Mi?rcoles, 29 de octubre de 2014

Una voz infantil, una mirada atenta, un mundo donde sólo parece existir la tensión, la muerte o la crueldad, la pobreza en las casas y las calles, la noche que no tiene estaciones y sólo es noche (oscura y plena, un lugar donde los sueños y la realidad se entrecruzan, donde las imágenes de pesadilla combinan con los propios recuerdos o lo visto durante el día), las mujeres desdentadas y los hombres borrachos, una niña que se tumba en un prado y quiere ser naturaleza y se convierte en un pequeño lago y árboles, una visión que se deshace por una serpiente venenosa y parece que en esos pueblos que retrata Müller no hay placidez, que en cualquier momento la inocencia o la pureza o la ternura se pueden deshacer, unos barrenderos que barren pasos e ideas, un coche de línea donde se entremezclan conversaciones y gestos de vergüenza, los fantasmas o las ensoñaciones que regresan a sus pueblos, los deseos prohibidos y la ansiedad, el agua de una bañera que acoge a una familia, los campos y las granjas estatales y los muertos que nos miran desde los ataúdes.

Hay una crueldad continua en los cuentos de En tierras bajas, la muerte que lo preside todo, que influye en los comportamientos de personas y animales, que los encrudece y los aleja de cierta ternura o compasión. Müller escribe frases cortas (cortantes), densas, duras, su mirada detenida en los comportamientos de un puñado de personajes extraños, mujeres que cosen y trabajan y se quedan sin dientes, hombres que beben y trabajan y mueren, la falta de cariño o compasión, los juegos infantiles que quieren escapar de esa dureza, las visiones y los sueños que se entrecruzan con la realidad y hay momentos donde a un pequeño párrafo descriptivo sobre el paisaje tras la ventana le sigue otro que está sacado de un sueño de la narradora.

La vida rural que describe Herta Müller no es plácida, la tensión de algo endiablado que está por ocurrir, los gestos crueles y desdeñosos, los muertos que también hablan y miran desde sus encierros, la crítica a la política estatal que arruina los campos y las granjas. Müller enlaza frases y párrafos cortos (por momentos sentía que leía poesía, que esos pequeños párrafos y frases tenían el ritmo y la forma de un largo poema), llena sus cuentos de apariciones, sueños y miedos, de dolor y muerte, la voz de una niña para hablar del mundo adulto que le rodea, para captar las imperfecciones, la pobreza y la ansiedad, la sombra entre la luz, la naturaleza que no es amable o destructora sino naturaleza en sí.

Tengo una amiga lectora que dice que leer a Coetzee le deja mal cuerpo, algo así me pasa con Herta Müller, es mirar la parte oscura y tenebrosa que está dentro y fuera de nosotros, es una frase corta tras otra como un combate de boxeo, es quitar la máscara a los comportamientos humanos y los ideales políticos, es la ternura mezclada con la tensión, a un gesto cariñoso la sensación de que le puede seguir un golpe o una reprimenda.






Cazamos mariposas de la col con venas quebradizas en las alas. Esperamos oír sus gritos cuando las atravesamos con un alfiler, pero no tienen huesos en el cuerpo, son livianas y sólo pueden volar, y eso no basta cuando es verano en todas partes.
Aletean en el alfiler hasta que mueren.
En dialecto suabo se llama «carroña», Luder, al cadáver de un animal. Una mariposa no puede ser carroña. Se consume sin podrirse.
Moscas en la jofaina, zumbido loco y ahogado de ventiladores en el cubo de leche agria. Moscas sobre la superficie gris del agua jabonosa en la jofaina. Ojos hinchados, lengüeta estirada que pincha el agua, patitas finísimas que se agitan rabiosamente.
Pronto llega el último temblor y el bicho se queda en la superficie, cada vez más liviano de pura muerte.
Por cada mariposa se me pegan dos gotas de sangre bajo las uñas de los dedos. La cabeza cercenada de la mosca cae de mi mano al suelo como semilla de mala hierba.
El abuelo nos dejaba jugar.
Sólo hay que dejar vivir a las golondrinas, son animales útiles, decía. Y usaba la palabra «dañino» para las mariposas de la col, y «carroña» para los innumerables perros muertos.
Las orugas, que en realidad son mariposas, salen de sus crisálidas. Crisálidas pegadas a las estacas de las vides; algodón ciego.
¿Y de dónde llegó la primera mariposa, abuelo?
Déjate de hacer preguntas tontas, que eso no lo sabe nadie, y vete a jugar.

