Viernes, 31 de octubre de 2014

Esperan a que los maten,
O los desahucien. Pronto
No tendrán nada para comer.
Mientras tanto, están sentados.

Creen que un dolor violento está por llegar.
Empezará en el corazón
Y subirá hasta la boca.
Los llevarán en camillas, aullando.

Esta noche vigilan la ventana
Sin dirigirse la palabra.
Ha llovido, y ahora parece
Como si fuera a nevar un poco.

Lo veo levantarse para bajar las persianas.
Cuando su ventana se queda a oscuras,
Sé que su mano ha alcanzado la de ella
Justo cuando iba a encender la luz.
Charles Simic
Pareja de viejos (traducción Nieves García Prados. Valparaíso Ediciones)


http://www.goear.com/listen/e9b97cb/audiopoema-pareja-viejos-charles-simic-en-voz-isabel-tejada-balsas-charles-simic-isabel-tejada-balsas



Old Couple

They’re waiting to be murdered,   
Or evicted. Soon
They expect to have nothing to eat.   
In the meantime, they sit.

A violent pain is coming, they think.
It will start in the heart
And climb into the mouth.
They’ll be carried off in stretchers, howling.

Tonight they watch the window   
Without exchanging a word.   
It has rained, and now it looks   
Like it’s going to snow a little.

I see him get up to lower the shades.   
If their window stays dark,
I know his hand has reached hers
Just as she was about to turn on the lights.


Tags: pareja de viejos, Charles Simic, Nieves García Prados, Valparaíso Ediciones, Old Couple, Isabel Tejada Balsas

Publicado por elchicoanalogo @ 6:33  | Poes?a
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 29 de octubre de 2014

Una voz infantil, una mirada atenta, un mundo donde sólo parece existir la tensión, la muerte o la crueldad, la pobreza en las casas y las calles, la noche que no tiene estaciones y sólo es noche (oscura y plena, un lugar donde los sueños y la realidad se entrecruzan, donde las imágenes de pesadilla combinan con los propios recuerdos o lo visto durante el día), las mujeres desdentadas y los hombres borrachos, una niña que se tumba en un prado y quiere ser naturaleza y se convierte en un pequeño lago y árboles, una visión que se deshace por una serpiente venenosa y parece que en esos pueblos que retrata Müller no hay placidez, que en cualquier momento la inocencia o la pureza o la ternura se pueden deshacer, unos barrenderos que barren pasos e ideas, un coche de línea donde se entremezclan conversaciones y gestos de vergüenza, los fantasmas o las ensoñaciones que regresan a sus pueblos, los deseos prohibidos y la ansiedad, el agua de una bañera que acoge a una familia, los campos y las granjas estatales y los muertos que nos miran desde los ataúdes.

Hay una crueldad continua en los cuentos de En tierras bajas, la muerte que lo preside todo, que influye en los comportamientos de personas y animales, que los encrudece y los aleja de cierta ternura o compasión. Müller escribe frases cortas (cortantes), densas, duras, su mirada detenida en los comportamientos de un puñado de personajes extraños, mujeres que cosen y trabajan y se quedan sin dientes, hombres que beben y trabajan y mueren, la falta de cariño o compasión, los juegos infantiles que quieren escapar de esa dureza, las visiones y los sueños que se entrecruzan con la realidad y hay momentos donde a un pequeño párrafo descriptivo sobre el paisaje tras la ventana le sigue otro que está sacado de un sueño de la narradora.

La vida rural que describe Herta Müller no es plácida, la tensión de algo endiablado que está por ocurrir, los gestos crueles y desdeñosos, los muertos que también hablan y miran desde sus encierros, la crítica a la política estatal que arruina los campos y las granjas. Müller enlaza frases y párrafos cortos (por momentos sentía que leía poesía, que esos pequeños párrafos y frases tenían el ritmo y la forma de un largo poema), llena sus cuentos de apariciones, sueños y miedos, de dolor y muerte, la voz de una niña para hablar del mundo adulto que le rodea, para captar las imperfecciones, la pobreza y la ansiedad, la sombra entre la luz, la naturaleza que no es amable o destructora sino naturaleza en sí.

Tengo una amiga lectora que dice que leer a Coetzee le deja mal cuerpo, algo así me pasa con Herta Müller, es mirar la parte oscura y tenebrosa que está dentro y fuera de nosotros, es una frase corta tras otra como un combate de boxeo, es quitar la máscara a los comportamientos humanos y los ideales políticos, es la ternura mezclada con la tensión, a un gesto cariñoso la sensación de que le puede seguir un golpe o una reprimenda.






Cazamos mariposas de la col con venas quebradizas en las alas. Esperamos oír sus gritos cuando las atravesamos con un alfiler, pero no tienen huesos en el cuerpo, son livianas y sólo pueden volar, y eso no basta cuando es verano en todas partes.
Aletean en el alfiler hasta que mueren.
En dialecto suabo se llama «carroña», Luder, al cadáver de un animal. Una mariposa no puede ser carroña. Se consume sin podrirse.
Moscas en la jofaina, zumbido loco y ahogado de ventiladores en el cubo de leche agria. Moscas sobre la superficie gris del agua jabonosa en la jofaina. Ojos hinchados, lengüeta estirada que pincha el agua, patitas finísimas que se agitan rabiosamente.
Pronto llega el último temblor y el bicho se queda en la superficie, cada vez más liviano de pura muerte.
Por cada mariposa se me pegan dos gotas de sangre bajo las uñas de los dedos. La cabeza cercenada de la mosca cae de mi mano al suelo como semilla de mala hierba.
El abuelo nos dejaba jugar.
Sólo hay que dejar vivir a las golondrinas, son animales útiles, decía. Y usaba la palabra «dañino» para las mariposas de la col, y «carroña» para los innumerables perros muertos.
Las orugas, que en realidad son mariposas, salen de sus crisálidas. Crisálidas pegadas a las estacas de las vides; algodón ciego.
¿Y de dónde llegó la primera mariposa, abuelo?
Déjate de hacer preguntas tontas, que eso no lo sabe nadie, y vete a jugar.

( … )

Cuando llovía, la abuela miraba las burbujitas que machacaban el empedrado y sabía cuánto tiempo iba a llover.
Predecía la lluvia, porque la notaba en las vacas, los caballos, las moscas y las hormigas. Hoy sopla viento de lluvia, decía, y al día siguiente llovía. La abuela estiraba la mano hacia la lluvia y se quedaba así hasta que los hilos de agua le chorreaban por los codos. Cuando se le mojaban las manos, salía y se instalaba de lleno bajo la lluvia.
Cuando llovía, se buscaba algún trabajo en el patio y acababa calada hasta los huesos. Eran los únicos días en que no usaba pañuelo en la cabeza y yo podía ver su gruesa trenza recogida en un moño por el que se filtraba tanta agua que el peso terminaba ladeándola. El pelo también se le empapaba hasta las raíces.
Desde los huertos me llegaba un olor a plantas silvestres. Se me instalaba, amargo, en el paladar, y al respirar me dejaba una sensación viscosa en la lengua. Los arbustos se doblaban bajo el follaje, del que goteaba lluvia.
Yo llevaba un vestido de aire húmedo. Había encontrado unos zapatos enormes junto a la puerta. Eran de papá, pues todo aquí en la casa era de alguien, especialmente la ropa, los zapatos y las camas. Ni una sola noche hubo intercambio de camas o de habitaciones, ni un solo mediodía intercambiamos nuestros puestos en la mesa, ni una sola mañana intercambiaron papá y el abuelo sus trajes. Sólo yo andaba a veces por la casa con las viejas pantuflas de fieltro o los zapatos pringosos de papá, o me ponía los dengues impregnados de olor a naftalina de la abuela cuando mamá estaba trabajando.
Un sapo avanzaba a saltitos por el empedrado. Tenía la piel ajada y demasiado grande, con arrugas por todas partes. Desapareció de un salto entre las fresas. Tan atrozmente ajada tenía la piel que no se oyó susurrar ni una hoja.
Sentí frío en los talones y las pantorrillas.
El frío me dislocaba los pómulos. Tenía los dientes fríos. Los ojos se me helaban. En la cabeza me dolía el pelo. Sentí que me había crecido en profundidad, dentro de la cabeza, y que estaba mojado hasta las raíces, o quizá sólo frío, qué más daba. Era cortante, sus puntas quedaban expuestas a la noche, y su propio peso y longitud habían quebrado las hebras.
Encerré a la noche en el patio. La puerta era caliente y seca por dentro. La madera me hizo bien a las manos. Las deslicé varias veces sobre ella y me asusté al notar que estaba acariciando una puerta. Junté los pies y bajé de los zapatos de papá al pasillo, pisando con las medias el entarimado desnudo y mis tobillos me precedieron rumbo a la cocina. Abrí la puerta, temblé un instante todavía, y mamá me preguntó si hacía frío fuera, si hacía otra vez frío fuera. Acentuó las palabras «otra vez», y yo pensé que fuera hacía frío, pero no «otra vez», porque cada día el frío es diferente, siempre otro frío, diariamente un frío distinto y cargado de escarcha. Pero no hacía frío, sólo había un poco de humedad. Otra vez has tenido miedo, dijo.

