S?bado, 15 de noviembre de 2014

Prestad atención a lo que os voy a contar ahora, un hombre se detiene a escribir su vida, sus inicios como aprendiz de camarero en un hotel de Praga antes de la segunda guerra mundial, sus días en campos de trabajo tras la llegada del comunismo, de chico un pícaro capaz de los mejores ardides para conseguir dinero y que se siente adulto cuando lo gasta en cierta casa conocida de la ciudad y descubre el cuerpo de la mujer y cubre su vientre de pétalos y se enamora de manera absoluta y pasajera, absoluta porque cree que no hay otro sentimiento posible, pasajera porque con cada nuevo cuerpo nuevos trucos, que habla con los clientes habituales del hotel, entre ellos un poeta que cubre los pasillos con un poemario sobre la vida de Jesucristo, y recuerda la vida en el campo junto a su abuela, los calzones y camisetas que volaban por la ventana y recogían para lavarlos y venderlos, una vida mísera y tranquila, el chico que se hace un frac que llevará en cualquier momento, ya sea plácido o miserable, sus clientes preferidos los viajantes de comercio con los artilugios más extraños e inesperados que cuentan sus ganancias en el suelo del hotel y se dan grandes comilonas y sus vientres son olas que rompen en la cama e interceden por él para que se marche a trabajar a un hotel en el campo, un lugar quieto y tranquilo por el día pero que por la noche se transforma en una especie de paraíso, la tensión de algo que está por ocurrir, algo libidinoso y oculto, los camareros y sirvientes que esperan en silencio hasta que se hace de noche y entonces todo es movimiento y uno de ellos, el criado, se dedica a cortar leños sólo por apariencia, y otro gasta en su día libre el dinero ahorrado, no sólo en mujeres, también en ideas descabelladas, el dinero como algo transitorio y sin valor real, y asisten a políticos y generales en sus comilonas y orgías, el chico que lo ve y escucha todo y también no ve ni escucha nada y que vuelve a la ciudad a un nuevo hotel donde coincide con un maître que sirvió al rey de Inglaterra y es capaz de adivinar la procedencia y los gustos de cada cliente que entra en el hotel y enseña al chico, ya no tan chico, ya no un aprendiz, todo lo que sabe, y el chico, ahora un hombre, se gana una medalla al servir al emperador de Abisinia y se enamora de una alemana antes de la segunda guerra mundial y lo escupen y apalean por una relación considerada diabólica, el chico, ahora un hombre, que es un camaleón, que pasa de ser un sokol checo a un testigo mudo de la ocupación alemana y sirve a las tropas y ve a los lisiados que vuelven de Rusia y las parejas que se despiden antes del regreso al frente y tiene un hijo que sólo martillea clavos en el suelo y parece dibujar las coordenadas de los bombardeos aliados, y el que fue aprendiz de camarero ve el final de la guerra cercana y se siente amenazado y un golpe de suerte le hace caer en el bando de los vencedores y en víctima de los alemanes y consigue, por fin, ser millonario, tener su propio hotel, su sueño, pero todo ha cambiado, la gente, la política, él mismo, y busca ocultarse en las cárceles y en los campos de trabajo, ya no un chico ni un aprendiz sino un superviviente que escribe en soledad, que se sorprende por el camino recorrido, que se pregunta qué ha dejado atrás.

Prestad mucha atención a lo que os voy a contar ahora, Hrabal escribe una novela donde combina humor, picaresca, ternura y política, una novela febril y desmañada que se desborda a cada página, el narrador que escribe su vida como un monólogo de frases largas y de ideas e imágenes entrecruzadas, frases que pueden ocupar un par de páginas y donde cabe todo, lo real, lo asombroso, la tensión del cambio político, la voluptuosidad en el cuerpo de la mujer, el desgarro de la tristeza y el intento de comprender los cambios dentro y fuera de uno mismo, por momentos un mundo onírico protagonizado por emperadores y cucharillas de oro, un mundo donde los poetas escriben sobre Jesús y los camareros pueden llegar a ser millonarios, Yo que he servido al rey de Inglaterra como novela eufórica y triste al mismo tiempo, como historia excesiva, densa y surrealista, como celebración, gozo y sensualidad, Hrabal que habla de cómo posicionarse en el mundo, de los sueños y cuándo abandonarlos, de la propia redención y del erotismo desbordante, de la supervivencia y la tristeza, de verlo y escuchar todo.





Y cuando estaba tendido desnudo y miraba el techo, la rubia acostada a mi lado, miraba igualmente el techo, y de buenas a primeras me levanté y saqué del florero una peonía y quitándole los pétalos, cubrí el vientre de la señorita, todo él, aquello era tan hermoso que me sorprendí y la señorita se levantaba y miraba también su propio vientre, pero las peonías se caían, así que la volví a acostar tiernamente, para que quedase tendida, y fui a coger un espejo colgado de una escarpia y lo puse de tal manera que la señorita pudiese ver qué hermoso era su vientre decorado con los pétalos de peonías, le dije que sería hermoso, que siempre que viniese y hubiera flores a mano, le cubriría la tripita con ellas, y ella dijo que esto aún no le había sucedido nunca, semejante honor a su belleza, y me dijo también que se había enamorado de mí por aquellas flores y yo le dije que sería hermoso que, cuando en Navidades cortase ramitas de abeto, le cubriese la tripita con aquellas ramitas, y ella dijo que sería más hermoso si le decorase el vientre con muérdago, pero que lo mejor de todo sería, y esto lo tenía que encargar, que hubiese un espejo colgado desde el techo justo sobre el canapé, para que nos viésemos acostados, sobre todo ella, para que pudiera contemplar qué hermosa es cuando está desnuda con la corona de flores en torno al conejito, corona de flores que variaría según las estaciones del año y las flores típicas de cada mes, qué hermoso sería cuando más adelante la cubriera con margaritas y lagrimitas de la Virgen María, crisantemos y dalias y también con hojas de colores otoñales… y entonces yo me levanté y la abracé y me sentía grande, cuando me iba le di doscientas coronas, pero ella me las devolvió, y yo las dejé sobre la mesa y al irme tenía la sensación de medir un metro ochenta, y también a la señora Paraíso le tendí cien coronas hasta la ventanilla, ella se agachó y me miró a través de las gafas... y salí hacia la noche, y el cielo en las callejas oscuras estaba lleno de estrellas, pero yo no veía otra cosa que todas aquellas hepáticas y anémonas y o campanillas de febrero y prímulas en torno al vientre de la señorita de pelo rubio, según seguía caminando más me asombraba de dónde habría surgido en mí esa idea de cubrir un bonito vientre femenino con una colinita de vellos en el centro como si fuera una fuente de jamón con lechuga, y así, según iba recordando flores, según iba vistiendo a la rubia desnuda con potentilla y pétalos de tulipán y lirios y tomé la determinación de pensármelo todo muy bien, ya que tendría diversión para todo un año, comprendí que con dinero no sólo puede adquirirse una bella muchacha, sino que con dinero también es posible comprar poesía.
Bohumil Hrabal
Yo que he servido al rey de Inglaterra (traducción de Jitka Mlejnková y Alberto Ortiz. Ediciones Destino)


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Publicado por elchicoanalogo @ 6:55  | Libros...
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