( … )

Cuando llovía, la abuela miraba las burbujitas que machacaban el empedrado y sabía cuánto tiempo iba a llover.
Predecía la lluvia, porque la notaba en las vacas, los caballos, las moscas y las hormigas. Hoy sopla viento de lluvia, decía, y al día siguiente llovía. La abuela estiraba la mano hacia la lluvia y se quedaba así hasta que los hilos de agua le chorreaban por los codos. Cuando se le mojaban las manos, salía y se instalaba de lleno bajo la lluvia.
Cuando llovía, se buscaba algún trabajo en el patio y acababa calada hasta los huesos. Eran los únicos días en que no usaba pañuelo en la cabeza y yo podía ver su gruesa trenza recogida en un moño por el que se filtraba tanta agua que el peso terminaba ladeándola. El pelo también se le empapaba hasta las raíces.
Desde los huertos me llegaba un olor a plantas silvestres. Se me instalaba, amargo, en el paladar, y al respirar me dejaba una sensación viscosa en la lengua. Los arbustos se doblaban bajo el follaje, del que goteaba lluvia.
Yo llevaba un vestido de aire húmedo. Había encontrado unos zapatos enormes junto a la puerta. Eran de papá, pues todo aquí en la casa era de alguien, especialmente la ropa, los zapatos y las camas. Ni una sola noche hubo intercambio de camas o de habitaciones, ni un solo mediodía intercambiamos nuestros puestos en la mesa, ni una sola mañana intercambiaron papá y el abuelo sus trajes. Sólo yo andaba a veces por la casa con las viejas pantuflas de fieltro o los zapatos pringosos de papá, o me ponía los dengues impregnados de olor a naftalina de la abuela cuando mamá estaba trabajando.
Un sapo avanzaba a saltitos por el empedrado. Tenía la piel ajada y demasiado grande, con arrugas por todas partes. Desapareció de un salto entre las fresas. Tan atrozmente ajada tenía la piel que no se oyó susurrar ni una hoja.
Sentí frío en los talones y las pantorrillas.
El frío me dislocaba los pómulos. Tenía los dientes fríos. Los ojos se me helaban. En la cabeza me dolía el pelo. Sentí que me había crecido en profundidad, dentro de la cabeza, y que estaba mojado hasta las raíces, o quizá sólo frío, qué más daba. Era cortante, sus puntas quedaban expuestas a la noche, y su propio peso y longitud habían quebrado las hebras.
Encerré a la noche en el patio. La puerta era caliente y seca por dentro. La madera me hizo bien a las manos. Las deslicé varias veces sobre ella y me asusté al notar que estaba acariciando una puerta. Junté los pies y bajé de los zapatos de papá al pasillo, pisando con las medias el entarimado desnudo y mis tobillos me precedieron rumbo a la cocina. Abrí la puerta, temblé un instante todavía, y mamá me preguntó si hacía frío fuera, si hacía otra vez frío fuera. Acentuó las palabras «otra vez», y yo pensé que fuera hacía frío, pero no «otra vez», porque cada día el frío es diferente, siempre otro frío, diariamente un frío distinto y cargado de escarcha. Pero no hacía frío, sólo había un poco de humedad. Otra vez has tenido miedo, dijo.

( … )