( … )

Me fui a buscar algún lugar con hierba y sin guijarros. Quería caer de espaldas para no rasguñarme la cara. Quería enfriarme en la sombra y ser una muerta hermosa.
Y seguro que también me pondrán un precioso vestido nuevo cuando me muera.
Era mediodía, y la muerte no llegaba.
Me puse a pensar que se preguntarían cómo es que me había muerto así tan de repente. Y mamá lloraría mucho por mí, y todo el pueblo vería así cuánto me había querido.
Pero la muerte seguía sin llegar.
El verano me apabullaba con su opresivo aroma a flores proveniente de la hierba alta. Las flores silvestres se me metían bajo la piel. Bajé al río y me eché agua en los brazos. De mi piel crecieron unos arbustos muy altos y me convertí en un hermoso paisaje palustre.
Me tumbé sobre la hierba alta y me dejé resbalar hacia la tierra. Esperaba que los grandes sauces vinieran hasta mí atravesando el río, que hundiesen en mí sus ramas y esparcieran sus hojas sobre mi cuerpo. Esperaba que dijeran: eres el pantano más bello del mundo, todos venimos a verte. También traemos a nuestras grandes y esbeltas aves acuáticas, que volarán y gritarán dentro de ti. Y tú no podrás llorar, pues los pantanos deben ser valientes y si te metes con nosotros, tendrás que aguantarlo todo.
Quería ensancharme, para que las aves acuáticas cupieran dentro de mí con sus grandes alas y pudieran volar. Quería producir las caltas más hermosas, pues ellas también son pesadas y brillantes.
El abuelo ya había apilado un montón de arena en la orilla. Yo me puse a juntar las conchas rotas, las llevé al agua y bebí en ellas. Eran blancas y brillantes como el esmalte, y el agua era amarilla y tenía tierra amarilla y unos bichejos diminutos que también parecían tierra, pero pataleaban.
Tenía arena entre los dientes. La mordí y chirrió sentí que me raspaba entre la lengua y el paladar. De pronto intuí lo dolorosa que debía ser la muerte de las almejas.
Tenía arena en los pantalones. Al caminar me raspaba, y era el mismo dolor de las almejas al morir.
Me metí en el agua hasta la barriga. Los pantalones se me hincharon al mojarse. El agua formaba parte de mi barriga. Me pasé la mano bajo la pretina de goma y me limpié la arena de entre las
piernas.
Tuve la impresión de hacer algo prohibido, pero nadie me veía. El abuelo contemplaba su arena, que seguía cayendo ininterrumpidamente sobre la orilla. Pero Dios está en todas partes. Recordé esta frase, que escuchaba siempre en la clase de religión. Yo buscaba a Dios en los árboles y al final lo encontraba con su gran barba blanca en lo alto de las copas, muy arriba, en el verano.
La Madre de Dios tenía siempre el dedo índice levantado cuando yo me sentaba delante, en el banco de los niños. Pero la expresión de su rostro era amable, y yo no le tenía miedo. Todo el tiempo llevaba el mismo vestido largo azul claro y tenía unos labios rojos muy bonitos. Y un día que el cura dijo que los lápices de labios se hacen con sangre de pulga y de otros bichos repugnantes, me pregunté por qué la Madre de Dios que había en el altar lateral se pintaría los labios. También se lo pregunté al cura, que me golpeó las manos con su regla hasta ponérmelas rojas y me mandó en seguida a casa. Estuve varios días sin poder mover los dedos.
Me fui al huerto, detrás del pajar, y me tumbé entre los tréboles y alcé la mirada hacia el verano. Ni una sola nube suspendida sobre aquel cálido día. Y no encontré la barba de Dios en todo el ancho mundo. Ese día Dios no estaba en todas partes.
El abuelo seguía sacando arena del río con la pala. Sus holgados calzoncillos le llegaban hasta la rodilla y se le pegaban a las piernas. Parecían membranas natatorias entre sus muslos.
Vi un grueso bulbo bajo la tela de lino, en el mismo lugar donde la abuela tenía su mechón de pelo. ¿Conque ése era el gran secreto de los adultos?
El abuelo tenía mucho pelo en el pecho, en las piernas, en los brazos y en las manos. En la espalda tenía dos grandes omóplatos peludos.
Los pelos del abuelo estaban húmedos y se le pegaban a la piel. Parecía que lo hubieran lamido. Sus pelos no eran feos ni bonitos, y por tanto eran inútiles, pensaba yo.
Y los dedos de sus pies eran muy largos y estaban deformados por muchos nudos de piel dura. Me sentía aliviada cuando el abuelo los tenía bajo el agua.
Cuando levantaba un pie para tirar la arena aún más lejos de la orilla, yo veía lo blanco y deslavado que era ese pie, como algo muerto y varado por el agua.
El abuelo soltó de pronto su pala y me sacó violentamente del agua. Frente a él se agitaba una fina serpiente negra. Era muy larga y delgada y hacía ondas con el cuerpo. Al nadar mantenía la cabeza
chata y puntiaguda sobre la superficie del agua.
Su cuerpo era como una rama a la deriva, sólo que mucho más liso y brillante. El abuelo la había visto de lejos.
Creo que era muy fría.
El abuelo le bloqueó el camino con su pala. La cogió con el mango y la tiró a la orilla, sobre la arena.
Era bella y repugnante y tan mortífera que temí por su vida y no pude desearle la muerte.
El abuelo le cercenó la cabeza con la pala.
Y de pronto ya no quise ser pantano. Sentí la piel seca cuando me la palpé, temerosa, con la punta con los dedos.
Herta Müller
En tierras bajas (traducción de Juan José del Solar. Siruela)


Tags: Herta Müller, En tierras bajas, Juan José del Solar, Siruela

Publicado por elchicoanalogo @ 6:35  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 27 de octubre de 2014

