Lunes, 27 de octubre de 2014

… escribir sobre la luz pausada del atardecer que amarillea árboles y tejados, seguir el movimiento de las sombras y las primeras farolas encendidas y sentir que hay algo que cuadra y da sentido a mi vida, o sobre los claros que se abren entre las nubes y esa luz que no ilumina los contornos de los edificios sino que los difumina y borra, o sobre la niebla en los acantilados y la pequeña luz parpadeante del faro y la estela de humo y niebla que dejan los pesqueros al salir de ella.
… escribir sobre leer junto a la ría, el sol a mi espalda, la luz en las hojas del libro, el viento y el movimiento de los árboles y las olas contra la proa de los barcos, la imagen de una niña que se tumba en la orilla de un lago y se convierte en naturaleza y crecen ramas entre sus costillas y los pequeños animales del bosque corretean entre su piel, o sobre un tejado de gatos y el reloj de una estación de tren antigua y las líneas rectas en las calles al otro lado de la ría y las sombras negras sobre el puente colgante y mis ganas de viento del norte para tener algo contra lo que luchar.
… escribir sobre el hombre gorrión, sus saltitos en el parque, la bolsa con migas de pan duro en su mano, su conversación para sí mismo o para los pájaros, los gorriones que le siguen y le miran mientras se sienta en un banco y lanza al aire la comida, o sobre el mendigo que lee libros de la biblioteca y tiene una pequeña columna de lecturas pendientes (tebeos o ciencia ficción) en el suelo, su cabeza agachada entre las páginas de sus libros, o sobre el mendigo que habla con él y lleva un carrito de la compra con objetos extraños (tubos rotos, mochilas descosidas, varillas de metal, monitores negros) y fuma y pide a la gente que camine por la izquierda, coño, o sobre otro mendigo que hace figuras de madera en una esquina de la gran vía, las patas de una araña o los palos de un pesquero y el armazón de un barco por completar entre sus piernas, o sobre un mendigo que tiene dos perros que duermen a su lado y se despiertan con el ruido de las monedas en el cuenco de plástico, o sobre una mujer de sesenta años y abrigo rojo que se detiene en la acera y se arrodilla, los brazos en cruz, y susurra una letanía que habla de misericordia y derrota.
… escribir sobre manifestaciones que avanza por la gran vía y se detienen en las puertas de los bancos y las sedes políticas y gritan y aplauden mensajes eufóricos y me hacen sentir dentro de un río que no desemboca en un mar sino en un mundo utópico, o sobre una mujer que me habla de su hijo, guarda jurado, y cómo la empresa elige los tres despidos semanales sacando un papel de una bolsa de basura (dice bolsa de basura con rabia, dice que las siguientes papeletas las sacaron de una caja de cartón), o sobre los piqueteros que cortaban la carretera panamericana o los jubilados que rodeaban la plaza de la independencia para pedir una jubilación digna.
... escribir sobre un disyuntor electromagnético monofásico al final de una pasarela a sesenta metros sobre la ría, mi vértigo intermitente, las nubes en el horizonte y la distancia con el suelo, el corazón del revés y sentirme un pequeño pájaro, o sobre cruzar a la carrera un pequeño puente de maderos por miedo a traspasar el suelo y caer al vacío, o sobre observar las llanuras desde un avión o las azoteas de una ciudad desde un rascacielos y asentir en silencio mientras sigo las líneas de las calles y los cruces de caminos y los campos rectangulares e imagino las vidas bajo mi mirada (más interesantes y enigmáticas que la mía), la distancia que me asemeja a un pequeño dios que no interviene en las vidas ajenas.


Los lunes de Anay. Estacadas...

"Las estudio con odio y repugnancia
como si fueran copias de mis rasgos"
                                                        JOSÉ MARÍA FONOLLOSA


Llamamos al díler y dijo,
que no podía, ¿recuerdas?; estoy
viendo la telenovela, dijo,
así eran las cosas entonces en la ciudad.
La tarde naranja y las margaritas
pudriéndose en la jarra por necesidad
o por azar, el perro inquieto queriendo
salir a la calle pero estábamos cansados,
la ropa pesaba como un yunque de tela
y nos sentíamos terriblemente
viejos y relajados en aquel piélago
doméstico de cosas, demasiado calor.
Llamamos al díler y dijo
que no podía; habríamos querido
oír que estaba ocupado haciendo
la revolución, chico, habríamos
preferido una mentira más pop.

                                                     PABLO MIRAVET BERGÓN



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Pablo Miravet Bergón, José María Fonollosa, María Daniela

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
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