Me fui a buscar algún lugar con hierba y sin guijarros. Quería caer de espaldas para no rasguñarme la cara. Quería enfriarme en la sombra y ser una muerta hermosa.
Y seguro que también me pondrán un precioso vestido nuevo cuando me muera.
Era mediodía, y la muerte no llegaba.
Me puse a pensar que se preguntarían cómo es que me había muerto así tan de repente. Y mamá lloraría mucho por mí, y todo el pueblo vería así cuánto me había querido.
Pero la muerte seguía sin llegar.
El verano me apabullaba con su opresivo aroma a flores proveniente de la hierba alta. Las flores silvestres se me metían bajo la piel. Bajé al río y me eché agua en los brazos. De mi piel crecieron unos arbustos muy altos y me convertí en un hermoso paisaje palustre.
Me tumbé sobre la hierba alta y me dejé resbalar hacia la tierra. Esperaba que los grandes sauces vinieran hasta mí atravesando el río, que hundiesen en mí sus ramas y esparcieran sus hojas sobre mi cuerpo. Esperaba que dijeran: eres el pantano más bello del mundo, todos venimos a verte. También traemos a nuestras grandes y esbeltas aves acuáticas, que volarán y gritarán dentro de ti. Y tú no podrás llorar, pues los pantanos deben ser valientes y si te metes con nosotros, tendrás que aguantarlo todo.
Quería ensancharme, para que las aves acuáticas cupieran dentro de mí con sus grandes alas y pudieran volar. Quería producir las caltas más hermosas, pues ellas también son pesadas y brillantes.
El abuelo ya había apilado un montón de arena en la orilla. Yo me puse a juntar las conchas rotas, las llevé al agua y bebí en ellas. Eran blancas y brillantes como el esmalte, y el agua era amarilla y tenía tierra amarilla y unos bichejos diminutos que también parecían tierra, pero pataleaban.
Tenía arena entre los dientes. La mordí y chirrió sentí que me raspaba entre la lengua y el paladar. De pronto intuí lo dolorosa que debía ser la muerte de las almejas.
Tenía arena en los pantalones. Al caminar me raspaba, y era el mismo dolor de las almejas al morir.
Me metí en el agua hasta la barriga. Los pantalones se me hincharon al mojarse. El agua formaba parte de mi barriga. Me pasé la mano bajo la pretina de goma y me limpié la arena de entre las
piernas.
Tuve la impresión de hacer algo prohibido, pero nadie me veía. El abuelo contemplaba su arena, que seguía cayendo ininterrumpidamente sobre la orilla. Pero Dios está en todas partes. Recordé esta frase, que escuchaba siempre en la clase de religión. Yo buscaba a Dios en los árboles y al final lo encontraba con su gran barba blanca en lo alto de las copas, muy arriba, en el verano.
La Madre de Dios tenía siempre el dedo índice levantado cuando yo me sentaba delante, en el banco de los niños. Pero la expresión de su rostro era amable, y yo no le tenía miedo. Todo el tiempo llevaba el mismo vestido largo azul claro y tenía unos labios rojos muy bonitos. Y un día que el cura dijo que los lápices de labios se hacen con sangre de pulga y de otros bichos repugnantes, me pregunté por qué la Madre de Dios que había en el altar lateral se pintaría los labios. También se lo pregunté al cura, que me golpeó las manos con su regla hasta ponérmelas rojas y me mandó en seguida a casa. Estuve varios días sin poder mover los dedos.
Me fui al huerto, detrás del pajar, y me tumbé entre los tréboles y alcé la mirada hacia el verano. Ni una sola nube suspendida sobre aquel cálido día. Y no encontré la barba de Dios en todo el ancho mundo. Ese día Dios no estaba en todas partes.
El abuelo seguía sacando arena del río con la pala. Sus holgados calzoncillos le llegaban hasta la rodilla y se le pegaban a las piernas. Parecían membranas natatorias entre sus muslos.
Vi un grueso bulbo bajo la tela de lino, en el mismo lugar donde la abuela tenía su mechón de pelo. ¿Conque ése era el gran secreto de los adultos?
El abuelo tenía mucho pelo en el pecho, en las piernas, en los brazos y en las manos. En la espalda tenía dos grandes omóplatos peludos.
Los pelos del abuelo estaban húmedos y se le pegaban a la piel. Parecía que lo hubieran lamido. Sus pelos no eran feos ni bonitos, y por tanto eran inútiles, pensaba yo.
Y los dedos de sus pies eran muy largos y estaban deformados por muchos nudos de piel dura. Me sentía aliviada cuando el abuelo los tenía bajo el agua.
Cuando levantaba un pie para tirar la arena aún más lejos de la orilla, yo veía lo blanco y deslavado que era ese pie, como algo muerto y varado por el agua.
El abuelo soltó de pronto su pala y me sacó violentamente del agua. Frente a él se agitaba una fina serpiente negra. Era muy larga y delgada y hacía ondas con el cuerpo. Al nadar mantenía la cabeza
chata y puntiaguda sobre la superficie del agua.
Su cuerpo era como una rama a la deriva, sólo que mucho más liso y brillante. El abuelo la había visto de lejos.
Creo que era muy fría.
El abuelo le bloqueó el camino con su pala. La cogió con el mango y la tiró a la orilla, sobre la arena.
Era bella y repugnante y tan mortífera que temí por su vida y no pude desearle la muerte.
El abuelo le cercenó la cabeza con la pala.
Y de pronto ya no quise ser pantano. Sentí la piel seca cuando me la palpé, temerosa, con la punta con los dedos.
Herta Müller
En tierras bajas (traducción de Juan José del Solar. Siruela)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:35  | Libros...
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