… escribir sobre la luz pausada del atardecer que amarillea árboles y tejados, seguir el movimiento de las sombras y las primeras farolas encendidas y sentir que hay algo que cuadra y da sentido a mi vida, o sobre los claros que se abren entre las nubes y esa luz que no ilumina los contornos de los edificios sino que los difumina y borra, o sobre la niebla en los acantilados y la pequeña luz parpadeante del faro y la estela de humo y niebla que dejan los pesqueros al salir de ella.
… escribir sobre leer junto a la ría, el sol a mi espalda, la luz en las hojas del libro, el viento y el movimiento de los árboles y las olas contra la proa de los barcos, la imagen de una niña que se tumba en la orilla de un lago y se convierte en naturaleza y crecen ramas entre sus costillas y los pequeños animales del bosque corretean entre su piel, o sobre un tejado de gatos y el reloj de una estación de tren antigua y las líneas rectas en las calles al otro lado de la ría y las sombras negras sobre el puente colgante y mis ganas de viento del norte para tener algo contra lo que luchar.
… escribir sobre el hombre gorrión, sus saltitos en el parque, la bolsa con migas de pan duro en su mano, su conversación para sí mismo o para los pájaros, los gorriones que le siguen y le miran mientras se sienta en un banco y lanza al aire la comida, o sobre el mendigo que lee libros de la biblioteca y tiene una pequeña columna de lecturas pendientes (tebeos o ciencia ficción) en el suelo, su cabeza agachada entre las páginas de sus libros, o sobre el mendigo que habla con él y lleva un carrito de la compra con objetos extraños (tubos rotos, mochilas descosidas, varillas de metal, monitores negros) y fuma y pide a la gente que camine por la izquierda, coño, o sobre otro mendigo que hace figuras de madera en una esquina de la gran vía, las patas de una araña o los palos de un pesquero y el armazón de un barco por completar entre sus piernas, o sobre un mendigo que tiene dos perros que duermen a su lado y se despiertan con el ruido de las monedas en el cuenco de plástico, o sobre una mujer de sesenta años y abrigo rojo que se detiene en la acera y se arrodilla, los brazos en cruz, y susurra una letanía que habla de misericordia y derrota.
… escribir sobre manifestaciones que avanza por la gran vía y se detienen en las puertas de los bancos y las sedes políticas y gritan y aplauden mensajes eufóricos y me hacen sentir dentro de un río que no desemboca en un mar sino en un mundo utópico, o sobre una mujer que me habla de su hijo, guarda jurado, y cómo la empresa elige los tres despidos semanales sacando un papel de una bolsa de basura (dice bolsa de basura con rabia, dice que las siguientes papeletas las sacaron de una caja de cartón), o sobre los piqueteros que cortaban la carretera panamericana o los jubilados que rodeaban la plaza de la independencia para pedir una jubilación digna.
... escribir sobre un disyuntor electromagnético monofásico al final de una pasarela a sesenta metros sobre la ría, mi vértigo intermitente, las nubes en el horizonte y la distancia con el suelo, el corazón del revés y sentirme un pequeño pájaro, o sobre cruzar a la carrera un pequeño puente de maderos por miedo a traspasar el suelo y caer al vacío, o sobre observar las llanuras desde un avión o las azoteas de una ciudad desde un rascacielos y asentir en silencio mientras sigo las líneas de las calles y los cruces de caminos y los campos rectangulares e imagino las vidas bajo mi mirada (más interesantes y enigmáticas que la mía), la distancia que me asemeja a un pequeño dios que no interviene en las vidas ajenas.


Los lunes de Anay. Estacadas...

"Las estudio con odio y repugnancia
como si fueran copias de mis rasgos"
                                                        JOSÉ MARÍA FONOLLOSA


Llamamos al díler y dijo,
que no podía, ¿recuerdas?; estoy
viendo la telenovela, dijo,
así eran las cosas entonces en la ciudad.
La tarde naranja y las margaritas
pudriéndose en la jarra por necesidad
o por azar, el perro inquieto queriendo
salir a la calle pero estábamos cansados,
la ropa pesaba como un yunque de tela
y nos sentíamos terriblemente
viejos y relajados en aquel piélago
doméstico de cosas, demasiado calor.
Llamamos al díler y dijo
que no podía; habríamos querido
oír que estaba ocupado haciendo
la revolución, chico, habríamos
preferido una mentira más pop.

                                                     PABLO MIRAVET BERGÓN



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Pablo Miravet Bergón, José María Fonollosa, María Daniela

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
Comentarios (0)  | Enviar

Decir

estoy hecha
y nada me ronda fuera del poema
mas que el silencio y su utillaje
Esta inercia de amor inasible  
que me arrulla  
obligándome definitivamente
a tender a cero
y fingir que todo está bien
Isabel Tejada Balsas
Decir (en El alma irreversible. Diputación de Jaén)


Tags: Decir, El alma irreversible, Isabel Tejada Balsas, Diputación de Jaén

S?bado, 25 de octubre de 2014

Quedarse en el bloque de viviendas, metida entre las cuatro paredes, escuchando cómo el viento remece las puertas, y prestar oído sólo porque la puerta no cierra.
Creer siempre que va a llegar alguien, y luego ver que anochece y ya es demasiado tarde para esa visita.
Mirar siempre cómo se hincha la cortina, como si una pelota gigantesca se metiera en el cuarto.
En los floreros las flores forman ramos tan grandes que ya no son sino espesura, una hermosa maraña, como si aquello fuera una vida.
Y el esfuerzo que nos cuesta esa vida.
Pasar sobre botellas que aún siguen en la alfombra desde ayer. La puerta del armario de par en par, como en una cripta yace en su interior la ropa, tan vacía como si su dueño no existiera.
El otoño para los perros en el parque, para las bodas tardías en los jardines de verano en noviembre, con dinero prestado y grandes flores de un rojo encendido y palillos en las aceitunas.
La comarca llena de novias en coches prestados, la ciudad llena de fotógrafos con gorras a cuadros. Tras los vestidos de novia se rompe la película.
Muchacha arrugada de ojos azules ¿adonde vas tan de mañana atravesando todo ese asfalto? Años y años cruzando el parque negro.
Cuando dijiste ya llega el verano, no pensaste en el verano. ¿Por qué hablas ahora del otoño, como si no fuera de piedra esta ciudad, como si alguna hoja pudiera secarse en ella?
Tus amigos tienen sombras en el pelo y te observan cuando estás triste, y se acostumbran y se resignan a ello. Eso es lo que eres ¿Qué puede uno hacer cuando, sea cual sea el tema de conversación, se habla siempre de perder? ¿Qué puede aún ser útil cuando el miedo en las copas de vino ayuda a combatir el miedo y la botella se va vaciando más y más?
Cuando la carcajada es estentórea, cuando se descoyuntan de risa, cuando se ríen hasta morir, ¿qué puede aún ser útil?
Y eso que aún somos jóvenes.
Y ha vuelto a caer un dictador, y la mafia ha vuelto a matar a alguien, y un terrorista agoniza en Italia.
No puedes beber, muchacha, para combatir tu miedo. Vas vaciando a sorbos esa copa como todas las mujeres que no tienen una vida, que no tienen cabida en este jaleo. Ni tampoco en el suyo propio.
Aún te lo pasarás mal, muchacha, dicen tus amigos.
Hay un vacío en tus ojos. Hay algo vacío y rancio en tus sentimientos. Lástima por ti, muchacha, lástima.
Herta Müller
El parque negro (en En tierras bajas. Traducción de Juan José del Solar. Siruela)


Tags: El parque negro, En tierras bajas, Herta Müller, Juan José del Solar, Siruela

Publicado por elchicoanalogo @ 6:05  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 23 de octubre de 2014

Un gran atleta y un hombre afable, alguien en apariencia feliz y completo y que esconde una herida profunda y dolorosa, una vida sencilla y llena de triunfos y una zozobra constante y subterránea que socava esa sencillez y convierte a un hombre en un pelele, un héroe que se mira ante el espejo y descubre un reflejo resquebrajado, no un héroe ni un ejemplo, sólo un hombre que intentó ser amable y no se reveló ni eligió nada, los cambios en un país durante treinta años, las guerras y los conflictos raciales, las crisis y las ciudades e industrias abandonadas, las mentiras políticas y qué significa ser judío en una sociedad gentil, y todos esos cambios cosidos a la piel de un hombre, la derrota sin gloria y la necesidad última de compartir los golpes recibidos, un atisbo de verdad.

Pastoral americana es monumental y exhaustiva, es incisiva y reflexiva, es Philip Roth que usa un personaje como el Sueco para hablar de los cambios sociales y emocionales de la sociedad estadounidense entre la segunda guerra mundial y el watergate, de las apariencias y lo que se esconde bajo una imagen idealizada, una vida que avanza entre la desesperación y el dolor, entre la espera y la asunción de una verdad extraña. El Sueco es un héroe en su barrio, un atleta judío capaz de los mayores logros, un tipo amable y que parece dar siempre el paso correcto, los estudios, servir a su patria en el conflicto bélico, continuar con el negocio paterno, casarse con una bonita muchacha irlandesa y crear un hogar en apariencia envidiable. Pero el Sueco esconde un dolor que lo noquea, que le hace vivir tras una máscara de placidez (atado a su imagen de viejo héroe de barrio), y que necesita expulsar al final de su vida. Había aprendido la peor de las lecciones que puede dar la vida: la de que carece de sentido. Y cuando sucede tal cosa, la felicidad nunca vuelve a ser espontánea, sino que es artificial e, incluso entonces, se compra al precio de un obstinado distanciamiento de uno mismo y de su historia. El hombre amable y simpático, que se enfrentaba con calma al conflicto y la contradicción, el confiado ex atleta juicioso y lleno de recursos en cualquier lucha con un adversario limpio, tropieza con un adversario que no es limpio (el mal inextirpable de los tratos humanos) y está acabado. Él, cuya nobleza natural consistía en ser exactamente lo que parecía ser, sufrió demasiado para volver a estar ingenuamente entero. Nunca más el Sueco volvería a sentirse satisfecho con la confianza de antes, tal como, por el bien de su segunda esposa y sus tres hijos, por la ingenua integridad de ellos, siguió fingiendo implacablemente que se sentía. Suprimió su horror con estoicismo, aprendió a vivir detrás de una máscara, llevó a cabo un experimento de resistencia que duró toda una vida. Una representación sobre una ruina. El Sueco Levov llevó una doble vida.

Hay una historia dentro de otra en Pastoral americana, Roth que usa al escritor Skip Zuckerman en el inicio de la novela para hablar desde fuera del Sueco, su imagen gigantesca, su encuentro años después donde cree que lleva una vida plácida, su extraña petición de que escriba un elogio para su padre muerto, cuyos seres queridos han recibido duros golpes, el atisbo de Zuckerman de ver en ese encuentro una verdad inédita. Zuckerman se reencuentra con ese pasado idílico en una reunión de antiguos alumnos, habla con el hermano del Sueco, recorre los lugares que una vez fueron propios, escribe sobre la caída del héroe. Y en ese recorrido por la vida del Sueco se cruza la historia reciente de Estados Unidos, las guerras ganas y perdidas, los movimientos antibélicos, la corrupción política, los cambios económicos. Roth disecciona treinta años en la vida estadounidense, habla de máscaras, imágenes resquebrajadas, mentiras y derrotas, de inmigrantes, judíos y gentiles, y lo hace de manera exhaustiva y puntillosa.

Predomina el dolor en Pastoral americana, la imagen de un héroe derrumbado, de un hombre incapaz de tomar una decisión propia, de oponerse o rebelarse, alguien que intenta ser amable y en esa amabilidad, en esa nula oposición, en su inocencia estéril, la tragedia y el dolor, la asunción de emociones desgarradoras y sentirse perdido en la vida. El Sueco intenta hacer lo correcto y mantenerse fiel a su imagen de héroe, y en esa fidelidad la derrota. Roth  reflexiona y pone en tela de juicio el modo de vida americano, confronta la visión judía con la gentil, muestra las ruinas materiales y morales de una sociedad que es apariencia.





Tampoco podía decir que odiara a su hija por lo que había hecho..., ¡ojalá pudiera! Ojalá, en vez de vivir caóticamente en el mundo donde ella no estaba y en el mundo donde podría estar ahora, fuese capaz de odiarla lo suficiente como para que el mundo de la muchacha no le importara lo más mínimo, ni entonces ni ahora. Ojalá pudiera volver a pensar como los demás, ser de nuevo el hombre totalmente natural en vez de un charlatán escindido en su sinceridad, un Sueco exterior natural y sencillo y un Sueco interior atormentado, un Sueco estable visible y un Sueco acosado y oculto, un falso Sueco despreocupado y sonriente amortajando al Sueco enterrado en vida. Ojalá pudiera reconstituir, aunque sólo fuera débilmente, la unidad íntegra de la existencia que había conducido a su franca confianza física y su libertad antes de convertirse en el padre de una presunta asesina. Ojalá pudiera ser tan poco astuto como algunas personas le percibían, ojalá pudiera ser tan extremadamente sencillo como la leyenda del Sueco Levov fraguada por los chicos de su época que reverenciaban a los héroes. Ojalá pudiera decir «¡Odio esta casa!» y ser de nuevo el Sueco Levov de Weequahic. Ojalá pudiera decir «¡Odio a esa niña! ¡No quiero volver a verla jamás!» y entonces seguir adelante, repudiarla, despreciarla para siempre jamás y rechazar tanto a ella como a la visión por la que estaba dispuesta, si no a matar, por lo menos a abandonar cruelmente a su propia familia, una visión que no tenía nada que ver con los «ideales» sino con la falta de honradez, la criminalidad, la megalomanía y la locura. Una ciega hostilidad y un deseo infantil de amenazar..., ésos eran sus ideales. Siempre iba en busca de algo que odiar. Sí, era algo que rebasaba con mucho su tartamudez.

( … )

El hecho de que los seres humanos sean tan diversos no sorprendía al Sueco, aunque le resultara un poco chocante comprobarlo de nuevo cuando alguien le decepcionaba. Lo que le causaba asombro era que a una persona parecía agotársele su propio ser, se le terminaba la sustancia que le hacía ser lo que era y, vacía de sí misma, se convertía precisamente en la clase de persona que antes le habría dado lástima. Era como si mientras sus vidas estaban llenas de satisfacciones estuvieran en secreto hartas de sí mismas y desearan prescindir de la cordura, la salud y todo sentido de la proporción a fin de abordar ese otro yo, el yo verdadero, que era un fracaso totalmente engañado. Era como si armonizar con la vida fuese un accidente que podría acontecer en ocasiones a los jóvenes afortunados, pero algo, por lo demás, con lo que los seres humanos carecían de verdadera afinidad. Qué extraño. Y qué raro se sentía al pensar que él mismo, quien siempre se había considerado entre las innumerables personas normales sin conflictos, pudiera encarnar realmente la anormalidad, al margen de la vida real, por el mismo hecho de estar tan firmemente arraigado.
Philip Roth
Pastoral americana (traducción de Jordi Fibla. Debolsillo)


Tags: Pastoral americana, Philip Roth, Jordi Fibla, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 6:54  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Martes, 21 de octubre de 2014

los seres queridos
nos acompañan
un tramo corto o largo
no importa cuánto
hemos de asumirlo
de antemano
hasta que un día
a lo largo de la ruta
que parecería cotidiana
un día más
un día cualquiera
uno de nosotros
abandona la vida
y el aire nos ayuda
a que las lágrimas
vayan
quedando en el camino
a modo de lindísimos
y pequeños homenajes
y ojalá brote de la sal
que vamos derramando
esperanzadas
ramitas verdes
que quedarán
intermitentes
esparcidas en el viaje
que sigue
hasta que nos toque turno
y a otros les dé por llorar
o por ganar la carrera
un poco por nosotros.
Òscar Solsona
Propósito 4

http://www.goear.com/listen/6cbf392/proposito-numero-cuatro-scar-solsona-en-voz-elena-sagredo-elena-sagredo-scar-solsona



Tags: Òscar Solsona, Propósito 4, Elena Sagredo

Publicado por elchicoanalogo @ 6:48  | Poes?a
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 20 de octubre de 2014

a) Se acerca a la barandilla. Algo ha captado su atención y corre con la cámara en mano. Juega con el objetivo y el diafragma y escucho un pequeño chasquido. Intento imaginar su foto, la barquilla del puente colgante (los hilos de acero sobre ella, su sombra negra en el agua verde), el faro blanco al final del muelle, la niebla en los acantilados. Se da la vuelta y sonríe satisfecho a una mujer. Me pregunto si ha capturado la luz difusa entre la niebla.

b) Paseo por la habitación, una televisión negra y apagada, una cama plegable, una virgen blanca (creo que es de piedra, pero, al acariciarla, apenas siento su peso), el hueco de la cama de hospital. Me detengo y leo apoyado en una pared (el movimiento de la sombra sobre los objetos de la habitación). Fuera, el campanario de la basílica contra las nubes grises, los edificios que se han comido el valle, el cielo bajo y rápido. Hay pequeñas marcas en el suelo, parten del centro de la habitación y se pierden tras la puerta, me recuerdan las roderas de los caminos de tierra. Sigo esas marcas hasta la puerta y espero a mi padre.

(coda. reiki inconcluso)

estoy en silencio
observo los árboles y las caras
otros momentos de mi vida
siento la carta en mi mano y recuerdo

quiso enseñarme el fin del mundo


Los lunes de Anay. Cavidades...

"en postura de búho, noche
tras noche, sin levantar la vista"
                                                         ANDRÉS NAVARRO

RESPIRANDO

Por alguna razón
que ya no ignoro
y por viejos motivos
que no cuentan

Sobrevivo a la noche
y su tormenta
respirando penumbra
hasta el amanecer.

                                     ANAY SALA



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Andrés Navarro, Lucio Battisti

Publicado por elchicoanalogo @ 18:05  | Los lunes de Anay
Comentarios (0)  | Enviar
Domingo, 19 de octubre de 2014

(Tiene casi noventa años, vive solo en una pequeña casa de la campiña inglesa, es apicultor aficionado y siente que ahí, en las ciudades que construyen las abejas, hay un orden que no encuentra entre los humanos, le gusta observar qué tiene a su alrededor y capta anomalías que son el inicio de un rompecabezas, sabe que sus vecinos lo tienen por un ermitaño, un ser extraño, fuera del tiempo, con sus facultades mentales mermadas, él, que fue un gran detective años atrás y ponía en ridículo a la policía cada vez que solucionaba un caso imposible, mira por la ventana (una ventana ajada que refleja el mundo de manera extraña) y descubre un niño con un loro al hombro que recita números en alemán y algo hace clic en su cabeza, sabe que esas anomalías, un niño mudo, un loro que recita números y canciones alemanas, la conexión natural entre ambos, esconden algo más, siente pequeñas descargas de electricidad como antaño, cuando resolvía asesinatos y robos, y por un instante está entre dos tiempos, su cuerpo lento y decrépito, su mente atenta, la espera de algo que está por ocurrir y que trastocará la vida del pequeño pueblo en el que vive y ese algo llega, un asesinato, la desaparición del loro, la promesa al niño mudo de recuperar a su amigo, y algo se acelera en su mente, la percepción de las anomalías y los cabos sueltos, aquello que se nos escapa a primera vista, la inteligencia contra un problema real, y el anciano, aun con su andar lento y el crujido de sus huesos, observa atento las pistas, merodea por la escena del crimen, se pregunta qué o quién habrá causado la desaparición del loro, entabla una relación estrecha con el niño mudo, visita Londres años después de la última vez (cree que encontrará la ciudad reducida humo y ceniza), encaja las piezas que forman las personas y los objetos que le rodean, descubre motivos y asesinos, una última aventura donde se mezcla el misterio y el espionaje, un mundo cambiante y una mente atenta)






No era algo, el cielo lo sabía, que el anciano tuviera costumbre de admitir ni que se sintiera cómodo admitiendo. La aplicación de la inteligencia creativa a un problema, el hallazgo de una solución al mismo tiempo obstinada, elegante y descabellada le había parecido siempre la ocupación esencial de los seres humanos, el descubrimiento del sentido y de la causalidad en medio de las pistas falsas, del ruido y de la maleza sin senderos de la vida. Y sin embargo siempre lo había atormentado —¿no era cierto?— el saber que había hombres, criptógrafos lunáticos, detectives locos, que malgastaban su inteligencia y su cordura en decodificar e interpretar los mensajes de las formaciones de las nubes, de las letras de la Biblia recombinadas, de las manchas de las alas de las mariposas. De la existencia de semejantes hombres se podía tal vez sacar la conclusión de que el sentido moraba únicamente en la mente del analista. De que eran los problemas irresolubles —las pistas falsas y los casos ya enfriados— los que reflejaban la verdadera naturaleza de las cosas. De que todo el significado y esquema aparente no tenía más sentido intrínseco que el parloteo de un loro gris africano. Esto era lo que se podía pensar. Ciertamente, se dijo.
Michael Chabon
La solución final (traducción de Javier Calvo. Debolsillo)


Tags: Michael Chabon, La solución final, Javier Calvo, Debolsillo

Publicado por elchicoanalogo @ 6:20  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Viernes, 17 de octubre de 2014

Cuando cae a tierra
la cometa
no tiene alma.



El caracol se arrastra
dos o tres pasos
y se acaba el día.



Con la cabeza erguida
también el caracol
se me parece.     



Qué distinto el otoño
para mí que voy
para ti que te quedas.
         


Confusas
entre los pétalos
alas de pájaros.



Senda de estío
sobre esa piedra
descansan todos.



Pisa las nubes,
bebe la niebla
la alondra remontándose.



Pasa la lluvia
por todas partes
surgen sendas de hormigas.
Masaoka Shiki (Versiones de Tsutomu Takagi y Alberto Manzano)



http://www.goear.com/listen/8946289/audiopoemas-masaoka-shiki-en-voz-isabel-tejada-balsas-masaoka-shiki-isabel-tejada-balsas


Más poemas de Masaoka Shiki en,


http://amediavoz.com/shiki.htm

http://destellosdehaijin.blogspot.com.es/2012/03/masaoka-shiki.html


Tags: Masaoka Shiki, Isabel Tejada Balsas

Publicado por elchicoanalogo @ 6:47  | Poes?a
Comentarios (0)  | Enviar
Mi?rcoles, 15 de octubre de 2014

Francis Phelan es vagabundo y alcohólico, duerme en cartones, misiones y pensiones de mala muerte en los Estados Unidos de los años treinta, fue un buen jugador de béisbol y un hombre de una violencia seca, viaja y convive con Helen, una mujer que lleva su pasado en una sucia maleta y un cuerpo desgastado, regresa a su ciudad años después de huir por un accidente que mató a su hijo de trece días y, desde entonces, huye como manera de alimentar su culpabilidad y vivir a través de ella (la culpabilidad como base de sus actos, como excusa para perpetuar su vida itinerante y no volver al hogar), se da momentos de descanso, un trabajo temporal cavando zanjas en un cementerio o de trapero por los antiguos barrios donde vivía o cuida a otros vagabundos del frío o decide no beber durante un par de días y siente que hay otra vida distinta, es un vagabundo lúcido y extraño, un superviviente que necesita del dolor para seguir adelante.

Todo parece iluminado por la tristeza en Tallo de Hierro, los personajes de William Kennedy son vagabundos que no buscan una salvación, una antiguo jugador de béisbol, una mujer a la que sólo le queda el atisbo de su voz, un hombre que parece sufrir cierto retraso, una vieja estrella de la radio reconvertido en camarero, los rincones de la ciudad, barrios pobres, misiones donde se prohíbe la entrada a los borrachos, pequeños campamentos en descampados, muros agrietados en los que morir de frío, los recuerdos que sólo sirven para mostrar la deriva, la pobreza y la huida de Francis Phelan, que son destellos de un pasado mejor, la culpabilidad como emoción a la que agarrarse para sobrevivir.

Francis regresa a su ciudad años después de huir de ella, recuerda los viejos lugares donde vivió, bebió, jugó y combatió, siente los cambios entre sus recuerdos y el presente, un hogar que perdió por un accidente, el inicio de su vida errante y sin un destino fijo, su relación cambiante con Helen, habla con los fantasmas de los hombres que mató o vio morir en su huida, gasta su dinero en otros vagabundos o en caer borracho. Hay un momento donde Kennedy coloca a Francis ante la imagen del hombre que fue años atrás, una escena dura y nostálgica, Francis delante de un baúl con sus antiguas ropas, cartas y recortes del periódico, su vida antes de la huida, se prueba uno de sus trajes, se baña y afeita, la cara desdentada, las arrugas y cicatrices, el cruce entre quién es y quién fue, la asunción de esos años de vagabundeo y violencia y de aquello que dejó atrás.

William Kennedy mezcla realidad (los campamentos de los vagabundos, las relaciones entre ellos, el regreso de Francis a su ciudad) con el sueño o las apariciones de fantasmas que hablan y actúan con Francis, escribe de manera triste y, a la vez, contundente, sus personajes al límite, el frío que los machaca, las maletas con sus recuerdos en moteles y pensiones, la culpabilidad como sentimiento en el que basar una vida, la belleza de una epifanía que podría significar la redención.





