex atleta juicioso y lleno de recursos en cualquier lucha con un adversario limpio, tropieza con un adversario que no es limpio (el mal inextirpable de los tratos humanos) y está acabado. Él, cuya nobleza natural consistía en ser exactamente lo que parecía ser, sufrió demasiado para volver a estar ingenuamente entero. Nunca más el Sueco volvería a sentirse satisfecho con la confianza de antes, tal como, por el bien de su segunda esposa y sus tres hijos, por la ingenua integridad de ellos, siguió fingiendo implacablemente que se sentía. Suprimió su horror con estoicismo, aprendió a vivir detrás de una máscara, llevó a cabo un experimento de resistencia que duró toda una vida. Una representación sobre una ruina. El Sueco Levov llevó una doble vida.

Hay una historia dentro de otra en Pastoral americana, Roth que usa al escritor Skip Zuckerman en el inicio de la novela para hablar desde fuera del Sueco, su imagen gigantesca, su encuentro años después donde cree que lleva una vida plácida, su extraña petición de que escriba un elogio para su padre muerto, cuyos seres queridos han recibido duros golpes, el atisbo de Zuckerman de ver en ese encuentro una verdad inédita. Zuckerman se reencuentra con ese pasado idílico en una reunión de antiguos alumnos, habla con el hermano del Sueco, recorre los lugares que una vez fueron propios, escribe sobre la caída del héroe. Y en ese recorrido por la vida del Sueco se cruza la historia reciente de Estados Unidos, las guerras ganas y perdidas, los movimientos antibélicos, la corrupción política, los cambios económicos. Roth disecciona treinta años en la vida estadounidense, habla de máscaras, imágenes resquebrajadas, mentiras y derrotas, de inmigrantes, judíos y gentiles, y lo hace de manera exhaustiva y puntillosa.

Predomina el dolor en Pastoral americana, la imagen de un héroe derrumbado, de un hombre incapaz de tomar una decisión propia, de oponerse o rebelarse, alguien que intenta ser amable y en esa amabilidad, en esa nula oposición, en su inocencia estéril, la tragedia y el dolor, la asunción de emociones desgarradoras y sentirse perdido en la vida. El Sueco intenta hacer lo correcto y mantenerse fiel a su imagen de héroe, y en esa fidelidad la derrota. Roth  reflexiona y pone en tela de juicio el modo de vida americano, confronta la visión judía con la gentil, muestra las ruinas materiales y morales de una sociedad que es apariencia.





Tampoco podía decir que odiara a su hija por lo que había hecho..., ¡ojalá pudiera! Ojalá, en vez de vivir caóticamente en el mundo donde ella no estaba y en el mundo donde podría estar ahora, fuese capaz de odiarla lo suficiente como para que el mundo de la muchacha no le importara lo más mínimo, ni entonces ni ahora. Ojalá pudiera volver a pensar como los demás, ser de nuevo el hombre totalmente natural en vez de un charlatán escindido en su sinceridad, un Sueco exterior natural y sencillo y un Sueco interior atormentado, un Sueco estable visible y un Sueco acosado y oculto, un falso Sueco despreocupado y sonriente amortajando al Sueco enterrado en vida. Ojalá pudiera reconstituir, aunque sólo fuera débilmente, la unidad íntegra de la existencia que había conducido a su franca confianza física y su libertad antes de convertirse en el padre de una presunta asesina. Ojalá pudiera ser tan poco astuto como algunas personas le percibían, ojalá pudiera ser tan extremadamente sencillo como la leyenda del Sueco Levov fraguada por los chicos de su época que reverenciaban a los héroes. Ojalá pudiera decir «¡Odio esta casa!» y ser de nuevo el Sueco Levov de Weequahic. Ojalá pudiera decir «¡Odio a esa niña! ¡No quiero volver a verla jamás!» y entonces seguir adelante, repudiarla, despreciarla para siempre jamás y rechazar tanto a ella como a la visión por la que estaba dispuesta, si no a matar, por lo menos a abandonar cruelmente a su propia familia, una visión que no tenía nada que ver con los «ideales» sino con la falta de honradez, la criminalidad, la megalomanía y la locura. Una ciega hostilidad y un deseo infantil de amenazar..., ésos eran sus ideales. Siempre iba en busca de algo que odiar. Sí, era algo que rebasaba con mucho su tartamudez.

( … )

El hecho de que los seres humanos sean tan diversos no sorprendía al Sueco, aunque le resultara un poco chocante comprobarlo de nuevo cuando alguien le decepcionaba. Lo que le causaba asombro era que a una persona parecía agotársele su propio ser, se le terminaba la sustancia que le hacía ser lo que era y, vacía de sí misma, se convertía precisamente en la clase de persona que antes le habría dado lástima. Era como si mientras sus vidas estaban llenas de satisfacciones estuvieran en secreto hartas de sí mismas y desearan prescindir de la cordura, la salud y todo sentido de la proporción a fin de abordar ese otro yo, el yo verdadero, que era un fracaso totalmente engañado. Era como si armonizar con la vida fuese un accidente que podría acontecer en ocasiones a los jóvenes afortunados, pero algo, por lo demás, con lo que los seres humanos carecían de verdadera afinidad. Qué extraño. Y qué raro se sentía al pensar que él mismo, quien siempre se había considerado entre las innumerables personas normales sin conflictos, pudiera encarnar realmente la anormalidad, al margen de la vida real, por el mismo hecho de estar tan firmemente arraigado.
Philip Roth
Pastoral americana (traducción de Jordi Fibla. Debolsillo)


Tags: Pastoral americana, Philip Roth, Jordi Fibla, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 6:54  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios