Viernes, 07 de noviembre de 2014

Una aldea gallega, el sueño de otras tierras y otra vida, las historias que nos conforman, que se transforman a lo largo de los siglos, que sólo pueden ser contadas de viva voz porque es ahí donde cambian y se convierten en leyendas, un viaje en barco y el Atlántico como frontera entre el pasado que dejamos atrás y la incertidumbre del futuro, los primeros días en un país extraño y el ímpetu por hacerse con él, los diferentes sueños de quienes llegan a Brasil, el sueño del oro, el sueño del pasado, el sueño de formar una familia, el sueño de escribir sobre la memoria, los recuerdos y las historias que nos legan y llevamos dentro, una tierra fértil y exuberante en deseos, magia y miedos, volver (que no regresar) a la aldea gallega y ver el punto de partida y los fantasmas que nos habitan.

Todo es memoria y recuerdo en La república de los sueños, el inicio donde una envejecida Eulalia se encierra en su habitación a esperar la muerte y su marido Madruga se viste de negro para afrontar ese momento. Y en esa espera, la vida de Madruga, que abandona su aldea gallega con trece años y construye un pequeño imperio en Brasil, su mujer Eulalia, que cruza el océano para encontrar una tierra donde ser devota y vivir de los recuerdos y las historias que le contaba su padre, sus hijos, los primeros brasileños de la familia que mezclan sangre y tierra y se disputan entre sí el patrimonio de sus padres, el ermitaño Venancio, que anda entre dos tiempos (un catalejo por el que ve el Brasil del siglo XIX, su lugar en el mundo), que no busca oro sino el pasado, que prefiere observar en silencio y no inmiscuirse fuera de la modestia de su su sueño y su lugar en el mundo. Y entre todos ellos, Breta, la nieta de Eulalia y Madruga, la escritora que es el recuerdo y la permanencia, las leyendas y la realidad trastocada, el punto donde confluyen todas las historias y el arranque de un nuevo tiempo.

Nélida Piñon habla sobre la memoria y los deseos en La república de los sueños, y lo hace de manera exhaustiva y detallista, la vida de aquellos que viajaron a Brasil a hacer las Américas y arrastran consigo las historias que escucharon de sus padres y abuelos, historias de viajes, muerte, magia y sueños que forman un mapa mitológico, que se convierten en leyendas con el paso del tiempo y la distancia con la propia tierra, un rompecabezas de tiempos y espacios que se confunden y una historia que, como los ríos, contiene cientos de afluentes. Nélida Piñón repite escenas y juega con el tiempo y el punto de vista, la huida de la aldea, la legada en barco, los primeros tiempos en una nueva tierra, la inmigración como puente para hablar de la construcción de Brasil, de sus raíces y los cambios políticos, de la incertidumbre y los inmigrantes que no acaban de ser ciudadanos completos, de la importancia de las historias y de voces que se apagan.

La república de los sueños es una historia dentro de otra, es el sueño que se confunde con la realidad, es el repaso del pasado propio y colocar las leyendas por encima de la realidad, es una casa abandonada en Galicia y un palacio opulento en Brasil, y, entre esos dos puntos, un niño de trece años en mitad del Atlántico, sin saber qué encontrará, sin saber aún qué deja atrás.





A medida que el barco se alejaba, la ciudad iba disminuyendo. En breve, no restaría una sola de las tantas imágenes guardadas por Madruga entre rápidos parpadeos. Como si hubiera jugado a retener el paisaje para perderlo enseguida. De repente, le pareció que el aire le faltaba y se vio de nuevo al amparo del hogar, con Urcesina, plácido rostro, llevando al hijo aún acostado el té de la mañana. Ante esa imagen, sintió que lo agobiaba una absoluta soledad. Como el corazón de la paloma que agoniza en el tejado de una casa abandonada. No tenía a quién acudir, a quién pedir ayuda. Sujeto apenas a una fuerza oscilante, contraria a lo que había imaginado. Se frotó el rostro con las manos, como queriendo entregar al viento todo mal presagio. Debía enfrentar los deberes del viaje como si la vida tuviese la propiedad de salvar a los desamparados, a los que sólo dependen de sí mismos para sobrevivir.

( … )

-Vivimos todos de esos recuerdos. Hasta el más modesto de los campesinos gallegos. Después que desapareció el llamado camino francés, nunca más fuimos los mismos. Nuestra alegría es melancólica, permeada de llantos. ¿No es eso acaso la morriña? ¿De qué, pues, sentimos tanta nostalgia? Sólo puede ser de la grandeza perdida. Un país se empobrece rápidamente cuando le roban sus historias. O cuando sus hijos se olvidan de describir o inventar otras en su lugar. ¿Has pensado alguna vez que hubo una época en que Europa entera soñó con nosotros? ¿Y en que los castellanos, los andaluces y los extremeños hacían sus obras en lengua gallega?
Xan buscó un sitio, al abrigo del viento, para pernoctar. Provistos de cobijas y otros avíos, debían economizar sus escasas monedas. Comieron sardinas, acompañadas del pan de maíz que Madruga cortaba con la navaja de caza del abuelo. El muchacho se cuidaba de no tragar la comida junto con las leyendas. Para que entrasen en su cuerpo `por canales distintos. Xan le corrigió: era menester compartir el pan, la sardina o el jamón con los mitos, pues éstos merecían también el alimento.
-¿Y por qué no? Después de todo, los mitos también tienen hambre. Además, sólo se sacian con el exceso -dijo, sonriendo.
El abuelo aplaudía las dificultades impuestas a los caminantes. Sólo se podía alcanzar Cabreiro mediante sacrificios. En el invierno, por ejemplo, el desfiladero era un manto de nieve y el paisaje se tornaba mezquino e implacable. Pero cuando se pernoctaba allí, bien en el centro de las sombras y de los vientos, nada podía compararse a tal desafío. Para no mencionar que las chozas que allí se veían mostraban cómo habían vivido aquellos celtas que impregnaron de leyendas a Galicia. En esa época estaba el hombre en todas partes, valiéndose apenas de los recursos del cuerpo y de la imaginación.
-Había menos leyes, nieto. Y los hombres organizaban sus propios códigos de honer. Por eso, al toparse en descampado con alguien de igual código, el viajero seguía camino en su compañía, y los dos eran cómplices. Así, los países y los grupos iban formando alianzas. Y lo mismo sucedía con las lenguas y las historias. Esas mismas historias que yo cuento a pedazos.
Nélida Piñon
La república de los sueños (traducción de Elkin Obregón Sanín. Círculo de lectores. Santillana)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:34  | Libros...
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