Francis se sentó en el banco sin respaldo de la mesa del desayuno y miró por la ventana, más allá del geranio con dos flores, hacia el perro pastor escocés y el manzano que crecía en el jardín pero que ofrecía sombra, flores y frutos a los dos jardines contiguos, hacia los macizos de flores, la hierba bien cortada y la valla de alambre pintado de blanco que lo rodeaba todo. Qué hermoso. Experimentó un fuerte impulso de confesar todas sus transgresiones a fin de estar a la altura de aquella belleza que había añorado, y sin embargo sentía una gran pesadez en la lengua, afín a la que había sentido en las piernas cuando caminaba por las maceras recubiertas de pegamento. Su cerebro y su cuerpo parecían estar sumidos en un sueño inducido por una droga que permitía la percepción pero no la acción. De ninguna manera podía revelar todo lo que le había llevado allí. Eso habría significado recapitular no solo todos sus pecados, sino también todos sus sueños fugitivos y rotos, todos sus azarosos movimientos por el país, todos sus regresos a la ciudad solo para abandonarla de nuevo sin haber visto a Annie ni a los demás, sin saber nunca por qué no lo hacía. Habría significado diseccionar su violencia compulsiva y su temor a la justicia, a su tiempo con Helen, al abandono actual de Helen, sus relaciones sexuales con tantas mujeres que no significaban nada para él, sus borracheras, sus resacas, las noches pasadas entre los matorrales, la manera en que pedía dinero a desconocidos no porque hubiera una depresión sino primero para ayudar a Helen y luego porque era fácil, más fácil que trabajar. Todo era más fácil que ir a casa, incluso reducirte al nivel de un gusano social, una babosa de callejón.
William Kennedy
Tallo de hierro (traducción de Jordi Fibla. Libros del Asteroide)


Tags: Tallo de hierro, William Kennedy, Jordi Fibla, Libros del Asteroide

Publicado por elchicoanalogo @ 6:45  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 13 de octubre de 2014

"¿Quién anda ahí? ¿Es alguien o es silencio?
¿Hay algo más que nada?"
                                                   RAFAEL SUÁREZ PLÁCIDO




Es cierto, el silencio se creó
el día en que ni tú ni yo escuchábamos,
un día que sin duda fue un domingo
- o un lunes, tanto da -
y comprábamos pollo
- siempre comprando pollo-
y en la cola dijiste exactamente
nada,
y yo en correspondencia contesté
precisamente nada,
y fue tanta la nada que hizo cola
que llegamos a casa y nos dijimos
nada, muy despacito,
para que se entendiera sin equívocos
que juntos inventamos el silencio.

Y que aparte del precio de un paquete
de arroz y de un cadáver macilento
hacerlo no nos había costado
nada.

                                              BEN CLARK



...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Rafael Suárez Plácido, Ben Clark, Fito Paez, Joaquín Sabina

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
Comentarios (0)  | Enviar
Domingo, 12 de octubre de 2014

Un camino polvoriento, una familia y una granja ruinosas, un padre esquivo y vago que cada año planea plantar algodón y cada año se queda tumbado en la tierra dejándose llevar por su sueño, una madre que masca tabaco para paliar el hambre y sólo quiere que le compren un traje a la moda para ser enterrada con él, una abuela que intenta pasar desapercibida para no sufrir golpes y desprecios, una hija con labio leporino y un hijo con cierto retraso que sólo aspira a conducir un automóvil, una predicadora que busca un segundo marido, el olor de una tierra quemada, la inacción y la crueldad, las escenas y los comportamientos grotescos.

Los personajes de El camino del tabaco arrastran taras físicas y emocionales, labios leporinos, caras sin nariz, retrasos mentales, falta de moral, el sexo como un objeto sórdido y violento, sueños que saben de antemano imposibles de cumplir y que son una excusa para perpetuar su indolencia e inacción, una violencia seca, dura, sin fisuras y una particular y extraña idea de dios, el olor de la tierra quemada que parece señalar la ausencia de futuro y de expectativas reales, la miseria y la opresión del paisaje, un camino polvoriento, unos campos que ya no dan frutos, las dunas que ciegan la tierra, las casas en ruinas. La única salida de este mundo viciado y violento es la huida, conseguir un modesto empleo en la ciudad y romper todo vínculo con la familia.

El inicio de El camino del tabaco muestra la crueldad grotesca de unos personajes al límite, siempre con hambre y con unas esperanzas utópicas de renacer, de volver a sentirse granjeros y sacar adelante su granja. En esa primera escena, el patriarca Jeeter Lester roba un saco de nabos a su yerno con la ayuda de su mujer y su hija,lo  arrastran a la tierra, le golpean en las costillas para que no se levante, la hija se monta sobre él, Jeeter que se esconde en el bosque a comerlos, que deja de lado a su familia, que se sacia e invoca el perdón de su dios particular. Jeeter es un sueño inalcanzable, la idea de quemar la tierra y plantar algodón, de conseguir prestada una mula, de arreglar su automóvil deshecho, la creencia de pertenecer a una estirpe de granjeros y la imposibilidad de adecuarse a los nuevos tiempos y su pobreza. No hay una valentía o dignidad en Jeeter como sí las había en los vagabundos de Steinbeck que luchaban por volver a sentirse útiles.

Caldwell escribe una novela dura y seca, los diálogos son latigazos donde los personajes se golpean entre sí o muestran la parte más cruel de la realidad, no deja un resquicio para la redención de Jeeter y su familia, todo está en ruinas en su novela, el paisaje y los personajes (su moral), se llenan del polvo del camino del tabaco y del hambre de su inacción, enraizados en su pobreza hasta la extinción.




A lo mejor Dios ha dispuesto que fuera así -dijo Jeeter-. Tal vez sepa de eso más que nosotros los mortales. ¡Dios es un viejo sabio y no se le puede engañar! Se ocupa de pequeños detalles en los que nosotros nunca nos fijamos. Por eso no pienso dejar el campo para irme a Augusta a vivir en una maldita hilandería; Dios me puso aquí y nunca me ha dicho que me vaya, y por eso me quedo en el campo. Nadie sabe lo que me podría pasar si abandonara esto y me fuera a las hilanderías; Dios podría enojarse y dejarme muerto ahí mismo. O también puede dejarme estar aquí hasta el día de mi muerte natural, pero castigándome con toda clase de cosas endiabladas, porque muchas veces castiga de esa manera. Nos deja seguir consumiéndonos poco a poco y agobiándonos hasta desear estar muertos y enterrados. Por eso no me voy a las hilanderías con tanta prisa, como hicieron todos los demás que vivían en los alrededores de Fuller. Se fueron allí y todos sienten ahora el deseo de la tierra, y eso es lo que les ha hecho Dios por haber abandonado la tierra, y ahora los va a perseguir a cada paso hasta que mueran.

( … )

La terminación del invierno y la lenta entrada de la primavera ejercían su habitual efecto sobre Jeeter. Los tibios días del final de febrero habían avivado en su interior, una vez más, el deseo de cultivar la tierra. Todos los años, en esa época, volvía a hacer la tentativa de preparar el terreno y de encontrar la forma de comprar semilla de algodón y guano al fiado en los almacenes de Fuller, pero sus propósitos se habían estrellado siempre contra las firmes negativas de todos, que no le daban ni un céntimo de crédito. A pesar de ello, cada primavera quemaba una parcela aquí y otra allá, para limpiar la tierra de malezas por si alguien llegaba a prestarle una mula y a darle algo de semilla y guano. Siempre había hecho lo mismo en los últimos seis o siete años.
Erskine Caldwell
El camino del tabaco (traducción de Horacio Vázquez-Rial. Navona)


Tags: El camino del tabaco, Erskine Caldwell, Horacio Vázquez-Rial, Navona

Publicado por elchicoanalogo @ 6:56  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Viernes, 10 de octubre de 2014

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo
Alejandra Pizarnik

Escribo porque no sé volar. Porque no sé escapar, de otra manera.
El lenguaje es todo lo que tengo. Lo que me queda, después de tallar cada letra, como quien levanta un muro o se aferra a algo que lo justifique.
Sin embargo, últimamente he aprendido algunas cosas. Por ejemplo, que la distancia es una calle hecha de cuerpos en contra, todos a la vez. Que se puede pastar la belleza bajo árboles de sombra y que de vez en cuando un gato. Que los hijos son los poemas que escriben las madres, pero yo no tengo hijos.
Esta mañana he despertado y me he descubierto cansada de robarme la alegría. Dime, ¿por qué no puedo ser cómo los otros? ¿ Por qué no sé deambular por las noches de luna hiena sin hacerme preguntas, quedarme quieta al borde de mi sueño, como un número más? ¿ Por qué no puedo conformarme?
Venir a este parque o huir es lo mismo cuando se trata de esconderme del árido temblor que me convierte en una víctima de mí misma.
Escribo, decía, mientras, tan pardo, un gorrión incide en mí su mirada. No parece asustado. No es como yo. No es un prisionero. Yo quisiera preguntarle por las mañas de las nubes o por el musgo de las azoteas, pero no basta con decidir algo para llegar a tiempo y le veo irse, desplegando con precisión la perfecta maquinaria de sus alas, batiéndose en el aire, improvisando un cielo como quien fabrica una profecía. Se entremezcla en ráfagas con el viento que construye, pronuncia mi nombre en el dialecto de los desaparecidos. Y pienso en el daño y en la lucha. En los poemas llenos de pájaros. Pizarnik nos ha hecho tanto daño. Bukowski nos ha hecho tanto tanto daño. Nos han llenado los poemas de pájaros y ninguno de ellos es azul. No voy a ser capaz de perdonarlos. Y hasta qué punto la jaula. Y hasta dónde el cielo. Tan alto en lo alto, para cuándo mis alas. Yo no soy pájaro, Alejandra. Yo tengo un pájaro en el páncreas y es un pequeño dictador.
Silba el ave su canción con idéntica melancolía antes de posarse en mi hombro, distrayéndome de mi herida y su sombra, y creo que empiezo a entender. Quédate callada, me digo, mira lo que ha venido a decirte la tarde.
Isabel Tejada Balsas
Invalidez (en El alma irreversible: Diputación de Jaén)



http://www.goear.com/listen/1931d17/invalidez-isabel-tejada-balsas-isabel-tejada-balsas



Tags: Invalidez, El alma irreversible, Isabel Tejada Balsas

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Poes?a
Comentarios (0)  | Enviar
Lunes, 06 de octubre de 2014

(Tiene noventa años, la cara delgada y maquillada, el temblor de sus manos al hojear los libros, la mirada vidriosa que busca entre los centenares de libros novelas románticas (Danielle Steel, Barbara Wood, Rosamunde Pilcher). Viene a cada rastrillo, habla en un susurro y trae una bolsa donde guardar los libros que compra. Veo la lentitud de sus movimientos y pienso que aún necesita historias (ella, que debe esconder dentro de sí miles de ellas)
+
Tiene ochenta años. Anda con muletas. Lleva una gorra de béisbol y una camisa a rayas. Me pregunta si tengo alguna biblia. Le respondo que no tenemos más que una para niños. La expresión de su cara me recuerda a un niño pillado en alguna travesura. Me explica que siente la necesidad de leer los cuentos del antiguo testamento (y dice eso, siento la necesidad y cuentos)
+
Me preguntan por Gerónimo Stilton y Balzac, por poemarios de Gioconda Belli y novela negra (de las de asesinatos y sangre), por el corán, manga y Julio Verne, las miradas curiosas y abarcadoras, la sonrisa al encontrarse con una lectura que les conmovió, las conversaciones sobre escritores japoneses y las aventuras de H.G. Wells (los huecos entre los libros)

(coda)
Me uno a la dedicatoria de Anay, sin Elena no habría llegado a estos lunes ni a contar treinta segundos antes del fin del mundo. Zorionak tuyú!



Los lunes de Anay. À bientôt...

Para Elena Sagredo.


"No todo era mentira.
Pero no lo sabíamos."

                                       LUZMARÍA JIMÉNEZ FARO


FUE UN SUSPIRO

En silencio
se amaban los cuerpos.

La noche velaba
junto al ventanal.

La hoguera asentía:
Silencio, no más.

(Crepitó un corazón
al error de la lumbre)

                                   ANAY SALA





...Feliz lunes.

Un beso,

Anay


Tags: Anay Sala Suberviola, Luzmaría Jiménez Faro, Michel Fugain

Publicado por elchicoanalogo @ 20:46  | Los lunes de Anay
Comentarios (0)  | Enviar
S?bado, 04 de octubre de 2014

Son granjeros, se han quedado sin sus tierras por la sequía y las tormentas de polvo, empaquetan sus posesiones en viejos coches, colchones, cacerolas, ropa y viajan hacia el oeste en busca de una nueva oportunidad, conducen por caminos secundarios y ven la desconfianza y el odio en la mirada de los lugareños, acampan junto a arroyos o en campamentos de chabolas y esperan que un dedo les señale para trabajar en la recolección de la cosecha, son tratados como vagabundos cuando no trabajan y como emigrantes en la época de recogida, sus posesiones se degradan y sienten que pierden la dignidad poco a poco, que en el paraíso prometido les esperan casas de cartón, muerte y desconfianza.

Los artículos de Steinbeck se centran en el drama de las familias del medio oeste que emigran a California a causa de la crisis y la sequía, hace un repaso a quiénes son esos vagabundos de la cosecha del título, cómo eran sus vidas antes de la sequía y cómo intentan salir adelante en un medio hostil, describe las diferentes clases de chabolas y asentamientos, los métodos de trabajo, la mafia de las grandes corporaciones agrícolas (banqueros, políticos y medios de comunicación que usan la pobreza en beneficio propio), lo fácil que es aplastar a los pequeños agricultores, la degradación en sus vidas, de intentar conservar la dignidad a no poder levantarse de la tierra, los dos campos de trabajo federales donde se da cobijo a doscientas familias y se crea una pequeña comunidad utópica.

Steinbeck muestra la realidad de una época aciaga y extraña, los efectos de la crisis que alcanza a la clase media, la forma tan fácil de verse involucrado en esas crisis y lo difícil que es salir de ella, repasa las diferentes etapas migratorias en California, los primeros chinos y japoneses, los filipinos y mexicanos que los siguieron, los granjeros blancos. Y en todo ellos, la falta de escrúpulos y la crueldad con las que fueron tratados. Hay momentos donde se pueden trasladar estos artículos a la actual crisis económico, que siguen vigentes los miedos y el avasallamiento de la población, el enriquecimiento de unos pocos con el dolor y la necesidad ajenos.

Hay un artículo especialmente impactante, Steinbeck que se detiene en los poblados de emigrantes, que muestra los diferentes tipos de chabolas y describe a sus habitantes, de los recién llegados que luchan por conservar la dignidad (palabra que se repite a lo largo de los artículos), los que llevan un año de vagabundeo en la recolección de las cosechas y pierden a bebés recién nacidos y construyen sus casas con telas raídas, los que ya no se levantan de un catre de tierra por falta de fuerzas.

Steinbeck recorrió campamentos federales y poblados de chabolas, habló con granjeros reconvertidos en vagabundos, asistió a la degradación y la lucha por la supervivencia de un puñado de familias y trasladó con sencillez y profundidad una época negra en la historia de Estados Unidos. De esos artículos, de esos días en la carretera, nacieron los personajes y los paisajes de Las uvas de la ira, las figuras inolvidables de Tom Joad y Ma Joad.





La sequía del Medio Oeste ha empujado a la población rural de Oklahoma, Nebraska y partes de Kansas y Texas hacia el oeste. Sus tierras están agotadas y ya no pueden regresar a ellas. Miles de agricultores cruzan estados en viejos automóviles renqueantes. Viven en la miseria, tienen hambre y se han quedado sin hogar, dispuestos a aceptar cualquier jornal para poder comer y dar de comer a sus hijos. Y esto es algo nuevo, pus los peones extranjeros legaban aquí sin sus hijos, después de haber dejado atrás todo rastro de su antigua vida.
Estos nuevos vagabundos suelen llegar a California después de haber agotado todos sus recursos para viajar hasta aquí; incluso tienen que vender por el camino viejas mantas, herramientas y utensilios de cocina para pagar la gasolina. Llegan confundidos y derrotados, a menudo casi muertos de hambre, con una única necesidad que cubrir; encontrar trabajo, por el salario que sea, para poder dar de comer a su familia.
Y en California sólo existe un campo que los pueda acoger. Sin derecho a recibir ayudas públicas, se convierten en jornaleros itinerantes.
Como los antiguos braceros mexicanos y filipinos están siendo deportados y repatriados muy rápidamente y, por otra parte, el flujo de refugiados de la Dust Bowl no para de crecer, será de estos nuevos emigrantes de los que nos ocupemos.
Los inmigrantes ya eran braceros en sus países de origen, pero éste no es el caso de los nuevos desplazados. Éstos son pequeños agricultores que han perdido sus granjas o trabajadores del campo que vivían con su familia al viejo estilo americano. Son hombres que trabajaban duro en sus granjas y estaban orgullosos de ser dueños de la tierra y de vivir de ella. Son americanos hábiles e ingeniosos que han vivido el infierno de la sequía y que han visto cómo sus tierras se marchitaban y morían, cómo el viento se las llevaba, y éste, para un hombre que ha sido dueño de sus tierras, es un dolor extraño y terrible.
Ahora se han puesto en marcha para atravesar el país. A menudo han visto cómo sus hijos se les morían por el camino. Cuando el coche se les ha averiado, lo han reparado con el ingenio propio del campesino. Muchas veces han tenido que ir poniendo parches a los neumáticos gastados cada pocas millas. Lo han soportado todo y todavía pueden soportar mucho más, porque son gente de sangre fuerte.
John Steinbeck
Los vagabundos de la cosecha (traducción de Marta Alcaraz. Libros del Asteroide)



Los vagabundos de la cosecha se enriquece con las fotografías de Dorothea Lange de los campamentos californianos y las familias desahuciadas, imágenes en blanco y negro de mujeres envejecidas prematuramente, de poblados de chabolas, de coches cargados de niños y colchones, una radiografía de la puerta de atrás que hay en cada país.


 


Tags: vagabundos de la cosecha, John Steinbeck, Marta Alcaraz, Libros del Asteroide, Dorothea Lange

Publicado por elchicoanalogo @ 6:12  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar
Jueves, 02 de octubre de 2014

Un hombre frente a un auditorio formado por universitarios en su graduación, un escritor, humanista y veterano de la segunda guerra mundial, un recién llegado a este mundo y que está perplejo y sorprendido ante lo que ve, los mandatos de los estamentos religiosos, la obsesión con el petróleo y las nuevas tecnologías, la forma en cómo destrozamos el planeta, lo estúpido que podemos llegar a ser, su voz irónica y socarrona, su perpetuo asombro, un hombre que pide recordar a un maestro que influyera de manera decisiva en nosotros, que nos pide hacer de nuestra pequeña parcela de mundo un lugar mejor.

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis es una recopilación de discursos de Kurt Vonnegut pronunciados en graduaciones universitarias y entrega de premios, el inicio de los discursos con la celebración por el paso a la madurez de los universitarios y el consejo de intentar servir a la comunidad, el homenaje a los maestros que cambian nuestra manera de pensar, el sarcasmo y la ironía al hablar de nuestra estupidez como especie, los viejos sindicalistas, el humanismo y el sermón de la montaña como ejemplos a seguir. Vonnegut dispara contra la religión, los políticos, los medios de comunicación en manos de los poderosos, el racismo, las combustibles fósiles, se sorprende de nuestra falta de juicio y de nuestras altas pretensiones, de la ausencia de bondad, de cómo estropeamos el único lugar que podemos considerar nuestro hogar.

Los discursos de Que levanto mi mano... me llevan a los artículos de Un hombre sin patria y a novelas como Birlibirloque, se cruzan la misma voz y personas, el sindicalista Debs, el humorista Kin Hubbard y su tira cómica, Mark Twain, su tío Alex que le recuerda disfrutar de la felicidad cuando ésta ocurre o su hijo Mark que le dice que estamos aquí para ayudanos a atravesar esta cosa, sea lo que sea. Vonnegut habla del placer del contacto directo, de salir de una habitación y conocer al vecino, del servicio que podemos hacer a nuestra comunidad, ya sea en una gran ciudad o en una aldea perdida, del adiós a la infancia y la asunción del nuevo papel de adultos de los graduados, de las sociedades encerradas en sí mismas y que acaban por resultar asfixiante, de los santos que nos encontramos día a día.

Hay un momento donde me pregunto cómo hubiera sido asistir a una de estas ceremonias de graduación y ver cómo alguien no habla con grandes palabras o discursos, que pone el dedo en la llaga en nuestras debilidades y las estupideces que cometemos (y se ríe de ellas), que nos muestra el mundo que nos espera fuera de unas paredes y nos invita a mejorarlo, no con acciones inolvidables sino con un trabajo sencillo y diario. Que levante mi mano quien crea en la telequinesis o Un hombre sin patria o Birlibirloque me acerca a un humanista cálido y loco.




 
Me acerco al final señalando cómo la prensa, cuyo trabajo consiste en saberlo y entenderlo todo, considera a menudo que los jóvenes son algo apáticos (tiene a suceder cuando al polemista o comentarista de turno no se le ocurre nada mejor que decir o escribir). A cada nueva generación de graduados siempre le falta una vitamina, o puede que un mineral, tal vez hierro. Tienen la sangre gorda. Necesitan Geritol. Pues bien, como miembro de una generación prestigiosa, chispeante y decidida, permitidme que os diga qué nos mantuvo en las alturas de las cometas durante casi todo el tiempo: el odio. Me he pasado la vida odiando a gente, de Hitler a Nixon, aunque ya sé que no son comparables en su perfidia. Quizá sea una tragedia que los seres humanos puedan extraer tanta energía y tanto entusiasmo del odio. Si queréis sentir que medís tres metros y podéis correr doscientos kilómetros sin descansar, el odio os resultará mucho más efectivo que la cocaína. Hitler resucitó a una nación humillada, arruinada y famélica a base de odio, y nada más que odio. Pensad en ello.

( … )

Pero volvamos a mi tío Alex, que ya está en el cielo. Una de las cosas que objetaba a los seres humanos era que casi nunca advertían su felicidad cuando eran felices. Él hacía todo lo posible para celebrar los buenos momentos. Podíamos estar bebiendo limonada a la sombra de un manzano, en pleno verano, y el tío Alex interrumpía la conversación para exclamar: «No me digas que esto no es bonito, ¿eh?».
Por eso espero que hagáis lo mismo que él durante el resto de vuestras vidas. Cuando las cosas transcurran de manera agradable y en santa paz, hacedme el favor de hacer una breve pausa y decir en voz alta: «No me digas que esto no es bonito».
Es un favor que os pido. Y ahí va otro. No sólo se lo pido a las graduandas, sino a cualquiera de los presentes, incluidos padres y profesores. Quiero que levantéis la mano cuando os haga la pregunta.
¿Cuántos de vosotros habéis tenido un profesor, en cualquier fase de vuestra educación, que os haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubieseis creído posible?
Levantad la mano, por favor.
Ahora bajadla, y decidle el nombre de ese maestro a otra persona y explicadle lo que el maestro hizo por vosotros.
¿Ya está?
Pues no me digáis que esto no es bonito.

( … )

¿Os gustaría saber cómo definió este planeta el matemático y filósofo británico Bertrand Russell? Pues como «el Manicomio del Universo». Y dijo que los pacientes se habían hecho los amos del sanatorio y se dedicaban a atormentarse mutuamente mientras lo ponían todo patas arriba. Y no estaba hablando de gérmenes o de elefantes. Se refería a nosotros, las personas.
Lord Bertrand Russell llegó casi hasta los cien años. Vivió entre 1872 y 1970 d. C. (después de Cristo). ¿Y a qué viene lo de d. C.? Pues a consagrar el recuerdo de un interno del manicomio que fue crucificado por una pandilla de congéneres. Mientras aún seguía consciente, los demás chiflados -y no bromeo- le clavaron pinchos en las muñecas y en los tobillos para que no se desprendiese de la madera. Luego levantaron la cruz para dejarlo expuesto a una altura suficiente desde la que pudiera ser visto hasta por el más bajito de la turba allí congregada.
¿Os cabe en la cabeza que se le pueda hacer algo así a una persona?
Tranquilos. Sólo es un espectáculo. Preguntádselo al católico devoto Mel Gibson, quien, en un acto de piedad sin parangón, ganó una fortuna con una película sobre el modo en que fue torturado Jesús. De lo que dijo, ni caso.
Durante el reinado de Enrique VIII, fundador de la Iglesia anglicana, un falsificador acabó hervido vivo en público. Una vez más, espectáculo.
La próxima película de Mel Gibson debería ser El falsificador. ¡Y a reventar de nuevo la taquilla!
Kurt Vonnegut
Que levante mi mano quien crea en la telequinesis y otros mandamientos para corromper a la juventud (traducción de Ramón de España. Malpaso)


Tags: Kurt Vonnegut, Ramón de España, Malpaso

Publicado por elchicoanalogo @ 6:57  | Libros...
Comentarios (0)  | Enviar